III

Fumaba aún Alberto de la pipa, cuando Manolo le anunció la visita

del señor Hurtado. Pocas ganas tenía de conversación, pero hubo de

resignarse.

Telesforo Hurtado era un hombre de treinta y dos años; gordo, cetrino,

casi oliváceo. Sus ojos eran menudos y sobresaltados, como los del

jabalí; la piel le rezumaba sudor denso, como sebo; lacio el bigote, á

lo tártaro; vestía de negro. Adelantóse á saludar con mucha efusión á

Alberto:

--Mi querido concuñado presunto... --Y, de pronto, echando de ver las

señales del cataclismo--: Pero, ¿qué ha ocurrido aquí?

--He sido yo, Telesforo. ¿Qué quiere usted? De pronto he comprendido

que el arte es una majadería más y...

--Ja, ja. Rarezas de artista.

Alberto se encogió de hombros. Continuó Hurtado.

--¿También la poesía? --Alberto respondió que sí con la cabeza.-- Está

usted de chanza. --Alberto volvió á encogerse de hombros.-- Pues qué

quiere usted que le diga: yo, mísero empleado de una casa de banca,

me moriría de desconsuelo si no tuviera por sostén ciertas facultades

poéticas. Por de contado, y sin el amor de Leonor. Pero, quien dice

amor, dice poesía. Leonor es mi musa. Yo soy un sentimental; créamelo

usted. ¡Ah! Si usted también ha hecho versos...

--También.

--Y muy bonitos. Yo, la verdad, no los entendía muy bien...

--De seguro, culpa mía.

--Ja, ja. No quiero decir tal. Usted tiene mucha erudición.

--Con su permiso, Telesforo, voy á bañarme y á mudarme de ropa.

--Sacudió la pipa, recogió el cortinaje, y, dentro de la alcoba,

preparó el _tub_, las toallas, la esponja.-- Puede usted seguir

hablando. Espero que no ofenderé su pudor.

--Vamos. Apuesto á que se acaba usted de levantar ahora. Estos

artistas...

--Sí, somos bichos de naturaleza muy rara.

--¡Qué humor!

--Excelente.

--Bien; arréglese usted pronto, porque el tren sale á las ocho.

--¿Qué tren? --preguntó Alberto, desde dentro de la camisa de la cual

en aquel momento se despojaba.

--El tren para Villaclara. Voy á pasar tres días allí, y como Leonor

me escribe que irá usted conmigo... ¿No le ha escrito á usted nada

Josefina?

--¡Josefina! --murmuró Alberto como si hablase consigo mismo.

Permaneció pensativo, desnudo el torso, y los brazos cruzados--. Me es

imposible ir, Telesforo. Tengo asuntos en la aldea, y el coche pedido

para las ocho. Puesto que usted va á Villaclara, dígale á Josefina que

no he podido escribirle estos últimos días; que no se alarme; que me ha

visto usted y estoy bueno; que me acuerdo mucho de ella y que la quiero

siempre.

--¡Pobre Fina!

--¿Eh?

--Soy un hombre sincero. La sinceridad es mi cualidad preponderante.

Pues bien, á fuer de sincero le diré... le diré que se me figura que no

está usted enamorado de Fina.

--¿Enamorado? --Alberto, sentado en una butaquita baja, se quitaba

un zapato. Después lo arrojó lejos de sí, con desdén, como si fuera

el vocablo _enamorado_ lo que arrojaba.-- No sé lo que significa ese

adjetivo.

--¡Adjetivo!... Sí, en efecto, es adjetivo. Adelante.

--Lo único que puedo asegurarle es que Fina es la primera mujer que

me produjo ciertas emociones, que su carácter se acomoda al mío y que

no podré casarme con ninguna otra, como no sea con ella... si me caso

alguna vez. Es una criatura ideal--. Y distraídamente dejó caer el

otro zapato á sus pies.

