Marzo 5 de 1877.
No obstante la extension de la nieve, el dia amaneció hermoso y el sol
apareció espléndido, convirtiendo aquellas atrevidas alturas, aquellos
despeñaderos, aquellas ramas de los árboles, en paisajes de cristales,
en quiebras de luz, en reverberaciones de íris y en todo lo que puede
soñar de más fantástico la imaginacion.
Al Sur se extendian las llanuras y se agrupaban las montañas, como de
cristal.
El carro verificó su trasformacion, y quedó convertido en la sala
elegante que ya conocemos.
El previsivo M. Gland me invitó al _carro de fumar_, á que echásemos un
trago por vía de abrigo contra la intemperie.
A cada cuarto de hora, á cada media hora, nos sorprendia una casita
medio hundida en la nieve, ó grupos de chozas en que parecia imposible
la vida, y allá volaba desde la plataforma del tren, una balija con
correspondencia, y veiamos descolgarse el alambre telegráfico, vínculo
poderoso de los hombres en la sublime comunicacion de sus espíritus.
Yo no perdia ocasion de manifestar á M. Gland mi asombro por el
ferrocarril del Pacífico.
—Oh! me decia M. Gland, le han contado á vd. una puntita solamente:
estos indios que vd. vió ayer, mansos, degradados como un toro que
monta un muchacho, fueron tremendos enemigos del camino.
Ya amontonaban piedras enormes para descarrilar el _wagon_,
precipitándose ellos en la avalanche de peñascos; ya sorprendian á los
viajeros y entablaban sangrientas campañas, saltando como furias por
esas quiebras; ya un indio en un descenso se abalanzaba al tren, rompia
sus frenos y en espantoso remolino, locomotora, tren y pasajeros se
hundian en los abismos; ya se proveian mañosos de pólvora, petróleo y
brea con que untaban los árboles, y al pasar el tren por un peligroso
desfiladero, el relámpago, la explosion, el incendio, detenian al
reptil gigante.
La vez que sucedió eso se destacaba la locomotora en un mar de llamas,
aullando como un monstruo en agonia; vaciló.... pero el _goehed_ yankee
le dió tremendo empuje, voló sobre el abismo de fuego con impetuosidad,
los muros de llama se barrieron y cruzó el vapor.... que habia separado
con su empuje el peligro y dejaba tras de sí la estupefaccion y el
escarmiento.
Yo escuchaba todo esto como una leyenda, muy superior á las de las “Mil
y una noches.” Me parecia aquel un país encantado, temia que á la hora
ménos pensada se abriese la tierra, se desgajaran rocas y montañas, se
partiesen los árboles, se hundiesen los muros y corriesen los hielos,
dejando al descubierto una ciudad con sus catedrales, sus torres, sus
palacios, sus rios, y saliendo de los troncos de los árboles y las
abiertas rocas, damas y caballeros vestidos con primor, saludando la
locomotora, que ya era un carro de oro cuya chimenea, trasformada en
sitial de diamantes, sustentaba como respaldo á una divinidad que
derramaba por donde quiera la vida y la felicidad de los mortales.
—No crea vd., me decia M. Gland, á quien algo participaba de mis
sueños, los indios tienen tambien sus leyendas poéticas que vd. no
desdeñaria si yo se las pudiese contar.
—Haga vd. un esfuerzo.
—En las luchas que han sostenido los indios en los fuertes, en las
paces ajustadas y destruidas, no faltaron sus entrevistas poéticas.
Una jóven, hija de un jefe de tribu, garrida, airosa, soberbia, amazona
de los desiertos, en sus encuentros con las caras pálidas, se enamoró
de uno de ellos, oficial americano. En uno de los combates murió el
oficial y fué sepultado en el lugar destinado á los blancos.
Desde entónces, en las noches de luna se veia descender de las
montañas, aéreo y flotando las profusas crines, un caballo blanco,
montado por una verdadera deidad.
El caballo se detenia cerca de las tumbas, y la jóven que lo montaba
descendia y entonaba sobre la tumba del oficial muerto, cantos tan
doloridos, que parecia que hacian gemir el viento y que se derretian de
dolor los hielos.
Despues de algun tiempo, conducia casi un esqueleto el caballo de nieve.
La jóven, próxima á su muerte, llamó á su padre, le hizo confidente de
su amor; pero le dijo que no guerrease con las caras pálidas, que eran
las almas de sus antepasados que venian del Oeste; por último, rogó al
jefe le diese sepultura en el panteon de los blancos, junto al amado de
su corazon.
El jefe de la tribu cumplió las disposiciones de su hija, se hicieron
solemnes honras á la hermosa india; el comandante de las fuerzas
americanas se quitó sus guantes y los puso sobre la niña, para que en
su travesia por los _desiertos sin término_, no la hiriese el frio.
