DANTE.

I

Una mañana de Febrero; 1907. En Londres.

Era muy cerca de las diez, pero la luz de Dios no se había hecho aún

sobre la ciudad. El comedor estaba iluminado eléctricamente. Del lado

de fuera de los ventanales, de emplomados vidrios, resbalaban vedijas

de niebla parda y amarilla, á modo de vellones de despeinada estopa.

Alberto fué el último en abandonar la mesa. Concluído el recio desayuno

británico, levantóse y salió con perezoso paso, apercibiendo la pipa

con que borrar un gustillo epiceno á arenques, jamón, té de Ceylán y

mermelada de frambuesas que se le estacionaba en el paladar.

Entró en el _hall_, y, como por máquina, acercóse al casillero de caoba

en donde se distribuía la correspondencia de los huéspedes. Repasó las

cartas de la casilla A, de Alberto; luego las de la D, de Díaz, y las

de la G, de Guzmán. Y se alejó, sonriendo y pensando: «Pero, ¿de quién

voy á tener yo carta?» No se atrevía á confesarse á sí propio que

siempre estaba aguardando una carta, cierta carta.

Penetró en el _smoking-room_, y fué á sentarse, ó, por mejor decir,

hundirse en una poltrona de cuero granate, de esas que se acostumbran

llamar _Rostchild_. Se colocó de espaldas á una ventana y á la vera de

la chimenea, que en aquel momento bramaba con toda actividad. Levantó

los pies hasta apoyar los talones á la altura de su cabeza, sobre un

friso de azulejos verde-cinabrio y amarillo-ámbar que cerraba el hogar.

Alargó la mano, sin mirar, con voluptuosa lentitud hasta una mesa que á

su izquierda tenía, de caoba y el tablero de rojo cobre batido; buscó á

tientas hasta dar con el cerillero, de cobre también; encendió, con un

golpe hábil y violento, la gran cerilla de palo, y luego la pipa; hojeó

un periódico, que dejó caer luego sobre la alfombra; entornó los ojos.

Dulces escalofríos le sacudían el cuerpo. Se sentía en satisfactoria

plenitud animal.

Se le acercó Mister Marshall, dándole un golpecito en el hombro.

--¿Sueño?

Alberto abrió los ojos.

--No, nada de eso. He dormido muy bien.

--Niebla --añadió Mister Marshall señalando con mano temblona uno de

los ventanales.

Mister Marshall hablaba siempre en estilo telegráfico. Su avaricia

alcanzaba hasta á los vocablos que había de emplear. Tenía invencible

inclinación á rascarse mimosamente las plantas de los pies, y estando

en zapatillas se despojaba de ellas, sin consideración alguna para con

las gentes que en torno suyo se hallaran. Aunque casi octogenario, se

conservaba rozagante y activo, sin otra preocupación que la de bañarse

subrepticiamente, de suerte que en la cuenta semanal del hotel no le

cargasen los baños; en este linaje de defraudaciones era un maestro, y

no era raro que, aunque lacónicamente, se jactase de su pericia. Por

ejemplo; extraía la nota semanal de un bolsillo, la golpeaba con un

dedo, decía, «cuatro baños», y luego soplaba. Esto quería decir que

había birlado seis chelines en la agencia del hotel, á chelín y medio

por cada baño. Su rostro era maravillosamente inexpresivo. Los ojos

estaban soterrados por la carne, y allá en lo hondo de una especie

de arruga se adivinaba una aprensión de brillo acuoso é incierto,

no una mirada, sino el espectro de una mirada. Su piel era tersa y

á manera de musgo de sutiles filamentos sanguíneos; su nariz corva,

bigote y patillas blanquiahuesados; gran panza. Provocaba el antojo de

imaginarlo ataviado á lo John Bull, con chistera de colgajos, blanco

pantalón ceñido y medias botas de charol con vuelta de cuero naranja.

Á Alberto le solazaba en extraordinaria medida aquel viejo egoísta. Un

día le había preguntado:

--¿Es usted soltero ó viudo?

Mister Marshall asintió á lo de viudo.

--¿Tiene usted familia?

Mister Marshall levantó el dedo índice y el del corazón de la mano

derecha, y dijo:

--Hijas.

--¿Casadas?

Mister Marshall asintió.

--¿Y cómo se le ocurre á usted vivir en un hotel, tan solo?...

