Alberto abrió los ojos y los giró alrededor suyo. Fué un despertar
lento y doloroso, como si en virtud de un avatar ó hechizo, su alma
volviera á la conciencia en un cuerpo nuevo, desconocido, embotado.
Desde la techumbre, la luz eléctrica, guardada en un globo de cristal
rosa, cuajado, efundía leve resplandor auroral. Á Alberto, sin saber
por qué, le pareció un sol mozo é inexperto que hacía su primera
salida, y el conjunto de muebles de la alcoba que, entre la luz, se
erguían arbitrariamente, un universo de sombras sin sentido.
Tenía Alberto el paladar y la lengua desecados, la glotis apretada. El
encéfalo se le figuraba una protuberancia suberosa, insensible. Sus
extremidades permanecían ajenas al dominio de la voluntad, adormiladas,
y en ocasiones así como transidas por muchedumbre de sutiles alfileres.
Su cuerpo era un agregado de miembros ajenos á él, con el cual le unía
una vaga relación de sensibilidad sorda. Estaba, en suma, sufriendo las
reliquias postreras de una formidable embriaguez.
Encontrábase vestido. Se incorporó con esfuerzo y echó pie á tierra.
Fué hasta el lavabo, en donde refrigeró la frente, y luego preparó un
vaso con Eno’s Fruit Salt, que bebió ansiosamente. Se contempló en
la luna del armario. Su demacración era grande, pero eran mayores la
fatiga y torpor de su espíritu; y así, lo que en pleno equilibrio le
hubiera amedrentado, en aquel punto casi le servía de alivio, como
nebulosa promesa de próximo y definitivo descanso.
Apartando un grave y tupido cortinaje, salió al taller ó estudio
contiguo á la alcoba. La estancia daba á un patio de luces y tenía un
frente corrido de cristales. La luz era cenicienta.
Alberto, hundiéndose más que sentándose, en una muelle y profunda
butaca, tapizada de áspera tela de alforjas, quiso hacer examen de
conciencia.
Poco á poco iba adquiriendo noción de sí propio, situándose en el
tiempo. Comenzó á caminar hacia el pasado, á recapitular el pretérito
próximo partiendo del presente. ¿Cuántas horas ó días había estado
durmiendo? Cuando había caído en el lecho, á su lado estaba una mujer,
Rosina. ¿Qué había sido de ella? Antes, habían vuelto los dos del
puerto de los Pinares, adonde había subido en compañía de unos amigos
y unas mozas de partido por contemplar desde paraje á propósito un
eclipse total de sol. Y antes aún, él, Alberto, era un mozo á quien
el azacaneo de la vida había despojado, prematuramente, una por una,
de todas las mentiras vitales, de todas las ilusiones normas, y para
quien habían perdido el carácter de fuerza motriz todas esas palabras
que se acostumbran escribir con mayúscula: religión, moral, ciencia,
justicia, sabiduría, riqueza, etc., etc. Lo mismo que en la eternidad
del firmamento van apagándose las estrellas, dentro de su alma habían
ido muriendo todos los grandes luminares de la infancia. Sustentábase
tan sólo, puro y sereno en el vacío, un astro, Belleza, cuyo satélite
fiel era la Gloria, la inmortalidad en el recuerdo de los hombres.
Pero, en el punto crítico del eclipse, cuando, fuera del curso regular
de la naturaleza, las tinieblas se habían derramado sobre la tierra,
alcanzáronle también el alma de lleno, de manera que aquel astro dejó
de lucir, y entonces Alberto comprendió que la belleza era cosa tan
humana, perecedera é inane como todo lo otro; correr en su seguimiento
era no menos vano que procurar asir el huracán. Había llegado á ese
estado que llamaron los santos de insensibilidad.
Hasta entonces, había buscado en el arte, además de un estímulo, una
mitigación de sus cavilaciones, un abrigaño adonde acogerse olvidándose
de la vida, como quiere Schopenhauer. Ahora, se le presentaba á los
ojos del espíritu, con inconcusa certidumbre, la enorme ridiculez del
arte, y se avergonzaba de haberse adscrito en serio á un juego tan
pueril y vacuo.
Levantóse de la butaca, se acercó á un pequeño armario de libros y
cogió algunos volúmenes de Schopenhauer.
--¡Viejo lúbrico y cínico; qué necio eres y cuánto mal me has hecho!
--Y los arrojó al patio de luces.
Volvió junto al armario, y contempló con extravío el lomo de aquellos
pequeños seres taciturnos, apretados en fila unos contra otros.
--He aquí la espina dorsal de la humanidad; inmenso vertebrado, y tan
efímero como un piojo. ¿De qué os ha servido vuestro esfuerzo ó vuestra
vanidad?
Cogiendo á montones los libros, los iba arrojando al patio. Unos
ladridos fogosos, alegres, le hicieron detenerse.
--¡Es Sultán! --Y permaneció meditabundo unos instantes, considerando
que su perro era feliz sin duda. Á poco, reanudó sus empresas
demoledoras. Esta vez, les tocó el turno á los vaciados de esculturas
clásicas y del renacimiento que ornamentaban el estudio. En un
instante, quedó sembrado el pavimento de trozos de escayola, de formas
mutiladas. Á seguida, la emprendió Alberto con los lienzos que él
mismo había pintado; con una espátula, los rasgaba encarnizadamente.
Luego, rasgó cuantas reproducciones de cuadros famosos halló á mano.
Pero, al llegar á la Monna Lisa, de Leonardo, permaneció inmóvil. Como
poseído de un terror supersticioso, con los ojos suspensos y colgados
de aquel rostro que vivía una vida inquietante, sobrenatural. Era como
si aquello que á Alberto se le antojaba negra brutalidad del universo
se definiera en sonrisa animada, y el rostro de la Gioconda no fuera
humano sino velado emblema del sentido y la expresión del orbe. Dejó de
lado la reproducción, por huir de su encanto, y llamó al timbre.
Manolo se llevó las manos á la cabeza, al entrar:
--Tú obedece y calla. ¿Qué día es hoy?
--Hoy es jueves.
--¿Qué hora?
--Las seis de la tarde.
--Pide al teléfono comunicación con Cachán. Que envíe cuanto antes un
coche para ir á Cenciella. Tú, prepara mi maleta. Que esté todo aviado
en media hora.
--¿Qué libros va á llevar el señorito? --Manolo no pudo disimular su
contrariedad.
--Ninguno. --Respondió Alberto sin mirar al criado.
--¿Y la caja de colores?
--Nada.
--¿Pongo papel para dibujar ó escribir?
--Te he dicho que nada.
--¿Y si luego se aburre?
--Eso es cuenta mía.
--¿Comida para el camino?
--¿Acabarás? No quiero nada. Trae ahora té con leche. Y tú, comes antes
de salir. ¡Ah! Que el coche sea una cesta.
En estando á solas, Alberto encendió su pipa de brezo y paseó por
la estancia. Sentía ahora el corazón ligero, nutrido de ímpetu é
impaciencia; quizás alegre. Era que había venido á posarse en él,
con aleteo silencioso, como ellas suelen, una nueva ilusión; aquella
ilusión cristiana y antigua que arrastró á los padres al yermo, á los
misioneros camino adelante, y á las ardientes vírgenes al silencio
aquietante del claustro. Pensaba olvidarse de sí propio. Su mentor
sería Sultán.