Varios amigos.—Otra mirada
restrospectiva.—Rectificaciones.—Ferrocarriles urbanos.—Los carritos
que andan solos.
ENTRE las personas á quienes merecí servicios y consideraciones, debo
mencionar varios amigos de que hasta ahora no he tenido ocasion de
hablar especialmente, pero que de omitirlos, faltarian sus estrellas á
la clara noche de mis recuerdos. Estos amigos son José María Sleidem,
el Dr. Rodger, el Capitan Hagen, David Guarin y D. J. Ahumada.
Sleidem es mexicano de nacimiento, y sus recuerdos de la capital y de
Mixcoac, matizan agradablemente su conversacion.
Su ocupacion es de comerciante comisionista, tiene su despacho, como
suele acontecer, en compañía de un relojero, sin que se rocen ni
estorben los giros.
Hijo de aleman, Sleidem posee ese idioma, el inglés, el frances, y
habla con los mismos modismos y la misma sal y pimienta que nosotros.
Honradez, instruccion y buen humor, son las divisas del carácter de
Sleidem.
En el cálculo más que yankee, con las damas más rendido que mexicano
y que frances, y al trabajar y beber le llama la sangre _tedesca_ que
bulle en sus venas.
Sleidem lo sabe todo. Confecciona una factura en tres trancos, se
alista para un baile en un decir Jesus, y en un abrir y cerrar de ojos
hace servicios importantes á sus amigos, siempre alegre y siempre dando
á entender que le produce contento servirnos.
Sleidem me instruyó en todos los inconvenientes de los trámites que
exige el arancel en las copias de las hojas de despachos, juegos
de facturas y tanto requisito impuesto, que hacen onerosísima la
preparacion de salida de un cargamento mexicano.
En lo familiar, no hay más que decir sino que Sleidem es un excelente
amigo y que nada sorprende más, sino ver salir relámpagos de
sensibilidad exquisita y de tiernos afectos, de aquella locomotora de
cálculos y de negocios.
Sleidem es miembro de varias sociedades y clubs mercantiles, pulsa el
piano, bebe alegre y es oportuno en sus acciones y palabras.
Es de advertir, que para hacerse lugar un mexicano entre yankees, se
necesita su sal y pimienta, por la codicia de éstos, por el desden con
que en general nos miran y el concepto que tienen de nuestra indolencia
y orgullo.
De la escuela de Sleidem son Loaeza, Gutte, Lohse, Newman y otros
extranjeros y mexicanos, entre quienes tiene nuestra patria generosos
apologistas.
El Dr. Rodger es americano, casado con una mexicana de dulcísimo
carácter y á quien el doctor adora; seco, meditabundo, frio, á primera
vista parece inaccesible.
Pero posee esta singularidad: habiendo vivido en Mazatlan y en otros
puntos de México, es ya más mexicano que nosotros y hace el papel de un
verdadero desterrado de su país; nuestros defectos le han contagiado, y
se han vuelto genuinas y nativas para él nuestras buenas cualidades.
Esto del _monay_ y del _bisness_ (negocio), lo ahoga y lo hace renegar
del mundo americano. Generoso, caritativo y llevando al extremo el
desinteres, no se aviene con las especulaciones de los unos, con la
charla de los otros, ni con la tominera escuela de los más.
Los médicos tienen sus despachos fuera de sus casas, se encargan de
curaciones en casas que sostienen ó improvisan, y todo es negocio.
Por nada de esto entra el doctor, aunque esté reconocido por eminente
en su profesion y le ocupe numerosa clientela: él ejerce á la mexicana,
y arma con los yankees campaña en que los deja tirrios.
Debajo de la áspera corteza que reviste al hijo de Esculapio, es un
verdadero colegial á nuestra usanza, picante, travieso, condescendiente
y bueno como él solo.
Escribe español elegantemente, y sus escritos sobre ciencias, á pesar
de mi ignorancia, me parecieron de mucho mérito.
Paso, señores! tengo el honor de presentar á vdes. al capitan Hagen:
¿no le ven vdes.? Ahí viene. Es aquel alto, de largos brazos, cabello
rubio lacio y una fisonomía pálida, pero franca y generosa.
Hé ahí el marino _pur sang_, dócil y sufrido como un niño, resuelto
hasta la temeridad en un caso dado, con aquel sello de _bonhomie_
y de pureza que tienen los semblantes, cuando posee el alma la
naturalizacion de la mar.
O se concentra aquel carácter, ó estalla en explosiones de contento;
narra fácil, escucha curioso y como en accion, y ríe como quien está
acostumbrado á jugar sobre una tabla el albur precioso de la vida.
En los dias en que hicimos conocimiento con él, estaba reciente uno de
sus naufragios: el buque que mandaba y era de su propiedad, cargaba
algodon. Una noche, inesperadamente gritaron: ¡fuego! Decia él y
continuaba: “Las bodegas eran los mismos infiernos, y el buque, que era
de un génio terrible, pegaba saltos como un desesperado.
