Viaje en busca de una iglesia.
Al dia siguiente, me levanté al amanecer. Un hombre público debe dar
el ejemplo, y no me disgustaba hacer admirar á los Yankees el celo y
la vijilancia de su nuevo edil. Mi paseo fué largo, el empedrado me
pertenecia. Seguia con ojo celoso á todos esos pasantes que encajonaban
el paso en hilera como los patos, y que cavaban un surco en mis veredas.
La anarquía reina en la calle; cada uno vá donde quiere y como quiere:
es un escándalo; no comprendo porque no se hace una ley para obligar á
las jentes á caminar segun el deseo del gobierno. A la Francia, reina del
órden y de la decencia, es á quien toca correjir el último abuso.
Al llegar á casa, ví á Zambo, vestido de negro como un _gentleman_, con
chaleco, corbata, medias y guantes de reluciente blancura. Parecia una
gaviota. Apenas me reconoció, corrió á mí, ajitando impaciente los brazos.
--Amo, gritó, todo el mundo está en los oficios: despachaos, se os espera.
Y me puso en la mano un gran libro forrado en zapa y cerrado con broches
de plata.
--¿Las señoras están en misa? le pregunté.
--¡En misa! dijo con aire asombrado. Mi ama es cristiana!
--Imbécil! ¿acaso los católicos son turcos?
--Amo, se dice que los papistas son como los paganos de Africa; tienen
sus _vaudous_.
--Qué cosa es un _vaudou_?
--Amo, es un buen diocesito que uno mismo se hace, y que no es el
verdadero buen Dios.
--¿Sois bastante nécio, esclamé, para creer que los católicos adoran á un
ídolo? Eso queda para vuestros salvajes del Senegal.
--Amo, dijo él abriendo tamaños ojos, los papistas rezan á estátuas; yo
los he visto con ambas rodillas dobladas ante ellas.
--¿Y no habeis comprendido que lo que se invoca no son esas piedras, sinó
los santos, de los cuales las estátuas son la imájen?
--No soy un sabio, amo, dijo el negro con aire contrito: pero el
ministro, que sabe todo, nos ha prevenido á menudo que no hagamos lo que
los papistas, que adoran ídolos.
--Oh predicadores! esclamé, en todas partes sois los mismos! Nada es mas
fácil que conocer la fé católica: basta abrir un catecismo; pero el ódio
no quiere ilustrarse; lo que le es necesario, es ultrajar la mas grande
comunion del globo. Continuad esa obra abominable, digna de vuestro
padre, el diablo. No seremos nosotros, los católicos, nosotros vuestras
víctimas, los que hagamos uso para vosotros de esas represalias terribles
de la calumnia. La verdad nos basta. Todos saben que Lutero y Calvino
son dos pícaros que, por ambicion y codicia, han perdido al espíritu
humano, embriagándolo de orgullo y de libertad. La mentira ha enjendrado
la reforma; la reforma ha enjendrado la filosofia; la filosofia ha
enjendrado la revolucion; la revolucion ha enjendrado la anarquía; la
anarquía ha enjendrado............
--Amo, dijo Zambo, incapaz de comprender mi santa cólera; si los papistas
son cristianos, tanto mejor, me alegro de ello.
--¿Por qué tanto mejor?
--Porque Jesucristo murió por todos aquellos que lo invocan; él salvará á
los papistas así como á los otros cristianos.
--Zambo, amigo mio, le dije con un desden supremo por tanta sencillez,
vos no sereis teólogo jamás. Id á vuestra iglesia: no os retengo. ¿Dónde
están las señoras?
--Mi ama, respondió, está en la iglesia episcopal[30] con toda la
gran sociedad de la ciudad. La señorita está en el templo de los
presbyterianos.
--¿Con su hermano, sin duda?
--No, amo, con el hijo de M. Rose. M. Enrique está en la iglesia de los
baptistas.
