Repuesto el Corregidor en su silla, la Molinera dirigió
una rápida mirada a su esposo, y viole, no sólo tan
sosegado como siempre, sino reventando de ganas de
reír por resultas de aquella ocurrencia: cambió con él
desde lejos un beso tirado, aprovechando el primer
descuido de Don Eugenio, y díjole, en fin, a éste con
una voz de sirena que le hubiera envidiado Cleopatra:
--¡Ahora va Su Señoría a probar mis uvas!
Entonces fue de ver a la hermosa navarra (y así la
pintaría yo, si tuviese el pincel de Ticiano), plantada
enfrente del embelesado Corregidor, fresca, magnífica,
incitante, con sus nobles formas, con su angosto vestido,
con su elevada estatura, con sus desnudos brazos
levantados sobre la cabeza, y con un transparente racimo
en cada mano, diciéndole, entre una sonrisa irresistible
y una mirada suplicante en que titilaba el miedo:
--Todavía no las ha probado el señor Obispo...
Son las primeras que se cogen este año...
Parecía una gigantesca Pomona, brindando frutos a
un dios campestre;--a un sátiro, v. gr.
En esto apareció al extremo de la plazoleta empedrada
el venerable Obispo de la diócesis, acompañado del
Abogado Académico y de dos Canónigos de avanzada
edad, y seguido de su Secretario, de dos familiares y de
dos pajes.
Detúvose un rato Su Ilustrísima a contemplar aquel
cuadro tan cómico y tan bello, hasta que, por último,
dijo, con el reposado acento propio de los prelados de
entonces:
--_El Quinto... pagar diezmos y primicias a la iglesia
de Dios_, nos enseña la doctrina cristiana; pero V., señor
Corregidor, no se contenta con administrar el diezmo,
sino que también trata de comerse las primicias.
--¡El señor Obispo!--exclamaron los Molineros,
dejando al Corregidor y corriendo a besar el anillo al
Prelado.
--¡Dios se lo pague a Su Ilustrísima, por venir a
honrar esta pobre choza!--dijo el tío Lucas, besando
el primero, y con acento de muy sincera veneración.
--¡Qué señor Obispo tengo tan hermoso! (exclamó
la señá Frasquita, besando después). ¡Dios lo bendiga
y me lo conserve más años que le conservó el suyo a
mi Lucas!
--¡No sé qué falta puedo hacerte, cuando tú me
echas las bendiciones, en vez de pedírmelas!--contestó
riéndose el bondadoso Pastor.
Y, extendiendo dos dedos, bendijo a la señá Frasquita
y después a los demás circunstantes.
--¡Aquí tiene Usía Ilustrísima las _primicias_! (dijo
el Corregidor, tomando un racimo de manos de la
Molinera y presentándoselo cortésmente al Obispo).--Todavía
no había yo probado las uvas...
El Corregidor pronunció estas palabras, dirigiendo
de paso una rápida y cínica mirada a la espléndida
hermosura de la Molinera.
--¡Pues no será porque estén verdes, como las de la
fábula!--observó el Académico.
--Las de la fábula (expuso el Obispo) no estaban
verdes, señor Licenciado; sino fuera del alcance de la
zorra.
Ni el uno ni el otro habían querido acaso aludir al
Corregidor; pero ambas frases fueron casualmente tan
adecuadas a lo que acababa de suceder allí que Don
Eugenio de Zúñiga se puso lívido de cólera, y dijo
besando el anillo del Prelado:
--¡Eso es llamarme zorro, señor ilustrísimo!
--_¡Tu dixisti!_ (replicó éste, con la afable severidad
de un Santo, como diz que lo era en efecto).--_Excusatio
non petita, accusatio manifesta.--Qualis vir, talis
oratio._--Pero _satis jam dictum, nullus ultra sit sermo_.
O, lo que es lo mismo, dejémonos de latines, y veamos
estas famosas uvas.
Y picó... una sola vez... en el racimo que le presentaba
el Corregidor.
--¡Están muy buenas! (exclamó, mirando aquella
uva al trasluz y alargándosela en seguida a su secretario).--¡Lástima
que a mí me sienten mal!
El Secretario contempló también la uva; hizo un
gesto de cortesana admiración, y la entregó a uno de
los familiares.
El familiar repitió la acción del Obispo y el gesto del
Secretario, propasándose hasta oler la uva, y luego...
la colocó en la cesta con escrupuloso cuidado, no sin
decir en voz baja a la concurrencia:
--Su Ilustrísima ayuna...
El tío Lucas, que había seguido la uva con la vista,
la cogió entonces disimuladamente, y se la comió sin
que nadie lo viera.
Después de esto, sentáronse todos: hablose de la
otoñada (que seguía siendo muy seca, no obstante haber
pasado el cordonazo de San Francisco); discurriose
algo sobre la probabilidad de una nueva guerra entre
Napoleón y el Austria: insistiose en la creencia de que
las tropas imperiales no invadirían nunca el territorio
español; quejose el Abogado de lo revuelto y calamitoso
de aquella época, envidiando los tranquilos tiempos de
sus padres (como sus padres habrían envidiado los de
sus abuelos); dio las cinco el loro..., y a una seña
del reverendo Obispo, el menor de los pajes fue al coche
episcopal (que se había quedado en la misma ramblilla
que el Alguacil), y volvió con una magnífica torta sobada,
de pan de aceite, polvoreada de sal, que apenas
haría una hora había salido del horno: colocose una
mesilla en medio del concurso; descuartizose la torta;
se dio su parte correspondiente, sin embargo de que se
resistieron mucho, al tío Lucas y a la señá Frasquita...,
y una igualdad verdaderamente democrática reinó durante
media hora bajo aquellos pámpanos que filtraban
los últimos resplandores del sol poniente...