Así se selló la paz con la tribu india.
—Es sencilla, pero hermosa esa leyenda, Mr. Gland: ¿no sabe vd. otra?
—La va vd. á oir, me dijo.
Como he dicho á vd., continuó, los indios creen que despues de su
muerte sus almas se dirigen al Oeste, sin duda conservando la tradicion
de las primeras emigraciones de sus antepasados.
Tras esas montañas del Oeste está para ellos el país de la
bienaventuranza.
Un jóven cazador perdió á su amada, y su casa se destruyó, sus bienes
se aniquilaron, y su consuelo único era dirigir sus pasos por el
principio de la vía que conduce al otro lado de las montañas, ó sea al
país de las almas.
Descuidando sus correrías, triste, consumiéndose, decidióse á marchar
al lugar donde se encontraba el encanto de su corazon.
Absorbido hondamente en esta idea, un dia se sintió como trasportado
á un reducido lugar que estaba en la quiebra de la Sierra: allí vió
unos picos de rocas que como que se alargaban hasta tomar la figura de
cuellos de serpiente, enlazándose para cerrarle el paso. El cazador
avanzó resueltamente, y entónces cada serpiente vomitó chorros de agua,
que formaba remolinos tremendos, que lo arrebataban, subiéndole al
espacio; allí veia como trasparente su vestidura mortal; por su espalda
y en sus entrañas se jugaban los rayos del íris como entre cristales.
Abrió sus brazos como las alas de un pájaro y se lanzó al espacio; pero
cayó blandamente á la orilla de un lago, donde un anciano pálido de
blanca barba, le metió en una barca; la barca avanzaba, y tras ella se
evaporaban las aguas, quedando un vacío inmenso: llegaron al pié de una
Sierra semejante á la Sierra natal. Abandonaron la barca, y vió que
montes, árboles y rocas, flotaban en el espacio, y él atravesaba todos
esos objetos como si fueran figuras formadas por las nieblas.
De cuando en cuando se oia un eco poderoso, tremendo como el trueno;
pero que al repercutirse moria en deliciosas melodías: entónces, al
estampido, se desprendian de las ramas de los árboles y de las crestas
de las rocas, trozos como de cristal, verdaderos prismas que al cruzar
los aires, producian los colores y volaba la verdura á los prados, el
íris á las nubes, los celajes imitaban el topacio y se suspendia la
púrpura, como un dosel, sobre una encantadora pradera circuida por una
faja de estrellas.
Allí distinguió á las almas con figuras que él comprendia que palpaba,
pero de que no pudo jamás dar cuenta en el lenguaje del mortal.
De entre un grupo de esos espíritus, bella sobre toda belleza
concebible, y hechizadora del espíritu sobre todo encanto, oyó
el mismo requiebro de ternura y la misma voz amada, porque para
el hombre ni en el país de las almas hay otra de más dulzura y
melodía, esa voz le dijo: “Vuelve á tu país natal, y deja que el
dolor y las lágrimas rompan y destrocen tu vestido humano: entónces
vendrás á mí y viviremos en la eterna dicha....” La alma del cazador
estaba ébria de felicidad.... tendió su mano.... creyó que asia su
manto luminoso........ y volvió en sí.... junto á su cabaña medio
destruida.... un viejo, con remota semejanza, estaba á su lado....
“¿Qué es de mí? dijo, ¿qué me queda despues de este desencanto......?”
—Alza la frente, dijo el viejo... álzala y bendice á tu Dios.... _te
queda la esperanza_....
El viejo se desvaneció entre las nubes que arrastraba una ráfaga de
viento......
Yo quedé sumergido en hondas reflexiones.
—Vea vd., me dijo Mr. Gland, hemos pasado lugares muy interesantes sin
habernos fijado en ellos. New-Castle, Clips Gaf Mill, Cisco.... posas,
paraderos del camino, pueblos en gérmen, con sus historias interesantes.
_Cisco_ está á 5,939 piés sobre el nivel del mar, tres millas al Oeste
de Tamarak: hay aquí como 400 habitantes, en esas colmenas de palo que
está vd. viendo.
El wagon avanzaba sobre negras masas de roca que sobresalen de las
lomas.
—¿Ve vd., me dijo mi guía, esas pilas de madera, esas tablazones,
esas vigas? Vea vd. esas hileras como de cucuruchos de payaso: son las
casas de Truekee. La ciudad está al Norte, tiene como 2,000 habitantes
y pertenece al condado de la Nevada: de aquí parten los caminos para el
Oregon y Sacramento; hay tres hoteles, tienen un periódico y por todas
partes hay escuelas.
Rastros de cercas, establos, carruajes.... mucha madera á la orilla del
rio.... ese lugar se llama “Boca:” está cinco mil quinientos piés sobre
el nivel del mar.