--Pues hombre, cásese usted pronto. ¿Qué le parece, casarnos el mismo

día? Para Diciembre, por ejemplo; gran mes. Y mire que don Medardo

tiene bien cubierto el riñón. Sólo en nuestra banca yo sé que ha

depositado valores hasta ciento veinte mil duros. No es una nuez hueca.

--Brrr... --gritó Alberto al sentir el agua sobre los lomos--. Supongo

que me hará usted la merced de creer que la pecunia del indiano no es

un señuelo que me haga incurrir en connubio. Brr... --Inflaba el pecho

y exprimía la esponja sobre él.

--Usted perdone: no entiendo bien.

--Que no me caso por dinero, hombre.

--No digo yo tal. Yo no tengo un cuarto, y, sin embargo, tampoco me

caso por dinero. Pero, donde no hay panchón todos riñen, y todos tienen

razón. Claro que á usted le sobra el dinero por la punta de los dedos.

Y á propósito... --Alberto, arrebujado en un ropón felpudo, con la

capucha echada sobre el cráneo, vino á sentarse al lado de Telesforo.

Le miraba con amabilidad desdeñosa.-- Á propósito; si no estoy mal

informado, usted tiene un depósito bastante considerable en casa de

los Meumiret. En confianza le digo que no debe fiarse mucho de ellos.

Yo sé cosas... Oiga, cuando yo me case con Leonor, mi principal me

interesará en los negocios; me lo ha prometido. Entonces sería ocasión

de trasladar á casa esos valores de usted. Excuso decirle que yo me

cuidaría de ellos como si fueran míos.

--No tengo inconveniente. Ya hablaremos.

Hurtado, muy gozoso, dió dos palmadas en el muslo de Alberto, y dijo:

--Pues hay que casarse, hombre, ¡qué diantre!

--Ha venido usted á hablarme de amor en unos momentos en que me

absorben muy diferentes preocupaciones.

Se levantó y se desnudó el torso, dejando el ropón sujeto á la cintura,

mediante el cíngulo de recias borlas. Tomó una botella de vidrio verde,

cuyo contenido derramaba en la palma de la mano y extendía más tarde

por el pecho y los brazos. Por la estancia se expandió una fragancia

fresca y tenue, como de mañana campesina. En los ojos de Hurtado se

adivinaba que, en casándose con Leonor, pensaba imitar á Alberto en

punto á detalles del arte cosmético.

--Eso huele muy bien. ¿Qué es?

--Agua de colonia, simplemente.

--Á ver ¿qué marca? Atkinson. ¿Cuánto le cuesta?

--Catorce pesetas.

--No puede ser.

--En casa de Prado la compro.

--Valiente ladrón.

--No crea usted; en Londres no me costaba mucho menos.

Sonó el timbre rabiosamente.

--Ese no puede ser otro que Jiménez.

--Pues me voy. No me es nada simpático. Hasta la vista, Alberto.

En el pasillo se cruzaron Jiménez y Hurtado. Se oyó á Jiménez decir con

voz burlona:

--Hola, Hurtado; cómo suda usted. ¿Cuándo contraemos á don Medardo?

Y á Hurtado, sombriamente:

--Pero qué chistoso es usted.

Jiménez penetró en el estudio sin conceder atención á las

manifestaciones catastróficas que por dondequiera se hacían visibles.

Traía un periódico en la mano, y, sin saludar, adoptando tonos de

agitación melodramática, ordenó á Alberto:

--¡Lea usted!

Alberto leyó:

«Es objeto de todas las conversaciones en Pilares un hecho singular

acaecido en la última noche. Según parece, hace unos días ciertos

señoritos juerguistas, muy conocidos en la buena sociedad, salieron

de excursión al puerto, acompañándose de unas palomas torcaces muy

conocidas en la mala sociedad. Iban, por las trazas, á ver el eclipse;

pero lo único que pudieron contemplar fué el eclipse de su propia

razón, á causa de las excesivas libaciones. Dícese que cometieron todo

género de excesos, turbando la paz patriarcal de nuestros campos,

escandalizando á los aldeanos, y, sobre todo, á las aldeanas; y, según

nos aseguran, las desdichadas que los acompañaban atentaron al pudor

de unos reverendos Padres Escolapios que habían ido al puerto con el

mismo objeto. Queremos decir, con objeto de observar científicamente el

eclipse.

