CAPITULO XXI.

La escuela del Domingo.

Quién me dirá de donde proviene la debilidad de un padre por su hija?

Consiste en la ilusion de verse reproducido en ella,--lo mismo que la

madre de verse reproducida en el hijo? Para nosotros los de las barbas

grises, los de las caras arrugadas por la vida, será el placer de vernos

renacer bajo una forma graciosa y riente? Será el encanto de un amor

puro, que no desea sino sacrificarse? Lo ignoro, pero lo cierto es que

el inevitable Alfredo no estaba ahí y que yo saboreaba á la manera de un

celoso la dicha de hablar y de reir con Susana. Mirábame en sus límpidos

ojos, cuando una mano colorada engastada en un largo brazo me cojió de

improviso en mi tránsito, y una voz sepulcral me gritó: _Esta noche te

volverán á pedir tu alma_. Al mismo tiempo metiéronme un papel en el

bolsillo de mi frac. Dí vuelta, y al hacerlo, otra voz me gritó: _Piensa

en tu salud_, metiéndome otro papel, en el otro bolsillo de mi frac. A

este ruido acudieron tres hombres negros, levantando los brazos como en

el juramento de los Horacios, y aullando á cual mas, metióme cada uno de

ellos en el seno no una espada, sino un librito. La vision desapareció en

seguida.

--Qué es esto le pregunté á Susana, que reia de mi espanto.

--Padre mio, me dijo,--es la sociedad de los tratados relijiosos que

trabaja por vuestra conversion.

--Muchas gracias! esclamé metiendo en mi bolsillo,--los _Signos de la

bestia, las Rosas de Saron_, y la Trompeta de Jericó; aquí lo enriquecen

á uno, lo mismo que en otra parte lo roban. Qué quieren que haga con

estos tesoros de edificacion?

--Tened paciencia, padre mio, dijo Susana,--dentro de un instante ellos

han de servirnos para hacer felices á algunos.

--Confesad, le dije á Naaman, que abusais de la letra de molde. Comprendo

que distribuyais la Biblia,--desde que ella es vuestra enseña, pero

lo que no entiendo es,--para qué puede servir esa teolojía pueril que

sembrais por las calles.

--Sois demasiado severo, contestó el jóven ministro, pensad en que toda

nuestra relijion está en la Biblia. De la escritura es, de donde cada

uno de nosotros debe sacar la regla de su fé, mediante el libre esfuerzo

de la razon. Un protestante que no lee es un cristiano que no llena

sus prácticas. Qué cosa mas simple que un proselitismo que nos agrupa

sin cesar al rededor de la Biblia? Despertar la conciencia, obligar al

último de los hombres á refleccionar y á leer,--repetirle que solo él

está encargado de su salud, hé ahí el objeto de todas esas publicaciones.

“Piensa en tu alma, solo tú eres responsable de ella,”--tal es la

conclusion uniforme de estos libritos. Si á eso llamais teolojía,--toda

nuestra literatura es teolójica; la menor novela está impregnada del

mismo espíritu. La Biblia es citada en ella á cada pájina, lo mismo

que el té. Lo que nos encanta, no es la pintura de esas borrascas que

devastan el corazon y arruinan la voluntad: es el cuadro de una alma

jóven que, colocada entre la tentacion y el deber, rechaza á Satanás y

llama á Dios. Hasta nuestras ficciones son tratados de educacion.

--Sí, dije yo sonriendo,--es la moral en accion.

--Es algo mejor que eso,--repuso él,--es la relijion en práctica, la

fé que habiendo entrado en el alma inspira toda la vida. Nosotros no

entendemos jota de esa falsa distincion entre la moral y la relijion;

no hay dos conciencias. El hombre natural murió con el último pagano;

nosotros no conocemos sino al cristiano. El que es cristiano lo es en

todas partes: en la iglesia, en la familia, en el comun, en el Estado.