“Era fuerza escaparlo todo; por ahí van llevando chiquitos, despues
viejos.... yo decia á mi buque: hombre, espera que se van todos, aquí
me tienes.... me estaba asando vivo.—Capitan, vd. se va....—Oh! no
me va, primero se va la última rata; el buque no quiere, se sume y se
sume: ¡pobrecito! ya se está sumiendo.... él se va para siempre, yo me
va nadando con mis compañeros é queda muy contenta.”
Alma hermosa del capitan Hagen, valiente hijo de las olas, á quien el
corazon ama, respeta el peligro y admira la amistad.
Franco, enamorado, tierno y sincero como un niño.
El capitan Hagen nos mostraba la bahía como un cazador sus bosques,
como una coqueta su tocador; nos explicaba las regatas, hacia justicia
á las mejoras de las otras naciones, y era como un viajero singular que
habia tenido por rutas los mares y por posadas las naciones.
Hagen era nuestro inseparable compañero, y á Lancaster, que mucho le
queria, profesaba especial cariño.
David Guarin es un escritor eminente de Bogotá, cultiva la poesía
pulsando las delicadas cuerdas de la lira de Beker y de Lamartine, á
la vez que Mesonero Romanos y Santos López Pellegrin, parecen haberle
prestado sus privilegiados pinceles.
Soy deudor á David del conocimiento de varios poetas y hombres
eminentes de las otras Américas.
La carrera diplomática ha aprovechado en su patria sus talentos, las
sociedades literarias han tributado honores á su pluma; pero como
sobresale David, es como buen amigo.
No ví jamás corazon más sinceramente modesto. ¡Cómo sabe admirar á sus
mismos émulos! ¡cómo desconoce la envidia, mancha y carcoma de los
hombres dados á las letras, donde quiera que se habla español!
David no se contentó con ser mi amigo, sino que me procuró conocimiento
con periodistas muy entendidos y hombres de verdadero mérito.
Si la naturaleza de este escrito lo permitiese, hablaria de la
literatura en las otras Américas; copiaria aquí con verdadero contento
las sabrosas letrillas de David, y artículos de costumbres que como
_Regaños al corazon_, _La casa nueva_, _Por andar á oscuras_, _Un dia
de fiesta en San Victorino_, y otros en que abundan los delicados
chistes de _Jouy_, la fidelidad de pinturas de _Mesonero_ y la
intencion profunda de _Addison_ y de _Fígaro_.
¿Quién es ese señor, enjuto de carnes, delgado de cuerpo, modesto y
atento, que no se atreve á pasar el quicio de la puerta?
Es el Sr. Ahumada, mexicano, persona cuya dedicacion es servir y
atender á los paisanos que llegan á aquella tierra, no solo con gran
desinteres, sino gastando de su peculio para cumplir con esos deberes
de bondad que él solo se ha impuesto.
Hay en San Francisco, como en todos los Estados-Unidos, un tipo
altamente repugnante: el mexicano _ayankado_. Usa bota fuerte, esgrime
estupenda navaja, con la que pule y aguza sus uñas, labra palos y se
limpia los dientes; habla poco y siempre en inglés, casi se acuesta
boca arriba y fija los piés en una mesa, ó un barrote, ó la pared, bebe
_wiskey_, masca tabaco, da sendos apretones de mano al primero que le
habla y salpica con desvergüenzas desde el saludo, llamándose á los
ojos su machucado y desgobernado sombrero.
El reverso de ese tipo es el Sr. Ahumada, siempre mexicano, aunque
amigo de muchos americanos apreciables.
El Sr. Ahumada me procuró el conocimiento de M. Hithell, uno de los
primeros pobladores de California en la época americana.
M. Hithell despacha en un cuartito de tablas contiguo á una casa de
comisiones, calle de Sacramento: es afable, habla bien español, y en su
fuerte contestura y en su rostro abierto, campean la inteligencia y la
franqueza.
Lo más notable y sesudo que se ha escrito sobre California, se debe á
la pluma de M. Hithell.
Yo le mostré mis apuntaciones, y se dignó hacerme delicados
cumplimientos.
—Le faltó á vd. algo.
—Mucho me debe faltar, le dije: figúrese vd. que estas realmente son
primeras impresiones, impresiones de dos meses, impresiones á todo
vapor.
—Siendo así, es mucho, replicó.
—Yo queria referirme á los primeros pobladores despues de 1848, es
decir, de la época del _Negro_.
—Vd. ha pintado las expediciones aisladas y novelescas de la parte de
México, y falta pintar lo que sucedia en los Estados del Oeste, padres
de California.
—Mucho me agradaria, dije, pero no he podido encontrar los datos que
deseo.
Se levantó de su asiento mi cariñoso amigo, revolvió montañas de
papeles, y me dijo:
—Aquí tiene vd. mi obra; ha quedado por fortuna un ejemplar: en el
prólogo hallará vd. mis impresiones, y serán de un _Blanco_, con lo que
se completa vd.
