IV

Meg echó á correr por la avenida central del jardín, al encuentro

de su padre y de Alberto. Nancy, en el umbral del invernadero, se

mantenía quieta, en pie, sonriendo delicadamente al esposo. Era una

mujer aventajada de estatura; rubio el pelo. Andaba por los treinta y

dos años, en perfecta sazón de su feminidad y hermosura, y tenía un

continente patricio y aplomado que hacía recordar las estatuas que los

romanos esculpieron en representación de la virtud de la Fortaleza.

Meg, después de besar á Bob y á Alberto, se colgó del brazo de

entrambos y encogió las piernas en el aire, porque la llevasen

suspendida. Tenía quince años ya, pero su desarrollo físico iba

retrasado, y se conducía como si tuviera diez, si bien en ocasiones

caía en una acritud de tono desconcertante, ó se las daba de persona

mayor, sobre todo con doña Laura, su aya. Vestía un mandilón azul, cuyo

corte era una reminiscencia de las dalmáticas bizantinas, y un traje

blanco, muy corto, de fina batista y ricas tiras bordadas; medias de

seda y zapatos de muñeca. El pelo, de oro claro, copioso y como si

fuese líquido y manase continuamente en densos borbollones. Verdes los

ojos, como los de su madre, y angélico el color de la piel.

--Meg, alma mía, que molestarás á Alberto... --amonestó el padre,

blandamente.

--No, no --cantaba Meg--. ¿Verdad que no le molesto, señor de Guzmán?

--No, rica, no. Pero quiero que me llames Alberto.

--¡Ay, usted me perdone; pero siempre se me va!

--Y que me trates de tú.

--Tiene razón Alberto --dijo Bob.

--Sí, ya lo sé, papaíto; pero como es un señor formal. ¡Ay! --suspiró

profundísimamente--. Me va á costar un trabajo...

Alberto y Bob rieron de la desolación y resignación cómicas que

mostraba la niña.

Nancy saludó á Alberto con afectuosidad fácil y de buen tono, y se

volvió á Bob presentándole la boca á que se la besase. Fundieron los

labios glotonamente, gozándose en prolongar la sensual caricia. Meg los

observaba atenta, como siempre que se besaban.

--¿Y Ben? Le traigo un rifle.

--No sé, Bobby; andará agazapado en los rincones, como siempre. ¡Qué

vergüenza de hijo! --exclamó Nancy con gesto agrio.

--Meg, mi alma, anda á buscarlo --rogó el padre.

--Que lo busquen las criadas --respondió con desparpajo Meg--. Es un

bruto y un antipático.

--Meg, vidita, que es tu hermano...

--Pues no lo parece --dijo la niña, rematando en seco la conversación.

Alberto miró á Meg con angustia; se estremecía pensando que un cuerpo

tan fino y hermoso pudiera albergar un día un alma mala.

--Meg, sube á que doña Laura te alise un poco el pelo, que vamos á

almorzar.

--Doña Laura no, que es muy torpe; yo misma me lo alisaré.

Se marchó cantando, casi alada, que no parecía tocar la tierra. Nancy

murmuró en tono confidencial:

--Bobby, ese hijo va á ser nuestro tormento. Después de haber marchado

tú, doña Laura vino á quejárseme, porque la había acometido.

--Le habrá dicho alguna cosa ofensiva, algo de la joroba.

--No, no; que la acometió como un hombre ¿entiendes? Ya tiene dieciséis

años.

--Calla, calla, Nancy; es imposible. Una alucinación de esa pobre

mujer...

--Sabes que las amigas de colegio de Meg no pueden venir á esta casa.

Los ojos de Bob se enternecieron. Murmuró:

--¡Pobre Ben! ¡Pobre niño mío!

--¡Pobre Ben! --repitió Alberto.

--Sí --continuó Nancy con impasible sinceridad--; á ustedes les da

lástima de él. Pero ¿y nosotros, Bobby? ¿Me quieres decir para qué

queremos un hijo así? Si hasta da vergüenza sacarlo á la calle,

presentarlo al lado de una...

