VII

Las calles de dia y de noche.—Remates.—Embaucadores.—El

parque.—Casas de placer.—Calle de Dupont.—Barrio Chino.

HEMOS indicado cuánto es el movimiento, cuánta y cuán viva la animacion

en las calles centrales del comercio y en las próximas al muelle.

De dia hacen ostentacion de estas cualidades las calles de Kearny y

Montgomery, con sus efectos de lujo; las de California y Sacramento con

el movimiento imponderable de sus bancos; la de Battery y otras con la

carga y descarga de sus efectos en los almacenes, y todas con la mezcla

de placer y de los negocios que dan al conjunto una fisonomía alegre de

bienestar y contento.

Lo que no es describible es el conjunto, por más que muchas veces

lo haya intentado. Esas masas gigantescas de edificios austeros,

atrevidos, uniformes y pesados en su parte superior, descansando

sobre nichos de cristales inmensos sostenidos por ligeras columnas;

esa especie de fabricacion aérea, esa luz que corre bajo el macizo de

la construccion de siete y ocho pisos, y que forma como bosques de

lienzos, de joyas, de muñecos, de tocados, máquinas y figurines, eso es

lo que se necesita ver para formar aproximada idea de lo que se quiere

describir.

Atraviesan sin cesar las calles carros y carretas de todas formas y

dimensiones, desde el _vogue_ con sus dos colosales botes de hoja de

lata del vendedor de leche, hasta carretones que llevan montones de

tercios y de baules. El pan, la verdura, la carne, la cerveza, la

soda, todo se conduce en carros y se proclama en todos los tonos, con

insistencia grande, aunque en acento desgarbado y monótono.

El negociante atraviesa en su quitrincillo tirado por un caballo y

sube y baja haciendo su negocio; trepa el ómnibus las cuestas afanoso,

llevando de trasporte familias enteras; wagones innumerables se cruzan

rápidos con un tumulto de viajeros á su retaguardia, y en landós

soberbios y carretelas abiertas van las damas, recostadas entre pieles

negligentemente y dando al aire los velos blancos que revuelan sobre

las flores de sus primorosos gorritos.

Negrean las calles de los bancos con caballeros uniformemente vestidos

de negro, y como para una gran festividad, con sus sobretodos al brazo

como si estuvieran á la entrada de la ópera, culebrean y se agolpan los

chinos vestidos de azul, con los brazos abiertos en actitud de vuelo,

azotando las trenzas su espalda, dejando ver sus medias blanquísimas

como nieve y sus zapatos ó babuchas de chalupa, con los que andan muy

desembarazados, y entre ese gentío se abre paso con su sombrilla la

_lady_ vestida, con deslumbradora elegancia, de pieles, terciopelos y

sedas, reverberando de soguillas y pedrería, ágil, risueña, quemando,

desesperando á los inexpertos hijos de Adam.

Se deslizan y caracolean en todas direcciones vendedores de diferentes

artículos, que excitan ambulantes el apetito, y atacan insolentes los

bolsillos.

Cajoncitos con ramos de flores: cacahuates y naranjas en carritos de

mano; cortaplumas, botones y corbatas, limonadas y refrigerios, en

cajones sobre tripiés.

El sentimiento de igualdad se lleva tan al cabo aquí, que hasta las

que yo habia tenido como naturales categorías de las mercancías,

desaparecen. Entre una joyería y una tienda de modas, invadiendo la

banqueta, esperan marchante las frutas, el apio, los botes de conserva,

el jabon y los zapatos. Interrumpen las hileras de tápalos, casimires

y sombrillas, sendos cuartos de carnero ó de res pendientes de sus

clavijeros y tirando del _schal_ ó la mantilla á los transeuntes. Una

iglesia deja escuchar sus himnos gravedosos al lado de un establo en

que se forcejea con la curacion de un cuadrúpedo. Junto al portátil

despacho de aguas minerales, están los periódicos en todos los idiomas,

con sendos rubros de sus novedades, y lado á lado de la juguetería

de los niños, hay figuras anatómicas anunciando á un cirujano ó á un

dentista.

La botica constituye un ramo de comercio _sui generis_: hay con

profusion cajitas de píldoras, botes y botellas que todo lo sanan, que

prolongan la vida, que reconquistan la fuerza y la hermosura; pero

en la botica se expenden toallas, corbatas, perfumes, _protectores_

para el pecho, ojos de vidrio, bragueros en número estupendo y no sé

cuántas cosas más.

Es de rigor que las boticas ostenten suma elegancia y que sus

gigantescos botellones con aguas de colores sirvan de guía en las

noches, como faros á distancias inmensas. Los aparatos de mármol para

las aguas minerales heladas, suelen valer dos y tres mil pesos. En

México hay uno de estos en la botica de la calle de Tacuba.

En este país inquieto, voluntarioso y movedizo, los _remates_ tienen

importancia especial. La gente, al trasladarse á otro punto, todo lo

abandona, cambia de localidad como la víbora de piel, sin retener ni

reservar nada; parece que desea abandonar hasta sus recuerdos; pero eso

sí, sacando partido.

Por todas las calles hay remates.

Congréganse carros y carretas, colchones, cuadros, pianos, útiles los

más inciviles de la vida íntima; y así como todo lo deja el emigrante,

todo se apropia sin el menor escrúpulo el que queda, sin cuidarse de

la procedencia y haciendo uso inmediato de los desechos que remata.

Lo mismo sucede con los sombreros, con los zapatos y con la ropa que

llaman _de segunda mano_.

Todo el tragin que hemos procurado bosquejar de dia toma en las noches

otro tipo, sin dejar su actividad febril, á lo ménos en las calles

principales.

Pero la noche es el misterio y lo fantástico con que se complica

admirablemente la luz artificial.

En varias esquinas, en alto y á la luz de las antorchas, se miran los

mil suertistas, embaucadores y charlatanes en que tanto abundan estos

lugares.

Ya es un hombre que traga á puñados copos de algodon y por la manga

de la levita le sale hilo de la mejor calidad, vendiendo sus carretes

á alto precio. Ya es un sabio que hace funcionar su máquina eléctrica

para hemorragias, reumatismos, dispepcias y qué sé yo cuántas lacras y

achaques de la triste humanidad. Ya el propietario de unos pajaritos

que predicen el futuro, acarreando papelitos de diversos colores en el

pico. Una gitana dice la buena ventura á unos labriegos, miéntras un

espiritista denuncia sus conversaciones con el alma de Señora Santa

Ana ó de Booth, el asesino de Lincoln. Un Arago callejero explica los

fenómenos celestes al frente de un telescopio por donde todos ven

oscuro, y un perro sabio adivina lo que tiene uno en el bolsillo y la

chica que más le confronta de la concurrencia.

Los cafés cantantes, los teatros de _Ministrils_, los totilimundis y

los saltimbanquis, se anuncian con músicas de viento, sin cesar por

ello los cilindros, haciéndose rajas con los carcajeos de Offembach

ó las salidas picarescas de la Fille de Mad. Angot, miéntras tres

desgalichaos músicos de la Murga con su arpa y sus violines, sus

sorbetes y sus levitas raidas, gimen sus himnos á Garibaldi, con un

sentimentalismo como de quien no ha probado bocado en todo el dia.

En las noches de luna, los parques y jardines son muy concurridos,

viéndose en el parque, en _Cliff House_ y en otras casas de campo,

concurrencia hasta muy entrada la noche.

Pero donde se concentra una animacion nocturna que sorprende al

viajero, es en la calle de Dupont y sus alrededores.

Esa seccion de la ciudad, en una extension como de tres millas y

con muy contadas excepciones, se compone de estancias habitadas por

elegantes sirenas, que atraen con sus cantos y sus hechizos á los

frágiles mortales.

Las bellas habitadoras de esas mansiones se exponen dia y noche en las

ventanas de sus habitaciones, cuyo interior se percibe desde fuera.

Alfombras, espejos, candelabros, estatuas y el indispensable piano en

perpétuo ejercicio, se distinguen en esos templos del ocio.

Las hermosas en las noches suelen estar á la puerta de su negociacion,

vestidas de fantasía. Sultanas, sacerdotisas, griegas, amazonas,

divinidades olímpicas, alternan en todos los idiomas, invitando al

viajero á tomar descanso y encareciendo las grandes recomendaciones de

los establecimientos.

En algunas casas las escalerillas que dan á la calle están llenas

de jóvenes de deslumbradora hermosura, y se oyen de lo alto de los

escalones todos los idiomas, como divertida parodia de la torre de

Babel.

Inglesas, francesas, chinas, españolas, rusas, americanas, parecen con

el destino único de alimentar el bien parecer y la sociabilidad, y en

enjambres los viajeros acuden á hacerse cargo de esa instruccion al

aire libre, competentemente encerrada por la policía en determinados

límites.

Pero yo no sé: cuando entre nosotros se lanza una infeliz á esas

distracciones, la miseria, el desengaño, algun móvil que se relaciona

con misterios del corazon, son determinantes de su fatalidad. En lo

poco que yo pude estudiar de estas desgraciadas, no es así: disponen

de sus gracias como de una mercancía, se trata de su venta como

un expendedor de licores ó de lienzos, el tráfico es en frio....

descarnado, calculado, se valúan los cambios.... y se lamenta ó se

aplaude la alza y baja de la demanda, como al tratarse de la melaza ó

del tabaco.

De este modo, en la joyería, en la fonda, en el hotel, en el baile, se

sazona con la presencia de una hermosa el comercio, como si se tratara

de conducir allí una caja de música ó una bombilla de cristal con

pescados de colores.

Siguiendo las calles de Dupont y las de Jackson, se van viendo en las

puertas los nombres de _Miss Emma_, _Miss Virginia_, _Srita. Adela_,

para que no quede duda y para que no extravíe direccion aquel que suele

recibir una tarjeta en medio de la calle.

En unas de esas quiebras de las calles Dupont y Jackson, residen las

chinas.

Sabido es que las chinas de alguna distincion no ven la luz pública, y

que las aventureras que han logrado fugarse del celeste imperio son de

la peor ralea.

Se compone su vestido de un saco y una enagüilla. Tienen como zorongo y

abultados bucles de cabello cerdoso y reluciente sobre las sienes.

De tez amarilla, chatas, de ojos en diagonal, que parecen arrancar

desde la frente, boca grande y labios delgados, con pintura escarlata

en los carrillos: esa es la china. No lleva sobre sí harapos, ni

denuncian rasgones su mala fortuna; pero hay algo del ocre y de la cera

de Campeche en su atmósfera, que repugna.

Por lo demas, la china es el sér más atrevido, más desvergonzado y

repugnante de cuanto se puede imaginar.

Habita cuartitos sucios y desamueblados que constantemente están

cerrados; pero tiene en su puerta unos boquetes cuadrados con su

puertecilla constantemente abierta; por allí asoma la china su

fisonomía aplastada y saca sus dientes teñidos de colorado, con una

raíz que masca y le comunica ese color de sangre que repele.

Pero muchas chinas no se conforman con su encierro: se posan en el

medio de la calle y se abalanzan al viajero, agarrándole del vestido;

uno de nuestros amigos, entrado en años y circunspecto, dejó,

parodiando á José, la solapa de su levita en descomunal batalla con una

de esas paisanas de Confucio.

Leed lo que escribia en mi cartera el 2 de Febrero de 1877, y que pinta

mis primeras impresiones en el Barrio Chino.

“Saliamos contentos algunos compañeros y yo de la fonda.

Los recuerdos de la patria, las evocaciones á la juventud, y el

vino y el _rompope_, tenian alegres nuestros corazones y traiamos

á las vueltas la historia antigua y moderna de México, la crónica

escandalosa, las ilusiones perdidas y las esperanzas al perderse,

cuando sin antecedente alguno, del modo más repentino y más inesperado,

al doblar una calle, como por mágia, estábamos en China.

En las aceras van corriendo en giros encontrados dos raudales de

hombres y mujeres, vestidos de una manera imperturbablemente uniforme.

Amplio pantalon azul, calzado ó babuchas como chalupa, con la punta

hácia arriba, y una franja blanca ántes de la suela, blusa azul hasta

la rodilla y anchas mangas, largo y bien rasurado cuello, rapada

mollera, con un islote de cabello espeso en el centro, de donde se

desprenden para enroscarse en la propia cabeza ó flotar á la espalda,

luengas trenzas de más de vara, con su mota de cordon ó seda en la

punta. Esas trenzas se equivocan con la cola del mono, no sé por qué.

Las casas de tráfico, con pocas excepciones, están como amontonadas

al ras de la calle, ó en hondos subterráneos húmedos, mal alumbrados,

llenos de embarazos y suciedad.

Ya son fruterías con naranjas colosales, nueces de figura de riñones

que saben á la vez á coco y á nuez: unas raíces de preparacion

particular, que tiñen los dientes y la saliva de color de sangre, y

en tiendas más elegantes, á la usanza americana, chucherías mil, de

marfil, de ébano, de bambú y madera comun, con barnices deliciosos.

Joyas de oro, tejidos de seda con los matices y la levedad de los

colores del íris, y pájaros desecados y pinturas que asombran por la

perfeccion del trabajo.

Todo esto lo veiamos en una especie de tumulto, entre gritos como

ladridos, y desesperándonos la algarabía de instrumentos en que el

rechinar de la carreta y el tirabuzon, rozando con aspereza el corcho,

nos habrian parecido arrullos de tórtola.

En medio de aquella balumba, en que perdia para mí toda su reputacion

filarmónica el celeste imperio, alcé los ojos.

Los terrados, las flores, las personas, no ofrecen diferencia alguna

con las pinturas que vemos, creyéndolas fantásticas, en tibores,

biombos, cuadros y muebles chinos.

Son los balcones salientes y como encerradas sus puertas en cuadros ó

jaulas formados por las celosías.

Lámparas con grandes borlas ó colgajos de seda carmesí los adornan, y

flores importadas con especialidad del Japon las embellecen.

El lirio japonés, que es aquí muy comun, tiene sus tallos como la

azucena, se conservan á la sombra, se desarrollan entre pedrezuelas que

se humedecen y producen flores como de cera.

Los artefactos son muy variados y me producian extrañeza, aunque

conocia algunos, desde los juguetes de los niños, hasta los trages de

los mandarines y sacerdotes.

Para los niños hay trompos á los que se da cuerda, y al bailar se

deshacen en variedad de trompitos de colores que bailan á la vez.

Hay caprichosos ejercicios de paciencia para combinar los colores y

para vencer dificultades, como los nudos mágicos y el freno del gato.

La porcelana se ha docilitado entre los japoneses á un punto que

parece imposible. Se enrosca, se escurre, se volatiliza casi, y al

trasparentarse, revela colores ignorados á la simple vista.

La madera en sus barnices y su levedad, que la confunde con el carton,

presenta mil bellezas.

Pescados que plagian á los naturales con perfeccion, y adornan

charolas, azafates y platos, bandejas, picheles y tazas con flores y

pájaros realzados, desesperacion del pincel, del bajo relieve y el

buril, y partes en que parece se ha condensado la espuma para que en

ella se realcen edificios, árboles, navíos, hombres, mujeres y niños.

Me llamó la atencion, entre mil cosas, la filigrana, emulando el

cabello por su flexibilidad y sutileza en muchas joyas. Diré en este

particular, para desahogo de mi orgullo, que mostré en una tienda unas

mancuernas de filigrana que poseo, obra de mi querido amigo y compadre

José Carrillo, que tiene su taller junto al núm. 30 de la calle de

Ortega, y produjeron admiracion entre aquellos artistas, ofreciéndome

por ellas alto precio.

Ví unos bastones de caña, ligerísimos como plumas, que encierran otros

y otros que se desenvainan hasta prolongarlos de un modo increible.

Admiré barcos, jarrones y columnas de marfil como tela de huevo, llenos

de paisajes deliciosos.

Por último, me extasié al frente de la cabeza de un pájaro hermoso, en

cuyo pico, que tiene la figura del de la guacamaya, se esculpió un bajo

relieve aprovechando las plumas y los accidentes de aquella cabeza,

para producir un edificio fantástico en miniatura, de maravillosa

perfeccion.

No habria salido jamás de aquel laberinto de primores, si no me

hubieran conducido mis compañeros á la fuente del ruido incesante,

que se oia por todas partes vibrar y repercutirse, producido por dos

enormes círculos de metal, extension gigantesca de los platillos de

nuestras músicas de viento, y que forman la boruca más aturdidora, sin

dar tregua á la algazara un solo instante.

Estábamos en el teatro; apénas pude ver el recinto medio oscuro

azuleando de chinos, fumando opio ó tabaco, con sus fieltros echados

hácia atrás, dejando ver las pieles amarillas, las narices aplastadas,

las bocas enormes, el conjunto pasguato y desgoznado. En México hay

muchos que tienen caras de chinos.

En el conjunto de aquella concurrencia me hacia esfuerzo para conocer

á las hembras, que se me resiste llamar bello sexo.

El teatro es semicircular, con una sola galería, como una gran cornisa

saliente.

Esto apénas lo distinguí, porque me dediqué de lleno á ver la

representacion.

No tiene telon ni decoraciones el proscenio; en el palco escénico,

al frente del espectador, está una mesita de madera blanca, entre

dos puertas, y á su lado la orquesta que consiste en el _gongo_ ó

_comal_ de metal, y unos bolillos de palo sonorísimos, que golpean

contra piedras. Una especie de violines de la hechura del mango de una

guitarra y algun caracol ó trompeta; esa es la orquesta, cuyo conjunto

forma cuanto puede inventarse de más rasposo, horripilante y asesino en

materia de ruidos.

Entre aquel golpeo embriagador del gongo, se ven carreras desaforadas,

gesticulan caras estrambóticas, se encogen y desplegan actitudes de

verdaderos demonios.... Atencion, me dijeron, se está verificando la

batalla....

Sale por ejemplo un caudillo con sus alas blancas, con su túnica

riquísima de sedas de colores y oro, con su casco y su espada,

dirigiendo á unos hombres desnudos de medio cuerpo.

Encuéntrase este grupo con otro, que sigue á distinto caudillo; si

aquellos hombres del primer grupo tenian la parte superior del cuerpo

desnuda, éstos tienen la inferior. Embístense las legiones, luchan,

se ruedan por el suelo, dan machicuepas, se revuelcan como unos

frenéticos. La victoria se declara por el primer caudillo, que es una

caricatura de San Miguel Arcángel.

Los chinos victoriosos desfilan con una celeridad que apénas puede

seguirse con la vista, corriendo, dando brincos increibles y vueltas

en el aire, completándose en el vuelo circular que remedan, la parte

desnuda de los unos con la parte vestida de los otros, como si

estuvieran pintados en una rueda que diese vueltas en alto.

Los vencidos, en medio del tragin, ponen obstáculos á la festividad

vertiginosa; obstáculos que consisten en amontonar mesas y sillas,

sobre los que se precipitan los retoños del celeste imperio, como si se

desensartaran de un hilo multitud de cuentas azules que rodaran sobre

planos inclinados en todas direcciones.

El ruido no cesa, y á su golpeo, que no se puede llamar compás, salen

diversas cuadrillas de combatientes, entre las que me deslumbró por

la riqueza de sus vestidos, una que remedaba padres con casullas y

dalmáticas de seda y oro y de bordados espléndidos, que valuaron los

conocedores en muchos miles de pesos.

Nuestra completa ignorancia de la representacion hizo que pronto

degenerasen en monótonos los saltos, los alaridos, el ir y venir y las

posturas puntiagudas, cuadrangulares y diabólicas de los actores.

Segun mis confusas reminiscencias, aquella era una representacion

histórica, en la que un erudito habria encontrado rastros de las

religiones orientales y de la nuestra; pero aunque la ignorancia

es atrevida, en mí, no lo es tanto que me arriesgue á indicar mis

conjeturas, y dejo las cosas de tal tamaño.

Mi _cicerone_ me aseguró que aquella representacion duraba muchas

noches, siempre atrayendo igual gente.

En efecto, en los intervalos de los saltos, los grandes personajes

hablaban, y entónces se notaba en el concurso viva atencion, señales de

interes y aun lágrimas.

Las mujeres se sitúan en la galería, separadas de los hombres.

Durante la representacion, circulan entre los espectadores, gentes que

venden bizcochos, dulces, tabacos y refrescos.

Salí del teatro atarantado, como si hubiera estado en un campanario

durante un largo repique.

Apénas habiamos dado unos cuantos pasos en la calle, cuando nos

detuvimos frente á una puerta, de la que arrancaba una escalerilla de

palo angosta, pero cómoda, y nos encontramos al acabar de ascender, en

un elegante salon chino. Era un _restaurant_.

Tiene dos pisos el _restaurant_. No daré cuenta del primero, porque

estaba cuasi á oscuras. Nos instalamos en el segundo piso, que se

iluminó convenientemente.

Las mesas son redondas, color de café oscuro, con ese barniz peculiar á

los muebles chinos, que semeja al barniz de nuestras _jícaras_.

No usan sillas, sino unos banquillos, que cuando no están de servicio,

se hacinan en un rincon.

En las paredes están como sobrepuestas celosías de madera con pinturas

exquisitas, y sobre las puertas hay cornisas y goteras con labrados,

que figuran frutas, flores y árboles de notable perfeccion.

Muebles, adornos, manteles y lámparas, todo es rigorosamente chino é

importado de aquellas regiones.

En este particular es tan estricta la observancia de consumir todo del

país, que muchos comestibles son chinos. Hay en almacenes hacinados

patos que parecen cachuchas dobladas y que se inflan y ponen en venta:

los cerdos llegan barnizados como de madera fina, como guitarras, y

muchas frutas y legumbres empacadas.

Pedimos _té_, que genuínamente se pronuncia _Cham_: tendió el sirviente

el mantel y nos pusimos en tren de hacer la libacion Asiática.

Colocaron en la mesa panecillos y dulces: los panecillos del mismo

sabor y figura que los que conocemos con el nombre de _polvorones_;

uno de los dulces sabia á dátil, los otros tenian parentesco con las

pinturas de aceite y los menjurjes de botica.

Colocó el doméstico frente á cada uno de los compañeros una pequeña

tacita al ras del mantel, y á corta distancia una especie de dulcera

con su tapa. En aquella ánfora pusieron gran cantidad de hojas de thé y

le vertieron encima agua hirviendo. La tapa de la tetera se desvía para

dar salida al thé, que corrió á nuestras tazas perfumando el salon.

Alegrísimos se pusieron los chinos con nuestras señales de aprobacion,

advirtiéndonos que aquella era la primera toma, que seguirian la

segunda y la tercera, haciéndose más concentrada y aromática la bebida.

Nuestros sirvientes, acompañados del dueño ó encargado del

establecimiento, nos hicieron ver minuciosamente el salon.

Antes nos explicó uno de ellos la manera de servirse las comidas.

En una mesita de las que veiamos, é igual á la en que estábamos

sentados, se colocaban los convidados. Del frente de cada uno de ellos

parte una fila de platos con manjares; los platos son de mayor á menor,

formando el conjunto como los rayos de una rueda, mejor dicho, los

platos y platitos forman una estrella. Los platos grandes son para los

manjares, los pequeños para los dulces. Sobresale entre las bebidas el

sabor del agua-cola, y entre las comidas el de la asafétida. Con eso

queda hecha la apología de la cocina de los chinos.

Véamos el salon detenidamente.

Grandes arcos y cornisas de madera calados, figurando pájaros, pescados

y flores: lianas que cuelgan de las puertas y parecen temblar con el

viento.

En la gotera superior, en delicadísimos bajos relieves, vimos figuras y

caractéres que nos dijeron referirse á la vida de Confucio, á episodios

de sus viajes y la traslacion de sus sábias máximas.

Al subir del primero al segundo piso para retirarnos, nos detuvimos

frente á un mostrador en que se encontraba el director de la

negociacion y el dependiente principal.

El primero de estos personajes fumaba su pipa, de pié, pero recostado

en el armazon de aquella especie de cantina.

Tenia el director entre sus labios su pipa como de ébano, con boquilla

y preciosos adornos de plata. La pipa consiste en un tubo delgado, como

de una tercia de largo, y remata en una pequeña cazoleta donde apénas

cabrá la yema del dedo meñique: allí está ardiendo una bolita poco

mayor que un garbanzo: ese es el opio, que constituye la delicia y que

consume la existencia de los chinos.

En el fondo del salon se ven unos pequeños cuartitos con sus cortinas:

dentro, sobre tarimas, hay grandes cojines; allí se encierran los

fumadores de opio.... á olvidar la realidad de la vida.... soñando

cosas encantadoras.... Pues, señor.... ¿eh?....

El dependiente tenia entre sus manos una especie de bastidor con

alambres horizontales, y en ellos, ensartadas unas cuentas de palo. Eso

se llama _abaco_.

Empujaba las esferitas aquel chino, como una rezandera ejercitada las

cuentas de su rosario.

—Así hacen sus cálculos estos hombres, nos dijo nuestro guía, y

resuelven las más complicadas operaciones de la aritmética.

Aventuramos pruebas haciendo preguntas al dependiente, y quedamos

sorprendidos de la celeridad y exactitud de los contadores.

A mano derecha del dependiente estaba un pincel y en un trastecito

pequeño la tinta de China con que escriben, poniendo unas abajo

de otras, letras y palabras en líneas perpendiculares, como todos

conocemos.

Al despedirnos, el obsequioso sirviente nos dió las tarjetas del

establecimiento, en inglés, pero con su traduccion en chino, para mayor

claridad.

El 13 de Febrero es el dia de año nuevo entre los chinos.

Se saluda el dia con salvas, que se hacen quemando manojos de cohetes

forrados en badana, que ya conocemos, y que producen el ruido de una

matraca, ó como en nuestros fuegos artificiales cuando se quema la

parte superior del castillo (_bouquet_).

Pasean los chinos las calles sacando á luz sus más ricos vestidos: los

de los personajes y mandarines valiosísimos.

El Barrio Chino está extraordinariamente animado ese dia; atraviesan

sirvientes con largos _bambous_, de cuyas extremidades cuelgan canastas

con viandas y verduras.

Como ya he dicho, al frente del hotel en que habito hay un hospital. Al

lado del hospital se ve una pequeña capilla.

Ese dia de año nuevo chino, visitan la capilla. En su centro, y en una

especie de altar, dominaba un ídolo negro.

A su frente hacian varias genuflexiones los sacerdotes.

Uno de ellos agitaba en su mano una especie de cubilete, lleno de unos

palillos delgados como limpiadientes: despues de agitar el cubilete

para que se revuelvan los palillos, los arroja por alto, y al caer, ó

por la postura en que se colocan, que suelen formar letras del alfabeto

chino, ó por su número, marcan tal augurio, que interpreta el sacerdote

y apunta en un papel, hasta que concluido su cálculo, arroja el papel

al fuego. Si el augurio es feliz, entónces hay cantos y demostraciones

de regocijo. Si es desgraciado, exhorta el sacerdote á la conformidad ó

á la penitencia.

En la noche el Barrio Chino está iluminado. En varias tiendas hay una

especie de altares que visitan todos los que quieren.

Los chinos se muestran complacidos de las visitas, y obsequian á sus

amigos con dulces, bizcochos y Champaña.

Yo entré á una botica china que tiene el aspecto de nuestras malas

boticas mexicanas del año de 30. Muchos cajoncitos, botes de barro

vidriado y botellones de vidrio ordinario.

En el fondo de la pieza estaba la figura, de Khoing-Theseu ó Confucio,

con su bonete de dos altos, su luengo bigote y su barba rala y tendida

como una cortina.

A los lados del altar me pareció reconocer á Hoase, madre de Fou-hi, de

quien cuenta la leyenda que siguiendo los pasos de un hombre la circuyó

el arco-íris y dió á luz al gran rey. El seductor tenia el cuerpo de

serpiente y la cabeza de buey.

Díjome el boticario, que hablaba francés con bastante soltura,

mostrándome otro retrato: este es Chin-noung, inventor de la medicina,

y éste, Hoaug-ti, que escribió sobre ella libros admirables.

Por último, enseñándome con sumo respeto otro muñeco, me dijo: conozca

vd. al gran Yu, uno de nuestros reyes más sabios.

El altar, no sé por qué, me recordó á nuestras ofrendas de dia de

muertos.

Habia en el altar dulces, panecillos, toronjas de tamaño colosal: entre

los dulces y las frutas habia tres candeleros con sus velas de cera,

teniendo por pábilo astillas de sándalo. Todo esto se veia al través

del humo del incienso, que se quemaba en un braserillo colocado frente

al altar.

Esta excursion la hice acompañado de la estimable familia Cima,

distinguida más que por su posicion, que es brillante, por su finura y

excelentes cualidades.

El boticario nos brindó con unas pipas de hechura particular; constan

de dos cajoncitos de metal y un pico levantado por donde se fuma.

En uno de los cajoncitos se pone tabaco, en el otro agua hirviendo.

Nosotros rehusamos el obsequio, pero dicen que es muy agradable.

El farmacéutico, que parece hombre de instruccion poco comun, invitó á

las damas para que hablasen con su señora y sus hijas; pero mostró gran

reserva con los hombres, porque los extraños no ven jamás á las chinas

de categoría.

En otra vez hablaré de la poblacion china de California, y su

significacion en las cuestiones económicas y sociales.

Viaje a los Estados Unidos, Tomo I · 第 23 / 106 题