Dí las gracias á M. Hithell y envié mi libro á mi querido amigo F. U.,
para que lo hojease y me apuntase lo notable para ahorrarme trabajo.
Mi amigo me volvió el libro á los pocos dias, con anotaciones mejores
que las que esperaba, y el extracto que van á conocer mis lectores:
“Mr. Jhon S. Hithell, en el prólogo de la 6.ª edicion de su interesante
libro titulado “_Recursos de California_,” hace un bosquejo á grandes
rasgos de la historia de este país, en un estilo entusiasta y elegante,
con toda la pasion de un americano de los primeros que se establecieron
allí, despues de que dejó de pertenecer á México aquel importante
territorio.
“Juzga poco probable, así la tradicion de que los aztecas vinieron de
aquella costa, como la teoría de que los indios norteamericanos son
descendientes de los asiáticos; y de esa éra primitiva dice que no
quedan hoy más que unos cuantos nombres propios, como Sonoma, Napa,
Potaluma, etc.
“La segunda éra, que es la de la dominacion española, la cuenta desde
el 11 de Abril de 1769 en que llegó á San Diego el bergantin “San
Antonio,” con los primeros hombres blancos que iban á establecerse
allí, y eran frailes franciscanos misioneros y unos cuantos soldados
que los acompañaban.
“Pone por término de esta segunda éra y principio de la tercera la
proclamacion oficial de nuestra independencia en Monterey, capital
del territorio, el 9 de Abril de 1822. Da una idea general del estado
del país durante esta éra, bajo el dominio de México, y hace mencion
de los nombres de los cabezas de familias principales en aquella
época; familias, en su concepto, demasiado numerosas, siendo en efecto
notable, entre otros, el ejemplo que cita de una anciana llamada Juana
Cota, que dejó vivos al morir, quinientos descendientes. Los demás
nombres que cita y que bien merecen recordarse entre nosotros, por el
interes especial que inspiran aquellos antiguos hermanos nuestros,
son los de Ignacio Vallejo, Joaquin Carrillo, José Noriega, José
María Pico, Francisco Sepúlveda, José María Ortega, Juan Bandini y
otros descendientes de éstos en una segunda generacion. Esta éra del
dominio de México termina con la ocupacion por los americanos de la
que nosotros llamábamos Alta California, respecto de cuyo suceso dice
nuestro autor, que poco despues de la primer batalla en el Rio Grande,
se ordenó por el gobierno americano se levantase en Nueva-York un
regimiento de hombres comprometidos á permanecer en California despues
de la guerra, como fundadores de un nuevo país, sin cuyo requisito no
debian ser admitidos. Esto prueba la muy deliberada intencion de aquel
gobierno, desde el principio de la guerra, de apropiarse aquel país
decididamente.
“El 6 de Marzo de 1847 llegó á él aquella expedicion militar, y el 19
de Enero de 1848 se hizo el descubrimiento del oro, un mes ántes de que
se firmase el tratado de Guadalupe, y cinco y medio meses ántes de que
la paz fuese finalmente proclamada, y reconocido por México el título
americano de California. En Noviembre de ese mismo año se formaron en
los Estados-Unidos las expediciones que, de cerca del Atlántico por el
Cabo de Hornos, y del Valle del Mississippí á través de las Montañas
Rocallosas, se lanzaron á buscar oro, dice Hithell, en aquel remoto
Eldorado, en una tierra desconocida á la geografía, en un océano
desconocido al comercio.”
Hé aquí á continuacion cómo habla de una de esas expediciones:
“Yo fuí uno de los que formaban aquel ejército de 20,000 hombres, sin
organizacion, que en Mayo de 1849 acampaba en las orillas del Rio
Missouri, entre _Councill Bluffs_ é Independencia, en marcha para la
tierra del oro. Pocos tenian animales de carga ó mulas de tiro: la
mayor parte teniamos tres yuntas de bueyes, y tres hombres y un carro
con provisiones para un año, como que no habia entónces capital para
las minas, ni sabiamos cuándo llegariamos á encontrar alguna refaccion.