--¿Qué culpa tiene él, mi Nancy?

--Y nosotros, Bobby ¿qué culpa tenemos?

Bob no se atrevió á responder. Miraba con angustia entre los árboles

del invernadero, por si estuviera allí escondido el jorobado.

Subieron al comedor, una gran estancia con muebles de nogal tallado al

estilo del Renacimiento italiano. Habíanse acomodado ya todos á la mesa

cuando apareció Ben. Iba derechamente á sentarse en su silla, de altas

patas y de cojines, á causa de la exigüidad del torso del muchacho; el

padre le llamó.

--Acércate, que te dé un beso. Te he traído un rifle; en el invernadero

está. ¿Quieres verlo antes de almorzar?

--Luego lo veré --respondió Ben; no manifestaba ningún interés por el

juguete. Su voz era ahilada y chillona.

Se sentó entre doña Laura y Alberto. Doña Laura apartó su asiento

con horror y estrépito, precaviéndose de una verosímil violación

pública. Ben revolvió sobre ella los ojos, colérico. Tenía el cráneo

aplastado por los costados; el perfil de su rostro era una proa; las

orejas, retrasadas, altas, despegadas y puntiagudas; brazos y manos

larguísimos, á modo de tentáculos; el color, de palo seco; los ojos,

penetrativos y llenos de funestos presagios. Contrastaba dolorosamente

en aquella junta familiar de seres hermosos y saludables. No era

difícil echar de ver que le herían por igual el odio descubierto de

su madre y hermana, y la compasión excesiva y poco disimulada de su

padre. Alberto procuraba tratarle con perfecta naturalidad, así como si

le diese á entender que su deformación era un accidente muy frecuente

entre los hombres, á tal punto, que nadie pára mientes en ella. Se

esforzaba porque no se traicionase la lástima que sentía. Ben adivinaba

por instinto un buen amigo en Alberto y le tenía mucha adhesión, pero

no se atrevía á mostrarla enteramente en presencia de los suyos. Si

él hubiera sabido que Alberto le amaba más á él que al resto de la

familia, hubiera sido feliz. Cuando acontecía que miraba á su hermana

ó á su madre, ó á su padre, de sus pupilas parecía fluir un volátil

corrosivo, como si hubiera deseado descomponer y destruir la hermosura

de aquellos rostros.

--Usted no dudará de que yo le quiero bien, ¿verdad Alberto? --dijo Bob.

--No dudo.

--Pues, por este cariño que le tengo, ¿á que no sabe usted lo mejor que

le deseo?

--Á ver.

--Que se quedase usted de pronto sin un cuarto.

--¡Qué extravagancias dices, Bobby! --comentó Nancy.

--No son extravagancias.

--Explíquese usted.

--Para que de este modo se viera usted obligado á trabajar.

--Á escribir, quiere usted decir.

--Es su canción --habló Nancy--. Dice que usted debía escribir.

--Y como sé que no escribirá, á no ser por fuerza...

--Eso es; me arruina usted y á ganarme la vida escribiendo, y en

España, donde nadie ha logrado ganársela por este procedimiento, desde

Cervantes hasta nuestros días.

--¿Cómo no, mi amigo? Pues...

--No cite usted nombres. Uno por uno, todos los que usted me cite, es

seguro que dirían lo que yo he dicho.

--Pues yo insisto...

--Bobby, no insistas...

El rostro de Nancy se ensombreció levemente.

Bob volvió á hablar después de una pausa:

--Nancy es supersticiosa --quiso sonreirse; quedó pensativo. Luego--: Y

yo también. Quizás he dicho una tontería...

Alberto intervino alegremente:

--Supongamos que me quedo sin un cuarto, que ya estoy sin un cuarto...

Bueno, ¿qué es lo que ocurre?

--Que cuando se quiera usted casar, las muchachas le darán á usted

calabazas, señor Guzmán --respondió Meg.

