GUILLERMO PRIETO.

El amor irreflexivo de padre me hizo enseñar mis versitos, y cátenme

vdes. en posesion de la más molesta, perjudicial y engorrosa para mí,

de todas las reputaciones: la reputacion de poeta.

A ella debo que mis estudios más sesudos se hayan graduado de quimeras;

de ello ha tomado pié la maledicencia para pintarme como un sér

insustancial y soñador; por ella cualquier _quídam_ me hace objeto

de sus sátiras y soy el tema obligado de todas las detracciones y

calumnias. Ella me hace la mina inagotable de las gracejadas de todos

los necios, y el objeto predilecto para los desahogos de los pedantes y

malvados.

Yo tengo aversion al título de poeta, entre otras cosas, porque no lo

merezco: doy todos mis laureles por una gota de olvido de mi manía.

Pero no hubo remedio. Joaquin Alcalde y yo fuimos los poetas del buque;

en ménos que canta un gallo, se nos volvieron todas nuestras compañeras

de viaje, literatas y sentimentales, llovieron _álbums_ y aquello fué

una gloria.

A persona tan circunspecta y retraida como Francisco Gomez del Palacio,

le asediaban pidiéndole traducciones de nuestros versos, y este buen

amigo pegaba el grito al cielo por la tarea que le imponian nuestra

facundia y los deberes de urbanidad.

La fiebre poética se apoderó hasta del sexo fiero, y no faltó bigotudo

que se hiciera conducir á mi presencia con su intérprete, diciéndome

que cuánto podia bajarle en el precio de una pequeña cantidad de versos

de tristeza y de amor.

Pero tal circunstancia estableció la confianza, menudeaban las

confidencias, se hacia comunicativa la alegría y era de escucharse _un

palomo_ coreado por las lindas hijas de Guillermo Penn y de Washington,

con sus medias lenguas.

La aurora del 25 de Enero nos saludó anunciándonos nuestro pronto

arribo al puerto de California.

El buque tenia más aseo y estaba más engalanado que de costumbre; los

chinos, desde las tres de la mañana, habian hecho maniobrar sus bombas,

y chorros y cataratas de agua habian dejado la embarcacion como un

espejo.

En todos los cuartos se hacian líos y se preparaban los objetos

pertenecientes á cada individuo para su fácil trasporte, corrian los

niños vestidos de lujo, por corredores, escaleras y cubierta, salieron

á luz canarios, guacamayas y perritos falderos, y damas y galanes,

guapos como para asistir á un baile, esperaban con sus sacos, bastones,

paraguas y sombrillas al lado, el deseado momento del desembarco.

Solo el grupo de mexicanos, asaz tristes y derrotados, veian aquel

que para los demás era término, como principio de desdichas y como

confinacion, algunos al destierro y acaso á la miseria.

La navegacion habia sido un paseo, sin una sombra de peligro; el

capitan se habia hecho acreedor á nuestra sincera estimacion y gratitud.

El mar estaba terso y reluciente con el sol, como un inmenso lago

de acero y oro fundidos; comenzamos á percibir buques en todas

direcciones, ya cruzando arrogantes por en medio de las aguas, ya en

tragin perpétuo, cercanos á la costa. A los primeros se interrogaba con

la vista: ¿cuál es tu rumbo? ¿qué destino te prepara el cielo? á los

segundos se les veia como de casa, como la servidumbre de la entrada de

los palacios, con la que se quiere uno informar de las costumbres de

los amos y de las poridades de familia.

Los veteranos del mar, los conocedores de las costas, iban nombrando

las rocas y designando los accidentes del terreno.... La bulla crecia,

la tripulacion de nuestro buque coronaba la cubierta y los corredores

vestida de gala, viéndose en los balaustrados del exterior como orlas

de rostros humanos, sorbetes y sombrillas de todos colores.

De un grupo de buques que parecia venir á nosotros se desprendió el

práctico, sonaron los pitos de los vapores, como el relincho de dos

caballos que se reconocen.

En semicírculo inmenso fueron desplegándose las rocas, los árboles y

las alturas de la bahía. Por el centro del pórtico que parece formar

al descubrirse, sobre olas de nácar y de llama, se distinguian bosques

de mástiles, entre los que negreaban las chimeneas de los vapores,

arrojando torrentes de humo blanco y negro que subia vago y se tendia

dorándose con el sol. Cordajes y banderas de todas hechuras y colores,

formaban redes en los aires, y surcando las aguas, se agitaban

embarcaciones de todos tamaños con sus velas hinchadas y sus remeros

alegres.

