XIII

Un ruso furibundo.—Pregones de vendimias en las calles.—Los

teatros.—La Maison Doré.—Los extranjeros y su influencia.

LOS MEXICANOS nos dividimos en grupos, y cada quien, con excepcion

de Sr. Iglesias, corria por aquellos mundos surciéndose relaciones,

procurándose paseos y entretenimientos y dedicándose á estudios

especiales, ó á sus gustos.

A la hora de la comida nos reuniamos en mayor número, y nos dábamos

cuenta de nuestras impresiones.

El uno se habia hallado una fonda de marinos alegres, barata, y en que

era el condimento excelente; pero bufaba de ira y no podia soportar los

movimientos bruscos de los que entraban, se empinaban en su tripié,

empujando á todo el mundo, y devoraban, dejando, como cerdos, un

basurero de fragmentos de carne, migajas y chorreones de cerveza.

Un músico de nuestros compañeros venia sordo y escandalizado de un

concierto de pífanos, trompetas y tambores, que habian extasiado á los

_yankees_, y á él le tenian á dos dedos de la _epilepsia_.

Tal, estaba frenético contra una lindísima _lady_ á quien vió descender

de un coche; hizo una seña, se aceptó la libranza telegráfica, tomó su

mano, vió ella un anillo que llevaba en el dedo, clamando: _veri fine_,

_esplendid_: dijo él: “muy á la órden,” y sin más ni más, la _lady_ se

lo puso en el dedo.... y se marchó.... Era el anillo de la señora de

sus pensamientos....

Alguno llegaba medio loco, porque un espiritista le dijo quién era, por

qué iba á California y que probablemente la hija ausente se le habria

casado con un perdulario.

Unos noveleros ensalzaban á los cielos cuanto veian, pintando á

nuestras mexicanas, chiquitinas, gazmoñas y encogidas, ceremoniosas,

llenas de vanidad y de celos.

Miéntras otros estaban reñidos con las extranjeras por su brusquedad,

criticaban su espíritu mercantil, su flexibilidad de carácter con el

primer transeunte, y su aire vagamundo y masculino, y nada sacábamos en

limpio, y todo era disertar, y todos y ninguno teniamos razon.

Yo frecuentemente me acompañaba con Alfonso Lancaster, Pablo Ibarra y

Manuel Alatorre.

Melancólico, aunque finísimo, el primero: reservado, pero lleno de

nobleza, el segundo; y Manuel, condescendente y delicado.

Por supuesto, tenian que buscarme dia á dia mis amigos, como con

linterna, por aquella enfermedad de que ya tengo dada cuenta á mis

lectores. Porque eternamente me perdia al salir de la casa, al torcer

una esquina, al saludar.

Se estacionaban dos en una magnífica fonda de la calle de Sutter, y

otro iba en mi busca; al cabo de tiempo, volvia conmigo, mal perjeñado,

aturdido, polvoso.... era que me habia sacado de unas barracas de

gitanos, donde me habian llamado á danzarme una tarantela.... ó bien,

en la inteligencia falsa de que era mason, me querian comprometer á que

instalara con unos franceses un taller, negándose á creer que soy un

profano de lazo y reata.

En uno de los dias de cita, me encontré que no almorzábamos en el salon

comun, sino en un departamento reservado, dispuesto para corresponder

con un espléndido almuerzo, el convite de un ruso que nos habia llenado

de obsequios y atenciones.

Esos convites privados se hacen con toda perfeccion en los

_restaurants_ americanos; pero es preciso confesar que los franceses

se llevan la palma y conservan en alto la bandera de la supremacía

gastronómica.

Cómodos sillones de terciopelo; la luz vertical penetrando entre

ondas de gasa blanca y color de oro; espejos, divanes, flores, con

extraordinaria profusion.

Yo me habia figurado los rusos velludos, de anchos hombros, de largas

cejas y ojos hundidos: un ruso como los representados en grabados en

madera.

Nosotros esperábamos inquietos: á cierto tiempo, el criado anunció

á nuestro convidado, que era un hermoso jóven vestido con exquisita

elegancia. Pero yo apénas me fijé en el ruso, porque llevaba como

colgada de su brazo la criatura más poética y angelical que puede

imaginarse: sin más averiguacion, declaré en mi interior que las rusas

eran las mujeres más lindas del universo.

Los rayos de sol disueltos en una atmósfera divina; la sonrisa de los

cielos refugiándose en las llamas de los labios; el amor, palpitacion

y vida; la ilusion hecha mirada; la pasion, encerrándose en las formas

del arcángel; la voluptuosidad de la Vénus, escondiéndose tras de la

inocencia del niño. Eso era aquella mujer, que nació despues de Eva;

porque Eva se hubiera muerto de celos al ocupar el paraíso, si la

hubiera encontrado allí.... y para colmo de sorpresa, aquella no era

rusa, sino una vision celeste escapada del cerebro de Víctor Hugo, su

compatriota, para mi ejercicio y mayor corona.