--¿Por qué? --preguntó el jorobado con voz arisca.

Meg, se quejó zalameramente á su madre:

--Siempre se anda metiendo conmigo...

--¿Es que --prosiguió Ben en la misma tensión exaltada-- las muchachas

sólo van á querer á los ricos... y á los guapos?

--Sí, hijo, que á ti te van á querer muchas...

La lívida cabeza de Ben pareció hundirse más en la caja torácica.

--¿Por qué no, Meg? --Alberto habló con tierna amargura, dando unas

palmaditas en la huesuda mano de Ben, el cual estaba ahora como

radiante.

Bob y Nancy comían y bebían copiosamente. Según avanzaba el almuerzo,

las mejillas se les congestionaban poco á poco, y con los ojos se

buscaban uno á otro y se deseaban.

Salieron todos á tomar café á un saloncito Luis XV. Había una botella

de _very old Brandy_, para Alberto. Los dos esposos se entregaron al

_whisky_. Intentaban hablar, mostrarse sociables, forzar la risa,

pero la seriedad terrible de la concupiscencia podía más que ellos.

Bob iba como fascinado á apechugar á Nancy, hacía resbalar la mano

sobre sus brazos desnudos; la atraía hacia sí, y Nancy le rechazaba

débilmente, no por pudor, antes por coquetería y refinamiento. Esta

escena postmeridiana era la misma de siempre, y Alberto la había

presenciado desde que los conocía, pero, delante de los niños, sentíase

desasosegado y algo confuso. Como siempre, Bob y Nancy terminaron

por salir de la estancia. Alberto respiró, á solas con Meg y Ben.

Descendieron al invernadero y probaron el rifle. El jorobado no atinaba

á dar en el blanco. En cambio, la niña acreditó raro tino. En haciendo

varias punterías afortunadas, se cansó del juego.

--¡Bah! --exclamó, con mohín de desdén--. No tiene chiste. No sé cómo

los hombres se divierten con esto...

Y se precipitó á tomar en sus brazos á _Pussy_, un gatito de Angora,

color ceniza, que dormitaba sobre el asiento de un butacón. Le besó,

le hizo arrumacos, le dijo ternezas, suspirando y poniendo los ojos

en blanco, estremecida por todo el cuerpo. Estúvose un buen tiempo

entregada á su pasión, hasta que el animal expresó algún cansancio y

mal humor.

--Ingrato, infame; no te quiero. Que no te quiero, no. Ya puedes

pedirme besitos, que se acabó todo.

Lo colocó en el suelo y le volvió las espaldas, pero se arrepintió al

punto, y poniéndose en cuclillas, con los brazos cruzados sobre los

muslos, y á alguna distancia de _Pussy_, le dijo, cariciosamente:

--No, monín; no me hagas caso, que te quiero, te quiero... Ven al

regazo de tu Meg; puss, puss...

El gato echó á andar paso á paso, tambaleándose con presunción, el rabo

perpendicular á la tierra. Avanzaba el gato, y Meg retrocedía, siempre

en cuclillas y castañueleando los dedos. _Pussy_, que no estaba para

burlas, hizo alto, precisamente entre Ben y el blanco del tiro.

--Hazme el favor de retirar ese bicho, Meg --rogó secamente el

contrahecho.

Y Meg, continuó como si no le hubiera oído. Y el gato, con toda

insolencia, permanecía en el sitio, desoyendo los requerimientos

burlones de su amita y diciendo con el rabo tieso que nones. Cuando

más embebecido estaba en sus tanteos de elocuencia rabuna, un pie del

jorobado le lanzó á los espacios, con tanta violencia, que hubo de

chocar en la cristalera del _hall_. Salió huído _Pussy_, y entonces la

gata fué Meg. Crispada y rabiosa, saltó sobre su hermano, el cual de

su parte se apercibió más que á la defensa al ataque, requiriendo en

guisa amenazadora el rifle de flecha, á la sazón cargado. Alberto llegó

en coyuntura de interponerse. Con una mano sujetó á Ben, con la otra

á la niña, que, sin intimidarse del arma, luchaba por desasirse y por

alcanzar á patadas los tobillos frágiles del muchacho.

