Zambo.
Cuando volví en mi, era de dia--Mi hijo cantaba á toda voz el _Miserere_
del _Trovador_; mi hija, discípula de Thalberg, ejecutaba con
incomparable _brio_ las variaciones de Sturm sobre un aire variado de
Donner. A lo lejos, mi mujer reprendia á la sirvienta, que la respondía á
gritos. Nada habia cambiado en mi pacífica morada,--las angustias de la
noche eran un vano sueño; libre de esos terrores quiméricos, podia seguir
una dulce habitud, soñar despierto, mientras esperaba el almuerzo.
A las siete, segun costumbre, el sirviente entró en mi habitacion y me
entregó el diario. Abrió la ventana, y entreabrió las persianas; el
resplandor del sol y la vivacidad del aire me hicieron el efecto mas
agradable. Volví la cabeza hacia la luz, ¡horror!--los cabellos se me
erizaron, ni fuerzas tuve para gritar.
Estaba en mi presencia un negro, riente y alegre, con dientes como teclas
de piano, y dos enormes lábios rojos que le cubrian la nariz y la barba.
Enteramente vestido de blanco, como si temiera no parecer bastante negro,
el animal se me aproximó, sacudiendo su cabeza crespa y revolviendo sus
enormes ojos.
--El amo ha dormido bien; dijo cadenciosamente, Zambo está contento.
--Para disipar esta pesadilla cerré los ojos; mi corazon palpitaba á
punto de romperme el pecho; cuando me atreví á mirar,--estaba solo.
Saltar de la cama, correr á la ventana, tocarme los brazos y la cabeza,
fué cosa de un segundo. En frente de mí habia una série de casitas
alineadas como casuchos de naipes, tres imprentas, seis diarios, carteles
por todas partes, el agua desperdiciada desbordando en las acequias. En
la calle jentes atrafagadas, silenciosas, corriendo con las manos en los
bolsillos, sin duda para ocultar en ellos, los revolvers; ni ruido, ni
gritos, ni paseantes, ni cigarros, ni cafées, y hasta donde alcanzaba mi
vista no se veia un solo ajente de policía, un solo jendarme. ¡No habia
remedio! estaba en América, desconocido, solo, en un pais sin gobierno,
sin leyes, sin ejército, sin policia, en medio de un pueblo salvaje,
violento y codicioso. ¡Era hombre perdido!
Mas abandonado, mas desolado que Robinson despues de su naufrajio, me
dejé caer sobre un sillon que inmediatamente se puso á hacerme bailar.
Levantéme temblando, me buscaba en el espejo, ¡ay! y no me encontraba.
Estaba frente á mí un hombre flaco, de frente calva, sembrada de algunos
cabellos rojos, con el rostro descolorido, rodeado de flamíjeras patillas
que caian hasta los hombros. ¡Hé ahí lo que la malignidad de la suerte
hacía con un Parisiense de la Chaussée-d’Antin! Estaba pálido, mis
dientes rechinaban y el frío me llegaba á la médula de los huesos. Séamos
hombres, esclamé, tengo una familia y el nombre francés que sostener.
Es necesario recobrar sobre mis sentidos el imperio que pierdo. La
adversidad es la que hace los héroes!
Quise llamar; no habia campanilla: apercibí un boton de cobre que empujé
á la ventura. De repente apareció Zambo, como esos diablos que salen de
una caja, y sacan la lengua al saludar.
--Fuego, grité, traed me fuego, quiero una gran lumbre en la chimenea.
--¿El amo no tiene fósforos? dijo Zambo, mostrándome los avíos de
encender sobre la chimenea. ¿El amo no puede agacharse? agregó con tono
irónico. En seguida dando vueltas á un tornillo en la parte inferior de
la chimenea y aplicando un fósforo á la leña de fundicion, hizo rutilar
mil lenguas de fuego.
--¡Es permitido, ¡buen Dios! esclamó al salir, incomodar al pobre negro
que está tomando el sol?
--Pueblo salvaje, murmuré yo, aproximándome al fuego y reanimándome al
sentir su calor suave é igual; pueblo salvaje, que no tiene ni palas, ni
tenazas, ni fuelles, ni carbon, ni humo; pueblo bárbaro que no conoce
siquiera el placer de atizar el fuego. Dar vueltas á un tornillo para
encender, estinguir ó arreglar el fuego, es verdaderamente la obra de una
raza sin poesía, que no deja nada á lo imprevisto, y que tiene miedo de
perder un minuto, porque el tiempo es dinero.
Luego que me hube alentado, pensé en mi tocador. Tenía delante de mí,
una mesa de jacaranda atestada de cabezas de cisnes de cobre y de otros
adornos de mal gusto; pero adornada de esas porcelanas inglesas que
regocijan la vista por la riqueza del colorido y del dibujo. Habia sobre
esta mesa, y en profusion, cepillos, esponjas, jabones, vinagres,
pomadas, etc., pero ni una gota de agua. Oprimí de nuevo el boton; Zambo
entró mas atufado que á la salida.
--Agua caliente y fria para vestirme; pronto, estoy de prisa.
--Esto es demasiado, esclamó Zambo; el amo no puede dar vueltas á la
llave del agua fría y á la llave del agua caliente que están en el
rincon? Palabra de honor: esto es echarlo á uno; mi no puede continuar
sirviendo á un amo que no vé jota. Y salió dándome con la puerta en los
hocicos.
--Agua caliente á todas horas y en todas partes, es cosa cómoda; pero es
el invento de un pueblo que no piensa mas que en su _confort_; gracias
á Dios, nosotros no hemos llegado á este punto. Pasarán un siglo ó dos
antes que la noble Francia descienda á este esmero de molicie, á este
aseo afeminado.
Nada refrezca tanto las ideas, como el hacerse la barba. Despues de
haberme afeitado, me encontré otro; comencé hasta á reconciliarme con
mi cara larga y mis dientes de adelante. Si tomara un baño, dije para
mis adentros, acabaria de calmarme,--podria afrontar, con mas coraje, la
vista de mi mujer y de mis hijos: ¡ay de mí! quien sabe si no están mas
cambiados que yo!
Llamé:--Zambo se presentó de nuevo, con el rostro descompuesto.
--Amigo mio: ¿dónde hay un establecimiento de baños en la ciudad?
Enseñadme el camino.
--Un establecimiento de baños, amo, ¿para qué?
Me encojí de hombros.--Imbécil, para bañarse, por lo menos.
--El amo quiere tomar un baño, dijo Zambo, mirándome con una sorpresa
mezclada de espanto. ¿Es para eso que el amo me hace venir desde el fondo
del jardin?
--Sin duda.
--Esto es demasiado, gritó el negro tirándose de las motas. Cómo! hay una
sala de baño al lado de cada dormitorio, y el amo hace subir á Zambo para
decirle: “Mi amigo, ¿dónde puede uno bañarse?” No se burla uno así de un
americano.
Empujando una puertita oculta bajo la tapicería, el negro me hizo entrar
en un gabinete elegante, donde habia una bañadera de mármol blanco.
--Vamos, Zambo, murmuré con tono furioso y cómico á la vez, dá vuelta
la llave para el _Amo_: llave del agua fria, llave del agua caliente;
revuelve el baño, pon las sábanas á calentar; haz de nodriza, Zambo; el
_amo_ no sabe servirse de sus manos.
No tenía otra cosa que hacer sinó callarme, dejaba á Zambo exhalar
su furia y no queria que me sacara la lengua; pero, en mis adentros,
maldecia estas horribles casas americanas, moradas insociables,
verdaderas prisiones, de las que no se puede salir, puesto que en ellas
se encuentra á la mano, todo lo que en Paris tenemos el placer de ir á
buscar fuera de casa, á mucho precio, es cierto, pero muy lejos.