El ruso aquel, que me hizo abrazar incontinenti el partido de los

turcos, nos presentó, con la mayor naturalidad, á su querida.

Por fortuna, el ruso elegante no hablaba palabra de español; se

entendia en inglés con su adorado tormento, y nosotros hablábamos con

la hermosa convidada en español.

¡Qué alegres y decidores nos pusimos todos! cómo se hizo comunicativa

la alegría, y qué infieles traducciones llegaban al ruso de nuestros

piropos y galanterías!

Objeto _Desiré_ de las más delicadas atenciones, se declaró por México

con frenesí, y yo, á pesar de mis años, la declaré más mexicana que á

la Malitzin.

Una de mis exclamaciones entusiastas hizo hablar á mis compañeros de

mi lacra poética, y fuí hombre perdido. El ruso aquel cobraba cierto

aspecto feroz.

La jóven habló á un criado al oido, sacó una tarjetita, escribió y

despidió al criado.

Sirviéronse los postres: me parecia que el ruso me veia cara de

turco; pero bebió conmigo y mis compañeros: me dijeron que su fijeza

en el mirarme era por curiosidad de conocerme y que decia mil cosas

lisonjeras para mí.

Yo me tranquilicé; pero _Desiré_ era tan espiritual, tan amable, sabia

decir cosas tan seductoras, que los Moctezumas estábamos lelos de

admiracion.... y sin perder de vista al ruso....

Hablóse de caballos, de libros, de caza, de marina, de armas. En este

punto, el ruso habló divinamente: eso de escribir un nombre con balas,

de poner puntos á unas _ies_, de clarear los pequeños círculos de un

siete de oros, eran para el maldito ruso como beber un vaso de agua.

El criado de la tarjeta llegó conduciendo un álbum, que era un

verdadero prodigio artístico.

_Desiré_ se dirigió al ruso, y éste, con la mayor finura, me suplicó

rendidamente, por medio de un intérprete, escribiese allí algunas

palabras, y que le hiciese la gracia de que fuese en aquel momento,

porque tenia que partir de un dia á otro para las islas de Sandwich.

Pedí permiso para retirarme á una pieza contigua á escribir en el álbum.

Los jóvenes quedaron en medio de la algazara, las risas y las copas.

Yo me sustraje al ruido y comencé á hojear el libro, distraido, porque

realmente, no tenia humor de escribir.

El precioso libro contenia miniaturas encantadoras, paisajes deliciosos

y versos en varios idiomas.

Era aquel álbum como un altar en que la gracia, la inspiracion y el

talento artístico habian colocado las más ricas ofrendas.

Oia yo como á lo léjos las risas, y no sé por qué me sobrecogió

inesperadamente rara tristeza.

Seguia hojeando el libro y me fijé en unos versos, escritos de mano

de mujer; pero los escribia una mano enferma, trémula: ví con más

atencion, y en el papel habia huellas de lágrimas.

Los versos ocupaban las últimas hojas del libro: entre ellas habia un

_pensamiento_ hermosísimo, perfectamente desecado.

Aquellos versos, ¿quién lo creeria? son de la madre de _Desiré_,

elocuentísimos, sublimes de bondad y de virtud.

Eran los versos un contrasentido en aquel libro. Eran un llamamiento

á la virtud, con los recuerdos de la infancia, frente á la tumba del

honrado padre que habia derramado su sangre por la patria; eran la

representacion de la vida apacible del hogar, rodeada de los encantos

de la inocencia, y formando la niña las delicias de la madre, que la

idolatraba.... Era una apelacion á su corazon; era una retencion en el

camino del bien, bañando sus manos de lágrimas, cubriendo de besos su

frente todavía pura......

Las risas y el contento que llegaban hasta mí en ecos interrumpidos; la

soledad de aquella estancia; la confidencia de dolor de aquella madre,

hacian en mí profunda revolucion, y por un capricho inexplicable, tomé

la pluma y derramé en el papel cuanto encerraba de amargura mi alma,

cuantos sollozos íntimos estaban contenidos en mi pecho, secundando

ardiente aquella imprecacion maternal, que era como un alarido de

angustia que llevaba el presentimiento de la perdicion de un sér

querido.

Yo no sé cuánto tiempo duré escribiendo: cuando terminaba las últimas

estrofas, mis amigos se habian levantado de la mesa, y yo, concluyendo

de escribir, puse al salir á la calle el álbum en manos de la

deslumbradora _Desiré_.

Al siguiente dia, mis amigos entraron á mi cuarto azorados.

—¿Qué demonios has hecho?

—¿Qué atrocidades fuiste á escribir en el álbum de _Desiré_?

—¿Pues qué es lo que pasa?

—Pasa, que vas á tener un lance muy desagradable con el ruso; que te

busca frenético para una reparacion.