En cuanto á los hombres, éramos la flor y nata del Oeste, casi todos
jóvenes, activos, sanos; muchos, bien educados: todos llenos de
esperanzas y entusiasmo. En nuestras ilusiones durante el dia y en
nuestros sueños en la noche, nos imaginábamos dueños de tesoros más
espléndidos que aquellos que deslumbraban la vista de Aladino. Nos
comparábamos á los Argonautas, al ejército de Alejandro al marchar á
conquistar la Persia, ó á aquellos hombres de las Cruzadas. Nuestro
entusiasmo estaba sostenido por nuestro número. El camino, en toda la
extension que podia abarcar la vista desde las más altas montañas, era
una línea de hombres y de carros: en la noche las fogatas parecian
como las luces de una ciudad situada sobre una colina. Nuestras más
brillantes esperanzas en nada disminuian, á medida que avanzábamos en
nuestro viaje: no olvidábamos, ni dudábamos alcanzar la recompensa de
las molestias y el cansancio que sufriamos diariamente. La extensa
marcha de dos mil millas que casi todos haciamos á pié, porque no habia
lugar en los carros; el paso á vado de frias y rápidas corrientes; los
contínuos preparativos de defensa por las falsas alarmas de ataques
de los indios; la fastidiosa guardia del ganado en la noche; las
largas travesías por el desierto; el calor sofocante y más sofocante
todavía el polvo de aquellos llanos alcalinos; la fatigosa subida á
las montañas, que parecian tan escarpadas que ni sabiamos cómo podian
traspasarlas nuestros bueyes, todo esto era sobrellevado por nosotros,
si no alegremente, al ménos sin pesar de haberlo arrostrado. Yo puedo
mencionar, pero no describir, la ansiedad que nos causó el que un tramo
de desierto que creiamos de cuarenta millas, resultase mucho más largo,
y que un hombre que encontramos nos asegurase que él habia penetrado
más allá de aquel punto treinta millas y no habia hallado ni muestras
de agua ni de pasto. Nuestros bueyes estaban rendidos y recorrer tal
ditancia era impracticable. Nadie, que nosotros supiéramos, habia
pasado jamás por aquel camino, ni teniamos guía alguno. Continuamos,
sin embargo, y encontramos dos familias: llorando los hombres, las
mujeres y los niños, sus bueyes muertos y ellos mismos sin esperanza
de socorro; pero apresurando nuestra marcha, á la mañana siguiente,
nosotros y aquellas desgraciadas familias acampábamos en un oasis, y
se jugaba y se bailaba despues de tanto sufrimiento. Tampoco puedo
describir la delicia con que desde la cumbre de la Sierra Nevada
descubrimos el lejano Valle de Sacramento, entre los rayos de oro del
sol poniente.
“Nosotros habiamos venido en busca del oro, y casi todos los que
vinieron por tierra se dedicaron á las minas. Aunque no hicimos tanto
como esperábamos, encontramos, sin embargo, los placeres admirablemente
ricos. No era raro que un hombre solo sacase quinientos pesos en un
dia, ó que dos ó tres trabajando juntos, dividiesen el polvo que
habian juntado en la semana, midiéndolo en bandejas. Pero no estábamos
satisfechos: otros habian ganado más: nosotros no habiamos ganado lo
suficiente. Penetramos en los terrenos ocupados por indios de guerra,
y encontramos placeres que podrian habernos hecho millonarios; pero en
medio de nuestro negocio quedamos sin provisiones, teniendo que vivir
por algunos dias con yerbas y bellotas sacadas de los agujeros de los
árboles en que las habian puesto los pájaros _picamaderos_. Por algunos
meses no dormimos bajo de techo ni vimos casa alguna, y lo peor de
todo fué que nuestros placeres, que tan léjos y con tanto peligro
fuimos á encontrar, nos dieron al fin un desengaño. No eran tan ricos
como imaginábamos, la agua faltaba y no éramos suficientes en número
para sostener una guardia en todos aquellos puntos contra los indios.
Todas estas cosas las sufrí en mi persona, y mi experiencia quizá fué
ménos llena de accidentes que la de la mayor parte de los trabajadores
mineros. Los gastos, el tiempo empleado en viajar y emprender, y la
privacion de las dulzuras y de las comodidades de la vida, hicieron
pensar á muchos de nosotros en que era preferible ganar el oro por
otros medios, que trabajando en los placeres. Abandonamos las minas.
Nuestros brillantes sueños de hacernos millonarios lavando las tierras
de la Sierra Nevada, se disiparon totalmente, y tampoco habiamos hecho
gran fortuna en otra línea segun nuestra clase; y de aquellos que la
habian logrado, no pocos volvieron á perderla. Sin embargo, cuando
volvemos la vista veinte años atrás, no nos lamentamos de haber sido
peones trabajadores. Pedimos á California que nos llenase á todos las
bolsas de oro; y si bien no accedió á nuestra demanda, nos dió en
cambio un hogar querido, un alegre y brillante cielo, un suelo fértil,
un país delicioso, un clima propio para todo vigoroso desarrollo, la
sociedad del pueblo más emprendedor é inteligente y un sitio adecuado
para una gran ciudad y para la concentracion del comercio y la riqueza
de la costa. Nos dió la mayor abundancia relativa de oro conocida en
el mundo: presentó en unos cuantos años un progreso que en cualquiera
otra parte hubiera requerido un siglo: nuestros negocios han tenido
una actividad sin igual y nuestra vida ha sido una rápida série
de fuertes sensaciones. Una gran riqueza nos ha rodeado á todos,
sin haberla alcanzado; y si muchos de nosotros no hemos sabido el
momento preciso de lograrla, hemos estado sin embargo por algunos años
interesados en cazarla, y quizá la activa excitacion de la empresa nos
ha proporcionado más placer que el que hubiéramos gozado en poseerla.
Muchos de nosotros han vuelto á los Estados del Este con la intencion
de hacer allí sus casas; pero ha fallado completamente su empresa. La
vida allá era una rutina vulgar é insípida: una vez acostumbrados al
movimiento de especulacion de California y á la cordialidad de esta
sociedad, no podiamos vivir sin ella.
“Por algun tiempo no pudimos pensar ni hablar de esto en familia.
Habiamos partido con la espectativa y la promesa de un pronto regreso.
Cuando por primera vez vimos las oscuras montañas y los desnudos llanos
de California en 1849, no nos ocurrió que jamás nos fuera preciso vivir
allí. Nada habia aquí que excitase la ambicion mas que el oro. Nuestras
madres, nuestras hermanas, nuestras esposas, todas nuestras prendas
del alma, permanecian en los “Estados” y de año en año diferiamos
volver á su lado. Ellas, privadas por las injustas y opresivas reglas
sociales de una suerte semejante en el curso de la vida, esperaban que
volviésemos á acompañarlas y asistirlas. El afecto de un millon de
familias á través del mundo civilizado, estaba fijo sobre California
por tales lazos. El pesar causado por estas separaciones y los
disgustos que resultaban de muchas causas, eran demasiado grandes....”
Aquí inserta el autor una composicion poética escrita por Mr. Akers,
expresion de las ideas y sentimientos que acaba de indicar y que
prosigue explayando despues de esta insercion, y luego añade:
“La alza repentina de la produccion del oro hasta la cantidad de
sesenta millones de pesos; la excitacion en Kern River, Fraser River,
Washoe y White-Pine; el comité de vigilancia; los grandes incendios
é inundaciones; el desarrollo de nuestra agricultura y horticultura
sobresaliendo por su excelencia en algunos ramos; la introduccion del
Panamá y de los estimbotes del rio; la construccion del ferrocarril
de Panamá; el establecimiento del _poni express_, de la línea de
diligencias, del telégrafo tras-continental y de la línea de vapores
tras-Pacífico, y al último de todos la conclusion del ferrocarril
del Pacífico, todo esto hace época en nuestra vida. En la conciencia
y en la memoria de todos los trabajadores, por pequeña que sea para
otros su importancia, la historia del “Estado” desde su llegada á él,
es una parte importante de su historia personal. Difícilmente podian
ver algunos de nosotros la prominente mojonera entre Shasta y San
Bernardino, sin recordar que está asociada á algunos interesantes
accidentes de su propia vida.”
“Despues de dar una idea de los atractivos de la vida en California y
de enumerar las ventajas que progresivamente ha adquirido, concluye
Mr. Hithell su prólogo citado, con una entusiasta apología de aquel
país y de los trabajadores ó _peoneers_ que lo poblaron despues del
descubrimiento del oro, y compara á éstos ventajosamente con los
conquistadores de México, llama á aquel suelo “la Italia del Nuevo
Mundo,” y dice que los descendientes de los Godos, de los Vándalos y
los Hunos que aniquilaron la civilizacion de Italia bajo su barbarie, y
de los Germanos, los Francos y los Españoles, cuyos campos de batalla
favoritos fueron por algunos siglos las llanuras de Lombardía y de
Nápoles, vendrán, no á pelear con las armas con los californienses,
sino á competir con ellos en las artes.”
Ufano al extremo quedé con las apuntaciones sobre el libro de M.
Hithell, las comuniqué á Gomez del Palacio, mi consejero predilecto y
mi maestro en mucho, y me dijo:
—Yo habia notado esa falta, y aquí tengo otras apuntadas; pero tú has
emprendido la tarea de escribir sobre el lomo de un venado cuando va
corriendo á todo escape. Mira este apuntito.
Y sacó una tira de papel de su cartera; leyéndola, me dijo:
—Te falta amplificar lo que escribiste sobre los carritos de la calle
de Clay.... los que andan solos.... decir algo de Bancos.... ver el
templo chino, porque tú no has visto más que un adoratorio cualquiera,
y sobre todo, volver á visitar el cementerio.
—Hombre! ¿pues no me llevaste tú con la Sra. A***?
—Ni me lo recuerdes: te llevé con todos mis años.... y á la mejor te
dormiste como.... no quiero recordar.... como es tu costumbre.
—Tienes mucha razon; ¡qué vergüenza! voy á enmendarme y á hacer lo que
me dices.... venga acá la tirita de papel.
—La vas á perder.
—Hombre, no tengas cuidado.
Vamos para la calle de Clay y estudiemos los carritos.
Al pasar por la calle de Kearny, frente á las casas del Ayuntamiento ó
_City-Hall_, encontré á un amigo á quién comuniqué mi intento de ir á
ver cuidadosamente los carritos que andan solos.