Estando en esto, llegaron Bob y Nancy, arrebolados y sonrientes. La

madre, por natural impulso y sin más averiguaciones, se dirigió á Ben,

con evidente propósito de golpearlo, lo cual logró impedir Alberto. Bob

aupó en brazos á la niña, que hipaba y lloraba de coraje. Empezaban las

explicaciones, cuando apareció un criado con una bandeja, y en ella un

telegrama y una carta para el Sr. Guzmán.

--Un telegrama... --murmuró Alberto hablando consigo mismo--. ¿Quién

puede tener interés en telegrafiarme? Y urgente...

Hubo un minuto de ansiedad. Los niños se aplacaron de pronto. Miraban á

Alberto como si aguardasen algo misterioso. Alberto leyó el telegrama

por dos veces. Examinó el sobre de la carta y la hizo añicos sin

abrirla.

--¿Pero no lee usted la carta? --preguntó Bob asombrado.

--Ya ¿para qué?

--Sáquenos de esta zozobra --rogó Nancy.

Alberto sonreía. Al fin habló:

--Si el telegrama no viniera de España creería que era una chanza de

Bob.

--¿Cómo una chanza mía?

--Dice: «Hurtado huído. Depósitos desaparecidos. Quiebra terrible. Urge

venga primer tren. Jiménez» --después de una pausa--. Hurtado es mi

banquero.

Bob y Nancy no supieron qué decir.

--Cualquiera pensaría que son ustedes los culpables... --prosiguió

Alberto sin perder su sonrisa--. La cosa no es para tanto, ni

probablemente tan grave como mi amigo me lo pinta en el telegrama. Y si

fuese, alégrese usted hombre de Dios, que quizás se salga con la suya:

escribiré.

--Desde luego... --dijo Nancy vacilante-- usted no creerá que porque

Bob haya dicho... Y aunque lo haya dicho, que lo deseara. ¡Qué

coincidencias!

--¿Cómo lo iba á desear yo? Era pura broma. Y al fin de cuentas, Guzmán

sabe que mi dinero es suyo --dijo con vehemencia cordial.

--No perdamos el tiempo en tonterías. Bob hablaba á las doce y media y

el telegrama es de las diez, conque... Como coincidencia no deja de

tener gracia. Y ahora me despido de ustedes, hasta... hasta cuando sea.

Bob se ofreció á acompañarle en el automóvil.

De camino Bob preguntó:

--¿Tenía usted toda su fortuna en casa de ese banquero?

--Sí, toda mi pequeñísima fortuna, pero en fin, de lo que hasta

ahora he vivido. Tenía casa puesta en Pilares, cuyos muebles vendí,

porque no pensaba volver en algunos años. Y una finca que también

vendí hace poco, y cosa curiosa, ¿sabe usted quién me la ha comprado?

Uno que hasta hace dos años fué criado mío. Le di dinero con que se

estableciera. Se ve que ha prosperado deprisa. ¡Ah! Pues, ahora echo de

ver que aun cuando el banquero me haya birlado todo lo que le confié

en custodia me quedan unas diez mil pesetas, las que presté á Manolo,

que este es el nombre del criado. Vaya, que no soy pobre de solemnidad.

--Claro que no; yo he estado sin plata, lo que se dice sin plata,

varias veces. Pero, hombre; ¡mire usted qué demonio! ¿Cómo no escogió

usted un banquero de más confianza?

--Este era cuñado de una muchacha que fué novia mía. Parecía muy

honrado y muy entendido en esos toma y daca de los negocios... Allá

veremos lo que ha ocurrido.

--No deje de escribirme.

--Calla; pues me parece que no tengo dinero para el viaje... Á ver...

Diez libras.

--¿Qué necesita usted?

--Nada; con diez libras puedo hacer el viaje en tercera.