—¿De dónde te ocurrió esa predicacion de misionero en un libro de

galanterías y de chistes?

—¿Pues qué ha pasado?

—Que _Desiré_ se retiró á su casa, leyó los versos, los releyó, y ha

manifestado al ruso su resolucion de volver al camino de la virtud, al

lado de la madre que la llama inundada en lágrimas, junto á la tumba de

su heróico padre, y toda la sarta de barbaridades con que te quisiste

lucir en tus versitos.

El mundo se me vino encima con esta relacion: yo veia rusos por todas

partes.

—¡Vamos! no tiene más remedio que desconvertir á _Desiré_.

El lance era terrible.... solicité una entrevista con aquella

criatura.... y nada, ella estaba abrazada á su cruz de redencion, con

un entusiasmo, que ni Santa María Magdalena....

El ruso bufaba, la deidad aquella, era una fortaleza inexpugnable....

Jamás me ha hecho mayor daño la virtud de una mujer.

Maldecia yo mi aptitud de ganar almas para el cielo: mis amigos dejaron

al ruso que habia salido al campo.

Por fin, el ruso hubo de marcharse para las islas, y _Desiré_ se

embarcó para Francia.... Yo confieso que tuve dias pesadísimos, y que

á eso debo tal vez mi exaltada simpatía por la causa de los turcos.

¡Permita Dios que en este desfiladero de Shipka que disputan, dé al

traste con su alma el convidado de la fonda de Sutter!

* * * * *

Miéntras duró la aventura del ruso, no me acompañé con mis amigos,

vagaba al acaso por las calles, siempre perdiéndome y siempre

resultando rumbo opuesto á aquel á que queria dirigirme.

Aunque hay movimiento inmenso por las calles centrales, se nota la

preocupacion del negocio: hay mucho mayor silencio, aun cuando se

formen grupos.

Rios de gentes desembocan de las banquetas de Montgomery, el Mercado

y Kearny; cuelgan en las afueras de las tiendas sombreros, zapatos,

lienzos y plátanos. Se roza la gente con los cuartos de carne puestos

en los clavijeros; tropieza con las frutas, los cestos y los botes que

están á la entrada de las _Groseries_ ó tiendas mestizas, y no tienen

las calles, con todo su gentío, el ruido que se nota en México en las

calles centrales.

En las calles de California y al rededor del Sacramento, se atropella

la multitud de personas vestidas de negro, que entran en bancos y

depósitos: van, vuelven, transan, disputan y se pierden en la multitud,

siempre corriendo, y siempre codeando y apartando á los que les

interceptan el paso.

En algunas partes están regados ó amontonados muebles en medio de la

calle, y entre jaulas, colchones, roperos y carruajes, se encarama

un yankee, martillo en mano, haciendo un remate entre _ladies_ y

labriegos, potentados y carreros.

En tal esquina, un prestidigitador come lana y arroja llamas; en otra

muestra un charlatan, con un microscopio, los arcanos del cabello ó las

curiosidades de una gota de agua; allí se ven trabajar á las abejas

en un panal cubierto de cristales; adelante un mono sabio dice la

buenaventura á los transeuntes, y en medio de la calle, sobre un cajon

de vino, boca abajo, un demócrata furibundo pone de oro y azul á las

autoridades, y grita en todos los tonos que Hayes, el presidente, es un

pícaro redomado.

Pero este México cantante, esta voz de las plazas y de las calles que

se armoniza con el aire y la luz; que cambia con las estaciones y hasta

con las horas del dia, eso extrañaba tanto cuanto no es decible.

El tenor que pregona las manitas; el agudo grito de _carbon sioó_; los

barítonos de la cecina, y el melado y el requeson; los tenores de los

mosquitos; el contralto de la sebera y la vendedora de nueces, el bajo

profundo de las _tinajaaas_, dan voz especial á nuestras calles, educan

nuestro oido de un modo particular.

Las diligencias retumban en nuestros empedrados; los _simones_,

acentuando con la llanta floja su ruido, nos avisan su tránsito á

distancia; las partidas de mulas, los carneros y los soldados mantienen

en perpétua inquietud la poblacion.

En los mercados parece que las gentes riñen; ruega la india, invita

como amenazante el ranchero, el varillero charla y arma plaza, el

órgano congrega á los muchachos, y el cartelon de la esquina á los

artesanos de poca fortuna, y á las garbanceras.

Allí los traficantes callejeros se sitúan en las esquinas, y no gritan,

sino que hacen invitaciones á los que pasan.

Vénse canastos con frutas, y sobre perones y manzanas, piñas ó plátanos

empapelados, fijado el precio de cada pieza.

Sobre un asiento de tijera descansa un cajoncillo con ramitos de

flores ó con pasas, ó con cortaplumas y portamonedas, proclamadas

por un italiano, aunque las frutas son el comercio principal de los

compatriotas del Dante; otro cajoncito contiene juguetes ó candís

(dulces) para los niños.

