Las aguas realzaban y embellecian el espectáculo, corriendo en el filo
de las bases de la colina iluminadas por las llamas; presentaban como
suspendidas en un éter de oro, colinas y arboledas, destacándose en las
sombras, que eran ya espesas, pero que dejaban percibir las figuras
monstruosas de las nieves: el espectáculo era al extremo fantástico.
De pronto, el tren se encarriló como entre dos cercas de madera; se
escuchó un ruido extraño.... yo saqué espantado la cabeza, y ví como
suspendido el inmenso tren sobre las olas hirvientes del Océano, pero á
gran altura.
El cimbramiento era horrible, parece que el monstruo de fierro que nos
conducia temblaba ante la empresa temeraria de atravesar el puente.
Lancaster, que en situaciones semejantes es impasible, estaba con su
libro en la mano, titulado: _Los Estados-Unidos_ y _el Canadá_, de
Molinari: leia con una de las lamparillas del wagon (leyendo): “¿Cómo
pasaremos?—En Europa este seria gravísimo negocio. En América la cosa
es muy sencilla: se han cortado de las cercanías los pinos más largos y
más gruesos, y de dos en dos se han metido y afirmado en las aguas como
pilares. En seguida se les ha asegurado con trozos trasversales, sobre
los que se han colocado los rieles, y adelante! _¡go ahead!_ Si uno de
estos pilares sepultados sesenta ú ochenta piés de profundidad, cede al
peso del convoy, entónces, tomaremos algunos tragos de agua salada.”
Aunque tal es el texto de Molinari al hablar del paso en que nos
hallábamos, confieso que no me hizo ninguna gracia la muy adecuada cita
de mi querido Alfonso.
El tren se detuvo sobre aquel precipicio, y entónces más bien
adivinamos que distinguimos el Golfo de México.
Sea por la disposicion de mi alma, sea por lo inesperado de aquella
especie de revelacion, me impresionó profundamente.
Unas veces, como vulgarizándose mi espíritu, queria llamar á mi patria
con los nombres de la hija, de la madre, de la querida; otras, no me la
podia figurar sin personalidad, con sus ojos, con sus labios trémulos,
con su seno palpitante y con su negra cabellera tendida sobre su
espalda: era su aparicion en mí, dentro de mi alma, rejuveneciéndola,
iluminándola, empapándola en ternura infinita.
Ponia atento el oido, porque creia reconocer en los ecos de las olas,
articulaciones de voces amigas.
A veces se me figuraba que de detrás de la curva de las olas, aparecian
las cúpulas de las torres de nuestra Catedral, y los templos, las
copas encanecidas de los ahuehuetes de Chapultepec y estas serranías
que viven, que sienten, que descienden en tropel á las llanuras, como
moviéndose, que se aislan como pensativas.
A veces se me figuraba que se hundia el puente, que unos momentos nos
envolvian las ondas rugientes, produciéndonos congojas mortales, y que
seguia despues el tren corriendo por el poético camino de Maltrata, con
sus selvas gigantes, sus hondonadas risueñas, sus quiebras romancescas,
bajo un cielo delicioso y envuelto en auras empapadas en aromas.
Despues se desvanecia la ilusion, las olas sin fin del Océano corrian,
empujadas por el viento, y venian á morir saltando bajo nuestros piés,
donde temblaban melancólicas las luces de las linternas del tren y de
los faroles del puente.
No me fué posible percibir el lago de Ponchartrain, porque ya era de
noche.
Los aprestos de los viajeros, la llegada de los agentes de ómnibus
y hoteles y la vista confusa de sembrados y chozas, nos advirtieron
nuestra próxima llegada á Orleans.
En la extendida llanura se veian, ya distantes las luces de las cabañas
de los labradores, ya más cercanos los claros de luz de llama de
algunas casas, ya entre ramajes y cañas, picos de gas que reverberaban
como luceros.
Los gritos de los sirvientes del ferrocarril comenzaron á escucharse,
los alaridos de la locomotora fueron más repetidos, y la campana
triunfal del tren, sonando á vuelo, anunció nuestra llegada á Orleans.
Antes de arribar á la estacion, que es bien pobre y desmantelada, se
habia deliberado concienzudamente sobre dónde deberiamos parar, y nos
habiamos fijado en el Hotel Metropolitano; pero no habia allí cuartos y
tuvimos que acomodarnos en el _City Hotel_, uno de los más americanos y
favorecidos de la ciudad: _Corner Camp and Common Streets._
En efecto, la afluencia de pasajeros es mucha, y el tragin insoportable.
Llovia á cántaros: llegamos sacudiéndonos y buscando en el primer piso
en que está el despacho, el salon de recepcion, y en el comedor algun
refrigerio; allí amontonaban unos desesperados dependientes baúles y
almofrejes, con la tosquedad peculiar á los criados y carreteros.
Corrimos al despacho, donde nos tocó un servidor áspero como almohaza y
con ménos palabras que un poste; nos arrojó á la cara nuestras llaves y
subimos escaleras que fué un contento.
Estas escaleras eran muchas; por todas partes conducian á callejones,
vericuetos, pasillos y escondrijos.
Soliamos topar á nuestro paso negros desastrados y verdaderas arpías de
peineta, delantal, brazos apergaminados y amarillos, y unos zapatazos
capaces de contener á Vicente Manero, cómodamente sentado dentro de uno
de ellos, y es de advertir que Manero es el hombre más gordo de México.
A mis compañeros les dieron habitaciones más ó ménos cómodas. Yo salí
de inclinacion á una irlandesa, con más años que el andar en dos piés
los llamados racionales, y un malditísimo génio que parecia educada por
portero de ministerio ó por guerrillero hecho general; esta animala
quiso encaramarme á un último piso, en que materialmente escuchaba los
estornudos de los habitantes de la luna.
Como quien quiere y no quiere la cosa, me informé acerca del importante
ramo de comidas, y supe, con amargo desconsuelo, que se observaba el
_plan americano_ con inquebrantable rigidez.
Tal anuncio me hizo volver á mi undécimo cielo, turbado y descolorido.
Habia lugar en mi cuarto para todo, absolutamente para todo, ménos para
el huésped; ese quedaba suprimido ó se suponia de enrollar para meterlo
en el ropero ó dejarlo en el barrote de una puerta, ó declararlo en
cama luego que entrase.
Alcalde, que llegó dias despues á mi vecindad, tenia que escalar su
baúl para llegar á su lecho.
Tendido en un colchon que tenia perfecta semejanza con un globo al
desinflarse, me quedé dormido.