EN EL ALBUM DE MARIA PISIS.

Luciente apareciste en mi existencia:

Como pasa fosfórica la luz

Que deja la ola en la desierta playa,

Así pasaste tú.

* * * * *

Y fué tan puro su fulgente brillo,

Y tan feliz me ví con su fulgor,

Que al hundirme en la sombra de la ausencia

Desgarra mi alma tu doliente “adios.”

A la algazara sucedió el silencio, la respiracion tenia humedad de

llanto, queria sagaz el ingenio distraernos y caia en frio el chiste

más agudo, y las notas alegres de la música eran como cantos de

febricitante, que más atormentan miéntras calumnian á la felicidad.

Sombras de muerte proyecta tras de sí la ausencia; lo que nos rodea

deja de existir, se va, se borra, no vive de nuestra vida, no flota

nuestro yo en esa atmósfera. Extraemos nuestro cadáver del seno de los

que amamos, y el recuerdo no es más sino el esqueleto tambien de la

vida real: es lo que el humo á la llama......

* * * * *

—Cochero, calle de Fulson.

Era la casa del Sr. Andrade un rincon de México, mejor dicho, un oasis

de México.

El Sr. Andrade, como la familia Carrascosa, como los Sres. Gaxiolas,

Labiagas, como muchos, conservan por México vírgenes sus afectos,

cuidan su nacionalidad intacta, espían los acontecimientos de la

patria, enorgulleciéndose con sus glorias, llorando sus infortunios,

fanatizándose por ella, porque amar á los padres y á la patria es

persuadirnos de que la que nos dió el sér es la más grande, la más

bella, la más adorable de las patrias. Todo lo demás son cuentos, como

diria el amigo Carrascosa.

En la casa del Sr. Andrade se forma patria á todos los mexicanos que

llegan á San Francisco, y se disfruta de la más cordial acogida.

Andrade y su familia se saben convertir en servidores de cuantos

favorecen su casa, y para todo el mundo tienen agasajos y finezas.

Allí pude contemplar á las mujeres privilegiadas de Sonora y Sinaloa,

espléndidas como sus mares, dulces y melancólicas como el crepúsculo de

su cielo occidental.

Pálidas y amorosas como elegidas para recoger las últimas miradas del

padre de la luz. Sobre que son lindas, ¿para qué me he de devanar los

sesos haciendo inventarios?

La casa de mi tocayo estaba literalmente invadida por sus amigos, y él,

verdaderamente en sus glorias.

Los hombres bebiamos en el comedor, disputábamos en el cuarto para

fumar y nos agolpábamos á los tránsitos; las señoras cantaban, tocaban

excelentes artistas y reinaba por todas partes esa finura desembarazada

y generosa que tanto halaga y como que perfuma y ennoblece todas

nuestras acciones.

Volvieron á aparecer las señoritas Rotanzis á mi vista deslumbrada,

y volví á admirar sus gracias; la única sombra que para mí tuvo el

cuadro, fué la ausencia de Chonita Ramirez, de Virginia Sleiden y de

unas judías. ¡Oh, qué judías!.... Solo Dios, Dios nuestro Señor, pudo

haber estado en aquellas tierras, sin apasionarse como un desesperado,

y dejar al género humano que se lo llevase el demonio: al fin, para el

pago que sacó......

Nada de disparates; pero quién está en sus cabales con aquellas judías?

¡Qué breves pasaron aquellas horas! ¡qué rastro de luz producen en mi

alma aquellos recuerdos!......

Y á propósito: ya se deja entender, la mitad del tiempo lo pasé yo

frente á los _Albums_, que eran mi tormento.

Habia en aquella familia á quien debí tantas finezas, una señorita,

dije mal, un arcángel amantísimo á la poesía.

No era una mujer, era la vibracion de una queja; era un sollozo que

temblaba en los labios de la vida, para desvanecerse en una sonrisa de

muerte.

Era como la oscilacion de un rayo de luna entre las inclinadas ramas

de un sauce, y parecia su rostro reflejar la agonía de una llama

perdiéndose en un horizonte lejano.

No sé por qué me finqué con obstinacion en que consumia aquella

existencia, además del veneno implacable de la tísis, algun dolor

intenso producido por la orfandad ó por un amor infeliz.... ¡pobre

niña! llena de mimos y cuidados, la llevaba la corriente á la muerte,

y ella se asia al muro de rosas de la juventud, que desgarraba sus

manecitas con sus espinas.

Habia comprado un Album, solo para que escribiera yo en él, y nadie

más: la muerte selló la fidelidad de su promesa.

Esa noche espió con timidez un momento, y me presentó el libro. Nos

uniamos dos viajeros: ella debia partir para la eternidad. Yo me aislé

en un cuarto, y sin poder dominar mis emociones, escribí:

Viaje a los Estados Unidos, Tomo I · 第 65 / 106 题