Las criadas.—Los chinos.—Los alemanes.—Casas ambulantes.
ENTRE las casas de mexicanos que me favorecian con su amistad, habia
una que visitaba con particular complacencia.
Era una señora venerable, con tres hijas, modelos de virtud y de
hermosura.
El padre de la familia fué á California con objeto de establecer un
comercio: le halagó la fortuna uno ó dos años, murió repentinamente,
y la familia, inexperta en los negocios, se encontró pereciendo de
miseria al cabo de algun tiempo.
Las jóvenes, perfectamente educadas, se persuadieron de su posicion,
tomaron sobre sí el cargo de la subsistencia de la familia, y cada cual
utilizó su aptitud, no solo conservando la casa como ántes, sino con
mayor decencia, rodeándose de toda clase de consideraciones.
Una de las jóvenes se dedicó á dar lecciones de piano, lo que hacia
con el mejor éxito; otra entró como dependiente á una casa de modas, y
estaba encargada de los libros y de los grandes negocios del almacen,
y la otra, como maestra de idiomas, contribuia á la subsistencia de la
familia.
La señora gobernaba la casa, y en las noches se disfrutaba en ella de
la mejor sociedad á que yo haya concurrido.
Una noche encontré á Guadalupita de mucho mal humor, y cada vez que la
acentuaba con cualquier signo, reia la mamá y le decian todas.... “neta
mexicana, mexicana completa.”
Al fin se descubrió el motivo del mal humor.
En la casa estaban con la necesidad de una recamarera. Se presentó una
jóven á quien se le impuso de sus obligaciones, y parecia con todo
conforme.
—¿Cuánto es lo que quiere vd. de salario? le preguntó Guadalupe.
—Yo, señorita, nada.
—Cómo nada! eso no puede ser!
—Sí puede ser. Yo trabajaré todo el dia, como vd. me dice; pero luego
que termine yo mi trabajo, vd. me dará durante una hora mi leccion de
piano, porque yo quiero ser artista: con mi trabajo pago á mi maestra.
—Yo, dijo Guadalupe, le volví la espalda, y ella replicó:
—Es que acepta muy gustosa mi propuesta una paisana mia que lo hace
muy bien; pero su método de vd. es mejor.
—¿Me dará vd. insolencia? repetia colérica Guadalupe.
Y la mamá y las otras dos jóvenes reian, llamándola “muy mexicana.”
—_Fidel_, me decia un viejo frances visita de la casa, que me
profesaba particular cariño. Aquí los criados son trabajadores como los
artesanos; aquí, propiamente hablando, no hay servidumbre á la manera
que vdes. lo comprenden.
Un criado se contrata para determinados quehaceres, asiste á la casa
como á su oficina á desempeñar sus obligaciones, llena éstas y queda en
libertad para otros trabajos ó sus placeres en la calle.
Es muy frecuente que su cocinero de vd. le tome la delantera en un
teatro, ó se siente en un _bar-room_ á tomar ostiones.
—Pero eso es repugnantísimo.
—¿Por qué? le choca á vd. un pintor? un músico? pues yo no sé que
tenga más importancia que un cocinero. Todo es cambio de servicios.
Todo es el mismo proloquio: dinero por mi pan, nada me dan; pan por mi
dinero, nada agradezco al panadero.
—Todo estará muy bueno; pero ese igualamiento no puede ser; ese criado
un dia tira á vd. con un trasto en la cabeza, le replicará á todo, será
insoportable.
—Nada de eso, porque á la primera falta le pondrá vd. en la calle. Su
interes, por otra parte, le obliga á cumplir con exactitud, concurre á
la casa como á su taller ó á su oficina: lo que hay de cierto es que el
_amo_ no ultraja al criado, no le quiere corregir en su vida íntima,
ni se mete en las poridades de su conciencia; en las noches es libre,
y hace de su tiempo lo que le parece. Estas casas, que son una prision
para las criadas; esa comunicacion de carácter clandestino con niños y
niñas, trae inconvenientes de otro género; tal vez se priva uno de esos
criados viejos que se identifican con los amos y son modelos de lealtad
y amigos llenos de abnegacion en sus infortunios; pero en cambio, pocas
veces aquí el criado es el cómplice de una maldad; en fin, tendrá su
pro y su contra la servidumbre constante en el interior de la familia;
pero sí aseguro á vd. que con el sistema americano, gana mucho la
dignidad humana.
—_Fidel_, vd. se ha _ayankado_, vd. no discurre como mexicano.
—No, señora; si apruebo lo que el señor dice, es porque no veo
inconveniente en que luzca su trabajo el lacayo, en que si es
instruido, se abra camino y ocupe un asiento en el congreso; ¿por qué
no?
Yo conozco lacayos mucho más ameritados é instruidos que muchos
próceres de alfanje al cinto, que no tienen más méritos que extorsionar
á los pueblos y oprimir á los infelices.
No obstante lo expuesto, el americano es poco afecto al servicio
doméstico; aquí los chinos desempeñan esas tareas; excelentes
cocineros, buenos y dedicados jardineros, peones del campo y
trabajadores asíduos, se concitan el odio de los yankees, cabalmente
por la competencia terrible de sus menores salarios; pero esto mismo
los hace acreedores á mil consideraciones.
Los chinos han sido los grandes obreros de los caminos de fierro; su
sobriedad y su decision para el trabajo, los hace apreciables. En los
negocios, los comerciantes han hecho muy considerables fortunas.
