Sonó una bocina de automóvil. Á que es Bob, se dijo Alberto. Era Bob.
Penetró en el _smoking-room_ pisando recio, abriendo el gabán de pieles
y sin conceder atención á ninguno de los presentes, como no fuera á
Alberto.
--¡Ea, deprisa, deprisita, mi amigo! --ordenó festivamente, con el
acento cantarín y muelle de los chilenos.
--Pero, hombre, ¿cuándo? ¿adónde? ¿por qué?
--¿Cuándo? Ahora mismito nos arrancamos. ¿Adónde? Á mi casa. ¿Por qué?
Porque todos le están esperando allá para almorzar.
--Es el caso que, lo siento mucho, pero no puedo, Bob.
--¿Cómo que no puede? --y tomando á Alberto por un brazo le obligó á
ponerse en pie. Alberto se resistía.
--Es usted un tirano. Voy á explicarle y se convencerá.
--No quiero explicaciones. Nancy, Meg y Ben le están esperando á usted.
Vamos á la habitación y póngase listo.
Se encaminaron al ascensor.
--Á eso del medio día espero una carta importantísima.
--Pues que se la envíen inmediatamente á mi casa. ¡Portero! --gritó--.
Si viene alguna carta ó recado urgente para el señor Guzmán, lo envían
en seguida á estas señas --le entregó una tarjeta.
--Y en esa carta probablemente me dirán que á prima tarde he de estar
por necesidad en determinado lugar.
--Tiene usted el auto á su disposición.
--No hay modo de negarse.
--Claro que no.
En el pasillo alto se cruzaron con Marietta la camarera, una napolitana
muy dengosa, insinuante é intempestiva. Cogió una punta del almidonado
delantal, inclinó la cabeza con su corona ó toca de lino escarolado,
abatió los párpados, y como si se hallase en trance violento de
rechazar ó aplazar una solicitación amorosa, suspiró:
--_Bruta giornata!_
--_Whisky and Apollinaris_ --dijo Bob por toda respuesta--. Al cuarenta
y cinco. _Subito._
--_Subito_ --hizo eco Marietta, con voz doliente y lejana.
Penetraron en la alcoba de Alberto.
--Yo tengo que afeitarme, Bob.
--Bueno, pero deprisa --Bob echaba un vistazo á los libros alineados
sobre una mesa--. Estos libros que pudiéramos llamar de alcoba dan la
expresión espiritual de un hombre.
--Pues el mío, como verá, digo mi espíritu, es bastante inexpresivo.
Bob fué recorriéndolos: uno de filosofía titulado _El pensamiento
humano, sus formas y sus problemas_, de autor danés; una estética, de
Croce, y una historia de las ideas estéticas, por Knight; el _Quijote_,
la _Celestina_ y el _Cortesano_; un tratado de Astrología y otro de
Alquimia, luego catálogos críticos de algunas pinacotecas célebres y un
pequeño cuaderno con reproducciones de Sandro Botticelli. En la mesa de
noche yacían algunos números de _Sol y Sombra_, junto á un despertador
encerrado en estuche de cuero, y _David Copperfield_, de Dickens.
--¿Qué saca usted en limpio? --inquirió Alberto, la cabeza en
violentísimo escorzo, á fin de aplicar la Gillette á la pelambre de las
mandíbulas.
Bob no respondió. Estaba absorbido en contemplarse al espejo. Se atusó
la puntiaguda barba pajiza; abrió la boca y se miró la dentadura,
haciendo sonar sobre ella los dedos, á modo de rasgueo; se colocó
de perfil, estiró el chaleco y echando hacia atrás gabán y chaqueta
examinó, fruncidas las cejas, el perfil anterior del cuerpo.
--Tengo miedo al vientre. Es lo que nos inclina á la tierra, á la nada.
Tenía cuarenta y cinco años; el aspecto cabalmente juvenil y
viripotente. El labio inferior harto carnoso y lacio, daba al rostro
expresión de bobería, corregida por lo afilado de los ojos grises.
Sobrevino Marietta con el _whisky_ y el agua mineral.
--Bebe usted demasiado, Bob.
--Si bebiera demasiado no estaría como estoy. Bebo lo que me pide mi
naturaleza. Nancy, ya ve usted, bebe más que yo...
--De todas suertes --añadió Alberto riendo--, bebe usted demasiado.
--Vaya, ¿no dice usted siempre que todo lo que es está bien, porque es?
--Moralmente, sí. Quiero decir que no se deben condenar ni juzgar
los actos ajenos. Yo no le juzgo á usted, sino que intento moverle á
pensar si acaso, por propio egoísmo, le convenga beber menos é intentar
conseguirlo.
--Bravo whisky. No sé cómo no le gusta á usted el whisky.
--El brandy viejo, sí.
--También es bueno. Pediremos una copa.
--No bebo á estas horas. Ya estoy á su disposición.
Alberto bajaba la escalera á saltos, gozándose en hundir los pies en la
felpuda alfombra de terciopelo de lana. Bob se apoyaba en el pasamano.
Alberto le aguardó en un rellano.
--¿Ve usted? El whisky. Sin él bajaría usted tan ágilmente como yo. Y
eso es el comienzo.
--Calle usted, no me diga eso --el labio inferior se le contrajo
nerviosamente.
Montaron en el automóvil, un Daimler de cuarenta caballos. En
Piccadilly Circus, la niebla se hizo tan compacta que el coche hubo
de detenerse. Estaban como hundidos en el seno de un río de leche. El
mecánico tocaba de continuo la bocina. Oíanse otras bocinas, gorgoritos
de silbatos y voces inarticuladas, temblando inciertamente entre la
bruma blanca. Contigua al vidrio de una ventanilla, surgió una masa
informe, difusa en sus límites. Luego sonó un golpe metálico sobre el
cristal y un relincho de caballo.
--Sólo falta que nos partan de un topetazo --masculló Bob, y oprimiendo
un botón encendió la luz eléctrica. Alberto estaba riéndose--. Ya sé
que es difícil que pierda usted su serenidad.
La cerrazón se deshizo en pocos instantes. Dentro del blanquinoso vapor
nacían inconsistentes sombras que se iban intensificando poco á poco,
coagulando, definiéndose en seres y cosas. El automóvil había quedado
preso entre un desconcertado pelotón de ómnibus, camiones, _cabs_ y
otros carruajes, cada cual en dirección diferente. Los _policemen_
andaban de un lado á otro, enarbolando el autoritario bastoncillo á fin
de restablecer la circulación.
--Se nos va á hacer tarde; Nancy estará impaciente --habló Bob--.
He de comprar todavía golosinas para Meg y un juguete para Ben.
¡Ese chico...! No acierto con nada que le distraiga. Se comprende,
pobrecito... Es la única sombra de mi vida.
--Sí; pobre Ben.
Detuviéronse á comprar un rifle de salón, en un bazar, y un paquete de
bombones que Alberto quiso pagar para ofrecérselos personalmente á Meg.
Luego el automóvil tomó la ruta de Richmond vertiginosamente.