La espalda de esos palacios son callejones inmundos, desahogo de
bebedores, muladares asquerosos sin banqueta, con alumbrados exíguos y
transeuntes patibularios.
Pero el primer piso de esas calles principales es la exposicion
perpétua de cuanto el arte, la ciencia, el buen gusto y la riqueza
pueden mostrar con más orgulloso alarde.
Tiendas de ropa hecha en que se verifican intempestivas metamórfosis,
casas de modistas de inconcebible profusion de trages, chales y
tocados, cajones de ropa en multitud, que como la _Casa blanca_ sola,
contiene mayor riqueza que las de nuestra calle de Plateros juntas, y
joyerías que el solo Palacio de los diamantes con sus espejos, con sus
aparadores forrados en terciopelo negro, ostentan en centellas de luz,
de ópalo, de esmeralda, perlas y oro, por valor de catorce millones de
pesos.
El lujo que en general gastan caballeros y damas, tiene razon de
sospecharlo de fabuloso el que no lo haya visto con sus ojos.
Llegamos en el corazon del invierno: el frio era intenso. Los hombres,
porque no podiamos, ni pude jamás distinguir clases ni posiciones,
vestian de paño negro, llevando al brazo, ó puestos, paletos riquísimos.
Las damas, con generalidad que degeneraba en vulgar y monótona,
caminaban cubiertas de paletos de paño ó de pieles de nutria ó
castores; algunas de esas talmas ó burnuces, valiosos en trescientos
ó quinientos pesos, con sus gorrillos con flotantes velos blancos,
azules, verdes y negros, y sus inseparables sombrillas. No ví sino
muy contados mendigos, y éstos ayudados de un organillo, de un
violin, de un ramo de flores ó una cajilla de fósforos, y esos entes
aguardientosos, trapudos y abigarrados, y esas mastodontas de _schal_,
esas _elefantas_ de delantal y zapato desgobernado, solian pasar por el
centro, como el mal olor donde solo se respiran perfumes.
La afluencia de la concurrencia de _ladies_, en las calles de Kearny,
Montgomery y el Mercado, es perpétua, sin variar ni interrumpirse á
ninguna hora. La _ladie pur sang_ vive en la calle, y ya se sabe que
está en todas partes, y en todas partes se la recibe con preferente
atencion.
Por otra parte, aunque se dice que New-York es el emporio de la
hermosura americana, yo ni teniéndolo presente me imaginé jamás un
conjunto de mujeres más bellas ni seductoras, que tienen derramados
en sus formas tales visos de alegría y de fiereza, y es tan suelto
y desembarazado su porte, que no el vejete que esto escribe y está
turbado y descolorido con cerca de sesenta duros á la espalda, sino la
flor y la nata de los primeros donceles del mundo, quedaria ante ellas
con un palmo de nariz....
A las orillas de las banquetas y frente á las grandes joyerías ó
cajones, hay postes para que desciendan las damas ó para que los
dependientes alcancen cómodos á las portezuelas; en los hoteles tienen
entrada especial las señoras; en los restaurants, hosterías, etc., hay
departamentos preparados con particular lujo para _ladies_, y en el
carro _Pullman_ hay gabinete de aseo reservado para las damas, en donde
se agotan las previsiones de la más exquisita galantería.
La mujer está en posesion plena de su supremacía social; va apoyada en
el inviolable respeto de toda la nacion.... la circuye una aureola de
consideracion, fundada en la fuerza y en la dignidad del hombre. En las
intimidades esa mujer será digna del anatema y del castigo; pero en
la calle, en sociedad, esa mujer, por solo serlo, tiene el amparo del
hombre y de la ley.
En la noche se renueva la vida en el centro de la ciudad, en que se
ven como rios y piélagos de llama; tan viva así es la iluminacion de
algunas calles, como la de Kearny, tantas veces citada, el Mercado
(Market), Montgomery, Dupont y alguna otra.
Muchas tiendas permanecen abiertas y concurridas, y como todas están
profusamente alumbradas con gas, pueden llamarse diáfanas las paredes;
tanta así es la generalizacion de los cristales enormes y las luces
de los aparadores; en la calle se hace luz de dia y se cree una
continuidad de festin el movimiento nocturno. Las tiendas se cierran
uniendo los cristales de las puertas con una aldabilla, que proclama
muy alto la seguridad y la confianza en el pueblo y en la autoridad.
La iluminacion de las calles se debe al tráfico; en las que éste no
impera, hay oscuridad y tristeza, aglomeraciones de casas sombrías y
lugares desiertos, en que apenas con latas hundidas en la arena se
marca la division de propiedades.
Los puestos de frutas, las fondas, los muchos teatros y cafés
cantantes, los vendedores de varios objetos y los prestidigitadores y
caballeros de industria, usan teas y luminarias para atraer la gente
que se agolpa curiosa, pendiente de la charla.
La constitucion material de que hemos hablado en un principio, hace
que en las noches la vista de la ciudad sea singular. A mí en cada casa
me parecia que habia baile.
Desde cualquiera de las alturas que dominan toda la ciudad, las luces
muestran en relieve sus accidentes, se marcan con cintas y firmamentos
de llama, como que se tienden bajo nuestros piés; en los valles, los
reverberos de luz, ó corren en caprichosas ráfagas, ó surgen salpicando
las sombras entre los árboles y los grandes edificios, derramándose en
las plazas y la orilla del mar.
Los carros y carruajes son en gran número, de todas formas y tamaños,
comenzando desde la carretilla de mano, teniendo por sentado que no
hay sér más resistente que el yankee para eso de llevar á cuestas una
carga, y este tal vez es resultado de un sentimiento de dignidad,
benéfico en alto grado, bajo todos sus aspectos, para un pueblo.
Apénas sale de la humilde fortuna un particular ó una familia, cuando
aspira á tener un _vogue_, es decir, un cochecito de dos asientos,
tirado por un caballo, con el que transita por todas partes y se
hombrea con las personas más opulentas.
Pero hay más; el panadero, la lechera, la vendedora de verdura, el
labriego más infeliz, aspiran á tener un carruaje; en él conduce su
mercancía; pero á su familia tambien, que entra sin sentirlo por la
puerta del trabajo, al goce de las comodidades sociales.
En los coches del sitio hay verdadera riqueza; son landós ó carretelas
tirados por soberbios frisones, cubiertos con sus camisas y
esmeradamente cuidados.
Frecuentemente el cochero es dueño del coche y viste elegantemente;
su trage de paño fino, su sorbete, su reloj y sus guantes. Va en el
pescante con las piernas envueltas en ricas pieles, y cuando deja el
puesto de auriga, se introduce en un café, visita un banco ó se instala
en un teatro, relacionándose á veces con lo que parece más encopetado
de la sociedad. Los carruajes transitan á todas horas del dia y de
la noche; pero ¡ay de aquel que no se ajusta con el cochero! porque
ese será irremisiblemente su víctima. Por supuesto no han llegado _al
estupendo progreso de México_, de limitar ese tráfico ni hacer una
oficinita con un administrador y un regidor y alguaciles para los
coches, no se cuidan de que tengan ó no tengan cordeles los carruajes,
ni si los caballos son gordos ó flacos; dejan que el público que paga
califique.
Y en esto de trenes, no me sorprendia su riqueza y compostura, porque
en México habia visto muy buenos: me sorprendía el número. En México
se cita el tren de Barron, el de Iturbe, el de Rubio, el de Mier, y
otros cuatro ó cinco: en San Francisco hay tantos, que no se pueden
particularizar ni colegir de ellos las fortunas de sus dueños. Lo
mucho, lo vulgar en la opulencia, es lo que deslumbra y admira.
Los ferrocarriles pecuarios cruzan las principales calles, y llevan
á distancia de cuatro y seis millas á los pasajeros, por el uniforme
precio de cinco centavos.
Varias son las empresas de estos _wagones_, que compiten en comodidad y
exactitud de servicio.
Los varios empresarios se combinan de modo, que los billetes de una
carrera pueden servir para varias, pudiéndose comprar en junto, con
ventajas como abonados.
Los _wagones_ pueden contener hasta veinte personas cómodamente;
pero se admiten todos los que se quieren ó pueden acomodar, de pié,
aprensados, colgados, hechos racimos ó aglomerándose como una torta,
eso no es del caso: á las señoras se da lugar preferente; pero desde
que las _ladies_ exigieron esa distincion, desde que se daban con
orgullo por bien servidas, la cortesía se resfrió y ahora son más
tibios los varones y mucho más atentas las damas.
Entre los _wagones_, dos clases de ellos llamaron mi atencion.
Los unos, de figura completamente esférica, como quien ve sobre ruedas
caminar un globo de lotería, accesibles á todos los vientos y por
todas partes, corren con un solo caballo: en el término del viaje hay
un círculo de madera incrustado en el suelo que hace girar caballo y
carruaje y lo pone en direccion opuesta á la que traia, con todo y
pasajeros, que entran y salen como en su casa.
Los otros carruajes son más originales: se ven andar por en medio de la
calle de Clay y Sutter sin mulas, ni máquina, ni cochero, ni nada, como
por sí mismos, acarreando pasajeros y subiendo y bajando cerca de dos
millas de distancia.
El mecanismo del movimiento consiste en unas canales paralelas á los
rieles, en donde giran cadenas de fierro con horadaciones que recorren
unas uñas fuertísimas. A los extremos de esas cadenas está la máquina
de vapor, y los carruajes se paran, aceleran ó modifican el paso, segun
la voluntad del conductor, que realmente no tiene sino muy poco que
hacer. Esto me han dicho: veré y contaré.
Pero la impresion que producen esos _wagones_ es rara, y si aplicado el
mecanismo á terreno quebrado parece tan fácil, mucho más lo seria en
los terrenos planos de muchas de nuestras ciudades.
En 1846, la poblacion era de mil almas. Entónces comenzó el influjo
del Este, y en Diciembre de 1850 era de 25,000 habitantes. En 1860 se
computaron en 56,802; en 1870, en 149,473, y en Abril de 1876, las
autoridades locales estimaron el número en 272,345.