--Muy bien, dije lanzando un suspiro; y vos, Zambo, vais sin duda á
juntaros á Marta?
--No, no, amo, esclamó: la señorita Marta es tunkeriana, yo, soy
metodista. Nosotros, los pobres negros, que los blancos rechazan de sus
templos, nosotros somos todos de la misma relijion.
--Comprendo, teneis una iglesia negra y un cristianismo de color. Id,
amigo mio, y orad al Cristo á vuestro modo. En medio de esas sectas
enemigas que se arrebatan los jirones del Evanjelio, el Señor reconocerá
á los suyos. Mientras que Zambo se alejaba á grandes pasos, yo caminaba
lentamente, con la cabeza agachada. El descubrimiento que acababa de
hacer me aterraba. Mi casa, mi refujio en todos los sufrimientos, no era
sino una Babel,--la madriguera de todas las herejías. El marido católico,
la esposa anglicana, la hija presbiteriana, el hijo baptista, la
sirvienta cuácara, el doméstico metodista; cada uno con una fé diferente
y esperanzas contrarias! ¡Qué confusion! ¡Qué anarquía! ¡Tenia el
infierno en mi hogar! Y sin embargo, Jenny me amaba con pasion, los niños
no estaban contentos sinó á nuestro lado, la servidumbre me respetaba:
yo no veia á mi alrededor sinó semblantes contentos y plácidos. Cada uno
leia la Biblia á su modo, cada uno tenia su símbolo particular, y apesar
de esto nadie reñia. En ninguna parte la unidad, en todo el amor, y la
concordia. Era un desmentido dado á las ideas de mi infancia, un misterio
que confundia mi razon.
--No, me dije, no consentiré ese desorden moral. Hay ahí una paz mentida;
esas flores me ocultan el abismo. Si esto continúa, estoy perdido. En
mi casa, ó todos piensan como yo, ó se callan; necesito la uniformidad.
No importa que yo sea un cristiano mediocre; soy católico, en cuerpo y
alma, en la Iglesia, en el Estado, en la familia no debe reinar sino
una sola ley, una sola voluntad. Si es necesario, emplearé rigores
saludables; atemorizaré á mi mujer, amenazaré á mis hijos, espulsaré á
los sirvientes; sacrificaré todo por imponer la obediencia ó el silencio.
Soy Francés, ¡viva la unidad!
En medio de aquellas sabias reflexiones pasaba el tiempo. Daban las diez
cuando entré á la calle de las Acacias. Era una inmensa via que, en
majestad y en lonjitud, no le iba en zaga á la calle de Rivoli, con esta
diferencia que, de cien en cien pasos, un monumento griego, bisantino ó
gótico elevaba altivamente hácia el cielo su campanario ó su cruz. En un
pais donde cada uno se hace su relijion, es natural tropezar á cada paso
con una iglesia.
No era fácil reconocerse en aquel dédalo. Me dirijí á una buena mujer que
caminaba cerca de mi, con su libro en la mano; la rogué me indicára el
templo de los congregacionalistas.
--Nada mas fácil, querido señor, respondió la vieja con una amable
sonrisa. Es un poco lejos, pero con mis indicaciones llegareis sin
trabajo. No hagais caso de las iglesias que estan á vuestra izquierda;
el templo de los congregacionalistas está á vuestra derecha. Contad los
campanarios, no podeis equivocaros. La primera iglesia, añadió, con la
volubilidad de una mujer que recorre su rosario, la primera iglesia es
San Pablo, la capilla católica; la segunda, el convento de las Ursulinas;
la tercera, la iglesia episcopal; la cuarta, el convento de capuchinas;
la quinta pertenece á los baptistas, la sesta á los Holandeses
reformados; la sétima á los luteranos; la octava á los negros metodistas;
la novena es la sinagoga judia; la décima es el templo chino. Vedla allí
con su doble techo, y sus campanillitas. Una vez allí, no tendreis mas
que descender; encontrareis los memnonitas; despues de los memnonitas,
los Alemanes reformados, despues de los Alemanes reformados, los amigos
ó cuácaros, despues de los cuácaros los presbiterianos; despues de
los presbiterianos, los moravos, despues de los moravos los blancos
metodistas; despues de los blancos metodistas; los unitarios, despues de
los unitarios los unionistas; despues de los unionistas, los tunkerianos.
Contad en seguida cuatro iglesias la que se intitula por exelencia de los
_cristianos_, en seguida la iglesia libre, despues la de Swedenborg, y en
fin, la de los universalistas; tendreis por todo veinte y tres templos ó
capillas; el vijésimo cuarto monumento, que poco mas ó menos está á la
mitad de la calle, es la iglesia congregacionalista.
Despues de haberme recitado esta retahila sin tomar aliento, la hada me
hizo una graciosa reverencia y continuó su camino.
--Pardiez! me dije, si el diablo perdiera su relijion (supongo que en
el infierno tienen alguna razon para creer en Dios) la encontraria en
esta calle. Hé ahí un pais donde el ministerio de cultos no debe ser una
prebenda! En Francia, donde el Estado no tiene mas que cuatro relijiones
(no cuento la Arjelia), la administracion tiene algunas veces sus horas
dificiles; pero aquí ¿cómo se hará para repartir el presupuesto y poner
en paz á treinta Iglesias, que cada una tira por su lado, y que sin
duda, se celan y se escomulgan cristianamente? Es este un problema que
no me encargo de resolver. Viva la España! hé ahí un pueblo fiel á la
tradicion y que ha conservado los verdaderos principios! El pais es
un damero donde cada cosa tiene su casilla, donde el cuerpo y el alma
son igual y uniformemente administrados. Gracias al matrimonio de la
Iglesia y del estado, todo es fácil. Se tiene un obispo lo mismo que
se tiene un prefecto, un cura lo mismo que se tiene un intendente; los
funcionarios espirituales ó temporales tienen su puesto señalado en los
mismos cuadros y marchan al mismo paso. Nacimiento, bautismo, educacion,
comunion, conscripcion, confesion, impuestos, prensa, defuncion,
entierro, todo se dá la mano. La iglesia es la autoridad, la autoridad es
la iglesia. Se excomulga á los desertores y á los periodistas, se condena
á galeras á los heréticos. El pueblo, ese eterno niño, es conducido
de grado ó por fuerza, y sin que él se entrometa, al punto que le han
escojido, sin consultarlo. Policia admirable que hacia la felicidad de la
cristiandad antes que el abominable Lutero hubiese desencadenado al mismo
tiempo la libertad relijiosa y la libertad civil, doble peste de la que
el mundo no se curará? Desde que se ha dejado á los hombres el cuidado de
su alma y de su vida, no hay ya ni relijion ni gobierno.
Llegué al convento de las Ursulinas, y entré. Encontrar de nuevo el culto
de mi pais, era aproximarme á la Francia de la que me alejaba un hado
celoso. La iglesia es otra patria; por lo menos, el destierro no nos
espulsa de ella.
La capilla era pequeña, pero estaba ricamente decorada. En el fondo del
santuario, bajo un palio de paño rojo bordado de oro, una madona de
mármol tenia al niño Jesus en sus brazos, y lo miraba con la ternura
inefable de una Vírjen que acaba de dar á luz al Salvador. Plantas raras,
flores desconocidas, manojos de lilas blancas rodeaban el altar que
resplandecia de luces. El órgano dejaba correr sus vagas armonías; el
incienso se elevaba en nubes atravesadas por un rayo de sol, mientras que
detrás de una reja, cubierta por una cortina, las relijiosas y las niñas
cantaban con voz dulce y lenta: _Inviolata, integra et casta est Maria_.
En un instante, y como en un sueño, volví á ver mi juventud que habia
huido, mis amigos que habian desaparecido; cai de rodillas, y lloré.
No, no es idolatría la relijion que llega al corazon por los sentidos:
¿porqué, pues, nuestro cuerpo no ha de servir al Señor lo mismo que
nuestra alma?
Salí del convento y entré á algunos pasos de allí en la iglesia
episcopal. Era la misa católica, menos bien dicha y peor cantada. A la
hora de la plática, un ministro subió á una larga tribuna; tenia bajo
el brazo un gran cuaderno que colocó delante de él y comenzó á hojearlo
lentamente. Era un manuscrito de sermones para todos los domingos y todas
las fiestas del año. Cuando el predicador hubo encontrado el discurso que
buscaba, se puso sus espejuelos y en tono monótono comenzó su lectura,
en medio de la profunda atencion de la asamblea. La que habia escojido,
era la eterna encarnacion y la consubstanciacion del Verbo, uno de
esos misterios que desafian la intelijencia humana, y ante los cuales
los fieles tienen que inclinarse. Pero, nada espanta la audacia de un
teólogo; con un testo, una definicion y dos silojismos, convertiria á San
Pablo y suprimiria la fé.
A juzgar por el silencio que reinaba, el auditorio estaba edificado.
Jenny tenia los ojos fijos en el lector y no perdia una palabra. Se
hubiera dicho que comprendia hasta las citas latinas, griegas y aun
hebraicas, de que la disertacion estaba rellena; no creia que la
escolástica tuviese tantos encantos. Yo me marché despues del primer
punto; tengo horror á esas discusiones estériles. Si se me quisiera
demostrar lo que es indemostrable, me harian escéptico. Acepto el
misterio; el me rodea por todas partes. En la naturaleza como en mi
alma, siento el infinito que me invade, pero mi razon me dice que puedo
sentirlo y no conocerlo, yo que no soy sino un átomo perdido en la
inmensidad. Yo no veo la mano que me sostiene, y que sostiene tambien los
mundos; me abandono á ella y la adoro. Para darse á nosotros, Dios no nos
dice que lo comprendamos, nos pide que lo amemos. Pasando por delante
de los Metodistas pensé en Zambo y entré por curiosidad. La reunion era
numerosa y estaba bastante animada. Las negras, cubiertas de oro y de
alhajas, ostentaban en los bancos la inmensa anchura de su velámen y
los torbellinos de sus miriñaques; los negros cantaban con voz justa y
quejumbrosa, alabando á Dios con todo el ardor de los corazones amantes.
El ministro, un negro de elevada estatura y de figura respetable, tomó la
palabra y pronunció un sermon que me instruyó y me conmovió. Donde habia
recibido aquel negro la educacion teolójica, lo ignoro; era un antiguo
esclavo, que la bondad de Dios, decia, habia rescatado de una servidumbre
menos dura y menos vergonzosa que la del pecado; pero aquel esclavo habia
sufrido y reflexionado: era un hombre! La vida le habia enseñado lo que
no se aprende en la escuela; su lenguaje enérjico y familiar iba recto al
corazon. Apercibíase uno de ello en los estremecimientos del auditorio.
Al comenzar, hizo el elojio del metodismo, relijion bendecida del
Señor, decía, á juzgar por las conquistas que hacía cada dia. Enumeró
estensamente el número de fieles y las riquezas de las iglesias. Cuatro
millones de comulgantes, doce mil pastores, diez y seis mil templos,
setenta y tres millones de propiedades, tal era el fruto de un celo que
no se dormia. A la vieja Europa, que somete la Iglesia al Estado y
la tiene en perpetua minoridad, él opuso la jóven América, que deja á
los cristianos asi el cuidado de su culto como el de su conciencia. La
libertad, decia, cuando está santificada por la relijion, hace milagros
que el viejo mundo, enterrado en sus preocupaciones, no verá nunca.
La Inglaterra, tan orgullosa de su opulencia, corrompe sus obispos,
rodeándolos de un lujo pagano, y degrada á sus vicarios condenándolos
á una miseria sin dignidad, mientras que en las Iglesias vivas de los
Estados-Unidos, la jenerosa piedad de los fieles rodea de bienestar y de
respeto á un ministro que todo lo debe á su grey. Un príncipe se cree un
nuevo Constantino cuando por casualidad elije y dota una capilla: solo
los metodistas del Norte han construido cuatrocientas cincuenta iglesias
en el año de 1860. Los pobres negros de la calle de las Acacias tratan
mejor á su capellan que lo que lo hacen los reyes de Occidente.
--Pero, continuó con una mezcla de agudeza y de injenuidad, ese ministro,
tan bien rentado, debe pagar á los negros, que lo han elejido, una deuda
que los capellanes de los príncipes no siempre chancelan. Esa deuda, es
la verdad. Oid lo que la verdad me obliga á deciros. El negro tiene el
corazon fácil y la mano liberal; eso es bueno, eso es cristiano, pero
algunas veces lleva tan lejos su jenerosidad, que pone en peligro su
alma. Nunca, direis vosotros, hemos oido semejante cosa. Se nos repite
que el cristiano espone su alma cuando cede á la avaricia, cuando se
abandona á la codicia; pero, ¿quién ha enseñado nunca que el hombre se
pierde por exeso de jenerosidad? Hermanos mios, yo os diré cual es esa
libertad pérfida; es la misma que poneis en práctica en la iglesia en el
momento en que escuchais el sermon.
Si yo condenase la cólera ó la coqueteria, la borrachera ó la licencia
¿guardaria cada uno de vosotros para sí esta leccion? ¿se aprovecharia de
ella?--Bien, diria uno de esos hombres que se alimenta con aguardiente,
reconozco ese retrato del bebedor; es de Samuel, mi primo, de quien habla
el ministro. Vaya borracho, toma todo para tí. Bien, diria una de esas
bellas Madianitas que, por enriquecerse con un traje nuevo, impulsa á su
marido á mentir y á engañar. El ministro tiene razon de desenmascarar los
vicios de mis vecinas. Tomad señorita Debora! Recojed, señora Ichabod!
Todo es para vosotras, coquetas, nada es para mí. Asi es, hermanos mios,
que de mis palabras vosotros no reservais nada para vosotros mismos;
el primer tercio se lo dais al prójimo, el segundo á vuestros amigos,
el último á vuestro marido ó á vuestra mujer. Hé ahí el modo como la
enseñanza del Señor es estéril, ved como perdeis vuestra alma por exeso
de generosidad. Cristo es jeneroso, pero de otra manera; es un avaro
que toma todo para sí: nuestros pecados, nuestras miserias, nuestras
debilidades, nuestros sufrimientos; por eso lo vemos sobre la cruz, con
la cabeza inclinada, respirando apenas como un hombre agoviado de dolor.
¿Cuando, pues, hermanos mios, cuando le reclamaremos la parte del peso
que nos corresponde?
¿Cuando aliviaremos de esa carga á nuestro Redentor y á nuestro amigo, á
Cristo, muerto por el esclavo y por el pecador?
A este llamamiento la asamblea se arrodilló, y, en medio de las lágrimas,
una formidable _Aleluya!_ se alzó hasta el cielo. El movimiento fué
admirable; me entristeció. No soy ni aristócrata ni plantador; creo que
el negro no es un mono, puesto que tiene manos y que habla; pero, despues
de lo que acababa de oir, comenzé á sospechar que el negro era un hombre
como yo, y quizá mejor cristiano; este pensamiento me dió miedo. ¡Zambo,
hermano mio! Jesu-Cristo muerto por esas cabezas crespas! era mas de lo
que podia soportar mi orgullo.
--Si eso es cierto, decíame al salir, qué clase de crimen es la
esclavitud! Esa guerra cívil que arruina al Sud, ¿no será el castigo con
que Dios hirió á Cain?