Un sermon congregacionalista.
Cuando llegué á la asamblea, aun no habian comenzado los oficios. Nada
hay tan triste como un templo protestante. Solo bancos de encina,
ensambladuras que oscurecen los muros; nada de cuadros, nada de flores,
nada de luces; algo descolorido y de melancólico que hiela los sentidos.
Diríase que es un culto hecho para los ciegos. Me engaño, habia un
adorno: era un gran carton sobre el cual estaba escrito con cifras
enormes el número 129.
La iglesia estaba llena; pero de una multitud muda. Inmóvil en su asiento
y absorto en su libro negro, cada fiel oraba, como si estuviera solo en
el mundo con Dios. Nada de ruido, ni de sillas que se mueven: nada de ese
encantador cuchicheo y esas reverencias entre las damas, que se felicitan
de hacer admirar su piedad y su vestido; nada de ese desórden amable que
hace que nuestras iglesias se asemejen á un salon de buena sociedad:
aquello era el silencio de un bosque.
Por fin el Ministro entró. Una armonia mas suave que el suspiro del
viento sobre la ola alzóse inmediatamente de todos los bancos. Hombres,
mujeres, niños, todos cantaban con toda el alma, con un ardor y un ímpetu
infinitos. Por vez primera, sentí, que la forma natural de la oracion,
es el canto. Admirado de mi silencio, un vecino me mostró con el dedo
la cifra misteriosa y me ofreció su libro de cánticos en el que estaba
marcada la música. Se cantaba el salmo 129, ó mejor dicho, una imitacion
cristiana de esa plegaria sublime que la Iglesia católica ha adoptado
para los oficios de los muertos. Para llamarla por su nombre, era el
_Deprofundis_, grito de esperanza y de amor, cuya costumbre nos oculta su
belleza.
N’entends-tu pas mes cris au fond de cet abîme?
O mon Dieu, je meur loin de toi!
Écoute-moi, Seigneur je confesse mon crime,
Pardonne-moi! pardonne-moi!
Si d’une exacte main tu calculais l’offense,
Qui subsisterait devant toi?
Mais c’est toi qui toujours nous offre ta clémence,
Aussi je m’assure en ta foi.
Oui! je prends pour appui ta parole éternelle,
Mon âme espère ton amour;
Et je l’attends, mon Dieu! comme la sentinelle
Attend la naissance du jour.
Courage donc, mon âme! Il est là-haut un père
Qui te regarde en ta prison;
C’est lui qui d’Israêl rachète la misère,
C’est lui qui paiera ta rançon.[32]
Concluido el canto, Truth tomó la palabra.
De Maistre tiene razon en definir así al ministro protestante: _Es un
caballero vestido de negro que dice cosas bastante honestas_; jamás
hombre alguno ha tenido menos apariencia sacerdotal que mi pobre
amigo. Ni traje que lo distinguiera de su grey, ni tribuna alta que le
permitiera dominar el auditorio: hablaba de pié, con una familiaridad
enteramente fraternal. Hubiérase dicho que exprofeso se rehusaba los
recursos de la elocuencia. Esa voz que truena y que se dulcifica, ese
brazo que llama la venganza ó invoca el perdon, esas manos juntas
levantadas hácia el Cielo, esos ojos que buscan á Dios y se iluminan á
su vista, todas esas bellezas del arte cristiano, Truth las ignoraba.
Apenas movia la mano, apenas alzaba la voz, y sin embargo, habia en
aquella palabra sencilla no sé que armonia que conmovia todas las fibras
del corazon. Jamás ese velo del lenguaje que oculta siempre la idea, fué
mas leve ni mas diáfano. No era todavia un orador lo que se oía; era un
hombre y un cristiano. Según una frase banal, Truth hablaba _como todo el
mundo_, es decir, como cada cual quiere hablar: y como nadie lo hace.
Pertenece solo á las grandes almas el espresar familiarmente los grandes
pensamientos. El arte, que no es mas que una imitacion, no puede ir hasta
allí.
Hé aquí, poco mas ó menos cual fué su discurso. ¿Pero cómo describir el
tono de aquella voz conmovida? Las palabras se hielan en el papel: son
flores marchitas que pierden el color y el perfume. Ensayemos sin embargo
de dar una idea de aquella enseñanza, que me hizo una impresion profunda,
tanto mas, cuanto que en aquel modo libre de tratar el Evangelio habia
una audacia y una novedad, que me sorprendieron y asustaron.