Hay más de cien mil chinos en todo California, la mayor parte de
ellos, hombres. Las mujeres, que llegan en corto número, se dedican á
la prostitucion, y se acusa á muchos de los hombres de vicios infames.
Pero el chino, con generalidad hablando, es perseverante, económico,
sufrido y de gran flexibilidad para toda clase de ocupaciones.
Reservado y astuto, siempre que puede engaña á las personas con quienes
trata, y espía el medio de descargar sobre otro su responsabilidad.
Gran parte de los chinos que llegan á San Francisco dependen de
las compañías formadas expresamente con el objeto de proteger la
emigracion. Dícese que estas compañías tienen ostensiblemente objetos
caritativos y de beneficencia, y que realmente hacen poderosas
especulaciones.
Las compañías se denominan y tienen de fondo:
Wing Yung $ 75,000
Hop-Wo ” 10,200
Sam Yup ” 10,100
Yan Wo ” 4,300
Kong Chow ” 15,000
Cada compañía tiene un presidente elegido por los comerciantes y los
ricos únicamente.
Los alemanes, aunque en gran número, pocas veces se dedican á la
servidumbre, establecen á los cuatro vientos sus chozas ó tiendas,
guareciéndose algunas ocasiones bajo una carreta; de los primeros
cuatro palos que tienen á mano, construyen un _bar-room_, en que se
expende cerveza; sin esa circunstancia, la iniciativa de poblacion es
como trunca y defectuosa. En pos del tonel viene la Biblia. El templo
protestante y el _bar-room_ son como las piedras angulares de la futura
poblacion.
El aleman se instala con familia y trabajan todos los miembros de ella
asíduamente: sóbrio, económico, previsivo y constante en el trabajo, no
aventura un paso sin sentir muy firme el terreno.
Admira la audacia del _yankee_, elogia los arranques de su génio
emprendedor; pero él no abandona sus prácticas; modesto, reservado con
el americano, expansivo y servicial con sus paisanos. El aleman es
como ciertos insectos, no se perciben hasta que no se trasforman en
mariposas, ó más propiamente, el aleman _es la araña de la mosca del
yankee_.
El uno audaz, pero frívolo; el otro, cauto y reflexivo; el _yankee_ es
el hombre de hoy; el aleman el de mañana: el _yankee_ en una empresa
entrega muchas probabilidades al acaso; el aleman ninguna. Diez
alemanes se hacen ricos con las locuras de un _yankee_; el _yankee_
pocas veces explota á un aleman. En sus juegos de astucia, el aleman
semeja á esos gatos que dormitan sobre una silla al parecer, que se
descuidan y no se aperciben del raton que va, vuelve y se solaza á
sus piés; pero en el momento ménos pensado, cae el raton, rendido de
fatiga, en las garras del gato papalon.
Por este estilo fué la plática de la casa de Guadalupita, que disipó su
mal humor con los chistes y con el agrado de sus apreciables hermanas.
Serian las once de la noche cuando nos retiramos de la agradable
tertulia: la noche era hermosa, la mitad de la calle estaba alumbrada
por la luna: en la otra mitad se proyectaba la sombra, abriendo claros
de trecho en trecho, en las puertas y ventanas, la luz artificial.
De pronto, detuve á mis compañeros, porque me pareció que torciamos por
una calle cerrada: un gran edificio nos obstruia el paso.
—Vamos bien, esta es la calle.
—¿Cómo ha de ser? ¿No ven vdes. que vamos á dar de narices contra esas
paredes?
—Esa es una casa que anda.... acércate, me dijeron.
Y yo, con estupor, me acerqué. En efecto, venian varios trabajadores
conduciendo una casa en forma, con todas sus cosas: la habian sacado de
su quicio, y por medio de rodillos, cables y palancas, la trasladaban á
otro lugar de la ciudad.
La casa era de tres pisos; pero lo que me sorprendió fué que en esos
pisos habia gente, se veian las recámaras con unas criadas, y las camas
hechas y en tren de no interrumpirse los quehaceres comunes.
—¡Esto es singular! singular! decia yo.
—Singular para vd.: aquí no hay cosa más comun.
—Pues mucho más le sorprenderia á vd., me decia otro amigo, lo que
sucedió hace pocos dias en la calle de Washington. Un propietario
queria aumentar su casa. Vió á uno de nuestros célebres ingenieros,
y éste hizo de modo que independió un piso del otro, suspendiendo
realmente en el aire una seccion de la casa: intercaló el nuevo piso y
volvieron las cosas á su estado normal, sin que se hubiese desarreglado
nada, ni interrumpido la familia sus costumbres: por ese estilo se
verificó una ampliacion de terreno en la calle del Mercado.
—Es verdad que se trata de casas de palo; pero siempre tienen fierro y
ladrillo, y el conjunto compone moles inmensas.
Yo seguí gran trecho viendo andar la casa y admirando la tranquilidad,
mejor dicho, la indiferencia que mostraban en el interior de ella los
habitantes.
Despues, en las colonias nacientes, en los caminos
desiertos, me he encontrado verdaderas habitaciones y aun
oficinas sobre carros, con sus rubros:—_Gran Galería de
Pinturas._—_Fotografía._—_Sastrería._—_Dentista._
Una de esas habitaciones que encontré en otro tiempo en Tejas, era de
hoja de lata: las personas formales iban entregadas á sus ocupaciones,
en medio del ruido infernal que producian los juegos de los niños; pero
estos edificios ambulantes en California fué la primera vez que los ví,
y me dejó estupefacto el espectáculo.