Forman gigantescos peñones como inmenso pórtico á la entrada de aquel

mar interior que se llama la bahía de San Francisco, una de las más

grandes y más bellas del mundo.

La bahía de San Francisco tiene grandiosidad sin ejemplo, porque es

realmente una cadena de bahías, eslabonadas por las peculiaridades de

un terreno cuyos accidentes forman una sucesion de prodigios.

El puerto es propiamente la _Puerta de oro_ del Pacífico; dilatadas

costas se extienden á sus lados, forman un estrecho promontorio de

rocas, que parecen penetrar en las nubes, y enormes peñascos le forman

pórtico y la decoran.

Islas, fuertes y montañas, forman el cañón de su entrada, y al

extenderse como que aparta la tierra empujándola y se dilata diez y

ocho leguas. Los bordes de esta inmensa bahía, tranquila y de limpias

aguas, están decorados en uno y otro márgen por pueblos, fábricas,

molinos y estancias circuidas de árboles y por sementeras risueñas que

casi tocan las olas.

Cuando uno cree que se terminó la bahía porque se tocaron sus confines,

se interna y se percibe una isla que como que la limita; pero al

trasponerse la isla, ve abrirse y dilatarse el panorama magnífico de

la bahía de San Pablo, encerrada entre fertilísimas tierras, ceñida de

árboles gigantes y circundada tambien de habitaciones de campo, que

blanquean entre los trigales y al través de los sombríos emparrados.

Ebria de tanta hermosura se quiere como reposar la vista, y entonces

ve como partidas las montañas y que se precipitan á su espalda en ese

cañón profundo, los rios de San Joaquin y del Sacramento, trayendo en

su corriente parvadas de embarcaciones que penetran por esa sucesion de

bahías y se extienden y como que juegan en las aguas hasta dispersarse

en la gran bahía, como una legion de aves acuáticas.

Y cuando se ven como perdidas en aquella inmensidad tres mil y más

embarcaciones de todos los países, entónces parece trivial el cálculo

de que aquellas bahías pueden encerrar la marina de todo el universo.

Un jóven amabilísimo de la familia del Sr. D. Guillermo Andrade (Manuel

Gonzalez), con quien habiamos contraido muy buenas relaciones, se

encargó de ser mi _cicerone_ luego que nos acercamos á la bahía.

El jóven á quien me refiero, perfectamente educado y de buenos estudios

náuticos, me habia instruido en las riquezas de la costa, se habia

extendido en hacerme explicaciones sobre el importante buceo de la

perla, la pesca de la ballena, el cultivo de la orchilla y otros ramos

de riquísimo comercio, de la Sonora y de la Baja California.

A grandes rasgos, y sin pretensiones de pedagogo, más bien con la

pasion de mexicano patriota, me decia:

—¡Ah, señor! qué tesoros perdió nuestra patria; este es un suelo

divino, acaso destinado para una sorprendente revolucion en la gran

metamórfosis de las nacionalidades americanas, cuando despedazados los

miembros del coloso del Norte, adquiera vida propia cada uno de ellos.

La California está limitada al Norte por el Oregon, á los 42 grados de

latitud setentrional; al Este por las Montañas Rocallosas y la Sierra

de los Mimbres; al Sur por Sonora y la Baja California, que acabamos

de ver; al Oeste por el Océano Pacífico. Su extension de Norte á Sur

es de cerca de setecientas millas; de Este á Oeste de seiscientas á

ochocientas: su superficie de 400,000 millas cuadradas!

Levántase en los mares de Occidente California, como apoyándose en las

abiertas costas de México; desde el Ecuador le tienden los brazos y la

cortejan como á una reina las Américas hermanas; las islas de Sandwich

y la Australia romancesca, la ven aduladoras y le envían sus frutos: el

istmo de Panamá la aclama el gran depósito de los efectos de Europa; el

de Suez le sonríe tras los horizontes como celebrando sus nupcias con

el mundo antiguo, y el Japon y la China con los encantos de la leyenda,

y las tradiciones de la cuna del mundo, la lisonjean, con todo lo que

tiene de más grandioso el espectáculo del porvenir de la humanidad.

—Yo, replicaba casi avergonzado de mi ignorancia, todo lo que sé de

California es que fué descubierta en 1548 por Cortés y explotada por

el navegante español Juan Rodriguez Cabrillo. Treinta años despues la

visitó Francisco Drake, quien le dió el nombre de la Nueva Albion, y

que colonizada por los españoles en 1768, formó parte de una de tantas

provincias de la Nueva España.

