Marzo 7 de 1877.
Estamos en _Laramie_, tan célebre en las relaciones de los viajeros,
tan encarecido en la leyenda.
El aspecto de la naturaleza cambia; la nieve, adelgazándose y
derritiéndose, deja ver de trecho en trecho amarillenta yerba y
sonríe el verde césped en alguna hondonada, como tímida promesa de la
pronta llegada de la primavera. Algunos árboles, como viajeros recien
llegados, parece que inspeccionan el campo desde las orillas del
camino.... trenes, oficinas, transeuntes, como que anuncian de léjos el
fin del desierto, como los indicios de tierra en el mar.
Hace muy poco, cerca de la poblacion estaba el fuerte, perfectamente
guarnecido por tropas americanas.
Algunos soldados se instalaban en aquel ingrato suelo con sus familias,
pugnaban por conquistar las comodidades de la vida, y tenia algo de la
detencion de la _caravana_, los grupos de mulas y caballos, las tiendas
de campaña y los depósitos de provisiones.
_Laramie_, cabecera del Condado de Albany, tiene más de mil
habitantes; la ciudad está paralela al camino, una ancha y clara
corriente atraviesa las calles principales.
Hay muchas elegantes iglesias y cómodos hoteles; el edificio municipal
es digno de una gran ciudad.
Se publican en _Laramie_ dos periódicos: _El Centinela_ y _El
Independiente_. El telégrafo y el buen servicio del correo hace que
los habitantes de _Laramie_ y los pasajeros estén al tanto, como donde
quiera que se publica un periódico, de cuanto ocurre dia á dia en todos
los Estados de la Union.
A la salida del pueblo hay un molino, cuyo costo ha sido ciento veinte
mil pesos. Es magnífico.
En los alrededores de la ciudad, y como agrupándose á la vía férrea,
están situadas las oficinas de maquinaria y los talleres del
ferrocarril, entre leña apilada, rieles amontonados en los suelos,
grandes pipas con agua y colinas de carbon que hacen negrear el suelo
con su polvo.
_Laramie_, segun reza la leyenda, fué el primer lugar del mundo en que
se reunió _un jurado de mujeres_.
Sucedíanse las tremendas nevadas: los altos picos de las Montañas
Rocallosas, las tendidas llanuras á sus piés, las negras rocas, los
impetuosos torrentes, la luz como despedazada sobre las peñas, y en las
hondas cañadas formaban paisajes ásperos, sombríos, que sin embargo
poseian cierta grandeza que me cautivaba.
Los viajeros, acurrucados en sus asientos ó hundidos en sus abrigos,
dormitaban. M. Gland mismo, habia dejado de hablar.
Yo soñaba con los ojos abiertos, me parecia atravesar una region
desconocida, como que esperaba que tierra, rieles y trenes, se
hundiesen de repente, por una fundicion repentina del suelo, y
seguir corriendo bajo tierra, bajo bóvedas iluminadas á la luz de
rojas llamas, y que fuesen una sucesion de salones con caballeros y
paladines, damas y dueñas, enanos y gigantes.... tan excéntrico, tan
inesperado así era cuanto me rodeaba.
Saltando de su asiento y como si hubiese tenido aviso en medio de su
sueño, volvióse á mí M. Gland, y me dijo:
—_Chayene._ ¿No ha oido vd. hablar de _Chayene_?
_Chayene_, continuó, es la más grande ciudad entre Ogden y Omaha; desde
aquí se siente la influencia del Colorado, que está llamado á un gran
porvenir.
Estamos, siguió alegremente M. Gland, sobre mantos de plata y oro:
desde aquí hasta Omaha comienza la série de aventuras romancescas de
los Apaches, Kayoways, Comanches, Arrapaos y Chayenes, de donde tomó su
nombre esa gran ciudad que parece ir corriendo en los inmensos llanos,
por el movimiento de nuestro carruaje.
En 1859, esto era desierto, tendido en inmensas llanuras.
Se anunció la corriente del camino, llegaron empacados y en su estado
primitivo de fierros y tablas, iglesias, hoteles, almacenes, y al
concluirse el desempaque, quedó una ciudad, como si se sacara de una
cajita de juguetes.
Héla ahí, con sus acueductos y sus arboledas, sus edificios uniformes y
sus grandes plazas.
Atrás quedaba Dember, capital del Colorado, que es como otro grande
embrion de donde ha salido un territorio que pronto se convertirá en
grande Estado de la Union, y aparecerá otra estrella en el firmamento
de Washington.