En la noche, en algunos puntos, á la luz de colosales teas, suele verse

una gran caja dominada por una calavera: dice el rubro: “El mejor

amolador de toda la ciudad! Remedio infalible para los callos.”

Vése atravesar un hombre tirando de un carrito, sobre el que estriban

dos morillos y un cordel, formando columpio entre unos cencerros. El

conductor grita con voz desmayada: “_Wags_, _sochs_, _botls_.”

Es un recaudador de hilachas y botellas vacías, que no penetra á las

casas, porque no hay ni zaguanes, ni patios, como ya tenemos dicho.

Entre los carros de verduras, pan, leche, naranjas y simples avisos,

que se anuncian ó con campanas ó con roncas y disonantes trompetas,

una vez llamó un carro mi atencion.

Era un gran carro silencioso, tirado por cuatro caballos; el interior

era un salon bien alfombrado, con un pequeño mostrador en uno de sus

extremos, y botes, botellones y cajas de hoja de lata.

Al lado del mostrador, habia un hombre venerable de larga barba,

envuelto en una especie de sotana negra, con su bonete griego de

terciopelo, sobre su reluciente calva.

Por fuera del carro habia letreros en todas direcciones: _Dr.

Kinswelbourg. Las universidades de Alemania y Paris. El gran confidente

de los espíritus. El rival de Mesmer, en descubrimientos magnéticos.

Naturalista, botánico. Enfermedades incurables. Raíces de Arabia para

las lombrices.... Hiel de la serpiente. “Goatsichen” de Australia para

las enfermedades del espíritu_.

El carruaje marchaba lentamente, y el mágico iba recibiendo consultas

por medio de un intérprete que estaba en el pescante del carro, y

expendiendo sus drogas: jamás ví un más estupendo charlatan en mi vida.

El _allegro_ de las calles, es el muchacho vendedor de periódicos:

pocas veces tiene más de doce años.

Cruza las calles dando carreras y saltos y gritando desaforadamente;

descalzo, con los pantalones remangados hasta cerca de la rodilla,

en mangas de camisa. Ese muchacho, con el cabello á la frente, y el

sombrero, que es un muédano ó un remolino de arrugas, con afinidades

con el trapo, fuma cigarro y bebe _wiskey_, se ingiere en la política y

está al tanto de las peripecias mercantiles.

No siempre ese muchacho es un perdulario; mantiene algunas veces su

familia; jamás pide limosna ni estafa en sus tratos, y suele tener sus

economías en la caja de ahorros.

Otro de los comercios callejeros es el de los que dan bola á las

botas: los hay ambulantes, que con su cajita en una mano y el cepillo

en la otra, interceptan el paso y obligan al transeunte á mantenerse

equilibrado en un pié, miéntras comunican lustre á su calzado, y los

hay sedentarios, que poseen una especie de garita de tablas, con su

empinado sillon, su espejo y sus periódicos.

Una vez paseaba con J. Alcalde: seguíamos con la vista un carruaje

abierto, espléndido, en que dominaba una matrona lindísima, é iban

entre las olas que formaban las pieles, sacando sus cabecitas rubias,

unos niños como arcángeles.

Detúvose el carruaje frente á una de esas garitas, y la dama saludó

afectuosa á uno de esos tiznados _boleadores_, que en mangas de camisa

y con su pipa en la boca, subió al estribo del coche: los niños se

abalanzaron á su cuello, pidiéndole (_five cents_), cinco centavos.

Creimos que aquel era un criado.... Era el padre de aquella preciosa

familia.

El boleador ha hecho en su pedestre oficio una fortuna de más de

_doscientos mil pesos_, jugando al Stock; pero se honra con ejercer su

profesion!!!

Además de los vendedores ambulantes que hemos mencionado, hay

vendedores como los que propalan _naranjas de los Angeles_ y otros,

pero con un grito único, triste y desairado.

* * * * *

A estos californios á quienes nada distrae de su negocio; que tan

guapos son en tierra como en la mar, y que así se encaraman aislados

sobre una roca, sin más comunicacion que la de las aves y las nubes,

como se sepultan en las entrañas de la tierra; estos californios, digo,

son los chicos más bobos y los más afectos á las diversiones públicas.

Un vagamundo con su cilindro y su mono, una música de la murga en que

rasca el arpa, chisporrotea un violin y una flauta asmática, destrozan

al artista más pintado; unos perros sabios, un equilibrista, los sacan

de quicio.

Y el mismo hombre que para no distraerse saca su navaja y desbasta un

palito miéntras hace un negocio, pierde horas enteras curioseando y

sintiéndose el mortal más feliz.