—Ya estamos en la entrada de la bahía, me dijo Manuel; vea vd., forma

horizonte, parece un mar interior; diga vd. francamente si tenia idea

de un tumulto, de una aglomeracion de embarcaciones semejante; y en tal

movimiento, ¿ve vd. esa isla asentada en el centro de la bahía?—Es la

isla del Alcatráz.

Estos lienzos de roca que parecen precipitarse en el mar, por los

que sin embargo hay caminos que culebrean de alto á bajo, son

fortines y campamentos para las tropas. El lugar ó entrada por donde

estamos pasando es _Golden Gate_ (puerta de oro). Vea vd. entre esos

promontorios de rocas ese palacio como volado sobre el mar: es _Cliff

House_, casa pública de recreo magnífica: ¡qué balaustradas y qué

espléndidos corredores! ¡y cuán concurrido de damas y caballeros!

Al frente, en esos arrecifes, están los famosos leones marinos, que

viven bajo la proteccion de la ciudad. Las falúas de la capitanía del

puerto, del cuerpo de sanidad y del correo estaban abajo de nuestro

buque, tambaleándose en las olas, multitud de negociantes, de agentes

de periódicos, de amigos y curiosos se nos acercaban: numerosos

botes proclamaban sus asientos y medios de trasporte, y por entre

los viajeros circulaban en enjambres con sus tarjetas en las manos,

personas que nos brindaban hospitalidad en hoteles, _restaurants_,

casas de huéspedes y paraderos infinitos. El “Granada” avanzaba por

un laberinto de buques sobre los que flotaban banderas de todos los

pueblos del globo, se oian acentos en todos los idiomas conocidos, y

se veian los trages variadísimos del chino, del danés, del ruso, del

austriaco, del europeo y del americano.

Aturdian los mil ruidos, deslumbraba el sol reverberando en las olas

inquietas, embriagaba la multitud.

Ibamos viendo como ascendiendo á las alturas las calles de la vasta

ciudad, rozábamos multitud de corredores de madera que daban á inmensas

galeras bajo las cuales habia coches, ómnibus y carros en número

sorprendente: eran los _muelles_; en los claros que éstos dejaban,

veíanse regados y amontonados tercios, maquinaria de fierro, madera en

montañas y tragin de carga y de descarga.

En las posas que hacia nuestro buque ántes de acomodarse en su

respectivo muelle, se hablaban los amigos, los esposos se decian

ternezas, los niños desde los brazos de las madres tendian sus bracitos

inquietos á los autores de sus dias.

Algunos, impacientes, tomando en sus manos una especie de morillo con

muescas terminado en gancho (_bichero_), le afianzaban á la orilla

del buque, trepaban de sorbete y paraguas por sus costados como una

lagartija, y caian entre risas y lágrimas en los brazos de personas

queridas.

De mis compañeros y de mí se habia apoderado un recaudador de viajeros

y nos condujo al hotel Gaillard; hotelito para la gente de mediana

fortuna, pero en el que se comia á la francesa, recomendacion poderosa

para los que traiamos el estómago en un hilo á causa del _plan_ ó

_sistema_ americano.

Rompiamos un mar de transeuntes y carruajes, nos deslumbraban por todas

partes edificios magníficos de donde entraban y salian raudales de

gentes bien vestidas, y venciendo cuestas y trepando alturas, llegamos

al suspirado hotel y quedamos oficialmente instalados.

El hotel, como la mayor parte de las casas, está construido bajo el

tema de buque.

Son grandes cajones de madera dentro de los cuales, y siempre bajo de

techo, se superponen pisos de cuartos, comunicados por escaleras de

caoba con escalones forrados de metal, los cuartos tienen ventanillas á

la calle ó se alumbran con tragaluces de variadas formas. No se conoce

lo que llamamos patio, y esto empuja á las gentes á la calle como

temerosas de la asfixia.

Por lo demás, aunque nuestro hotel fluctúa entre la segunda y la

tercera clase, no faltaban sus alfombras y su gas en los tránsitos, ni

en los cuartos su cama matrimonial, sus cómodas con mármol, su tocador,

su perchero y su mesilla exígua para escribir ó refrescar.

El comedor está situado en el primer piso que da á la calle, tiene

sus mesillas como nuestros cafés, su mostrador tras el cual yacia como

embutida la monumental directora de escena y un sirviente jorobado, de

sesgos ojos azules, sarcástico y pacienzudo como un jefe de glosa del

antiguo régimen.