Me parece que el piadoso Naaman aprovechaba con placer esta ocasion de

repetir como nuevo algun viejo sermon, cuando por fortuna, llegamos

al templo presbiteriano. Era la sesta iglesia que visitaba en el

dia,--justísima espiacion de mi pasada tibieza!

Entramos en la sala de lectura,--vasta pieza contigua al templo. Un

millar de niños y de jóvenes, devididos en grupos estaba sentado,

en bancos circulares. De distancia en distancia veíase de pié á los

pastores y pastoras de aquel gracioso rebaño; ó como se les llama,--á los

monitores. Al presentarse Naaman toda la asamblea se levantó; el órgano

tocó una marcha guerrera, y en seguida, todas aquellas jóvenes voces

cantaron en coro, con acompañamiento de timbales:

“O Christ! nous sommes ta milice;

Contre l’ignorance et le vice.

Nous marchons sans honte et sans peur.

L’amour, l’aumône et la prière,

Ce sont là nos armes de guerre:

Notre drapeau, c’est le Seigneur!

O Christ! notre chef! notre père!

Nous voulons vaincre la misère,

Et chasser l’infidélité;

Ne regarde point à notre âge,

Donne-nous sagesse et courage:

Nous défendrons ta vérité”[44].

Qué será? será que hay un encanto secreto en la voz de la infancia?

O será que desprendiéndonos de nosotros mismos, por decirlo así, los

años nos hacen mas tiernos para esas almas, que entran en la vida sin

conocer los peligros. No lo sé. Pero yo me sentí conmovido por el canto

de esos pequeños soldados tan valerosamente enrolados bajo el lábaro del

Evanjelio.

--De aquí veinte años, pensé, cuantos quedarán en sus filas? No importa;

el espectáculo de una juventud que tiene valor y fé es siempre hermoso.

Guárdenos Dios de esos viejos de diez y ocho años que solo creen en su

egoismo,--almas gangrenadas que todo cuanto tocan infestan, y que solo

dejan en pos de ellos corrupcion y muerte.

Susana estaba cerca de mi y de pié. La señorita era _monitora_. Tenia

mucho que hacer, porque habia doble auditorio y la escuela estaba en

revolucion.

--Donde está Dinah? esclamó una voz revoltosa. Dinah es mi querida

preceptora; yo no te conozco á tí.

Susana cojió en sus brazos á la rebelde, que se resistia á ello llorando,

y la dijo dos palabras al oido. La sonrisa volvió en el acto, como el sol

despues de la lluvia.

--Me lo prometes? murmuró la chiquilla.

--Mañana, repuso Susana. La niña echó los brazos al cuello de su nueva

maestra, y la besó en ambas mejillas. La paz estaba hecha, la leccion

comenzó.

Rolaba sobre la historia de Israel en tiempo de los reyes. Por primera

vez, lo confieso con verguenza, hice conocimiento íntimo con el profeta

Eliseo. Era este un excelente hombre cuando no se encolerizaba. Pero

apesar de lo bello de la moral, no le perdono mucho que digamos el haber

hecho que unos osos se comieran á cuarenta niños que se burlaban de su

calva. A este precio yo no querria ser profeta, ni en mi pais.

Dos episodios surtieron el éxito mas completo cerca de los niños; tal

es de vivo en estas almas jóvenes el sentimiento del bien y el mal!

Primero fué la historia de Naaman, jeneral del rey de Siria, implorando

gracia de Eliseo para ser librado de la lepra. Naaman se retiró curado y

convertido; pero convertido con sus reservas políticas, que prueban una

vez mas que no hay nada nuevo bajo el sol.

Al fin, dijo Naaman: Sea como tú quieres: Pero te suplico que me permitas

á mí, siervo tuyo, el llevarme la porcion de tierra que cargan dos mulos;

porque ya no sacrificará tu siervo de aqui adelante holocaustos ni

víctimas á dioses ajenos, sino solo al señor.

Mas una cosa hay solamente por la que has de rogar al Señor á favor de

tu siervo, y es que cuando entrare mi amo en el templo de Remmon para

adorarle, apoyándose sobre mi mano, si yo me inclino en el templo de

Remmon, _para sostenerle_ al tiempo de hacer él su adoracion en el mismo

lugar, el Señor me perdone á mi, siervo tuyo, este ademan.

Respondióle Eliseo: Véte en paz!....[45].

La tolerancia del profeta, escandalizó á los niños, no puedo ocultarlo.

Naaman fué silbado unanimemente, lo mismo que un cobarde que transije

entre su conciencia y su interés. Dia vendrá en que Remmon, Mamon ó Baal

os presentarán una mano llena de dinero ú honores, á condicion de que le

adoreis; feliz aquel que no se incline ante el ídolo, guardando solo para

Dios el sacrificio de su corazon.

En seguida, vino la historia de Giezi, el servidor de Eliseo, hábil

hombre, que se hacia pagar los milagros de su amo, traficando así con la

virtud ajena. Qué furor en el jóven auditorio! y qué gozo cuando Susana,

engrosando la voz para parecerse al profeta, pronunciaba el terrible

anatema:

“Habeis recibido oro y vestidos, para comprar plantas de olivo, viñas,

bueyes, ovejas, criados y criadas.

“Pero tambien la lepra de Naaman se adherirá á vosotros, y á toda vuestra

raza por siempre jamás.

“Y Giezi se retiró, todo cubierto de una lepra blanca como la nieve:”[46].

Todavia existe, esa honrada posteridad de Giezi, aunque un poco cambiada

por el tiempo. Por fuera háse conservado blanca como la nieve; pero la

lepra ha entrado en su alma; no es ya el cuerpo lo que roe.

Esta educacion dada á la infancia por la juventud me encantó, y

cumplimentando por ello al ministro, añadí:

--Pero, pienso que vosotros os reservais el catecismo. La doctrina corria

riesgo de alterarse al pasar por aquellos lábios novicios.

--No, me dijo; tanto para la doctrina como para lo demas, nosotros nos

remitimos al monitor, bajo nuestra vijilancia, bien entendido. Nadie

es hereje á los diez y ocho años, y si algo hay que temer; es mas bien

demasiado apego á la letra.

--Si, pero si esas jóvenes cabezas trabajan?

--Eh bien! dijo el pastor,--ahí estamos nosotros para abrirles el camino.

Nuestra divisa es la de Pablo: _Allí donde está el espíritu del Señor,

allí tambien está la libertad_.

No nos place á nosotros la fé del carbonero,--esa ignorancia crédula

que lo mismo santificaria á un cristiano, que á un mahometano ó á un

budhista. La juventud tiene una crísis del espíritu, lo mismo que una

crísis del cuerpo. Llega para ella una hora en que es necesario luchar

con la verdad, como Jacob con el ángel, y aquel solo se _convence_ que ha

sido _convencido_ por el Evanjelio. Nosotros queremos una fé razonada.

--Y razonadora, añadí yo, porque cada uno de estos monitores debe salir

de aquí con el gusto y la manía de predicar.

--Tanto mejor, dijo Naaman,--para nosotros, todo hombre es sacerdote, y

toda mujer sacerdotiza. Por qué ha de haber menos ardor en la sociedad

relijiosa, que en la sociedad política? El título de Cristiano es acaso

menos bello que el de ciudadano é impone menos deberes que éste?

Yo no contesté nada: eso de considerar á la relijion, lo mismo que un

patrimonio comun de los fieles contrariaba todas mis ideas. Me habian

enseñado que la Iglesia era una monarquia,--no una república. A fuer

de hombre prudente, yo he dejado siempre el cuidado de mi conciencia á

la Iglesia que me ha educado. No es á mí,--sino á mi director á quien

compete el cuidado de mi salud. Por qué, pues, me he de tomar una fatiga

inútil,--encargándome de una peligrosa responsabilidad?

La leccion iba á concluir; Susana me desembarazó de todos mis libritos

con gran alegria de los niños; cantóse un hermoso cántico de despedida; y

la fiesta terminó con una distribucion universal de regalos y apretones

de mano. Rango, fortuna, edad, traje,--todo estaba confundido hacía dos

horas; sentíase uno vuelto á los primeros tiempos del cristianismo, en

que la multitud de los creyentes no tenia sino un corazon y una alma. Y

decir que cada siete dias en el dia del Señor, toda la juventud americana

viene á estas reuniones fraternales á dar y recibir una leccion de amor

y de igualdad! Oh! como efecto moral ninguna enseñanza,--la del mismo

Bossuet,--valdria esta educacion mútua!

Salimos; Alfredo estaba ahí para arrebatarme el brazo de Susana, cuya

felicidad yo no envidiaba; mis ideas comenzaban á tomar otro jiro: mi

corazon sentia, mas que nunca, toda su paternal debilidad. Tiempo es

ya, decia para mis adentros, de que Susana comience á ejercer; como ama

de casa, sus grandes cualidades de monitora. Figurábaseme ya ver en el

porvenir un ejército de nietos mas relijiosos, mas enérjicos y felices

que su abuelo. Y, embebido en estas ideas y mirando á mis enamorados que

caminaban delante de mí, llegué á mi casa.

El resto del dia, lo pasamos hablando de todo lo que habiamos visto ú

oído en la mañana, y Dios sabe cuantas cosas se ven y se oyen el Domingo

en América! Qué son nuestros espectáculos al lado de estas fiestas del

corazon y del espíritu? En mi vida habia pasado dias mas sérios,--nunca,

jamás el tiempo habíame parecido tan corto, ni mejor empleado.

Como de costumbre, la noche terminó con la lectura de la Biblia. Marta

trajo el librote negro, que ya era para mí un amigo. No habia dia que

yo no hallára en él una respuesta á alguna pregunta secreta de mi

alma,--estraña casualidad que confundia mi filosofía.

Habiamos quedado en el séptimo capítulo de Daniel. La vision de las

cuatro bestias apocalípticas que representan las cuatro grandes

monarquias de la antiguedad no me hizo el menor efecto; tengo muy poca

imajinacion para gozar con semejantes sueños gigantescos. No le sucedia

á Marta lo mismo, que á cada paso suspiraba. El Cuerno, _que tenia

ojos como ojos de hombre y una boca que proferia palabras insolentes_,

arrancó un grito de admiracion; estaba toda conmovida cuando el profeta

pintó _al Anciano de los dias, con su ropaje mas blanco que la nieve y

sus cabellos mas blancos que la lana, sentado en un trono de llamas y

servido por un millon de ánjeles, al paso que mil millones permanecen en

silencio ante él_. Lo que para mí no era sino una alegoria, para ella era

la verdad,--es la única manera quizá, que la idea divina tiene de entrar

en un espíritu injénuo,--que para sentir el infinito tiene necesidad de

imájenes.

Despues de estas grandes pinturas vinieron los versículos en que el

profeta anunció el Mesias.

13 “Yo estaba pues observando durante la vision nocturna, y hé aquí

que venia entre las nubes del cielo un _personaje_ que parecía el Hijo

del hombre; quien se adelantó hácia el anciano de _muchos_ dias, y le

presentaron ante él.”

14 “Y dióle este la potestad, el honor y el reino; y todos los pueblos,

tribus y lenguas le sirvieron á él: la potestad suya es potestad eterna

que no le será quitada y su reino es indestructible.”

Escuchando este pasaje, me sentí como Daniel: “Quedé muy conturbado con

estos mis pensamientos, y mudóse el color de mi rostro: conservé empero

en mi corazon esta vision _admirable_.”[47]

Y como nó, acababa de asistir esa mañana misma al espectáculo de ese

trono cuyo reinado dura hace diez y nueve siglos! El cristianismo, cuyos

funerales se anuncian en la vieja Europa, presentábaseme en América,--mas

jóven, mas fuerte, mas triunfante que nunca. Treinta millones de hombres

que viven del Evanjelio, qué enigma para un Parisiense que ha leido á

Diderot, y que, en una noche de invierno, se ha imajinado que comprendia

á Hégel!

Así que entré en mi cuarto comencé á pasearme, ajitado durante largo

rato por una multitud de pensamientos que se rechazaban unos á otros.

Recuerdos de infancia, estudios de la juventud, reflexiones de la edad

madura, ideas nuevas, todo esto, daba vuelta en mi cabeza y hacia en ella

el caos. Parecíame que una voz misteriosa fisgaba á mi alrededor.

Bravo, Daniel, murmuraba aquella irónica voz, conque te haces capuchino.

Héte místico, fanático y ademas de esto ridículo. Antes de poco tambien

vas á ganguear lo mismo que maese Brown, y á hablar mejor que él el

dialecto de Canaan. O Franceses, eternos camaleones! Chinos en Canton,

Beduinos en Arjel, puritanos en Massachusetts, cómicos en todas partes

¿cuándo sereis hombres? Cuando vuelvas á Paris, Daniel, dejarás en la

barrera ese _cant_ insípido, y ese librote negro que las jentes de buen

gusto respetan, sin tocarlo jamás. Un filósofo le saca políticamente el

sombrero al cristianismo,--es menester no ponerse mal con nadie; ir mas

allá es la debilidad de los espíritus estrechos. El dios del siglo diez y

nueve, es el viejo Pan, eclipsado demasiado tiempo por la dolorosa figura

de Cristo. Sumérjete en el infinito, Daniel; adora á tu padre el abismo;

es el culto á la moda,--el único que puede confesar la infalible razon de

nuestros dias.

--No, esclamé, mis ojos se han abierto; he sacudido el penoso sueño en

que nuestra alma se enerva. Esos niños me han enseñado esta mañana el

vínculo sagrado que une estrechamente á la libertad con el Evanjelio.

Si para nosotros todo acaba con el cuerpo,--no tenemos ni derechos

ni deberes; somos un rebaño malhechor, que es necesario apacentar y

castigar hasta que la muerte lo mande á podrirse en la fosa eterna. Solo

es persona aquel á quien la inmortalidad pone en comunion con Dios.

Solo es hombre y ciudadano aquel que puede adherirse á una justicia

viviente,--á una verdad que no muere. El pobre, el enfermo, el esclavo,

el desgraciado, el criminal, no se hicieron sagrados sino el dia en que

Cristo los rescató con su sangre y los cubrió con su divinidad. Adios

Hégel, Spinosa! Adios las palabras puestas en lugar de las cosas! Adios

la materia divinizada! Yo he visto á donde conducen á los pueblos y á los

hombres tales doctrinas, y no quiero, ni los bajos goces de la multitud,

ni la estóica resignacion de los espíritus magníficos. Yo necesito otra

cosa que embriaguez ó desesperacion: necesito vivir! Vivir es creer y

obrar. Perdidas las ilusiones de la juventud y las ambiciones de la edad

madura,--mi razon es quien te llama ¡Oh Cristo! y la esperiencia la que

me arroja de nuevo á tus piés. Devuélveme la esperanza despues de tantas

decepciones; devuélveme el amor despues de tantas traiciones, y que luzca

cuanto antes el dia felíz en que la vieja Europa imitando á la jóven

América, pronuncie un grito que se eleve de la tierra al cielo, un grito

salvador: DIOS Y LA LIBERTAD!

Paris en América · 第 51 / 109 题