Vea vd. ahora correr el tren haciendo _zig-zag_ sobre las aguas del
rio: le atraviesa, como que lo persigue y sorprende, como el juego de
un monstruo marino, de un gigantesco caiman.... todo entre árboles
tronchados, entre rocas despedazadas, sobre aguas que caen en cascadas
á incorporarse con las aguas del rio.
Hemos pasado varios grupos de chocillas. Son _Bronco_ y _Verdi_.
¿Ve vd. esas llanuras como de mármol blanco? ¿Ve vd. esos horizontes
tranquilos que redondean el suelo y como que le forman borde en un
infinito de claridad magnífica?
En este lugar se produce muy frecuentemente el fenómeno llamado
_miraje_. Es decir, al viajero rendido de fatiga en estas soledades, se
le presentan de repente, y á corta distancia, fértiles llanos cruzados
por rios cristalinos, arboledas sombrías, edificios, torres y todos los
atractivos del descanso.... y aquello es una ilusion.... el viajero
corre ansioso y la ilusion se retira y se desvanece como un sueño de
felicidad que trae en pos de sí el desengaño y el abatimiento.... Ese
es el _Miraje_ tan celebrado por los viajeros.
Vamos ahora á llegar á _Winremuca_: véala vd. naciente en el desierto
y se fijará en sus hoteles.... nos saldrán á recibir sus periódicos,
nos señalarán en la fonda los lugares ántes ocupados por los indios
Pinkas.... despues sigue Golconda y lo que llaman Iron Point, que está
situado en una cañada profundísima, lo mismo que la Palizada y Cartin,
donde se hace el consumo de madera.
Todos estos lugares son accidentados al extremo: el tren hace
evoluciones que solo viéndose se pueden comprender. A veces como que
asciende aéreo y vuela, dejando á sus piés despeñaderos y cascadas:
otras como que se sumerge entre las peñas y va soltando á su espalda
los rieles, que se tienden sobre crujías de palizadas, tejidos de
alambre, ó como que se va asiendo á barretones de fierro.
En los desfiladeros se multiplican los galerones, que son inmensos, y
sus armazones de bóvedas, y sus vigas, nos hacen creer como que vamos
dentro del esqueleto de un gran monstruo al chocar con sus costillares,
que hacen barras de luz y sombra al ir corriendo....
Desde Cartin cobra el paisaje el aspecto de los desiertos mineros, y
así es _Elko_, condado de la Nevada, _Peco Disth_ y _Toano_.
Tierra aridísima, montones de los terreros de las minas tristes y
verdiosos.
Por donde quiera que se vuelven los ojos hay minas de plata y oro,
hasta deslumbrar, hasta fatigar la atencion.
En _Toano_ se hace el camino más quebrado; pero de entre las hendeduras
de las rocas, en las quiebras, en algunas alturas, sonríe la
vegetacion, anunciando la Cañada de Keclton, que tiene grandes lagos y
pintorescas colinas: en Keclton hay estacion en forma, en contacto con
los caminos y líneas de vapor del Oregon.
Abundan en este territorio las minas de cuarzo y oro.
El país minero es de 150 millas: allí cerca tiene vd. al Condado Hada,
con 6,000 habitantes; hay más de 500 casas de ladrillo. Más adelante
está la poblacion....
Esas grandes rocas como columnas, cuyas cimas apénas alcanza la
vista, es el _Monument Point_, los lagos que están á su pié se llaman
Alcalinos, el aire en estos lugares es sofocante y malsano.
Desde las alturas de esas rocas se percibe el gran Lago Salado.
No se fije vd. en ese grupo de casucas: es Rosel.
Este gran conjunto de rocas, me dijo mi guía, siempre al avanzar
rapidísimo del tren, es Promontory: aquí se verificó la union de los
caminos en Mayo de 1862. Vamos adelante.
—No adelante, dijo Lorenzo, que bien vale la pena refiera vd. á
_Fidel_ algo de aquella solemnidad que completó la comunicacion rápida
de los polos, uniendo al Atlántico con el Pacífico.
—Yo no recuerdo bien, replicó Mr. Gland; pero vd. podria referirnos
algunos pormenores de aquel grande acontecimiento.
—Escuche vd. lo que recuerdo, aunque muy confusamente, continuó
Lorenzo, y eso porque hace poco refresqué mis ideas con la más popular
Guía de viajeros titulada: “Crofutt’s Tras-Continental Tourist.”
Despues de recapacitar algunos instantes, así habló Lorenzo:
“El lúnes 10 de Mayo de 1869, en este punto se fijó el último clavo, ó
como si dijésemos, el amarre de los lazos que unen al Atlántico con el
Pacífico.
En este lugar parece que se habian dado cita los representantes de
todos los pueblos del globo, bajo arcos y bóvedas de banderas de todas
las naciones.