No se puede fijar el número de salones de espectáculos, teatros, etc.,

porque estos caballeros, con el desplante mayor del mundo, y en ménos

que canta un gallo, convierten un templo en salon de baile, y el salon,

en dos por tres, en jardin, y el jardin en establo; pero todo en ménos

de cuarenta y ocho horas: se quitan bancas y reclinatorios, y se cubre

el suelo de césped, y se trasportan árboles; desaparecen los árboles, y

se ven los pesebres y las jaulas de fieras.

Todo parece de armar y desarmar; todo parece de desenvolver; todo

parece conducido en latas y en botes, desde el otro lado del mar.

Y para mí lo más singular era, que así como me parecia que para los

diversos espectáculos se desempacaban las decoraciones adecuadas, así

me parecia que venian en botes los actores, y ya devotos, ya bailarines

flamantes, ya pescadores, y ya volatines y saltimbanquis.

En un principio, es decir, por los años de 1848 y 1849, era el Circo

la diversion favorita del público, sea por la clase de espectadores,

sea porque realmente sobresalen estos hombres en tales ejercicios.

En estos espectáculos se lleva hasta la temeridad el arrojo; la

agilidad solo reconoce igual en el peligro; se domina el imposible; se

confunde el salto con el vuelo; el hombre parece que ha encarnado en

gutta perca ó en budruz.

La mujer hace ostentacion del poema de sus formas: se enrosca, se hace

fugaz como la brisa, palpita como la ola, se volatiliza como el éter.

Y la cascada de cabellos rubios que flota á su espalda, y los ricos

trages sembrados de estrellas, con voluptuosos flecos de oro y plata,

y el columpiarse convirtiendo en verdad la fábula, y convirtiendo en

palpable el ensueño, hacen el arrobamiento, la fascinacion, el éxtasis

en lo sublime; y en lo plebeyo, las cosquillas, el calosfrio y el

calambre....

M. Rower fué quien primero dió asilo estable á los volatines en la

calle de Montgomery.

M. Pipes y M. Masset, no sé cómo se apoderaron del único piano que

habia en la ciudad (1849, hoy es incontable el número de pianos), y

amenizaron la diversion con cantos y recitaciones.

Yendo y viniendo dias, pasaron por aquellos lugares unos cómicos

ingleses, y ahí tienen vdes. que M. Rower los atrapa, y con el auxilio

de aquellos hombres, se instala realmente el teatro.

—No conmigo, dicen los reyes del histrionismo, y una Compañía francesa

de aficionados interpreta á Molier y á Sardou.

Brotaban por todas partes los teatros.

M. Backer salta á la palestra, y Miss Matilde Heron levanta el arte

á una altura en que compite su teatro con los mejores de la Union

Americana.

En 1869, el Teatro de California, cuyo costo fué 125,000 pesos, eclipsa

todo lo que se conocia en materia de teatros.

Y por fin, el Teatro de la Opera, pone el sello á las aspiraciones de

grandeza y elegancia de los californios.

El Gran Teatro se abrió en 17 de Junio de 1876: tiene 110 piés de

largo, por 275 de alto.

Puede contener cómodamente, segun los inteligentes, más de cuatro mil

personas.

La arquitectura exterior es de estilo romanesco é italiano: en las

cornisas descansa suntuosa balconería, adornada de jarrones y estatuas.

El corredor principal termina en un gran vestíbulo: en el centro del

vestíbulo se ve una preciosa fuente de cristal, que en los dias de

grandes funciones vierte agua de Colonia.

En la parte interior pudiera decirse que el lujo agotó sus tesoros y

dijo su última palabra.

Al teatro que yo asistí mayor número de veces y con el que hice más

amplio conocimiento, fué el Teatro de California.

El gran salon de este teatro forma perfecto semicírculo. El patio se

divide en tres secciones, una en que está colocada la grande orquesta,

cerca del proscenio, separada del público por un gran corredor de

fierro: la segunda, las que llamamos nosotros lunetas, ó silloncitos

de tafilete ó terciopelo con asientos movibles, para facilitar los

tránsitos; y la tercera, lo que conocemos por plateas, que son

graderías de sillones.

Sobresaliendo de los palcos volados sobre la concurrencia del patio, se

ve un corredor con sillones espléndidos.

No hay palcos á nuestra manera: son corredores con escaso número de

columnas y con asientos siempre formando gradas, hasta la galería, en

que las gradas se apiñan hasta tocar el techo, que es de una altura

sorprendente.

Esta manera de construccion, tiene, por decirlo así, montada al aire la

concurrencia, comunicándole singular animacion, y completando su pompa,

el lujo, la pedrería, las plumas y tocados de las damas, que ya hemos

dicho que vulgarizan la magnificencia.

El techo del salon se hace admirar por sus adornos y bajo-relieves.