»Pero lo más grave viene ahora. Dícese que después de entregarse á la

bacanal más frenética, digno de los tiempos paganos, llegaron, en el

estado que se supone, á Pilares ayer anochecido. Pero, es el caso que

una de las palomas torcaces ha desaparecido. Durante todo el día de

hoy se han hecho tentativas por averiguar su paradero, y han resultado

infructuosas. Se habla de un crimen; se tienen pistas bastante seguras,

y hasta se murmura el nombre de un joven artista, célebre por sus

extravagancias.

»Esperamos de las autoridades gubernativas y judiciales que no se dejen

intervenir por influencias caciquiles. Impediremos que se eche tierra

sobre este escandaloso asunto. ¿Estamos en Zululandia? ¿Se puede vivir?»

--¡Qué mastuerzos! --dijo Alberto por todo comentario.

Jiménez en tanto Alberto leía en voz baja la gacetilla de _Pilares

Futuro_, había estado viendo, con infinito asombro, tanto destrozo

como yacía por tierra. Sus ojos grises, en todo momento vibrantes de

jocosidad, miraban de un lado y otro con grave suspicacia.

--¿Qué ha ocurrido aquí?

--Una crisis espiritual.

--Querrá usted decir una crisis báquica.

--No, no; una crisis espiritual. El alcohol no ha tenido nada que ver

con esto que á usted tanto le asombra.

Jiménez se atrevió á preguntar:

--¿Y Rosina?

--Yo qué sé, amigo Jiménez --Y aun cuando no tenía deseo ninguno, no

pudo menos de reir francamente, porque la fisonomía de Jiménez, de

ordinario muy móvil y cómica, al ponerse seria era más grotesca aún--.

Á ver si es usted quien ha redactado el suelto de _Pilares Futuro_...

El rostro de Alberto estaba tan sereno, tan claro, que Jiménez desechó

desde luego toda presunción condenatoria.

--No he tratado de ofenderle. ¿Eh? Ni mucho menos de juzgarle. Como al

fin y al cabo cuando uno está borracho no sabe lo que hace, y sobre

todo, cuando como usted ayer, tomaba una de sus primeras borracheras.

Pero, la curiosidad... Usted, por lo pronto, se trajo á Rosina aquí.

--Creo que sí. Es decir, sí.

--¿Y luego?

--Déjeme recordar bien. Entramos; levanté el cortinón; entró ella

primero, luego yo; me miré en el espejo, se me figuró que yo no existía

ya, sino que era proyección, sombra ó espectro de mi existencia

anterior; dije no sé qué majaderías y... creo que en aquel momento

perdí el sentido.

--¿Y luego?

--Luego, ¿yo qué sé? Desperté hará cosa de dos horas, vestido y en la

cama. Rosina debió de llevarme allí. Me pareció que despertaba dentro

de un cuerpo distinto al mío de antes. Más tarde me di cuenta de que

no sólo el cuerpo, que el espíritu también es distinto. He renunciado

al arte, á todo por ahora. Quiero olvidarme de muchas cosas; necesito

una temporada de reposo, y por eso estoy determinado en ir hoy mismo,

dentro de unos minutos, á la aldea.

--Eso es; y figúrese usted que lo del periódico se toma por la

tremenda, que se presenta el juez aquí, que ve esto, que usted se ha

escapado; _escapado_, dirán.

--Vamos, hombre --Y Alberto sacudió de costado el brazo, como si

rechazase una gran absurdidad--. ¿Cree usted que Rosina tardará en

aparecer? Se conoce que asustada al verme desmayado, ó tomándome quizás

por muerto, huyó de casa. Si al verse sola consideró lo más prudente

no volver á la prisión odiosa en donde la tenían recluída, apruebo su

resolución.

