Majestoso y soberbio,
Sobre el mundo apoyado,
Se percibe el gigante
Que se llama el Parnaso.
Los bosques le circundan,
Su pompa custodiando,
Y los jardines tienden
Tapices esmaltados
A todo el que de cerca
Pretende contemplarlo.
Allá están los pinares
De follaje gallardo,
Verdes como esmeraldas,
Umbrosos.... sosegados,
De los extensos mares
Las olas contemplando.
La encina está más léjos
Junto al roble lozano,
Haciendo pabellones
A los enamorados,
Que á sus ninfas les cantan
Canciones como Bardos.
Este monte es más lindo
Que aquel otro Parnaso,
Todo con embelesos
Y todo con arcanos,
Y con sus nueve musas
Y nueve mil resabios.
Aquí se ve patente
Al Dios de lo creado,
El que á la luz da vida
Y mieses á los campos.
De lo alto de este monte
¡Qué lindo es el Océano,
Cómo en tropel sus olas
Van corriendo al ocaso!
Rielando con la luna
Que gira en el espacio,
En posesion grandiosa,
Seguida de sus astros!
Miro á “Punta de Pinos,”
Al poderoso Faro
Del navegante amigo,
Y amparo de los barcos;
Allí ostentan sus gracias,
Cuando llega el verano,
Las bellas que produce
El suelo afortunado.
De lona alegres tiendas
Bordan los verdes campos,
Y se pueblan los aires
De músicas y cantos.
En vistosas carreras
Compiten los caballos,
Y hay damas y convites
En medio de los campos.
Monterey á la falda
Del excelso Parnaso,
Parece hermosa niña
En maternal regazo.
¡Oh qué bello es su puerto
De pueblos circundado!
Y las sierras del “Toro,”
El “Gavilán” mentado,
Huerta del “Rey Saucito,”
“Cañada de los Gatos,”
“Huerta vieja,” “Cayuelas,”
Muy cerca “Los Berracos,”
“Cañada del Teniente,”
“El pocito del Blanco,”
“Cañada de los Hornos,”
“Picadero”.... y me callo,
Porque al fin esta sarta
De nombres tan extraños,
Tan solo los conocen
Los soldados de antaño.
¿Qué fueron de las casas
De adobes y enjarrados?
¿De dónde nos vinieron
Jardines y palacios?
Silencio, que no hay huella
De los pasados años,
Que desde aquí al olvido
Corriendo se marcharon.
¿Dónde está la capilla,
Iglesia de soldados,
Que hicieron á su costa
Como buenos cristianos?
¿En dónde está el castillo,
Cuyo fuerte artillaron
Los hombres más valientes
Que este suelo pisaron?
Triste está la Bahía
De Monterey ufano,
Dió tono á California
Por más de sesenta años.
¡Salve, Monte Carmelo!
Con tu templo arruinado,
Cuya cúpula miro
Como en mis verdes años.
¿Por qué no detuviste
Los tiempos que pasaron?
Viendo estoy á tus puertas
A los viejos soldados,
Hablando reverentes
Con frailes franciscanos,
Con sus espadas unos
Y otros con sus breviarios.
En bella lontananza
Con la vista cruzando
La _bahía_, se mira
Santa Cruz, la de Mayo,
Cuyos valles y montes
Desde tiempos lejanos
Están siempre cubiertos
De palos colorados,
De Laureles, Madroños,
De esbelto encino blanco,
De fresnos y de Alisos
Y grandes Avellanos.
El rio San Lorenzo
Camina serpenteando,
Llevando entre montañas
Su curso manso y claro.
Allí de Branciforte
Los ricos hacendados,
Cogen pingües cosechas
De flores y de granos.
Allí “Soquiel ameno,”
“Corralitos” y el “Pájaro,”
Se enlazan con sus valles
Al de San Cayetano,
Y se unen á Salinas
Con el Montereyano,
Orgullo de sus hijos
Do descuella el Parnaso,
Realidad portentosa
Del artífice Magno.
¡Qué escena tan grandiosa
Oh, y cuán sublime cuadro!
No en el antiguo mundo,
Aquí es dó está el Paraiso.
* * * * *
Si alguno este romance
Quisiere criticarlo,
Le suplico que lo haga
Subiendo á lo más alto
Del monte que describo,
Con calma, paso á paso,
Llevando de Champaña
Lo ménos un canasto,
Y diga, cual yo digo:
“¡Salud, Monte Parnaso!”
Recitaba el general con tal entusiasmo su romance, que aunque me
aseguró que era de un viejo presidial, yo me atrevo á afirmar que es
hijo de su númen, y así se lo hice presente, convenciéndome cada vez
más de que la sangre estira.
Como he dicho en otra parte, el general es la encarnacion de la
historia de California, y en esta última entrevista, me relató
biografías, leyendas y rectificaciones históricas, que siento mucho que
mi mala memoria se niegue á recordar.
Hablóme de los gobernadores Rivera, Moncada, Fajes, Arrillaga, Sola,
Tamariz y Echandía.
Me describió con vivísimos colores la expedicion rusa para la pesca de
nutrias, en 1831.
Hablando de tradiciones, se remontó al año de 1817: me representó
la expedicion de los piratas, y cómo en el estrecho de Karkines, se
desfiguraron los indios espantosamente para librar una tremenda batalla
que dió su nombre al _Monte del Diablo_.
Por último, como cuento de niños, me relató el descubrimiento del oro,
en estos ó semejantes términos:
—Ha de estar vd. para bien saber, y yo para mal contar, que en
aquellas tierras invadidas por los rusos, que despues se llamaron
Sacramento, vivia y bebia un capitan Sutter, dueño de una máquina de
aserrar madera: la máquina resistente y el capitan resignado, hubieron
de ponerse de acuerdo en trabajar poca cosa con el asentimiento de un
Mr. Marshall, soldado divertido, buen fumador de pipa como Sutter, y
amigo de la contesta y del trago, como soldado viejo.
Terciaba en tan buena sociedad la esposa de Sutter, señorona expedita,
rolliza, cejijunta y de resueltos movimientos, con un lunar en un
carrillo como una tarántula.
Yendo dias y viniendo dias, en una calurosa siesta, en que entre
dormitando y durmiendo creia departir muy formal el terceto
descrito, un peon del campo, con cierto desgaire que se parecia á la
indiferencia, allegóse al grupo, con un puñado de tierra en la mano y
le dijo á Sutter: “Vea, señor; ¿de qué serán estas chispitas?” Abrieron
los tres personajes tamaños ojos con la noticia de las chispitas....
las chispitas eran oro, oro purísimo....
Pidieron más chispitas, y aquel era inagotable manantial.
La madama iba y venia alborotando el cotarro, arrojó líquidos, vació
botellas, y á poco, todos los trastos de la casa estaban rebosando en
brillantes chispitas....
La cosa no tuvo gran publicidad; pero ha de saber vd. que el capitan
Sutter debia cierto piquillo que le molestaba, y los acreedores,
ignorantes de lo de las chispas, cayeron sobre él y sus posesiones, con
tan resuelta furia, que á la primera negativa querian dar con el bravo
militar en la cárcel. “Eso no en mis dias,” dijo la arrebatada esposa
de Sutter, y les metió por los ojos unas botellas de chispitas, que los
dejó aturdidos: aquellas botellas cayeron como áscuas sobre pólvora en
el público, y en el mundo entero tocaron á rebato con el maravilloso
descubrimiento del oro.
Muy gratas y muy instructivas para mí fueron las conversaciones del Sr.
Vallejo, á quien consigno agradecido este recuerdo.
[Illustration: _LIT. DE H. IRIARTE MEXICO._ Palace Hotel.]