A los lados del palco escénico sobresalen gigantescas columnas, y entre

ellas, altas puertas con profusos cortinajes de musolina, terciopelo

y seda. Esos son palcos privados, generalmente ocupados por viajeros

distinguidos, cortesanas deslumbradoras ó cortejos de las actrices,

que en algunos teatros convierten en retretes de tertulia íntima sus

palcos, y con la proteccion de las cortinas, se platica dulcemente y se

toma Champaña helado.

En el centro del teatro, y suspendido del altísimo techo, se ve el

candil, que tiene más de doscientas lámparas de gas y que inunda en

torrentes de luz el salon.

El palco escénico es soberbio: forma su boca un arco inmenso que

estriba en robustísimas columnas.

El telon es un cuadro de bastante mérito, que representa las caravanas

de los primeros emigrantes, con mucha propiedad.

No hay concha, y en la representacion aparecen los actores como

hablando de su propia cosecha.

Al cambiarse la decoracion, no se hace por medio de telones, como

nosotros; tiene unos rieles el piso, y por ellos, en dos secciones,

corren las vistas, puestas en sus bastidores de tablas, con suma

celeridad.

La escena se sirve con grande propiedad, y en punto á maquinaria, los

teatros de California puede decirse que no reconocen rivales en los

mismos Estados-Unidos.

Por meses enteros se está dando una misma representacion, y hay actor

que con la interpretacion de uno ó dos papeles, haya hecho su fortuna.

Asistí, como digo, al Teatro de California, á la representacion que se

dió por meses enteros, de _La Vuelta al Mundo_.

Antes de entrar al salon hay un gran patio de mármol, en cuyo centro se

admira una lindísima fuente.

En el mismo patio se recogen los boletos, se alquilan anteojos, se

suelen vender las fotografías de los actores y actrices distinguidos, y

sale á fumar la concurrencia en los entreactos.

Todas las puertas están forradas de valleta verde, giran para atrás y

para adelante y no chocan ni producen jamás el más leve ruido; en ellas

hay sus óvalos de cristales que permiten ver la representacion.

La _Vuelta al Mundo_ está tomada punto por punto de la novela de Julio

Verne, que lleva ese título, sin más, que para comunicarle unidad

é interes, se hace depender el éxito de la apuesta del inglés, de

su matrimonio con una simpática muchacha, y que se hace uno de los

personajes principales un yankee valiente y generoso.

Por supuesto, que en esa revista de todos los países; en esas campañas

con los salvajes; en esos tránsitos de la locomotora entre las rocas,

haciendo saltar el hielo, aquel público, se ve, se siente, pasan á su

vista escenas de que está siendo actor y es infinito para ellos el

interes del espectáculo.

Domina lo tremebundo y exagerado, sea en lo trágico, sea en lo

grotesco: riñas, tiros, puñadas, empellones y agonías, se hacen muy á

lo vivo.

Se desatan los estusiastas en silbidos furibundos, y hacen que les

repitan los trozos más de su agrado, sean muertes, ó bailes, ó lo que

se fuere.

En lo grotesco, sucede lo mismo: un policía que persigue á sol y sombra

al protagonista, se disfraza de negro con toda perfeccion; el criado de

ese personaje principal lo sospecha, y en un momento dado, le pasa por

el semblante una toalla empapada y se pone de manifiesto el engaño....

El público pedia la repeticion, y se tiznaba y destiznaba el actor, que

era un contento.

En la farsa, las payasadas me parecieron intolerables, y no muy de

acuerdo con el respeto al público; pero el servicio de la escena, la

parte de maquinaria, es sorprendente.

En la _Vuelta al Mundo_, que ya tengo dicho que es un embrollo

dramático, sin piés ni cabeza, hay dos escenas, que con razon iba mucha

gente solo por admirarlas.

Una representa el ferrocarril del Pacífico, atravesando mares de hielo

entre inmensas rocas; abismos espantosos y desfiladeros que sobrecogen

de terror.... En uno de esos puntos la máquina aulla, presa entre la

nieve, los viajeros asoman las cabezas, algunos tratan de huir de una

muerte inevitable, y entónces, descolgándose por entre las rocas, caen

sobre los viajeros los salvajes, y se emprende encarnizada batalla de

puñaladas y pistoletazos.

La otra escena representa la mar enfurecida y el célebre naufragio, que

se verifica ántes que el protagonista, que no recuerdo cómo se llama,

llegue al término de su viaje.

El viento arrebata en ráfagas impetuosas la obra muerta del inmenso

navío, los marinos se entregan á la maniobra con audacia inconcebible,

se oyen á lo léjos los gemidos y las deprecaciones de los viajeros de

la nave que se hunde.

El vaiven del buque es tremendo; destrozado, abiertos sus costados,

lucha aún; pero en medio de esa lucha se levanta en torbellino la

llama; el magnífico navío se incorpora una y dos veces como un guerrero

moribundo que rodeado de enemigos busca sus armas.... y al fin vacila y

se hunde con estrépito, oyéndose un desgarrador gemido entre las olas

desencadenadas.