El amigo me ofreció su compañía, porque yo no he visto en mi vida
persona más entusiasta por los ferrocarriles urbanos.
—Ellos, me decia, aceleran los negocios, porque son calles que andan
y van al encuentro de ellos, permiten al pobre comodidades, porque sin
alejarse de los negocios, ponen á su alcance habitaciones cómodas y
baratas, siendo esto un gran elemento para la salubridad; ellos son su
abrigo en el invierno, su seguridad en la noche y su recreacion en los
dias de descanso.
Ellos han trasformado en jardines los arenales, los lugares desiertos
en paseos y plazas, y los antros de malhechores en quintas risueñas,
de que se han apoderado las modestas fortunas. Vd. ve, me decia: el
ferrocarril urbano es el carruaje comun, es el nivel por elevacion, que
es lo que engrandece á los pueblos.
—Segun eso, repliqué yo, es decir, segun la acogida del público, debe
tener cierta riqueza ese tráfico.
—Le diré á vd. lo que yo sé, me dijo mi indulgente amigo. Por ahora,
digo por ahora, porque aquí son los cambios diarios en todas materias;
por ahora, hay ocho compañías que emplean ochocientos hombres y mil
quinientos caballos.
Están en movimiento constantemente desde que sale la luz hasta más de
media noche, doscientos carros, recorriendo una extension, en todas
direcciones, que se ha calculado en cincuenta millas. Se gradúa en
más de un millon de pesos el capital circulante, y el movimiento de
pasajeros en más de veinte millones, advirtiéndose que la capital tiene
doscientos cincuenta mil habitantes y gira el género de los negocios en
un círculo en que no se hace uso de carruaje.
Los wagones son de varias clases, teniendo algunos notable elegancia:
presentan cabida para veinticuatro y doce personas; generalmente van
tirados por dos caballos; los más económicos son conducidos por un
caballo, encargándose el conductor de recoger la paga á los pasajeros.
En esta conversacion llegamos á la calle de Clay.
En la esquina que da á la de Kearny esperamos los wagones, que son como
los comunes, sin más diferencia que la de que la plataforma se extiende
como un pequeño portal sostenido en delgadas varillas, y aquellos
asientos al aire libre son muy codiciados y comunican al tren cierto
aspecto de alegría muy agradable. Por supuesto que en los dias de
lluvia y en el rigor del invierno, son ménos solicitados los asientos
de plataforma.
Los coches no tienen mulas ni se percibe á primera vista conductor en
el interior del carro, ni en la parte exterior visible hay manubrio,
ni nada que parezca comunicarse con el carruaje. Rueda éste sobre sus
rieles como un wagon comun, y solo se percibe en el espacio de riel á
riel una canal ó zanja muy angosta.
—Para que vd. tenga idea perfecta de lo que desea saber, subamos en
los carruajes.
La calle de Clay está situada en la pendiente de una colina de bastante
elevacion, y en la colina se percibe el rápido descenso.
La colina está en el centro de una localidad, no solo la más bella,
sino la más salubre de la ciudad: de ahí es que, como por encanto,
brotaron á la falda y á los alrededores de la colina, preciosas
quintas, jardines perfectamente cultivados, fábricas y talleres que
hicieron ese rumbo de la ciudad de lo más interesante.
Proyectóse, en cuanto se notó el desarrollo de esa parte de la
poblacion, el ferrocarril; pero no se pudieron vencer los obstáculos
que oponia el terreno, ya para la traccion por caballos, ya para la
locomotora.
A M. A. S. Hallidie se reservó el triunfo sobre esas dificultades, que
parecian insuperables.
M. Hallidie es un excelente ingeniero que ha obtenido por sus talentos
mecánicos notables triunfos: á él se debe el éxito brillante de los
ferrocarriles de la calle de Clay.
Descendimos de los wagones mágicos: estábamos en lo alto de la colina.
Vimos una gran máquina de vapor dando vuelta á una gran rueda dentada.
A la rueda la circuye una cadena sin fin, que corre en toda la
extension de los rieles por el canal ó abertura, en el intermedio de
los rieles de que hablamos; por medio de una fuerte polea se une la
cadena con el extremo de la grada del wagon, á una uña de acero; así se
comunica el impulso de subir ó bajar con la celeridad que se quiera.
La uña suelta ó afianza la cadena por medio de un resorte.
Cuando se quiere detener el carro, la uña suelta la cadena, levantando
á la vez unas palancas que suspenden en alto el wagon, miéntras
la cadena sigue girando, y para continuar el camino afianza la uña
la cadena: esto se hace instantáneamente, sin el menor peligro ni
inconveniente.
El sistema, segun el dicho de M. Hallidie, no es nuevo, pero tiene
algo de mejor, y es que es muy bueno, y tanto, que varias compañías
se habian propuesto adoptarlo, por las inmensas ventajas que produce,
entre otras, la de prestarse á una baratura positivamente fabulosa.