Se terminaba aquí la construccion de 1,774 millas, que era el trayecto
del camino.
La agitación era inmensa: al tropel de las gentes, á los ecos de las
músicas, como que se despertaba y salia de sus soledades el desierto.
Era el gran jubileo de la confraternidad de los pueblos, las nupcias de
los antípodas, la alianza santa de todos los hombres.
En aquel mar de gente que en oleadas llegaba á las orillas del camino,
sobresalian lonas haciendo sombra, edificios portátiles, ómnibus,
diligencias, guayines y carros como zozobrando en aquellos oleajes en
que todos los ruidos brotaban entre todos los colores y se repercutian
en todos los ecos.
El punto en que se iban á unir los caminos, dejaba ver un claro con
los durmientes preparados y los rieles á un lado, para fijarse en el
instante que el sol tocase en el zenit.
En San Francisco se habian reunido á las campanas, por medio de
alambres telegráficos, los alambres con que se toca á fuego, poniéndose
en conexión con el alambre principal, comunicando Baltimore,
Filadelfia, Chicago y Cincinati, con el objeto de que en un solo
instante llevase el rayo á pueblos lejanos la noticia de aquella gran
victoria de la humanidad.
El sol estaba próximo á marcar el instante de la gran solemnidad; el
presidente Stanford apareció representando al Ferrocarril Central; el
H. M. Durand representaba el Ferrocarril de la Union, con el carácter
de vice-presidente.
Millares de voces invocaron la asistencia divina al colocarse los
últimos rieles: entónces se dejaron ver tres personajes, cada uno con
un clavo en la mano: dos clavos de oro de California y la Arizona, uno
de plata de la Nevada.
Vióse tambien á otro personaje con un martillo de plata, de que pendia
un alambre unido al telégrafo.
A cierto momento surgieron de entre el concurso, por lados opuestos,
dos hermosísimas locomotoras: el “Júpiter,” del Ferrocarril Central,
y la “116” del Pacífico: vieron llegarse como dos paladines armados
de punta en blanco.... como que hablaron, como que se estrecharon,
mugiendo potentes.
Por fin brilló el sol, dando la gran señal del regocijo: se fijan los
rieles, clamorean las máquinas, el mundo prorumpe en aclamaciones,
y al primer martillazo dado por Stanford al clavo de oro, lleva el
telégrafo la noticia á los más remotos pueblos, donde repite el
entusiasmo, el himno de triunfo sobre el tiempo y la distancia.
Multitud de personas, subiéndose en las máquinas, tocaron sus copas y
estallaron mil ¡vivas! corria el vino á torrentes, y nunca júbilo mayor
fué más legítimo que el que despertó los ecos de estos desiertos y
estremeció las eternas nieves de estas montañas......
Varias veces en cortísimo tiempo se tuvieron que reponer los rieles,
porque las gentes arrancaban fragmentos, para guardarlos como reliquias
de aquel gran suceso y de aquel gran dia....”
Cesó de hablar Lorenzo: M. Gland aplaudió, certificando su exacta
relacion.
Habiamos pasado entre tanto los campos solitarios cubiertos de nieve de
_Blue Crecks_.
El tiempo era muy inclemente y se hacia sentir el frio, no obstante que
los tubos funcionaban á nuestros piés.
Soplaba el huracan, se desataba una tempestad de nieve espantosa....
los gemidos del viento y los aullidos de la máquina se perdian en
aquellas soledades, en que no quedaba un solo resquicio, un fragmento
el más ligero de vida.
En el interior del wagon parecia hacerse el duelo de la naturaleza, por
una reunion de cadáveres.
De repente me pareció escuchar algo como un canto, como los acentos de
una música que más bien eran ayes doloridos.
Asoméme á una ventanilla, en un alto que hizo el wagon, y al borde
de aquel camino lúgubre, en aquella soledad sin arrimo alguno, ví de
pié.... un ciego con su barba blanca, apoyado en un báculo, y una
niña, bella como un ángel, medio desnuda, á su lado, reclamando con sus
cantos el ciego, la piedad de los pasajeros.
El horizonte sombrío, la nieve, la soledad terrible: estos eran los
componentes del cuadro más conmovedor y patético que yo haya visto en
mi vida.
Varios pasajeros arrojaron monedas al ciego; éste, por medio de la
niña, hizo circular sentidísimos versos impresos, de que siento no
haber guardado copia.....
Estábamos á corta distancia de Ogden, lugar en que termina el
Ferrocarril Central y se cambian los trenes.
Las sombras caian sobre los llanos cubiertos de nieve.
Yo me retiré solitario al cuarto de fumar, y en el libro de mis
apuntaciones dejé el recuerdo que sigue de la escena que tenia ante mis
ojos: