Era don Celso Robles un célibe sexagenario, enconado enemigo de la más
bella mitad de la especie humana, y particularmente fanático de la
deglución, de la potación y de las beatíficas sobremesas consagradas al
juego del hombre, que también se suele llamar tresillo. El estilo de
la arquitectura corporal de don Celso pertenecía al período ciclópeo;
sus piernas, dos bárbaras columnas monolíticas; su vientre, un templo
primitivo habitado por una divinidad cruel y turbulenta en cuyo
propiciamiento se inmolaban á diario innumerables víctimas arrancadas
á la libertad de sus naturales elementos --el aire, la tierra, las
aguas--, solemnizándose el sacrificio con derrame copioso de brebajes
báquicos y confortativos. La cúpula de este templo, que siempre se
mantenía en actividad religiosa, era una cúpula tricolor, decorada con
franjas paralelas; primero, el cuello blanco de la camisa; más arriba,
un gracioso lóbulo ó abombamiento, que, al fundirse, formaban la
papada y el pertorejo, de un color rojo flamígero y esponjoso como la
cresta y barbas del gallo; más arriba, el blanco impecable de la boca,
ostentando sonoras señales de que el dios se hallaba satisfecho de su
culto, reía tan dilatadamente que las comisuras de los labios escapaban
por entrambos lados del rostro, como si fuesen á juntarse por detrás
del occipucio; la próxima franja en altitud la formaban la nariz, las
mejillas, las orejas y el colodrillo, todos ellos tan arrebatados de
entonación que del rojo habían pasado al azul índigo; y, por último,
la sesera, de bruñido bermellón con irisaciones metálicas, como el
vidriado de los azulejos moriscos. Patológicamente, el señor Robles era
un temperamento apoplético y congestivo. Su médico le había sugerido
la posibilidad de que reventase un día, y aconsejado que rompiera con
sus hábitos vegetativos, que dejara los negocios y se fuera á vivir
al campo. La idea de que aquel dios insaciable que se alojaba en su
bandullo pudiera ver el ocaso y extinción de su culto, torturaba las
más delicadas fibras del corazón de don Celso. Intentó traspasar la
casa, pero no halló quien aceptara la sucesión en buenas condiciones.
Hasta que un día, Telesforo Hurtado, le confesó sus planes, que don
Celso escuchó con gran regocijo, alentándole á que se casase cuanto
antes, á pesar de su enemiga á las hijas de Eva. En casándose, la
banca pasó á ser _Telesforo Hurtado y Compañía_. El señor Robles no
tenía inconveniente en dejar una buena parte de su capital, á la sazón
circulante, que le había de ser satisfecho por anualidades de cincuenta
mil pesetas. Compró una casa de campo, reclutó tres amigos viejos y mal
parados de fortuna que le hicieran el tresillo, é, introduciendo alguna
novedad en el dogma, se fué á convertir en rústico el culto urbano de
su vientre. Al despedirse de Hurtado no pudo abstenerse de destilar
algunas gotas de pesimismo acerca del sexo débil:
--Has hecho un buen matrimonio, evidentemente, Telesforo; pero mi
experiencia del mundo me obliga á amonestarte á que te pongas en
guardia. Con las mujeres, hijo mío, hay que estar siempre en guardia,
siempre centinela alerta y con el arma en la mano, porque si no el
diablo se las carga --quiso decir, sin duda, el diablo las carga--. Y
ahora, que te vaya bien en tus negocios, por la cuenta que me tiene, y
además porque deseo verte prosperar.
Comenzó la casa á regir bajo los auspicios de Hurtado, y éste á darse
aires y vida de gran señor. La ostentación chalanesca de piedras
preciosas y la adquisición del primer automóvil inquietaron no poco á
don Medardo, el cual, cogiendo confidencialmente á su yerno, hubo de
hacerle algunas observaciones. Á esto respondió Hurtado:
--El pez grande se traga al chico, y peces grandes ó chicos no se
pescan sino con cebo en el anzuelo. Una casa de banca no vive, ó por
lo menos vive principalmente, de tener en circulación el dinero que
se pone bajo su confianza. No vale ser rico tanto como aparentarlo.
¿Cree usted que puede inspirar confianza á sus clientes, ó atraer otros
nuevos un banquero que viva como un pordiosero?
--Á mi modo de ver, sí; más confianza que uno que gaste con exceso.
--¡Bah! Esa es la manera de entender los negocios en España, y así van
las cosas. Antiguallas, don Medardo, antiguallas --y diciendo así,
conducía al viejo hepático hasta la garita del tenedor de libros--.
Muéstrele usted á don Medardo el aumento en depósitos y cuentas
corrientes desde que la casa lleva mi nombre.
El aumento había sido considerable. Don Medardo se daba por vencido.
--Tienes razón; yo estoy muy á la antigua.
--El automóvil, los brillantes... ¿Cree usted que lo hago por gusto?
No. El cebo, querido don Medardo, el cebo. Poco á poco, los clientes de
las otras casas se van pasando á esta. Ahí tiene usted á ese Meumiret,
el de ahí enfrente, el _gocho de mar_, como le dicen sus empleados, que
está que echa... sustancia láctea.
Á pesar del eufemismo, á don Medardo no le hizo gracia la frase.
Repitió Hurtado:
--El cebo, el cebo.
--No me gusta oirte hablar así, Telesforo. Empleas unas palabras... El
cebo...; parece que se trata de engañar á la gente.
--Otra antigualla; pues ¿qué son los negocios sino á ver quién engaña á
quién? Usted mismo, en su almacén de la Habana, ¿qué hacía sino engañar
á la gente?
--Me dejas aturdido. Según lo que se llame engaño... --don Medardo
meditó unos momentos--. Bueno, yo pienso; esa misma confianza que te
demuestra la gente ¿no te añade responsabilidades y te obliga á pensar
si acaso, vaya, si tal vez comprometerías lo ajeno con sorbitancias?
Telesforo se irguió:
--¿Es que usted teme por su dinero?
--Por Dios, Telesforo; no hablo de lo mío. Yo confío en ti.
--Pues de lo ajeno, deje usted que entre á porradas. Dinero pare dinero.
Cuando Telesforo mudó por primera vez de automóvil, don Medardo no se
atrevió á abrir el pico. Pero al cuarto cambalache no pudo contenerse.
Las risotadas con que le recibió Telesforo desconcertaron al viejo.
--¿Sabe usted cuánto he ganado en cada una de estas operaciones de
compra y venta? Tres mil pesetas. Sí, señor. Venga usted á ver los
libros y se convencerá.
No había tal cosa en los libros, pero Telesforo estaba seguro de que
Tramontana había de responder, como respondió:
--Me basta lo que me dices --y luego, asombrado--. Verdaderamente, eres
un lince.
Otra cosa que á don Medardo le metía doloroso terror en los huesos era
el tráfico de valores que Telesforo hacía en Bolsa. El viejo tenía
el concepto arcaico de que la riqueza es algo sólido y permanente:
monedas, casas, tierras. La idea de la permanencia era lo fundamental.
Un capital se construía como un edificio, colocando piedra sobre
piedra. Siempre se había reído de esas fortunas aéreas y fabulosas
que surgen como por encanto, y como por encanto se disipan. El agio
le causaba pavor; era, á las fortunas verdad, lo que el rayo á las
casas, que en un punto las reduce á escombros. Pero á todo acudía el
despierto Hurtado, envolviendo al suegro en tan enmarañados argumentos
y deslumbrándolo con hechos tan flagrantes, que al cabo de un año
el hombre estaba convencido de que Hurtado era el más grande genio
financiero que habían visto los siglos.
Y así, como en cierta velada familiar la tía Anastasia, componiendo una
sonrisa ácida que había inventado la primera vez que vió á Telesforo,
hubiera tenido el cinismo de insinuar traidoramente que Hurtado le
daba mala espina, don Medardo quiso abatir su osadía arrojando á la
faz de su tía materna este apóstrofe crítico: _Anastasia ¡tienes la
mollera herpéticamente cerrada á canto y lodo!_ La tía Anastasia,
aunque humilde, fué contumaz y añadió que Hurtado sería un querubín
descendido del empíreo, pero que á ella, sin poderlo remediar, le
daba muy mala espina; y manifestó la sonrisa ácida. _Anastasia_
--repitió don Medardo, indicando que daba por cerrado el ciclo de
las controversias--, _tienes la mollera herpéticamente cerrada con
mampostería_. Y de esta suerte Telesforo quedó ungido inviolable en el
hogar del piso primero de la casa. Él y Leonor vivían en el segundo.
Leonor era feliz, adoraba á su marido, el cual le había fecundado las
entrañas poniéndola á parir un fruto de bendición, una aceitunilla
con todos los caracteres étnicos de los calmucos, un genio endiablado
y una noción tan rudimentaria de la regularidad en las eliminaciones
digestivas que no había pañales para él. Con todo, la familia
Tramontana lo reputaba como dechado y arquetipo de la belleza infantil,
veían no se qué gracia exquisita en sus berrinches, un desparpajo
encantador en su afán de vaciar las tripas en todo momento, y una
lumbre inquietante de precocidad en su estulta expresión de calmuco.
Hasta la tía Anastasia, á pesar de la mala espina que le daba el padre,
sentía por el talento del hijo admiración sin límite.
--Este rapacín mete miedo --no quería decir que la fealdad del chico
espantase, como era la verdad, sino que su inteligencia amenazaba no
dejarle vivir, expresando á su modo la frase de Menandro: los elegidos
de los dioses mueren jóvenes. Añadía la vieja--. ¡Si él pudiera
hablar...!
Cosa que verosímilmente no acontecería nunca, porque los micos carecen
de la facultad del lenguaje.
La noticia de las aventuras galantes de Telesforo llegaron hasta el
hogar Tramontana y poco después treparon con insidia hasta el piso
segundo. En el hogar Tramontana se le juzgó con bastante lenidad;
hallaban disculpas á sus extravíos amorosos en su juventud, en el hecho
de encontrarse Leonor amamantando al pequeño Telín, y según autorizada
opinión de don Medardo que sorprendió mucho á su cónyuge, en cierta
incontinencia ó ideal de perpetuación que va siempre poderosamente
adscripta al sexo masculino. Todo esto lo decía don Medardo con muchos
circunloquios, y, por supuesto, no estando Fina presente. Pero doña
Dolores en cuanto entendió lo que su esposo quería decir, revolvió unos
cuantos años en su memoria, y sacó en consecuencia que don Medardo
había emitido una afirmación falaz. Á pesar suyo y con nostalgia muy
retrospectiva, como el que dijese: si yo hubiera tratado á Sardanápalo,
murmuró:
--No digas, Medardo.
También don Medardo entendió. Sintiéndose herido en el centro más
delicado de su personalidad viril, contestó con dignidad:
--El hombre es flaco --como demostración puso una pierna sobre la otra
haciendo sonar los huesos--. Yo hombre, al fin y al cabo, hombre como
cualquiera, cuando era joven y estaba sano fuí víctima, como ahora lo
es Telesforo, de esa ligera enfermedad, ó si se quiere incontinencia y
aun furor. Pero unos lo hacen de solteros y otros de casados.
--Y otros de solteros y de casados --agregó la tía Anastasia.
--Anastasia --expostuló don Medardo--. Hay que ser tolerante con la
flaqueza de la carne. Tú no sabes de eso.
En el piso segundo las noticias produjeron diferentes efectos. El
Mercurio portador de las infaustas nuevas fué un mensajero femenino,
la peinadora de Leonor. En tanto quitaba los _bigudís_ á la señorita,
esponjaba su cabellera y le añadía como aditamento un moño enorme
perteneciente á un cadáver anónimo, iba la proterva mujer depositando
arteramente en el corazón de Leonor la ponzoña de sus revelaciones. Al
llegar al punto culminante, la infeliz casada expelió un grito ahogado,
que hizo pensar á la peinadora si le habría dado distraídamente un
tirón en una mecha de pelos del occipucio. No; el dolor era más hondo.
La peinadora dió por terminado su menester aquel día y dejó á Leonor
abandonada al infortunio, caída en actitud desolada sobre un diván y
de manera que el artificioso tocado no sufriera detrimento. Al volver
Telesforo á casa hubo una escena de dramática intensidad. La esposa
mártir se colocó en situación cristiana de sojuzgamiento y resignada
aceptación de los designios de la Providencia. Nada de reproches, ni
dicterios, ni cóleras. Pero confesó el presentimiento que tenía de que
se le retirase la leche, con lo cual el calmuco de cría había de verse
obligado de allí en adelante á ingerir alimento mercenario y quizás
adulterado. Telesforo acudió con toda ternura á desmentir las noticias,
y dijo que sería horrible que se cumpliesen tan sombríos vaticinios,
respecto á la escasez de lacticinios. Confesó muy avergonzado y de modo
que inspiraba compasión, que era cierto que algunas veces se había
presentado en público con mujeres, y mujeres hermosas. Pero, añadía
justificándose, siempre había sido obligado de las circunstancias,
cuándo por tratarse de negocios, cuándo porque ellas _materialmente_ le
perseguían, aunque sin haber logrado --_su palabra de caballero_-- que
hasta entonces él hubiera cometido una infidelidad conyugal. El pecho
de Leonor vióse nuevamente asistido del torrente lácteo, á sus ojos
acudieron lágrimas sedantes y á sus labios sonrisas angélicas. ¡Era tan
natural que todas las mujeres ambicionasen á su Telesforo, á causa de
su expresiva cara tártara y de la riqueza en glándulas sebáceas de su
epidermis! Á partir de este punto ya podían irle con cuentos á Leonor.
Ella sonreía misteriosamente; estaba en el secreto. Su padre le decía
algunas veces.
--No hagas caso nunca, hija mía, de lenguas vituperinas.
--Á buena parte vas, papá.
Como Hurtado era muy meloso y simulador en sus relaciones domésticas,
Leonor vivía confiada en él, segura de aquel tesoro que todas le
envidiaban. Y estando así, Telesforo tomó la ruta de Ultramar sin dejar
una palabra de despedida para su mujer ni para el pequeño calmuco.