Gracias a Dios, mosqueteros míos, o vuestros, jueces de los aplausos
cómicos por la costumbre y mal abuso, que una vez tomaré la pluma sin el
miedo de vuestros silbos, pues este discurso del Diablo Cojuelo nace a
luz concebido sin teatro original fuera de vuestra juridición; que aun
del riesgo de la censura del leello está privilegiado por vuestra
naturaleza, pues casi ninguno de vosotros sabe deletrear; que nacistes
para número de los demás, y para pescados de los estanques[41][42], de
los corrales[43], esperando, las bocas abiertas[44], el golpe del
concepto por el oído y por la manotada del cómico, y no por el ingenio.
Allá os lo habed con vosotros mismos, que sois corchetes[45] de la
Fortuna, dando las más veces premio a lo que aun no merece oídos, y
abatís lo que merece estar sobre las estrellas; pero no se me da de
vosotros dos caracoles: hágame Dios bien con mi prosa[46], entretanto
que otros fluctúan por las maretas[47] de vuestros aplausos, de quien
nos libre Dios por su infinita misericordia, Amén, Jesús.