Es de advertir que aquí no fué, como en otras partes, la poblacion,
conjunto de hombres de varios pueblos, luchas de costumbres
diferentes, fusiones y trasformaciones y productos de esas entidades
heterogéneas, no, señor; la casi totalidad de estos hombres era del
Oeste: el móvil, los metales preciosos.
Por todas partes se veian hombres sujetándose á las mayores privaciones
y peligros, extraviarse adrede en busca de aventuras; unos se perdian
entre las nieves; los otros desaparecian en las entrañas de la tierra:
allí, á manera de cazadores, espiaban la huella de una veta, la
seguian en alturas y en profundidades, la sorprendian y se publicaba
la bonanza: así adquirió el renombre de Golden City la capital del
Colorado.
Un tumulto, un incendio, ó no sé qué, parecian estos campos.
Montañas de ropa hecha, fondas brotando como hongos de la tierra,
hoteles como regados á mano por todas partes.
Comer, vestir, dormir: hé ahí cubiertas las primeras necesidades.
Chillaba la carreta, porfiaba ruidoso el martillo, la sierra armaba
escándalo, la garrucha chirriaba levantando piedras, y tercios, y
muebles á las nubes; todo en el suelo eran escombros, todo ruido en
derredor: así lanzó sus primeros vagidos Chayene, y así el Colorado y
Omaha brotaron de la tierra, como los personajes de los cuentos, al
herirla la indomable audacia del yankee......
Durante la travesía de Ogden á Omaha, los dias habian sido pésimos, y
las noches fatales. Mi único entretenimiento fué observar al ambiguo
aquel de la cabellera rubia, que advertido sin duda de mi diligencia
en observarlo, era á cada momento más caprichoso ó caprichosa, porque
aquello era una condenacion.
Su rostro, como ya hemos dicho, lo conservaba obstinadamente
cubierto, y sus modales eran tan bruscos, que parecian afectados;
alguna vez desnudó una mano de su guante, y era una mano alabastrina,
aristocrática, de una mujer distinguida; pero aquel estirar las
piernas, aquellos piés que parecian falúas.... esas no eran
pertenencias femeninas, era un patan que provocaba mis rencores....
Cuando sacaba su pipa, que era rara vez, se le notaba, aunque muy
imperceptiblemente, la repugnancia con que apelaba á aquel accesorio de
su disfraz.... era, no hay duda, una bella lanzada á lo desconocido, en
alas del infortunio, é inundada en lágrimas.... ¿Era tal vez una jóven
que queria ocultarse á las miradas del zelo, y que creia oir tras de
sí los pasos de un asesino.... era una mujer criminal que envenenó al
amante infiel é iba á ocultar su quebranto y sus remordimientos entre
el tumulto de las ciudades del Este?
La noche anterior á la en que llegamos á Omaha, en las paradas del
tránsito subian y bajaban viajeros sin cesar.
El personaje _comun de dos_ se encerró en el cuarto de fumar.... yo
penetré, en las altas horas de la noche, y permanecimos como dos
estatuas.
La luna descolgaba dispersos rayos del borde de una nube lóbrega, el
huracan gemia.... en la Sierra se veian dudosas claridades sobre la
cima de los montes, y se extendian como corrientes de sombra que se
precipitaban en las cañadas.
El cuarto de fumar es pequeño y angosto; en el centro hay dos
banquillas, una frente á otra, como los asientos de un coche; en
la pared de tabla existe uno como farol incrustado en el carro, que
contiene una rojiza lámpara: á los lados de aquella especie de nicho
están dos ventanillas del carruaje: una era del misterioso personaje,
la otra mia. A cada avance de mi mirada, á cada indagacion, se sustraia
el desconocido en la sombra, ó bien pegaba el rostro al cristal del
postigo: á mí á veces me parecia que sonreia mujer angélica; á veces
que se disponia carretero feroz á descargarme un puñetazo.
Fingí dormir, y entónces, suponiéndome, él ó ella, distraido, cantó
clara y distintamente el “Adios” de Shubert; pero tan sentido, tan
hondamente sentido, que me subyugó, me empujó á la region de mis
recuerdos más dolorosos, y sentí lágrimas en mis ojos.
Entónces, como de costumbre, recurrí á mi lápiz, y escribí y declamé
con toda energía lo siguiente, que puede acomodarse á los compases de
aquel canto delicioso: