“Al Sr. Dr. Daniel Smith, bombero de la séptima compañía.”
--Zambo, pregunté: ¿han traido cartas para mí?
--No amo, el cartero no ha venido.
--Es imposible, á menos que no haya alguna mistificacion en este diario.
--Golpean á la puerta, amo, dijo Zambo, escuchad: uno, dos, tres, es el
correo, corro.
El negro me trajo cuarenta cartas, una montaña de papel. Unos enfermos
me preguntaban la hora de mi consulta, otros me rogaban fuese á verles
lo mas pronto posible, cuatro cófrades me llamaban en consulta, seis
farmacéuticos me ofrecian una asociacion, y en fin, cosa rara, dos
cartas cuidadosamente lacradas me anunciaban confidencialmente lo que el
_Paris-Telegraphe_ habia publicado ya, con una indiscrecion, que en el
fondo yo perdonaba.
Ya era célebre! Mi fortuna comenzaba. Un dia, una hora de valor me daban
un nombre y hacía mas por mi en América, que lo que habia conseguido
en el viejo continente durante veinte años de trabajos. Pero, pensé, y
este pensamiento me volvió la humildad de que tenia tanta necesidad, sin
ese diario charlatan, sin esa trompeta que ha lanzado mi nombre á todos
los écos del Nuevo Mundo, habria yo conseguido algo? Mi primera idea,
desde luego, fué dar las gracias al periodista, fuese quien fuera. Era
demasiado tarde, la oficina estaba cerrada, el cartel apagado, mi gloria
desvanecida. Dejé mi visita para el dia siguiente.
La noche la pasé con mis antiguos amigos, mi mujer y mis hijos. Todos
ellos hacíanme repetir los mas pequeños detalles del terrible y glorioso
suceso: Jenny palidecía cuando hablaba de mis peligros y se sonrojaba
cuando referia la alegria de la madre al ver de nuevo á su hijo. Susana
me estrechaba la mano y miraba á Alfredo.
Creo que la conversacion habria durado toda la noche, si Marta no hubiese
colocado sobre la mesa una enorme Biblia, forrada en zapa, y cerrada por
grandes broches de cobre.
--Lée, me dijo; y calma tu vanidad; no olvides la historia de Aman, hijo
de Amadatha, de la raza de Agag; y no olvides que aquí hay un Mardaqueo
que no se arrodillará ante tu presencia.
--Estad tranquila, Marta, le respondí riendo, á mi puerta no hay una
potencia de cincuenta codos de altura, y yo no quiero colgar á nadie.
Jenny abrió la Biblia y nos leyó el tercer capítulo de Daniel, lo que
encantó á la cuácara, desagradó á Zambo y me hizo reflexionar sériamente
sobre la bondad de Dios para conmigo. Cuando nos separamos despues de un
dia tan bien empleado, la noche estaba un poco avanzada. Me arrojé en la
cama fatigado, sufriendo un poco, pero contento de mí mismo: y, toda la
noche soñé con serenatas, carteles, hurrahs y discursos.