Cuando volví al hotel, dije á Francisco:
—Mira estas apuntaciones; ya verás que soy obediente chico.
—Me parece bien: en cambio, yo te he guardado una anédocta que
me acaba de contar un paisano recien llegado de New-York, que ha
acontecido á un mexicano, que en este momento estará en nuestra patria
en paz y en gracia de Dios....
—Venga el cuento....
—Alto, hermano, dijo Francisco, será despues de visitar al Jorobado,
tu favorito de la fonda; volveremos aquí y te ayudará á conciliar el
sueño la relacion que sabrás por boca del testigo presencial, que quedó
de volver á las tres de la tarde.
Comimos nuestra rutinaria alimentacion: la sopa con apio, los
pescadillos de carton, los riñones cotidianos de gutta perca
barnizados, el dulce de pintura de bermellon ó cosa muy parecida.
Cuando regresamos al cuarto, nos hallamos al paisano de holgado paletó,
sorbete como de cantería, tremendas botas, guante de lana, baston como
rama de árbol y dos ráfagas de bigote que parecian salir de sus narices
y entrar en sus orejas, teniendo como en columpio su nariz, del tamaño
de un muchachito desnudo volteado de espaldas.
Bramaba el paisano contra los yankees.
—¡Qué modales! decia. Cambian á la madre que los parió por un
_greenbak_! Y las mujeres.... esas no son mujeres, son tenazas, son
garfios.... no conozco pegamento más obstinado que esas arpías.... son
alguaciles y guardas de resguardo....
Por tan fácil camino llegamos al cuento anunciado por Francisco,
teniendo no obstante la discrecion de cambiar los nombres para no herir
susceptibilidades.
—Venimos á los Estados-Unidos Lucio y yo, en comision de una riquísima
casa de comercio, hace dos años. Nada nos faltaba, teniamos dinero,
buenas relaciones, salud y juventud.
Nos soltamos por aquellas calles de New-York, como toros: los prácticos
nos rodearon, los paisanos nos hicieron la corte, y á muy poco
conociamos á todas las actrices, nos hombreábamos con los calaveras,
recorriamos como nuestras casas las calles de Green y la 26, los cafés
cantantes y el _Restaurant de las Sultanas_.
Teniamos nuestro peluquero servil, nuestro sastre condescendiente,
nuestras modistas de confianza y nuestros valientes y endemoniados por
amigos.
Al principio nos instalamos en un grande hotel, despues preferimos un
cuarto independiente y comer _á la carte_, y por último, nos radicamos
en una casa de huéspedes, que presentaba mil comodidades.
Se comia _en familia_, se nos proveyó de una llavecita para penetrar á
todas horas de la noche en nuestro departamento y se nos presentó _en
el parlor_ á visitas de la casa, _comme il faut_, es decir, como las
podiamos apetecer.
La familia hospedadora se componia de una señora aun no retirada á
inválidos, un señor taciturno, gloton y más indiferente al parecer á la
familia que cualquier huésped, y unas dos ó tres criadas, fortachonas,
blancas y muy expertas en esto de cuidar solteros; esto, unido al perro
dormilon y al gato travieso, eran el personal de la casa de huéspedes.
A los tres ó cuatro dias de instalados, me dijo Lucio:
—Chico, amores tenemos: la Ernestina se ha sonreido conmigo.... y
mira, voy á la casa de mi maestro de inglés para que me traduzca esta
carta....
Era una declaracion incendiaria.
En efecto, la niña hacia avances, se apoderó á la hora de la mesa del
asiento cercano á Lucio.
—Julian, me dijo, la niña está flechada; ¿no oiste? le dije que cómo
le habia yo de nombrar, y me dijo: _My wif_.
—¿Qué quiere decir eso?
—Clarito: mi esposa.
—Y creerás? gente de buen trato, no aquellas gazmoñerías de nuestra
tierra. Julian, ya podias decirle cuatro palabras á esa Emma que viene
aquí, _me harias lado_, podriamos pasear juntos.
—¡Excelente idea! _Incontinenti_, le disparé á la tal Emma una
descarga de visajes que la dejé fria.
Lucio no estaba enamorado, pero sí orgulloso: regaló á la chica un
anillo con su fecha y un “tuyo hasta la muerte,” que hacia temblar las
carnes.
En la noche del obsequio hubo no sé qué juego de prendas, y no diré á
vd. por qué carambola; pero en cierta penitencia, cuando yo volví la
cara, Ernestina habia plantado un beso retronado á Lucio, que se quedó
con cara de tonto.... el viejo clamó: _Oll rihgt_, y pasó aquello como
inapercibido.
Al fin Ernestina combinó las salidas con Emma, y á poco, coche arriba,
coche abajo, y paseos y teatros van y vienen.... y Emma y yo les
establecimos competencia, por supuesto sin faltar en lo más leve al
órden legal.
Una noche, á deshora, la Ernestina salió de su cuarto, y sin gran
reserva, y como si nadie la sintiese, vino á visitar el nuestro, porque
dizque tenia miedo....