Percheros en las paredes, avisos de teatros colgando acá y acullá, un

espejo vergonzante, retratos de héroes ó bailarinas, ese era el comedor

que se veia á la entrada y frente por frente de la cantina y despacho

del hotel, en donde el _Lager beer_ impera, los _coptails_ abundan,

verdeguea la yerbabuena y está tendido patiabierto el libro colosal en

que los mismos viajeros inscriben su nombre al instalarse.

Hay sus mesillas para los bebedores sedentarios y su mesa de billar

para que maten el fastidio los devotos del trago.

Al recomendar mi escaso equipo á un sirviente francés, de charlar

inagotable, patilla de contrabandista y empaque de teniente de dragones

enamorado, me dijo:

—Aquí no hay ladrones; no estamos en México.

Acababa de hacer esa reminiscencia de mi cara patria, cuando pasaba un

compañero caritativo y supo acentuar con un puntapié tan á tiempo la

frasecilla del francés, que jamás se borró de su memoria, conservando

hácia mí, sin motivo alguno, especial antipatía.

Al frente de la ventana de mi cuarto está un hospital y templo chino,

las bocacalles próximas dan á la opulentísima calle de Kearny, asciende

la vista por un extremo hasta perderse en la altura silenciosa y poco

poblada de la calle de _Pine_ y desciende hasta emborucarse en el

tropel de calles y vericuetos, que como que se atropellan buscando la

orilla del mar.

Descansaba en la noche en mi cuarto, cuando en la esquina próxima brotó

un desaguisado de tambora, tambores, trompetas, platillos y triángulos,

que me conmovió como golpe eléctrico.

Asoméme á la ventana, fijé la vista y era una orquesta entre hachones,

que alumbraban en carteles estupendos, danzarinas, negros, caballos, y

no se cuántas figuras más, con el nombre de Circacianas.

Descendí para ver de cerca la gresca, la concurrencia se agolpaba

al borde de una escalera que conducia á un subterráneo, que era un

verdadero abismo de luz vivísima.

Sin más averiguacion, me descolgué por aquella escalera y me encontré

en un saloncito pequeño, con su mostrador al rededor del cual, hervian

fieltros y sorbetes, levitones y chaquetas de punto, y gente, ya con

lo abigarrado del desórden y la dejadez, ya con cierta pulcritud, que

certificaba el guante, la cadena del reloj y el bastoncillo pretencioso.

En los extremos de la salita hay dos entradas: una para el salon

del espectáculo, la otra para los palcos. Yo nada de esto sabia, ni

entendia palabra de lo que á mi alrededor se hablaba.

Fuí literalmente despojado de medio peso y me empujó suavemente uno de

los empresarios á un corredor angosto y no muy alumbrado, que corre á

la espalda de los palcos.

Entré á uno de esos palquitos cuyo techo casi tocaba con la mano. Son

de reducido espacio, tienen hácia el salon una cortinita que se cierra

y se abre discretamente.

En el palco, y guiados por un mismo impulso de curiosidad impertinente,

se encontraban, Alfonso Lancaster, Pablo Ibarra y Manuel Alatorre,

de la comitiva mexicana el primero; los otros dos, mexicanos, pero

personas independientes, bien acomodadas, ligados á nosotros por sus

afectos á Lancaster y el deseo de servirnos personalmente.

Mi contento fué extremo. Ellos estaban muy sérios viendo el salon. El

tal salon está cubierto de bancas de madera pintada, sin más atavíos ni

adminículos; es casi cuadrado, de techo bajo y ancho de extension. En

el fondo se levanta sobre gruesos vigones un teatrito, tan escurrido y

apocado, que se avergonzaria si se encontrase al frente de nuestros más

humildes teatros caseros de casa de vecindad. Unos picos de gas pegados

á la pared, un candilillo en el centro á cuarta parte de haber y una

hilera de mecheros en el palco escénico, en que no se conoce la concha

del apuntador: este es el salon.

En cuanto á la concurrencia, masculina en su inmensa mayoría, ya hemos

visto algunos bosquejos á la entrada; pero con la luz del gas se ponian

en relieve aquellas barbas amarillas como untadas de cera, aquellos

cuellos largos y empedrados de poros escarlatas como el cuello de un

_guajolote_, aquellos ojos pardos, pequeños y llenos de penetracion

y de audacia, y aquellas concatenaciones de trapos de todas las

formas, de todas las procedencias, de la ruina de todas las hechuras,

salpicados con botones de vidrio, cadenas de acero, anillos de _doublé_

y todos los caprichos de la mercería, y estos narigudos, cuellilargos

y burdos personajes, envueltos en espesas nubes de tabaco de puro ó de

pipa, que ponen la atmósfera de poderse cortar con un cuchillo.

El telon estaba levantado y se representaban cuadros animados de no sé

cuántas atrocidades mitológicas, históricas y bíblicas.

Seguian servilmente la desnudez de las mujeres, ajustadas carnes de

finísimo punto; en los hombres habia mayores economías sin ofender el

pudor.

Pero es de advertir que la propia especulacion y la abundancia de

hermosas, hacen que se soliciten por los empresarios mujeres de rara

belleza, de suerte que independientemente de la exactitud histórica, la

simple exposicion de aquellas damas esclaviza y enamora.

El foco en que aparece el cuadro se ilumina con luz eléctrica, miéntras

el gas disminuye su fulgor, quedando casi oscura la pieza.

Acababa de presentarse el cuadro de Sanson y Dálila; el teatro se

hundia á palmadas y gritos.

Echóse el telon, blasfemó la música no sé cuántas cosas, y quedó casi

desierto el salon, por ser la hora, segun despues supimos, de las

grandes libaciones.

Nosotros, siguiendo las costumbres que veiamos, corrimos la cortinilla

de nuestro palco para fumar con mayor comodidad.

Apénas hicimos esto, cuando sin más antecedente y de manos á boca

se encontró el palquito invadido por las deidades bíblicas del sexo

contrario, que tanto habian encantado al público.

Mandaba la guerrilla de hermosas, una matrona gravedosa que conducia

cerveza y Champaña _para obsequiarnos_.

Alatorre habla inglés perfectamente; dió las gracias, brindamos

asientos á aquellas criaturas que parecian salir del baño, tomamos una

copa y llamó una campanilla á la escena á nuestras bellas visitadoras.

Por más que ninguno de nosotros tuviese una aureola de inocencia, la

visita nos sorprendió altamente, por la excesiva economía en los trages

de nuestras favorecedoras.

En medio de nuestra sorpresa, no habiamos notado que las hijas de Eva

habian despabilado lagos de Champaña. La matrona austera llegó á cobrar

una barbaridad por el obsequio que nos habia hecho (dos onzas de oro).

Continuó la funcion: á la entrada del proscenio habia unas sillas

de palo y en ellas sentados negros y negras, falsificados con

perfeccion; los unos tocaban el tambor, otro agitaba una pandereta con

cascabeles, el otro tenia unos palillos pequeños entre los dedos, los

que sacudiendo fuertemente la mano, castañetean, repican y forman una

ruidera espantosa. Todos, cuando el caso llegaba, zapateaban de punta y

talon, azotando la pata á trechos con ímpetu desaforado.

Estos negros son el alma de la funcion, que no sé por qué se llama de

_Ministrils_; ellos dicen gracejadas obscenas, ellos se dan puñadas y

se derriban de las sillas; pero con tan extravagantes contorsiones,

con tan descompasados gritos, con puñetazos y patadas tan soeces, que

nuestros payasos más desastrados se ruborizarian de semejantes émulos.

La escena suele representar un matrimonio mal avenido, con un nene

de á dos varas, á quien vapulan, poniendo el reverso de su cuerpo en

espectáculo, ó bien le dan papilla en un lavamanos y con una cuchara

como una pala. Ya es un negro sirviente de un doctor que le usurpa sus

funciones en sus ausencias, equivocando recetas y poniendo á la muerte

á los clientes, quienes se vengan á porrazos; ya un chino camarista de

su señora, que se ostenta más frio y estúpido, miéntras ella es más

abandonada, y que sin la intervencion del telon, único representante de

la decencia, yo no sé hasta dónde habria llevado sus libertades.

Pero esta farsa indigna es el regocijo de la canalla, silba

desaforadamente, que es un modo peculiar de aplaudir, golpea las

bancas, grita, aulla y hace que se repitan las escenas más repugnantes,

exigiéndolo con frenesí.

Apénas terminó el acto, cuando oimos los pasos de las negritas;

entónces cerramos el palco, atrancamos con sillas, pusimos verdaderas

barricadas; ellas empujaban, de hacer retemblar el cancel, escalaron el

tabique y sacaban sus negras caras y sus lanudos cabellos por encima de

las tablas; nosotros permanecimos impasibles, atrayéndonos al fin no sé

cuántas injurias.

No era posible resistir más; en la primera coyuntura, abandonamos

el campo, no obstante la curiosidad de viajeros y á pesar de que el

espectáculo suele prolongarse hasta la una ó dos de la mañana.

Cuando al siguiente dia impuse á Francisco Gomez del Palacio de mi

primera aventura, reprochó altamente mi excursion.

—¿No sabes que á esos teatros subterráneos, cafés cantantes y

salones de baile les llaman _los infiernos_? ¿No sabes que esos son

los receptáculos de la gente más perdida, de la que hay en grande

abundancia en esta tierra? ¿Ignoras que noche á noche en esos lugares

hace grandes colectas la policía?

En efecto, á los dos ó tres dias de nuestro primer estudio en el

teatro de las Circacianas, supimos que Dálila, Sanson y la comitiva de

Filisteos y espectadores estaban en la cárcel, de donde nunca debieron

haber salido segun sesudas opiniones.

* * * * *

La ciudad de California está construida al E. en línea oblícua á

la Península, sembrada en su centro de colinas elevadas de tierra

pobrísima y de arena; en las ondulaciones rebajadas y aplanadas desde

1846, y en las cuencas de los valles, la vegetacion se ha forzado y se

ven algunos árboles tendiéndose en pequeños jardines, follajes pomposos

de enredaderas de infinita variedad; á todos los vientos y por donde

quiera que se alcanza una altura, se divisa la bahía, que siempre

bella, siempre poblada de multitud de buques, ó sorprende nuestra vista

con su febril tráfico, ó deja ver á lo léjos melancólica y poética la

inmensidad del mar.

En el ángulo N. E. de la ciudad se halla el cerro del Telégrafo, á 294

piés de alto; en el ángulo S. E. el cerro Kincon, y al O. la Montaña

Rusa, á 360 piés de altura.

La parte plana de ese terreno que da al mar y se halla en contacto

con la bahía, es la de los grandes almacenes, la de los barqueros y

pescadores; se asciende, y es el tráfico en toda su opulencia; se aleja

de la bahía, y el terreno se deprime: son las estancias aisladas ó

formando calles silenciosas, las grandes casas, los palacios de los

banqueros y las mansiones de las familias de la clase media.

Porque es de saber que comerciantes, banqueros, letrados, y en general,

los hombres todos de negocios, asisten á despachos ú oficinas al

interior de la ciudad y residen en mansiones campestres, rodeándose de

todo género de comodidades, que se llaman _residencias_.

Al caminar por el interior de la ciudad se asciende, se desciende ó se

camina como hundido en una barranca, siempre presentando regularidad

las casas. Pero en las bocacalles, esencialmente en las que se retiran

de la bahía, las perspectivas son magníficas; son montañas de casas

de campo, palacios y templos; son hondonadas con risueñas mansiones

y parques opulentos, y son inmensos horizontes que forma el mar, ya

desierto, ya cruzando sus olas una barca aventurera en pos de las

posesiones rusas ó la China, ó aisladas barquillas de pescadores.

La ciudad puede llamarse naciente: por todas partes se ven señales de

propiedades que están esperando el _ecsurge_ de la arquitectura para

saltar de entre la arena como Vénus de las ondas; grandes huecos como

tanques que serán almacenes, salones y lugares de placer, y esqueletos

descarnados como peines, como huacales inmensos, como ordenadas

osamentas, cartílagos y fibras, que se envolverán en ricos tapices, se

engalanarán con cuadros, espejos y candelabros y se revestirán de una

capa de cantería ó granito hecho polvo, pero que á la vista y al tacto

consuman la suplantacion del mármol y la cantera.

Y no obstante que esas jaulas de madera tienen un valor tres ó cuatro

veces superior á nuestros edificios de piedra, los creemos roperos

habitados, casas de chanza, falsificaciones que no podemos hacer

formales por más que queramos.

Por otra parte, la vejez de esas casas es verdaderamente espantosa. Si

no se tiene sumo cuidado, las persianas se desarticulan, pierden su

quicio cornisas y columnas, vuela un pedazo de lienzo como denunciando

un fraude, y de los techos se ven próximos á caer, tablones

ennegrecidos por la tierra, el sol y la lluvia, latas desclavadas,

costillares al descubierto, balcones desdentados y gateras y tuseros

que son el harapo, la hilacha, la piltrafa y la zurrapa de la humana

habitacion.

Viaje a los Estados Unidos, Tomo I · 第 14 / 106 题