CAPITULO V.

Sin dote.

Mientras que Zambo se cansaba de dormir, y mi mujer y Marta preparaban la

mesa y servían el almuerzo, púseme á leer el _Paris-Telegraphe_, enorme y

barato diario que llevaba por lema estas palabras estúpidas: _The world

is governed too much_: el mundo está demasiado gobernado. El tono grosero

de esta hoja me desagradó. ¡A Dios gracias!--á nosotros nos dan mejor

educacion.--No es á nosotros, á quienes un gobierno protector del buen

gusto, dejaria tomar la odiosa costumbre de llamar: _un chat, un chat, et

Rollet un fripon_.

¿Quién creeria, por ejemplo, que el _Paris-Telegraphe_ se atreviera á

herir con el epíteto de ladron y hasta de asesino á un millonario honrado

que, por un error, escusable sin duda, habia suministrado al ejército del

Norte unos sesenta mil pares de calzado, cuyas suelas eran de carton y

habian resistido mal á la humedad de los vivacs? ¡Y haga uno negocios en

un pais, donde se respetan tan poco las grandes especulaciones!

Todo el diario estaba escrito en ese tono deplorable. Nada escapaba á las

invectivas de aquel folletinista insolente, de aquel gacetero miserable.

Tal ley era abominable porque trababa la libre accion de los ciudadanos;

tal majistrado era un Jeffries ó un Laubardemont, porque hacia caer en

un lazo inocente al pícaro que se fiaba en la justicia; tal municipal

era un Verrés ó un nécio, porque concedia á accionistas bien entendidos

un monopolio ventajoso para todo el mundo, como son siempre todos los

monopolios. Tomaos la molestia de gobernar á los hombres, para recibir

diariamente semejantes vejaciones.

Pamfletista desgraciado, me dije yo, si hubieses tenido el honor de vivir

en el pueblo mas amable y mas ilustrado de la tierra, sabrias desde que

naciste, que criticar la ley, el juez ó el funcionario, es crímen de

lesa-majestad social. La infalibilidad de las autoridades, es el primer

dogma de un pueblo civilizado. Maldito sea el inventor del diario, y

sobre todo, del diario libre y barato! La prensa es como el gas; una luz

que os quema la vista, al mismo tiempo que os envenena.

--¿Porqué no se sirve el almuerzo? pregunté bruscamente á mi mujer, con

el objeto de disipar estas ideas desagradables--¿En dónde están los

niños? ¿Porqué no bajan?

--Han salido, amigo mio, y no tardarán en volver. Enrique pronuncia esta

noche su primer discurso en la _Academia de los jóvenes lectores_; y ha

querido asegurarse de la sonoridad de la sala, antes de hablar en público.

--¿Sobre qué tema perorará esta noche nuestro Ciceron de diez y seis años?

--Hé aquí un borrador, dijo Jenny, pasándome con el orgullo de una madre

un papel lleno de palabras sub-rayadas, de interjecciones, de pausas y de

esclamaciones.

El título, escrito en grandes caractéres, me pareció mas respetable que

claro.

DE LA MORALIZACION DE LAS MUJERES, CONSIDERADAS COMO EDUCADORAS

DEL JÉNERO HUMANO.

--Cuélgate, Querubin, esclamé yo; ¡el mundo se acabará á fuerza de

virtud! A los diez y seis años, si en algo pensábamos nosotros, no era

por cierto, como el señor mi hijo, en la moral....

--Amigo mio, me dijo Jenny.... Su voz me detuvo de golpe, y tan á tiempo

que me mordí la lengua á la mitad de una palabra, y me sentí ruborizar á

pesar mio.

--Amigo mio, continuó mi mujer, que no se habia apercibido de mi

turbacion: creo que se prepara un cambio en la situacion de Enrique.

Todos los dias me repite, que hace mucho tiempo que está á nuestro cargo

y que esto debe fastidiar al gobernador....

--¿Qué significa eso de gobernador?

--¿No lo sabeis? es el nombre amistoso que nuestros hijos dan á su padre.

En dos palabras, Enrique quiere tomar una profesion.

--Paciencia, señora Smith, tenemos tiempo. Ese cuidado me toca á mí.

--Amigo mio, nuestro hijo ha cumplido ya diez y seis años: todos sus

camaradas tienen una posicion, es necesario que se abra camino. Conversad

con él sobre esto: tiene completa confianza en vos, y nadie puede

dirijirlo mejor.