Mister Marshall pegó los brazos á las costillas, abrió hacia los dos

lados los antebrazos paralelamente á tierra, y comenzó á balancearse

de cintura arriba como si remedase la andadura de los palmípedos. Á

lo último, se acarició el rotundo vientre. Todo lo cual quería decir:

primero, que no era fácil decidirse entre una y otra hija; segundo,

que su verdadera hija, y aun su verdadero padre, ó mejor, su espíritu

santo, era aquel vientre ó cupulino mecanismo que en la vida se le

había descompuesto.

En concluyendo de fumar, Alberto colocó la pipa sobre la mesa, junto

con la lata del tabaco inglés. Á seguida sacó un cigarro de Murias y lo

encendió.

--¡Hombre extravagante! --que quiere decir hombre despilfarrador,

murmuró Mister Marshall poco después--. ¿Camarera?

--Pues es verdad... Le contaré. Es muy guapa. ¿Eh?

--Bella.

--Ya lo creo. Pues... me parece que la voy á sacar del restaurant,

ponerla un _flat_, un pisito.

--¿Matrimonio?

--Ni por pienso.

--Estupidez.

En esto entraron en el _smoking-room_ la señorita Svenson, la señorita

Jansen y la señorita Brandes, suecas las tres. Á la zaga de ellas venía

el joven Rajnaj, hermano de la Svenson. La señorita Svenson era una

adolescente adorable, de fornida y elástica muchachez, á propósito

para llegar á esposa y madre de héroes. El pelo, rubio-fieltro, ceñido

al cráneo, como un capacete; los ojos acaramelados y con esa atención

asustadiza de las alimañas rústicas; la piel melosa, mate, y así como

con un reflejo luminoso de las nieves natales. No adelgazaba la cintura

con justillo ó corsé. Á través de los vestidos se descubría el suave

curso de la carne curva y la empinada independencia de los nacientes

senos. Uno de sus más dulces incentivos, que inducía á ser tratado con

besos y mimo, era la blanca nuca, y el modo simétrico de nacer los

dorados cabellos, como por obra de un orífice. En junto, la señorita

Svenson ofrecía un armonioso regalo de miel, y como la miel, con un no

sé qué postrero de asperezas. En aquella ocasión llevaba, como Rajnaj y

la señorita Brandes, la gorra de veludillo blanco y azul con visera de

charol de los estudiantes suecos.

La señorita Jansen era hermosa y majestuosa, mucho más talluda que la

Svenson y maestra superior en Estocolmo. Era también bella, lo cual

no se echaba de ver hasta tanto que se despojaba de unas poderosas

antiparras de miope. Por el aire y el gesto entendíase que se arrogaba

ciertas funciones directivas sobre sus compañeras.

La señorita Brandes era acaballada y ciclópea; los ojos, gris muerto

y con estrabismo divergente, como las ranas. Mister Coleman, un viejo

verde canadiense que habitaba en el mismo hotel, andaba al parecer todo

rijoso á la zaga de la Brandes, á pesar de su consorte, gordinflona

y escamona. Algunas noches, en el salón, inducía á la señorita á que

tocase el violín, agudo expediente mediante el cual todos los que allí

se encontraban iban huyendo furtivamente, por librarse de la endiablada

música, y á la postre quedaban solos el viejo y la Brandes, que Missis

Coleman á tales horas se había retirado á dormir. El canadiense, en los

corrillos de chismorreo del _smoking-room_, aseguraba que la Brandes

era de conducta liviana y que por enardecerle le había mostrado en

repetidas ocasiones y como al descuido sus piernas. Y ¡qué piernas!

Nadie se lo creía.

Rajnaj era un jovenzuelo encogido, muy largo y colorado. La expresión

de alimaña inocente que animaba los ojos de su hermana, en él era más

intensa.

Los cuatro, en pelotón, se acercaron á donde estaba Alberto. La Svenson

hacía muequecitas y cerraba los ojos, protestando de esta manera

del mucho humo que había. Según pasaban, Mister Spofford, un gorila

gigantesco que inspiraba poca confianza por susurrarse de él que era

corredor de apuestas en las carreras de caballos y no muy limpio en los

negocios, se quedó mirando á la señorita Jansen con lujurioso cinismo.

--¿Estamos listos ya, señor Guzmán? --preguntó la Jansen.

--Listos ¿para qué?

--Para ir á la galería Tate.

