Diez años despues, la infeliz doña Isabel de Córdoba y de Válor, mártir
del amor, asesinado su esposo por su hijo, muerto su hijo por sus
parciales, murió en el convento de Santa Isabel la Real de Granada, á
donde se habia retirado, y el mismo dia en que una jóven acompañada de
su madre, y de un caballero mas bien viejo que jóven, preguntaban por
ella en la portería.
La enfermedad de doña Isabel era una consuncion lenta; se habia secado
en su corazon el raudal de las lágrimas; la sonrisa no aparecia jamás en
su boca, y pasaba la mayor parte de su tiempo, arrodillada ante Dios en
el coro, inmóvil y silenciosa como una estátua.
Desde que se habia retirado al claustro, nadie habia ido á preguntar por
ella, únicamente de mes á mes llegaba una carta de Francia; aquella
carta contenia cuatro cosas: consuelos delicados como pudieran suponerse
los de un ángel; la firma de Esperanza de Cárdenas; la de
Harum-el-Geniz, y una libranza de cien ducados contra genoveses.
Doña Isabel besaba aquella carta, la metia con las anteriores en una
cartera, se ponia la cartera sobre el corazon, y entregaba la libranza á
la abadesa diciéndola siempre:
--Dad á los pobres, señora, lo que despues de lo mas preciso para mi
sustento, sobre de esa cantidad.
Maravillóse, pues, la madre tornera de que á los diez años una voz de
dama, y de dama al parecer por lo mesurado y noble de sus palabras, muy
principal, preguntara por doña Isabel de Córdoba y de Válor.
--¡Ah! señora, está enferma y acaso Dios la llamará hoy mismo.
La dama exhaló un ligero grito.
--¡Ah! exclamó: ¡pues necesito verla, deseo verla! ¡oh Dios mio!
--¡De modo que si fuérais una parienta suya inmediata!
--¡Soy hija de su difunto esposo! dijo con angustia la dama.
Mediaron mensajes, y al fin la superiora permitió que la dama y la niña
entrasen, pero no fue posible que entrase el caballero, que se quedó,
renegando del que habia inventado la clausura, en la portería.
Las dos señoras entraron en una humilde celda: doña Isabel con los
hermosos ojos dilatados, flaca, blanca hasta lo diáfano, sonrió
imperceptiblemente al ver á la dama y á la niña.
--¡Oh! ¡bendito sea Dios, exclamó, que me envia un ángel antes de morir!
--¡Madre mia! exclamó Esperanza arrojándose sobre doña Isabel y
besándola.
La enferma pareció reanimarse, y por primera vez despues de diez años,
brotaron lágrimas á sus ojos.
--¿Y tú eres feliz, hija mia? la dijo.
--¡Oh! ¡sí! y seria mas feliz si os encontrase buena, si os pudiese
llevar conmigo. Mi esposo ha vuelto á España, y á fuerza de oro ha
conseguido que se reconozcan nuestros títulos... pero vos...
--¿Y qué importo yo..? déjame ver á tu hija, á la nieta de mi Yaye...
Doña Esperanza se levantó de sobre el rostro de doña Isabel, y asió á su
hija de la mano.
Al verla la enferma dió un grito horrible:
--¡Oh! ¡Dios mio! exclamó, ¡me traes en esa niña, cuando voy á morir, su
rostro y su mirada!
En efecto, la nieta se parecia enteramente al abuelo.
Doña Isabel no volvió á hablar, y murió aquella tarde entre los brazos
de Esperanza.
Esta salió llorando, la niña triste; y Harum, que era el caballero que
se habia quedado fuera, blasfemando.
Pero le quedaba á Harum que ser testigo de otra agonía, aunque no le fue
tan dolorosa.
Un mes despues tomó á caballo y solo el camino de las Alpujarras.
--Es un extraño capricho, decia para sus adentros, que la sultana Amina
(Harum cuando hablaba consigo mismo no daba otro nombre á la hija del
emir) se interese tanto por la suerte de esa mujer que la ha hecho
probar tantas desgracias, y que casi casi tiene la culpa de que no se
siente en un trono: como que si el emir no hubiera sido herido y preso
en la Inquisicion... ¿Y qué necesidad tiene la sultana..? está mas
hermosa que nunca; el señor duque de la Jarilla, su muy adorado esposo,
ha echado fuera la ruinera, y la adora: Dios no los ha castigado con
hijos: la luz de mis ojos, la pequeña Estrella no puede ser mas cándida
ni mas hermosa: pues señor, véngase vuesa merced á las Alpujarras, donde
necesariamente tengo que padecer, aunque no sea mas que por los
recuerdos, á saber de una loca castigada justamente por Dios. Vamos: si
yo no la amara tanto...
Atravesaba en aquellos momentos un desfiladero que conocia demasiado, y
detuvo su caballo, se puso las dos manos en la boca á manera de embudo,
y lanzó un grito salvaje.
El eco le repitió á la redonda: pero nadie contestó á aquel grito.
--¡No queda ni uno solo! exclamó roncamente Harum: si uno solo quedase,
estaria precisamente aquí, en el lugar mas inaccesible, mas solitario,
mas seguro. En otro tiempo, cuando yo hacia esta señal, de detrás de
cada piedra salía un monfí. ¡Y pensar que yo paso ahora por aquí como un
forastero! ¡Yo que he sido el rey de la montaña! ¡Y ver que las rocas
estan en el mismo sitio, y que los monfíes han pasado como sino hubieran
existido nunca! ¡Ira de Dios!
Apretó las espuelas á su caballo, y llegó aquella noche á Mecina de
Bombaron, y á casa de su hermano Gonzalo.