--¿Y pagar el hotel?

--Cierto. Luego veré lo que necesito.

Bob no se separó de Alberto hasta que éste hubo embarcado en el tren.

Poco antes de la partida se abrazaron.

--No se olvide de nosotros, Guzmán --murmuró el escocés con acento

conmovido.

V

Á las seis y media de la mañana, hora de la llegada del rápido,

paseaban por el andén de la estación de Pilares, Jiménez y Alfonso

del Mármol, par á par. No había amanecido aún. Los dos amigos iban en

silencio, haciendo chascar con fuerza las botas contra el enlosado

pavimento; movimiento instintivo que realizaban por no llegar á

olvidarse de que los respectivos pies les pertenecían y por obligarlos

á que se sumasen á la comunidad del resto del cuerpo á cambio de una

parte alícuota de calor animal. Jiménez llevaba la gorrilla inglesa

calada hasta las orejas; Mármol, el cuello del gabán de pieles subido

hasta el ala de la bimba, de manera que por delante sólo dejaba fuera

lo más avanzado de su tajante nariz y un larguísimo y delgado cigarro

Henry Clay, de los llamados _lirios_. Aparte de los empleados de la

línea, eran los únicos seres vivientes que había en el andén, porque

no se cuenta una vaca, ominosamente prisionera en un vagón establo,

la cual mugía con nostalgia y aplicando el hocico á los barrotes de un

tragaluz vahaba periódicas nubecillas blancas. Fuera de la marquesina

de vidrios, perforando la sombra, brillaban dos luces, una roja y otra

verdiclara. Sonó una corneta á lo lejos, y á poco el tráfago del tren,

creciendo afanosamente, acercándose hasta que se entró por el andén,

comunicando su temblor á los cristales, y se detuvo en seco. Traía tres

coches de viajeros, con plataforma y barandilla en los topes.

Jiménez y Mármol aguardaban ver asomarse á Alberto, pero ninguna

ventanilla se abría.

--¡Alberto! ¡Guzmán! --vociferó Jiménez con aquella voz de ilimitado

desarrollo con que acostumbraba sembrar la consternación en algunas

mansiones de alegres hembras--. Será capaz de venir durmiendo.

Las ventanillas permanecieron sombrías y cerradas. Mármol y Jiménez

subieron al tren, y empezaron á revisar coche por coche, para lo cual

habían de encender las luces y recibir miradas iracundas, ademanes

depresivos y gruñidos condenatorios de cuantos viajeros se veían

arrancados de pronto, por aquellos dos fantasmas impertinentes, á la

amable idiotez del sueño.

--Aquí está --dijo con aire triunfal Mármol, zarandeando á Alberto, el

cual se desperezó con el dorso de las manos, como los niños.

--¿Eh? --inquirió Guzmán, medio inconsciente. Y avivándose--. ¿Mármol?

¡Jiménez! Pero ¿estamos en Pilares?

--No, en Babia --respondió Mármol con el cigarro entre los dientes--.

Y usted en zapatillas, y el lío de mantas deshecho, y el tren no para

sino seis minutos. Ea, abajo tal como está. En el andén lo arreglaremos

todo.

Alberto se vistió un gabán holgado de espeso tejido esponjoso. Entre

los tres cogieron en rebujo las cosas que andaban diseminadas por las

rejillas y las bajaron al andén á tiempo que el tren partía.

Jiménez, el jocoso y festivo Jiménez, para quien no había trance, por

solemne que fuera, que rebajase su frenesí humorístico y propensión

acrobática, estaba en aquellos momentos inmóvil y casi funerario.

Mármol, á quien sus amigos llamaban Marmolillo, en razón de su frigidez

inalterable y de no habérsele visto reir nunca por fuera, porque

había aprendido á reir por dentro, exhibía en tales circunstancias un

buen humor y un prurito de andar de aquí para allá y hacerlo todo,

evidentemente contradictorios con su naturaleza boreal. Quiso conducir

á Alberto en su automóvil hasta el hotel. Alberto se negó; prefería

estirar las piernas, andar. Salieron de la estación. Clareaba el cielo.

Un hombre iba apagando los faroles públicos. Sobre la línea superior

del caserío, como perfil quebrado de un muro ruinoso, ascendía la

sombra gótica de la catedral, y era al modo de un ciprés.

Alberto no tenía deseos de preguntar nada; tal vez zozobra de saber

al fin y del todo lo que temía. Jiménez no osaba hablar. Mármol

sostenía la conversación, refiriendo casos acaecidos en Pilares durante

la ausencia de Alberto, pero no se aventuraba á abordar el asunto

principal.

Cuando llegaron al hotel era de día. Alberto intentó despedirse. Los

otros dos subieron con ánimo de informarle, en conclusión, de lo

ocurrido.

Sentáronse los tres. Alberto en el borde de la cama, y Mármol tomó la

palabra, á fin de hacer historia.

Telesforo Hurtado, á poco de casarse con Leonor Tramontana, había

tomado posesión de la casa de banca por cesión del fundador y con

ayuda de medio millón de pesetas que don Medardo había puesto en sus

manos. De cómo iban los negocios nadie sabía nada, de seguro. Unos

decían, que bien; otros, que mal. Lo cierto es que Hurtado hacía vida

libertina y pródiga, mudando de queridas, de automóviles, de alhajas

y de costumbres con tan frecuente periodicidad, que todo Pilares se

hacía cruces. Sucedió que, en uno de los cafés cantantes de la capital,

sobrevino cierta cupletista francesa, _Nanon Orette_. Aquí interrumpió

Jiménez:

--¡Ay, y qué Orette! Las marranerías que sabía hacer... --Y sorbió con

ansiedad un gran volumen de elementos atmosféricos. Iba recobrando el

régimen y libre arbitrio de sus dotes festivas.

Al sobrevenir la _Nanon Orette_, Hurtado mudó de criterio acerca de las

queridas; de lo temporal pasó á lo permanente. En cuanto á los otros

cambios, se redujo á realizar aquéllos y sólo aquéllos que _Nanon_

ordenaba. Estas abominables relaciones de la danzante y el banquero

se mantuvieron durante dos meses, con gran escándalo de los corazones

castos y... Nueva interrupción de Jiménez:

--Con conocimiento público de las más íntimas particularidades --con el

índice de la mano derecha hizo descender el párpado inferior del mismo

lado. Añadió, con acento de irritada austeridad--: ¡Contra natura! --é

inmediatamente, formó con la boca algo á manera de culo de pollo y

emitió por dos veces un sonido desgarrante y escatológico; todo ello,

sin perder la gravedad del gesto.

El contraste era tan cómico, que Alberto se echó á reir. Mármol, á su

vez, en terminando de reirse por dentro, continuó la historia.

Un día, marchó Hurtado á Madrid á especular en Bolsa, como hacía

quincenalmente, según de público se aseguraba. Á los cinco días, el

tenedor de libros de la casa recibió una carta de Hurtado, desde

el Havre, diciéndole que tuviese la amabilidad de participar á sus

numerosos favorecedores y clientes que les estaba muy agradecido por la

simplicidad y sandez que con él habían mostrado, y que agur. En Pilares

no se registraba catástrofe alguna de mayor monta desde hacía varios

decenios. De las primeras informaciones se sacó en claro que Hurtado,

con todos los valores que tenía en depósito y custodia, iba abriendo

cuentas en el Banco de España, pignorándolos, las cuales, cuatro

millones de pesetas en junto, estaban agotadas, y las garantías en

poder del Banco. Es decir, que no había dejado un maravedí sin rebañar.

Y del dinero ¿qué había hecho? ¿Lo había gastado? ¿Se lo llevaba

consigo? Probablemente lo uno y lo otro.

Alberto escuchó hasta el fin, sin mostrarse contrariado ó abatido.