Confieso á vd. que yo fuí quien me asusté, y le dije á Lucio:
—Hermano, aquí espantan, y yo me largo....
Con efecto, pretextamos ocupaciones, necesidad de estar al otro extremo
de la ciudad en nuestros negocios, etc.... Los viejos hicieron en todo
esto un papel como si fueran de palo......
Las correrías en la calle fueron más frecuentes y costosas.
—Hermano, le decia yo á Lucio, acuérdate de aquella Guadalupe que está
gimiendo y llorando en el Valle de México por tí, y que ya mero queda
calva de los mechones de cabello que te incluye en sus cartas....
—No seas bárbaro, me contestaba, aquella es la mujer del corazon: esta
es la de la civilizacion....
Y luego, aquellas mujercitas de México tan chiquitas, y tan de mal
génio, y tan celosas, y tan escurridas.... no, hombre, si esto es
divino! me parece que estoy enamorado de una Catedral.... cada beso
suyo me alza un moreton.
El dia ménos pensado, y cuando ménos lo esperaba, recibió una carta
Lucio, á raja tablas, llamándole para nuestra tierra.... yo debia
permanecer en New-York.
Mi amigo pagó sus cuentas, hizo sus aprestos y dió parte á la familia
de Ernestina de su partida.
—_Well_, _Well_, dijo el viejo, que repito era un mastodonte brusco y
taciturno como él solo. _Well_, mañana á las siete espero á vd. á tomar
el _the_ por despedida.
—Aquí estaré sin falta.
—Ya lo ves, me decia el amigo al salir; ahora solo pienso en mi
Lupe.... tendremos nervios, habrá éxtasis.... yo seré feliz....
En cuanto á mí, me quedaba el recurso de convertir en crónico el amor
de Emma, y con calmantes de otra especie, consolarme de la ausencia de
mi amigo.
Al siguiente dia fuimos puntuales al _the_; Lucio estaba guapo:
guantes, corbata blanca, elegante _sobretodo_, raya abierta en medio de
la cabeza.
Yo me compuse lo mejor que pude.
Algunos amigos de la casa asistieron, las criadas estaban de gala, el
comedor muy alumbrado.
Carnes frias, lenguas de _Sandwich_, quesos, pickles, frutas en su
jugo, keks.... vamos, se habia portado nuestra antigua patrona.
La señora presidia: de un lado de ella estaba el viejo; del otro,
Lucio. Se comió con alegría, se bebió mucho, y se dijeron bríndis
entusiastas.
Cuando estábamos al concluir, M. Horace, que así se llamaba el viejo,
dijo á Lucio:
—Por fin, resueltamente marcha vd. mañana?
—Sí, señor, mañana sin falta.
—Oh, bien! bien! yo creo que partirá vd. con su mujer....
—¿Cómo con mi mujer? yo no soy casado.
—_O Well_, lo será vd. Ahí está su mujer de vd. (señalando á su hija),
y ó se va vd. con ella, ó se va por otra parte.
Y diciendo esto, con la mayor sangre fria del mundo, sacó de las hondas
bolsas de su paletó dos pistolas; puso una de ellas frente á Lucio, y
la otra, despues de requerir el gatillo, la colocó frente á sí....
El espanto fué universal; todos quedaron como petrificados en sus
asientos; quiso hablar Lucio, el viejo le impuso silencio: estaba
espantoso; yo.... quise mediar.... pero callé.... sin darme cuenta,
porque la escena, sin el menor aparato, cobró un aspecto horroroso.
—Como un hombre que va á morir puede tener algo que disponer, doy á
vd. por plazo lo que tarde en arder este purito.... fume vd. tambien....
El viejo, tan silencioso, tan frio aparentemente, tenia bajo su máscara
de hielo un aspecto terrible; á su lado habia cartas de Lucio y el
anillo aquel de _tuyo hasta la muerte_. La concurrencia era como de
estatuas.
Lucio estaba perdido....
—Que venga el notario, dijo al fin....
—¡Hurra!.... clamó la concurrencia, levantando las copas y dando así
tregua á su agonía.
Al dia siguiente, salia mi amigo casado de New-York para México,
cargando envoltorios, llevando del brazo á Ernestina y hecho un modelo
de padres de familia.
—¿Y vd., dije yo al narrador de aquella aventura, qué hizo?
—Yo! pues aquí estoy.... dí tal estampida al dia siguiente, que no
paré sino hasta aquí, donde tengo unos parientes que me proveerán de
recursos para volver á mi patria.... y me voy á vivir á un pueblo de
indios, para no ver Ernestinas, ni Emmas.... ni nada que trascienda
á _gringo_. Lances por este estilo son frecuentes; habrá quien me
reproche mi actitud impasible en lo de la escena del viejo; pero en
esto de valentías sucede como con las malas jugadas del ajedrez: los
mirones siempre ganan....