Púseme á pasearme de un lado á otro, mientras mi mujer miraba por la

ventana, si volvian ya nuestros hijos.

¡Oh hijo mio!--decíame yo,--si, el cuidado de establecerte me pertenece.

Hace mucho tiempo que todo lo he dispuesto para tu éxito. No fué

inútilmente que diez y seis años há, escojí para padrino tuyo á mi amigo

Regelman, entonces subjefe; y hoy dia jefe de oficina en el Ministerio

de Hacienda, Seccion de Aduanas. Si, mi querido Enrique, de antemano,

sin saberlo tú, eres candidato para pretender el supernumerariato del

Ministerio de Hacienda. Dentro de dos dias serás bachiller; y dentro

de tres años, si pasas felizmente tres ó cuatro concursos y eres

protejido vigorosamente, _tu Marcellus eris!_--Te veo ya, sub-jefe, á

los treinta y cinco años, disfrutando de dos mil cuatrocientos francos,

y condecorado como lo fué tu padrino; te veo como tu modelo, dulce,

humilde, político, complaciente con tus jefes; severo, tieso, majestuoso

con tus subordinados; y elevándote de grado en grado hasta la direccion

del personal. A los cincuenta años, si nada engaña á la orgullosa ilusion

de un padre, tu serás el terror y la esperanza de diez mil fracs verdes.

¡Qué fortuna! ¡y qué porvenir!

--Ahí está Enrique, esclamó mi mujer, que habia permanecido en la

ventana. Conversa con M. Green.--Estoy segura que le pide un buen

consejo,--algo mas quizá.

--¿Qué decis, querida mía?--¿Green, el especiero? ¿Mi hijo conversa con

esa jentuza?

--¡Jentuza! replicó mi mujer con aire de sorpresa. M. Green es un hombre

honrado, un buen cristiano, respetado universalmente. _Vale_ trescientos

mil dollars, y hace el mejor uso posible de su fortuna que debe á su

trabajo.

¡Perfectamente! esclamé yo. Bienaventurado pais en donde los especieros

son millonarios, dan consultaciones como los abogados, sino dan

colocaciones, como los ministros. Solicite pues, mi hijo, á S. E. el

Sr. de las ciruelas en conserva y de la Melaza. Pero, llamad á Susana;

supongo que no espera nada del honorable M. Green.

--Susana, está en su leccion de hijiene y de anatomía.

--De anatomía, ¡gran Dios! Mi hija, á los diez y nueve años, aprende

anatomía--¡Si tambien disecará!

--¿Qué teneis, amigo mio?--repuso mi querida mujer, con una tranquilidad

que me volvió el alma al cuerpo. Susana tendrá hijos algun dia. ¿Quereis

que los crie y los cuide á tientas, sin conocer su constitucion? ¿No

habeis repetido cien veces en su presencia que el estudio del cuerpo

humano, hace parte indispensable de toda buena educacion?

--¿Cual es el médico á cuya prudencia se confia el cuidado de enseñarla

anatomía á las jóvenes?

--Es la señora Hope, una de nuestras celebridades médicas.

--¡Mujeres médicos! ¡Oh Moliére! ¿donde estás? Qué ¿en este pais hecho al

revés de los demas, no son los hombres los que cuidan á nuestras madres,

á nuestras esposas é hijas? Son tambien mujeres las que partean á las

señoras de la buena sociedad? Eso no se hace en parte alguna; eso es

indecente, señora Smith,--¡indecente!

--Yo hubiera creido lo contrario, amigo mio; pero vos sabeis mas que

yo. ¿De manera que si alguna vez nuestra hija tuviese una de esas

indisposiciones, graves ó no, que una mujer en su pudor se atreve apenas

á confesarse á sí misma, querríais mas bien que se llamára á un médico?

--Nada de eso; me comprendeis mal, querida mia. Queria decir solamente

que hay antiguas prácticas que son respetables como todos los viejos

errores. Es decir.... no; otro dia os esplicaré eso. ¿Quién acompaña á

Susana á esa leccion de anatomía?

--Nadie.

--¿Cómo nadie? ¿Mi hija que solo tiene diez y nueve años y es bella como

un ánjel, recorre las calles sola y sin un acompañante de respeto?

--¿Por qué no ha de hacer ella lo mismo que sus compañeras? ¿Qué peligro

puede amenazarla? ¿Os imajinais que haya en América un hombre tan

criminal ó tan loco como para faltar al respeto debido á la juventud y

á la inocencia? Padres, maridos, hermanos ó hijos, todos los brazos se

alzarian para herir al miserable; pero jamás se ha visto en este noble

pais semejante indignidad.

Esas son miserias y vicios que es necesario dejar al viejo continente.

--Por otra parte, agregó mi mujer con su dulce sonrisa, creo bien cuidada

á Susana. Alfredo, el último hijo de M. Rose ha vuelto de las Indias.

Le he visto ayer paseándose con su padre y sus ocho hermanos. Nadie me

quitará de la cabeza que Susana y él están comprometidos hace mucho

tiempo.

--¡Comprometidos! ¿Mi hija enamorada del noveno hijo de un boticario? ¿Y

es su madre la que me anuncia friamente una noticia de ese carácter?

--¿Por qué no habria de casarse con el que ella ama? me dijo Jenny

fijando en mí sus hermosos ojos azulas. Amigo mío ¿no es eso lo que yo

he hecho? ¿Me he chasqueado? ¿estais acaso arrepentido?

--¿Pero qué carrera, qué fortuna posée ese jóven?

--Estad tranquilo, amigo mio; Alfredo es un caballero. No se casará con

Susana mientras no tenga una posicion que ofrecerla. Susana esperará diez

años, si es necesario.

--¿Y la dote señora Smith, habeis pensado en la dote? ¿Sabeis lo que

quiere ese jóven galan que compromete á nuestra hija? ¿Sabeis lo que nos

es posible hacer y qué parte tendremos que sacrificar de nuestro diminuto

haber?

--No os comprendo, Daniel. ¿Vendemos acaso á nuestra hija? ¿Es necesario

pagar á un jóven, á un enamorado, para que se decida á aceptar por

compañera, á una jóven encantadora, cuyo aspecto regocija y que es tan

buena como bella? ¿Dónde habeis adquirido esas estrañas ideas, que os

oigo por vez primera?

--¡Sin dote! esclamé yo, ¡en un pais donde de la noche á la mañana todo

el mundo está de rodillas delante de un dollar!

--En América, amigo mio, uno se ama, se casa porque ama y es feliz toda

la vida repitiéndose el uno al otro que se ha escojido por amor. Cada

uno lleva en dote su corazon, y espero que, en una nacion libre, jóven y

jenerosa como la vuestra, no se conocerá jamás otro dote.

--Sin dote, decíame yo, ¡sin dote! Harpagon tenia razon, esto cambia las

cosas. El matrimonio no es ya un negocio. Rica ó pobre, la novia estará

segura de que la aman, que se casan con ella y no con su dinero. El padre

que dé temblando á su hija no tendrá que temer á lo menos, que la entrega

á un especulador innoble. ¡Sin dote! Los pueblos bárbaros tienen algunas

veces, sin saberlo, ciertas delicadezas que harian honor á nuestra

civilizacion.

--Hé aquí á Susana, esclamó mi mujer, que habia vuelto á ocupar su puesto

de observacion. Alfredo está con ella,--lo habia adivinado.

Corrí á la puerta. Mi hija, mi querida Susana, ¡estaba mas bella que

nunca! Sus largos cabellos rubios que caían formando bucles sobre sus

hombros, su mirada risueña, su aire altivo, su andar mesurado la daban

nuevos encantos. Era la inocencia del niño y la gracia de la mujer.

Saltóme al cuello como una loca. La estreché con transporte sobre mi

corazon y la llevé en mis brazos hasta el comedor.

Solamente allí apercibíme de que Susana no habia entrado sola en casa.

Estaba junto á ella el mónstruo que venia á arrebatarme mi alegria y mi

felicidad. Susana le tomó de la mano y me lo presentó de la manera mas

natural.

--M. Alfredo Rose, querido papá--¿no le reconoceis?

¡Demasiado que lo reconocia! ¡Era encantador el miserable! Suspiré y dí

un apreton de manos á aquel futuro yerno; que queria hacerme el honor de

escojerme por suegro sin tomarse siquiera la molestia de consultármelo.¡

Sin dote! bastaba esto para que se creyera con derecho á casarse con la

mujer que amaba.

Hablad pues de decoro á estos bruscos que van siempre recto á su objeto.

Paris en América · 第 14 / 109 题