--Yo tenía todo mi dinero en casa de Hurtado. Concretamente, ¿qué

sacaré en limpio?

--Mi opinión sincera... Creo que nada, absolutamente nada --afirmó

Mármol.

--Sin embargo... --dijo Jiménez--. Hay quien cree...

--Sí, hay quien cree que se podrá obtener el diez por ciento de los

créditos, y eso después de una tramitación judicial, que lo mismo puede

durar cuatro que cuarenta años. Me parece que Alberto no debe pensar en

ello más.

Alberto hizo una cruz en el aire, como expresando que era asunto

concluído. Quiso sonreir, afectar perfecta naturalidad y descuido en

presencia de sus amigos; darles á entender que era hombre de hilaza

demasiado prieta para que le penetrasen las punzadas del infortunio;

pero su corazón palpitaba azorado y su cerebro se embrollaba sin atinar

á discurrir con arte.

--¿Quién lo dijera? Parecía inteligente en sus cosas, y honrado...

--Alberto masculló esta consideración, á media voz, y la cabeza

inclinada sobre el pecho.

--Inteligente... Pss. Se pasaba de listo, listo de conveniencia, pero

¿honrado? Siempre dije que era un pillete, y que acabaría mal --dijo

Mármol, contemplando con estoica filosofía las proporciones minúsculas

á que había quedado reducido su cigarro y como si en él descifrara un

emblema transcendente de las grandezas humanas.

Hubo un silencio penoso, que rompió Mármol.

--¿Qué piensa usted hacer?

--Yo qué sé, Alfonso.

--No es para preocuparse --opinó Jiménez--. Á Guzmán no le faltará una

colocación de unos cuantos miles de pesetas al año, aquí, en cualquier

empresa.

Harto sabía Jiménez que esas colocaciones eran asequibles como el

vellocino de oro ó la trasmutación de los metales. Después de una

pausa, preguntó Mármol:

--¿Cuántos años tiene usted?

--Treinta y dos.

--¿Por qué no se casa usted?

Mármol quería decir evidentemente, ¿por qué no se casa usted con Fina?

--Es la mejor ocasión. Ahora que soy un excelente partido... --contestó

Alberto sin disimular su amargura.

--Ahora, sí. ¿Cuándo mejor que ahora para que usted contraste si el

cariño que le tienen vale ó no vale?

--Eso sería, supuesto que yo no tuviera sentimiento de mi dignidad.

Además, usted ha comenzado por afirmar, implícitamente, que no hay sino

presentarme, decir: aquí estoy yo, y todo hecho.

--Exactamente --corroboró Mármol--. Ni más ni menos. No hay nadie en

el mundo que conozca mejor á la gente que yo. Y cuidado que yo no he

hablado una palabra en mi vida con ella... Si no hay más que verla. Le

ha estado esperando y le seguirá esperando siempre.

Guzmán no quiso replicar; sabía que su voz sería temblorosa.

Propuso Jiménez:

--Dejémosle ahora que descanse. Volveremos después de comer.

--No vuelvan ustedes. Desde luego me voy derechamente á Cenciella.

Necesito hacer examen de conciencia y un plan de vida, y nada como la

aldea para estos casos.

--Á Cenciella; está bien. Pero, ¿á qué parte, á qué sitio? --interrogó

Mármol, sutilizando la pupila bajo los entornados párpados.

--Á qué parte... ¿Á dónde ha de ser? Á mi casa, es decir, á casa de

Manolo, que para el caso es lo mismo.

--Á casa de don Manuel Carruéjano, alias _Taragañón_, orador famoso,

columna del orden social y teniente alcalde conservador en Cenciella.

--¿Es posible? --Alberto exteriorizó placentero asombro--. Miren si ha

medrado. ¡Cuánto me alegro!

Despidiéronse. Á solas, Alberto se tumbó boca abajo sobre el lecho. Con

las manos se apretaba la frente. No hubiera querido pensar en nada.

La pata de la raposa (Novela) · 第 42 / 66 题