--¡Horror! ¿Llama usted prisión al amorosísimo nido de doña Mariquita?

Veo que tiene usted un concepto de las prisiones tan caprichoso como

los católicos, que llaman prisión al Vaticano. Pero, yo creo que no

debía usted marcharse.

De la calle venía son de cascabeles.

--Ya está ahí Cachán. Voy á concluir de vestirme.

Alberto sonó el timbre. Apareció Manolo.

--¿Están ya mis maletas?

--Sí, señorito.

--Pues ve bajándolas. Oye; Sultán y Telémaco van conmigo.

--¿Telémaco? ¿Quién es Telémaco? --interrogó Jiménez, abriendo

bufamente las pupilas.

--Mi gato.

--Ah, el minino. Pero, á estas horas andará á gatas.

--Es eunuco --advirtió Alberto.

--¡Poverino! --profirió Jiménez, con voz y gesto lacrimosos.

--¿Por qué? Ya ve usted, Orígenes...

--Tiene razón el señorito --intervino Manolo.

Jiménez se volvió hacia el criado, haciéndole una mueca de

estupefacción. Alberto, sin poder dominar una sonrisa, habló, mientras

hacía el nudo de la corbata.

--Pero, hombre, ¿á ti quién te mete?

Manolo salió muy avergonzado por haber expuesto este rasgo de cultura á

la burla del señorito.

Jiménez tomó del suelo un pedazo de escayola:

--Esto parece un seno.

--Y lo es; de la Venus de Milo.

--Infeliz señora. ¿Y esta obscenidad? --Mostraba un fragmento con la

base del vientre y la coyuntura de unos muslos femeninos.

--De la de Médicis.

--Veo que no ha respetado usted nada --añadió Jiménez, revolviendo con

el pie pedazos de fotografías y de lienzos--. ¡Ah, sí! Aquí hay una

mujer que se ha salvado. ¿Quién es? --Y señalaba á la Gioconda.

--El velo de Isis.

--¿Eh?

--Lo que fué, lo que es, lo que será. Nunca mortal alguno levantará el

velo de su inmortalidad.

Apercibíase Jiménez á comentar burlescamente las palabras cabalísticas

de su amigo, cuando Telémaco, con sus desesperados maullidos, puso en

turbación el reposo de la casa. Oíase también á Manolo, que inducía al

gato á meterse en un cesto, dirigiéndole interjecciones enérgicas.

--Tendré que ir yo --dijo Alberto, y salió seguido de Jiménez.

Manolo había hecho presa en Telémaco, sirviéndose de una arpillera que

le abroquelase contra las uñaradas de la fierecilla. Sin miramiento

ninguno para con el animalucho, pretendía incluirlo en el cesto

empujando á puñadas, como si se tratase de un rebujo de ropa sucia.

Pero el gato se encrespaba, maullando rabioso, y tantas veces como se

le metía, botaba fuera como por arte de encantamiento.

--Creo que mejor lo dejamos, señorito.

--Tiene razón Manolo --corroboró Jiménez.

--Imposible. He arrojado todos mis libros al patio y mis textos, de

aquí en adelante serán Sultán y Telémaco.

Jiménez enarcó los hombros.

--Está usted más loco que una cabra.

Cuando el gato estuvo alojado, hubo necesidad de atar el cesto con una

cuerda; con tal fiereza se revolvía en su prisión.

--Andando. ¿Has metido en las maletas la mostaza Colman y la salsa

Worcestershire?

--Sí, señorito.

Salieron á la calle. Alberto entró con Sultán en el coche. En el

pescante iba Manolo con el cochero y las maletas; la cesta del gato

sobre las piernas. Jiménez y Alberto se despidieron.

--¡Arrea! --gritó Alberto.

El coche comenzó á andar. Desde el balcón, Teresuca miraba á su ayuda

de cámara con un mohín de tristeza en el hociquito.

La pata de la raposa (Novela) · 第 11 / 66 题