Una vez fuera del baño sin haber conseguido calmarme, descendí muy
pensativo la escalerita que conduce al piso bajo. ¿Qué habian hecho de
mi casa? ¿Bajo qué máscara iba yo á encontrar á mi familia? Entré al
comedor, no habia nadie; pasé al salon, ni un alma. Mientras esperaba, me
entretuve en mirar las dos habitaciones, con el objeto de habituarme al
aspecto de mi nuevo alojamiento.
El comedor, además del alfombrado, tenia por único adorno un viejo y
pesado aparador de jacarandá cargado de tasas de la China y de teteras
de metal inglés, mas brillante que la plata. En frente al armario, habia
tres grabados mediocres. Al centro, Penn tratando con los indios bajo el
álamo de Sthakamaxon; á la derecha el retrato de pié de Washington con su
caballo y su negro; á la izquierda, la imájen del soberano _pro-tempore_,
el honrado y viejo Abád, en otras palabras, el honorable Abraham Lincoln,
antiguo constructor de cercados,[11] presidente, hoy dia de los Estados
Unidos.
¡Hé ahí, esclamé, los jénios protectores de mi nuevo hogar, del hogar
de un francés educado en el culto de la fuerza y del éxito! Un cuácaro
pacífico, un jeneral que pudiendo ser emperador del Nuevo Mundo,
se rebaja hasta el punto de ser el primer majistrado de un pueblo
libre, un artesano que llega á ser abogado á fuerza de trabajo, y por
casualidad.--Presidente de su pais,--tales son los héroes de la América.
En esta tierra semi-salvaje la moral de los paisanos es la misma de
los grandes hombres. ¿Qué puede esperarse de una nacion que tiene
semejantes preocupaciones? ¡No es ella, por cierto, la que le dará un
César al mundo! En la sala habia un piano de palisandra, un escritorio
recargado de papeles y una biblioteca llena de libros. Tres ó cuatro
Biblias figuraban entre las obras de Francisco Quarles, de Bunyan, de
Jeremías Taylor, de Law, de Jonathan Edwards, de Channing, toda jente
muy honrada sin duda; pero cuyos nombres leia por vez primera. No pasé
adelante: la teolojía me desagrada hasta en las noches de insomnio.
Seguian algunos historiadores y moralistas, Franklin, Emerson, Marshall,
Washington-Irving, Prescott, Bancroft, Lothrop-Motley, Tiknor; á
continuacion algunos romances sérios, y una multitud de poetas ingleses,
americanos, alemanes, y hasta españoles. ¿Y la Francia dónde estaba? Ay!
por todo representante de la patria no encontré mas que un Telémaco, con
la pronunciacion figurada ó mas bien desfigurada en inglés. Y pensar que
un dia para celebrar quizá el natalicio de su padre, mi hija, mi querida
Susana, me recitaria con sus lábios seductores el: _Calepso ne povait se
connsolére diou départe d’Youlis!_ Despechado arrojé el libro y pasé al
jardin: era un pedacito de tierra rodeado de cuatro paredes, cubiertas de
yedras y madreselvas; sembrado de lilas, rosales y flores desconocidas;
en el fondo habian un invernáculo pequeño y un kiosco chinesco; abrigo
cómodo para tomar el té, fumar un cigarro ó contemplar las estrellas.
En el jardin no habia nadie, si se esceptúa á Zambo, tendido como una
estátua de bronce sóbre una mesa de mármol blanco. El negro roncaba con
el rostro vuelto hácia el sol y cubierto de moscas, descansando de las
crueles mortificaciones que yo le habia causado. El bribon se aprovechaba
de estar á mi servicio, para no hacer nada y dormir á pierna suelta.
Comenzaba á intrigarme este paseo solitario en los dominios de la Bella
del Bosque durmiente; iba á despertar á Zambo para tener el placer de
reñir con un cristiano, cuando escuché voces que salian del bajo piso, ó
como dicen los Franco-Americanos en su patria, del _basement_, palabra
que faltará durante mucho tiempo al diccionario de la Academia.
Despues de haber descendido algunos escalones, apercibí al fin en una
espaciosa cocina á dos mujeres, que no sintieron el ruido de mis pasos,
tan atareadas estaban. Una de ellas, la que me daba la espalda, pero
á quien reconocí por la voz, era mi querida Jenny, la madre de mis
hijos; la otra, á quien recien iba á conocer, enorme criatura, rubia,
de cinco piés y ocho pulgadas de estatura, y con aspecto mas bien de
granadero escocés que de hija de Eva, era Marta, la cocinera, natural de
Pensylvania, y _tunkeriana_ ó _tunkerista_ de relijion, cosa parecida
á cuácara; escelente persona que resongaba á toda hora y no tenía mas
defecto que tratar de pagano ó de publicano á cualquiera que usára
botones en el vestido ó en la levita. Para esta alma exaltada, el símbolo
del cristianismo no era la cruz, era el broche.
A juzgar por la gravedad de las dos mujeres, y por las palabras que con
tanta vivacidad cambiaban, llevaban á cabo en aquel momento una gran
obra culinaria. Jenny (¿era en efecto madama Lefebvre?) ataba dentro
de una servilleta, una masa disforme de reposteria, colocándola con
cuidado en una cacerola llena de agua. Marta, á su vez, encerró la
preciosa vasija en un horno de hierro, colocado en un costado de la
cocina. Era de construccion monumental, con pisos como una casa, y no sé
cuantos cajoncitos y alacenas de donde se escapaba el vapor. Horno para
cocer, lavadero, asadores, sartenes, agua y aire calientes, y cuanto
es necesario, todo se encontraba en este horno mónstruo, que tenia una
inscripcion, á manera de arco de triunfo:
_G. Chilson’s cooking Range Boston_[12].
Dudo que el mismo Satanás, con los recursos de que dispone, haya
inventado nunca una hornaza mejor calentada que esta.
Cuando todo estuvo en su lugar, despues de haber movido y alineado un
ejército de calderos y calentadores, volvióse mi mujer, dando un grito de
placer al verme.
--Buenos dias, amor mio, me dijo, creo que habeis pasado una buena noche.
¿Veis vuestros preparativos? es un _pudding_ como aquel que encontrásteis
tan bueno, dias pasados. Acabo de pisarlo y amasarlo yo misma. Sé mejor
que Marta, lo es de vuestro gusto. Espero que estareis contento como yo y
que me recompensareis todo el trabajo, ó mas bien todo el placer que me
tomo por serviros.
Diciendo esto, acercóseme cuanto pudo poniéndome la frente. ¡Cosa rara!
era mi mujer, y, sinembargo, no era ella. El mismo rostro, las mismas
facciones, salvo la punta de la nariz que habia enrojecido un poco; pero
no sé que de límpido y de tranquilo en la mirada, de dulce en la palabra,
de afectuoso en la fisonomia, que jamás habia notado en nuestros tiempos
matrimoniales del viejo París. Me sentia amado, cuidado, esto hará
retozar mi corazon. Por eso, sin inquietarme de la presencia de Marta
y de mis veinte años de casado, abrazé tiernamente á Madame Lefebvre,
quiero decir, Mistriss Smith. Perdonadme esposos parisienses, ¡yo estaba
en América!
--Marta, dijo mi mujer quitándose un delantal de cocina, y bajando
su vestido de seda, que habia suspendido, atándolo por detrás. Marta,
ireis á casa de Mr. Green. Su último café no era bueno, era del Brasil,
á mi marido no le gusta sino el de Mauricio, escojed un grano pequeño y
redondo, que yo misma lo tostaré. He visto en el mercado las primeras
fresas, comprad algunas, lo suficiente para poner dentro de una de esas
tortas que haceis tan bien y que mi marido y mis hijos comian con tanto
placer el año pasado. Decidle á Hoffman el floricultor que en todas
partes hay claveles, escepto en nuestro jardin, y que mi marido espera
las tres variedades nuevas que me ha prometido. No olvideis tampoco los
lirios que he escojido para Susana, y los jeránicos para Enrique. En fin,
tomad en la libreria, el último discurso del reverendo doctor Bellows,
_sobre el estado de la nacion_. Es una obra elocuente y patriótica y mi
marido nos la leerá esta noche, ¡él que lee tan bien! Esto nos divertirá
á los niños y á mí!
¡Cuán débiles somos! sentiame atraido y encantado por esta música
nueva, en la que á cada compás aparecia mi nombre y el de mis hijos.
En París, en Francia, eran otras notas, las que yo oía. Mi mujer tenia
todas las virtudes; pero su estremada modestia me hacia la vida un poco
insoportable. _Hacer lo que todo el mundo_, era la divisa de Madame
Lefebvre: Dios sabe, lo que me costaba el no diferenciarnos. Para
estar hospedados _como todo el mundo_, habitábamos un departamento, á
ciento diez escalones de altura, en un hotel, digno de un príncipe, es
cierto, y cuyo portero tenia un sirviente y un limpia suelos. Para estar
servidos _como todo el mundo_ teniamos un lacayo, enorme pícaro borrado
y embustero, gran bribon con pantalones de pana y chaleco rojo, que me
costaba muy caro y me servia en todo al revés, no dejándome vestir, ni
comer ni beber á gusto. Para vestirnos _como todo el mundo_ necesitaba
mi mujer y mi hija, trajes de un precio loco, crinolinas que ocupasen
cada una, una carroza entera, no dejándome lugar sino en el pescante.
En fin para figurar _donde vá todo el mundo_, tenia yo que andar trás
las invitaciones, y sonreir á jentes que despreciaba en mi corazon, con
el mas soberano desprecio. Era la práctica. El buen tono queria que se
adorára á la fortuna y que se arruinára uno por aparecer. Por mi parte,
buen cuidado tenia de no separarme de la buena sociedad. Hubiera sido una
orijinalidad: vicio de pésimo gusto, que la Francia deja á los Ingleses.
Desempeñábamos, gracias á mi mujer y á sus sabios consejos, con decencia,
asi lo creo al menos, un rol difícil. Las jentes que nos veian en el
bosque en todo tiempo, y á la misma hora debian hacernos justicia. Me
atrevo á decir que sosteniamos nuestro rango en París, y que llevábamos
con honor la vida mas ocupada que pueda imajinarse: hariamos veinte
visitas todas las mañanas, y no faltábamos á ninguna reunion. Todo esto
era bueno; pero--¿es necesario que lo confiese? en un pais salvaje, mi
naturaleza ruda recobraba su poder. Estaba contento porque ya no oia
hablar de _todo el mundo_. Me gustaba que mi mujer no se ocupase mas
que de mí, y no viese nada mas allá de su marido, de sus hijos y de su
casa. Me sentia rey de mi morada y estaba tan contento con mis súbditos
que al subir la escalera, pasé mi braso al rededor de la cintura de
Jenny, y abracé á mi mujer por segunda vez; lo que la hizo ruborizarse
prodijiosamente:
--_For shame, mister Smith_[13], murmuró con un tono que me hizo creer
que ella y yo habiamos rejuvenecido veinte años.