Y es tan cierto cuanto pasa y tan magnífica la representacion, que yo,

viejo; yo, gastado; yo, olvidando que estaba en el teatro, grité de

espanto y me sentí inundado en sudor, de la congoja que la vista de

aquel siniestro me produjo.

Es de advertir, que durante la representacion el salon del espectáculo

casi queda á oscuras, el gran candil se sube y oculta en la linternilla

del techo, los globos de gas casi se apagan y la iluminacion del palco

escénico, que es vivísima, presenta como en relieve la representacion,

y es de grande efecto.

En los entreactos se ilumina el salon, suena la orquesta, y en general,

señoras y señores, abandonan sus asientos y se dirigen á los corredores

exteriores, que son salones magníficos, con alfombras, espejos, sofaes

y á veces mesillas en que se sirven á las damas refrescos.

Frecuentemente, despues del teatro, cuyas representaciones terminan á

más de las doce de la noche, mis amigos y yo pasábamos al _restaurant_

llamado la _Maison Doré_, calle de Kearny núm. 117; establecimiento

malamente comparado con el Delmónico de New-York.

No obstante, la _Maison Doré_ es el punto en que se reune el mundo

elegante, y en que son exquisitos los manjares y esmerado el servicio.

Para emplear la noche las veces que no asistia al teatro, me instalaba

en un agradable _bar-room_, situado en un jardin pequeño, pero

perfectamente cultivado, que se llama el _Tívoli_.

Son dos grandes salones en figura de martillo, hundiéndose en su

conjuncion otro saloncito que forma altura y en que se coloca la

orquesta.

Los salones de que hablo están en su totalidad cubiertos de mesillas

redondas acompañadas de sillas, dejando estrechos tránsitos entre mesa

y mesa.

El consumo principal en el _bar-room_ es cerveza, comunmente de muy

buena calidad, siendo el valor de un vaso, cinco centavos. El expendio

debe ser considerable, puesto que costea la caudalosa renta del local,

más de veinte sirvientes y una orquesta que en aquella época era el

atractivo de la concurrencia.

En el saloncito que ya hemos descrito y sobresale de los otros

salones, estaba la orquesta. Componian esta orquesta diez ó doce

jóvenes alemanas; pero de tan notable hermosura y de habilidad tan

extraordinaria, que noche á noche estaba el Tívoli inundado de gente,

complacida al extremo de asistir á los sobresalientes conciertos.

Lo más selecto de la música antigua y moderna, forma el repertorio de

esa orquesta.

No se exigia pago alguno á la entrada de los salones, y se podia

permanecer escuchando sin hacer ningun consumo.

Los asientos más codiciados eran los cercanos á la música.

Los _amateurs_ se limitaban á depositar ramos de flores á los piés de

aquellas beldades encantadoras, sin que jamás traspasasen los aplausos

los límites de la más respetuosa galantería. Y las artistas eran bellas

y graciosas, y casi confundidas con el público, que tampoco pisaba la

línea casi imaginaria que dividia la orquesta del auditorio.

Era de ver entre el humo espeso de las pipas y de los puros, hervir

cabelleras y sorbetes, y sobresalir, corriendo en todas direcciones, á

los criados diligentes que hacian el servicio.

Era de admirarse la compostura y el silencio, miéntras se escuchaban

las sentidas melodías de Shubert y las sábias notas de Wagner, y el

tragin, el estrépito y la confusion en los entreactos.

Las damas de la orquesta vestian con suma elegancia y eran modelos de

señorío: ganaban su vida honradamente, y merecian el respeto universal.

Yo no sé, acaso es cuestion de sentimiento no sujeta á reglamentacion;

pero esas señoritas me cautivaban, y no podian merecer mi propia

estimacion las jugadoras de billar, las acróbatas y las parlanchinas

del _amor libre_.

En la mesita á que yo asistia constantemente se sentaban un griego, un

danés, un turco, un inglés, un polaco; es decir, no nos entendiamos

sino una que otra palabra, y no obstante, reinaba la cordialidad, la

alegría y las recíprocas atenciones en la accidental reunion: mis

compañeros mexicanos no podian explicarse aquella amalgama en que yo

entraba, nacida de la espontánea simpatía: el polaco, sobre todo, era

un apasionado á quien quise mucho. Nos encontrábamos en el paseo, nos

tomábamos del brazo, fumábamos sendos puros y nos retirábamos siempre

afables y con deseo de volvernos á reunir, sin habernos entendido

palabra muchas veces.

—No se canse vd., me decia un español, aquí no hacen letra ni tienen

cabida más que los hijos del país: esto de vd. es una rareza.

—Pero, hombre, ¿no ve vd. que aquí todos los hijos de Adam son hijos

del país?

—Siempre es la media lengua la que se hace camino; pero españoles y

americanos están por los suelos.

—En México decimos lo contrario; decimos que los hijos del país no

hacemos letra y que de los extranjeros son las consideraciones y el

dinero. Vd. lo ve: millares de españoles hacen su fortuna en México.

—Pues por lo mismo, amigo, la raza: estos son _money_, y no hay para

ellos otro Dios.

—Eso lo que quiere decir es que nosotros somos un tanto cuanto más

perezosos y más llenos de vanidad que vdes. Los españoles en México

tienen monopolizados varios comercios: las tiendas de abarrotes, casi

todas están en poder de españoles: en el comercio de panadería, apénas

se menciona uno que otro mexicano; y las tiendas de empeño son para

exclusivo lucro de vdes.

Diga vd. y acertará que nosotros aspiramos á ser los niños finos;

queremos ser senadores, generales, diputados, empleados, abogados,

médicos ó ingenieros á lo más, pero siempre con sus conexiones con el

presupuesto.

Ocupados en frustrar aquello de: “comerás con el sudor de tu rostro,”

dejamos el comercio exterior á los alemanes, las fondas y las modas á

los franceses, á los indios el pequeño tráfico, y reservamos el trabajo

á la gente ordinaria y mal vestida, porque en cuanto el artesano tiene

siquiera chaqueta y más de dos camisas, piensa en el club y en ser por

lo bajo _protestante_, ó _regidor_, ó cuando ménos _frac-mason_.

—Así es que en esta tierra, decia un venezolano, muy estudioso y

entendido en materias sociales, la influencia extranjera es altamente

benéfica. Esas oleadas de gente de todas las naciones verifican una

trasfusion completa, renuevan la sangre, vivifican el cuerpo social.

Urgidos por el hambre y aconsejados por la audacia, establecen

competencias en todos los ramos, despiertan la emulacion, crian, se

elevan, borran su orígen con su posicion y se incorporan á la masa

comun formando vínculos poderosos.

El residente del país, que sabe que el hombre es una riqueza, léjos de

repeler al extranjero, _le abre las puertas del municipio_, es decir,

le sienta á su hogar, le presenta en espectativa lisonjera, escuela

para sus hijos, templo para sus creencias, hospital para que cure sus

enfermedades y sepulcro en que descansen sus restos.

¿Ve vd. á los chinos? Los ve vd. objeto al parecer de la persecucion;

los ve vd. repelidos y presentados como una degradacion de la especie

humana? Pues ya quisiéramos que el indio de México estuviera en la

posicion del chino. Por otra parte, si tienen mala posicion y no

produce aquí tanto bien, como debiera, su presencia, es precisamente

porque son perseguidos.

El chino viste, calza y come á su manera, regularmente; casi todos leen

y escriben, cuentan con ahorros para sus necesidades, viven en casas,

asisten á espectáculos y tiene cada uno de ellos dos ó tres ejercicios

para ganar su subsistencia.

La grandeza de este país consiste en que por un encadenamiento de

circunstancias muy difíciles de explicar en una conversacion del

momento, el trabajo repelido de los otros pueblos, cuando no estaba

revestido de formas aristocráticas, la subsistencia de hecho de las

clases y distinciones sociales, sostenidas por la tradicion de siglos;

en una palabra, lo que se llamó la canalla, aquí se llamó pueblo, y

abrió de par en par las puertas á todo el mundo, y brindó paz, respeto

y consideracion al hombre por ese solo título.

Nosotros, que del punto de vista de la sangre y los fueros, el

monopolio y el privilegio, asistimos á este espectáculo, nos repugna,

nos avergüenza, porque nos sentimos despojados de nuestro oropel de

supremacía, y el niño fino español y el caballerito mexicano, valen

ménos, porque son ménos útiles á la sociedad, que el carrero, el

limpiabotas y el limpiador de chimeneas americano ó de la Suiza.

Bruscos dicen á los americanos. Pues qué, ¿el destripa terrones de

ayer, puede tener las maneras del caballero de industria de la alta

sociedad europea? Pero ese herrero, ese carpintero que se suena con

las manos y enarbola su pataza sobre una mesa, es más formal y más

cumplido que ese trapacero vizconde y que ese general cuya esperanza

de ascenso y de fortuna es que le den á mandar una brigada, ó hacer un

pronunciamiento para salir de apuros.

Ese refinamiento social que con justicia nos halaga y que existe en la

culta sociedad americana, no puede ser á la manera nuestra, por esa

afluencia perpétua de extranjeros y porque las condiciones de igualdad

hacen que se posponga cualquier otro título á los que dan el trabajo y

la honradez. No nos cansemos: el hombre es sociable, la comunicacion

de las ideas es una fuente de perfeccionamiento y de rápido adelanto,

y las armonías universales no pueden ser ni estables ni fecundas, si

no se apoyan en la libertad y si no encierran en un círculo de goces

comunes, á todos los hombres.

Viaje a los Estados Unidos, Tomo I · 第 30 / 106 题