--¡Qué contrariedad! Hoy me es imposible --Y acarició con los ojos á la

Svenson, la cual, con leve rubor y mohín de disgusto, dijo:

--No quiere usted venir con nosotras... Prefiere usted hablar con el

loro --empleó el francés, que Mister Marshall no entendía, porque él

en persona era el aludido loro, que en aquel momento se rascaba el

piojillo de la patita con perfecta desenvoltura.

--Elín, Elín... No seas cruel --reconvino la Jansen.

--No es eso, Miss Svenson. ¿Habrá para mí nada más agradable que ir

con ustedes? --Con los ojos le estaba diciendo: con usted solamente--.

Pero, me es imposible.

--¡Qué lástima! Su compañía siempre nos es provechosa --aseguró la

señorita Jansen.

En este punto apareció Mister Coleman, vestido con _Norfolk jacket_ y

_breeches_ de recia estofa, medias de lana, y _pumps_ ó escarpines

de baile. Fumaba en su desmesurada pipa de cuello de calabaza, y fué

aproximándose, como sin pretenderlo, al grupo de las muchachas. Cuando

ya estaba cerca, surgió su consorte, que tenía algo del hipopótamo,

en el continente mayestático. El viejo canadiense hubo de huir, algo

corrido.

--Pero ¿de veras no viene usted con nosotras? --decía suplicante la

Svenson--. Á mí que me gusta tanto oirle hablar de arte... Verá usted;

visitamos la galería, luego hacemos el _lunch_ todos juntos, luego

vamos á un parque ¿eh? --y daba discretos saltitos infantiles.

Alberto hubiera estado toda la vida ante ella, oyéndola hablar y

viéndola hacer gestecillos con aquella gracia severa, en rudimento, tan

distinta de la latina.

El gran gorila vino hasta la mesa en donde estaba el tabaco de

Alberto, y, con encantador desahogo, se aplicó á cargar su pipa, como

si se tratase de un bien mostrenco, y entretanto lanzaba dardos de

concupiscencia al rostro de la solemne Jansen, la cual, sin poderse

reprimir, se despidió:

--Otro día será, señor Guzmán. Adiós. Vamos.

Alberto apretó y retuvo la mano de la señorita Svenson. La niña, con la

otra mano hacía ademán de dar azotitos, exclamando:

--¡Qué malo! ¡Qué malo! Estoy enfadada con usted.

Alejóse. En perdiéndola de vista, Alberto entornó los ojos, por

acariciar algunos momentos más el recuerdo de su figura. Oyó que Mister

Marshall murmuraba, algo misteriosamente:

--Tipi, tipi --decía el anciano.

Abrió los ojos Alberto y vióle golpearse con una mano sobre el corazón.

--¿Cuál de los dos? --preguntó--. ¿Yo ó ella?

Mister Marshall levantó dos dedos.

--Tiene gracia. Quizás; un poco --sonrió, cerró nuevamente los ojos.

Sentíase en un estado que se parecía á la tristeza, como la niebla

se parece á la lluvia, según la frase de Longfellow. La Svenson le

recordaba otras mujeres, estrellas errantes de su vida sentimental,

que habían nacido y muerto en la sombra, pasando sobre su corazón

efímeramente, á quienes había amado un poco y que le habían amado un

poco, y hubiera llegado á amarlas mucho y á ser muy amado quizás. Era

la danza de las posibilidades y como el girar de la ruleta. Acaso su

número había pasado para siempre. Pensó también en Fina, á quien creía

no amar ya, pero cuyo recuerdo le asaltaba inopinadamente y con alguna

frecuencia.

--La camarera, ¿qué? --preguntó Mister Marshall.

Cuando Alberto se volvió á contestar al viejo, éste había ganado

algunos grados de ignición en la epidermis, tal vez á causa del

esfuerzo de pronunciar tres palabras seguidas, tal vez avergonzado del

despilfarro.

--Pues nada, querido Mister Marshall, que hoy al medio día espero

noticias concretas. Yo la he propuesto que deje el restaurant. Hoy á

las doce recibiré carta de ella, diciéndome su decisión y punto de cita

en donde esta tarde hemos de vernos.

--Estupidez.

--Ya me lo ha dicho usted dos veces.

--Estupidez --repitió el viejo, más rojo que nunca.

Alberto rompió á reir.

La pata de la raposa (Novela) · 第 39 / 66 题