Despues de la charla natural de dos hermanos que no se han visto en diez
años, Harum preguntó por doña Angélica.
--¡Pobre señora! dijo Gonzalo: ¡y cuánta compasion me causa á pesar de
todo!
--¿Continúa en la locura..?
--Cada vez mas furiosa... pero Dios ha tenido compasion de ella...
--¡Cómo!
--El médico dice que se muere.
--Perdónela Dios, dijo friamente Harum.
--¡Oh! ven, ven, hermano, y te juro que tendrás compasion de ella.
Y le llevó á un aposento inmediato.
--¡Oh! lo de siempre, exclamó, viendo un lecho vacío y revuelto; se ha
escapado á la montaña... y en el estado en que se encuentra... y de
noche... ¡Gabriela! ¡hija! dame mi loba y mi arcabuz, y suelta á la
ventora.
--¿Pero, á dónde vas Gonzalo?
--¡Dónde he de ir sino por ella! infeliz... ven conmigo, si quieres;
ven, y verás una cosa que te partirá el corazón... yo no crei que
pudiese amar tanto una mujer.
--¡Amor maldito! dijo Harum siguiendo á su hermano.
Por el camino que hacian á gran paso, guiados por ventora, Gonzalo contó
á Harum cómo Angiolina tenia el capricho de vestirse de blanco; que al
contrario de otras locas se aliñaba, se peinaba, cuidaba de sí misma, y
que cuando la preguntaban las traviesas muchachas, si lo hacia para
enamorar á alguien, contestaba:
--¡Oh! ¡si! cuando voy á verle las noches de luna, cuando me arrodillo
delante de la cruz, él se levanta detrás de ella, y me mira fijamente...
es mi amado, y es muy hermoso... yo quiero parecerle hermosa.
--¡Diablo! ¡Diablo! dijo al oir esto Harum.
--Y es inútil pretender que no vaya á la montaña: siempre inventa un
medio ingenioso para escaparse.
--¡Oh! si: pluguiera al Altísimo que no hubiera tenido tanto ingenio,
replicó Harum.
--Y es preciso llevar para encontrarla la ventora por que unas veces va
al castillo de Vérchul, otras á la cueva, otras á Gebel-Rabah... pero
esta noche, segun el camino que lleva la ventora, ha ido á la sepultura.
--¿A qué sepultura?
--A la sepultura de su amante.
--¡Ah!
--Si; hay un lugar al pié de Gebel-Rabah, donde ha puesto una cruz
formada con ramas de pino, donde pretende que duerme su enamorado, cuya
sombra se levanta cuando ella llega.
--¡Dios la ha castigado en justicia!
--Ha sido demasiado castigo, Harum. Pero vamos llegando; mucho será que
no la encontremos...
--¡Muerta!
--¡Bien pudiera ser! ya te he dicho que el médico la habia sentenciado,
y estaba tan débil...
En aquel momento ahulló la perra.
--¡No te lo decia yo, dijo Gonzalo! y se precipitó á un cercano repecho.
Harum le siguió.
De repente se levantó una sombra blanca al rayo de la luna, corrió hácia
ellos, y cayó entre los brazos de Gonzalo el Geniz.
--¡Ah! ¡socorredme! ¡socorredme! exclamó: ¡yo no sé dónde estoy! ¿quién
me ha traido aquí? Sola, de noche, vestida de blanco, tendida sobre una
sepultura.
--Habeis venido á ver á vuestro amante como otras veces.
--¡A mi amante! exclamó Angiolina y rompió á llorar.
--¡Oh! cuidado, Gonzalo, cuidado, dicen que los locos cuando lloran
recobran la razon.
--¡Los locos! ¡los locos! exclamó Angiolina. ¿Conque he estado loca?
¿Quién sois vos? acercaos, no os veo.
--Soy Harum-el-Geniz.
--¡Ah! ¡Dios mio! si es cierto, ¡este lugar! aquí le ví caer herido: mi
sacrificio fue inútil... ¿cuándo sucedió eso...? ¿cuándo...? no me
acuerdo: me parece que acaba de suceder.
--Vuestro sacrificio no ha sido inútil, señora, porque el marqués vive.
--¡Pero no vivirá muriendo como yo! ¿no es verdad?
--El marqués es muy feliz, dijo el rencoroso Harum, que no podia olvidar
los crímenes á que su amor habia llevado á Angiolina.
--¡Feliz, muy feliz! exclamó ¡con ansia de amor ella!
--¡Oh! ¡si!
--¿Y ha recobrado la salud?
--¡Oh! ¡si!
--¡Gracias, Dios mio! ¡gracias! exclamó Angiolina: ¡tú no has querido
que muera desesperada!
Y sus rodillas se doblaron, y Gonzalo se vió obligado á sostenerla.
--Decid.... á la sultana.... que me perdone.... y á él.... á él no le
digais nada.... ¡si por milagro algun dia preguntase.... por mí....
decidle que vivo....! y que.... soy feliz!
Angiolina no habló mas: algun tiempo despues murió.
Harum al verla pálida, muerta, inmóvil, exclamó:
--¡Hermosa aun muerta! ¡Era mucha, mucha mujer! ¡Perdónela Dios!
--Ya no veran mas los pastores á la Dama blanca de la montaña, como
llamaban á doña Angélica.
--Ni á los monfíes, replicó suspirando Harum.
Y, sin embargo, si viajais por las Alpujarras sobre la escueta albarda
de un asno vigoroso; si alguna vez al amanecer se levanta la niebla
sobre los barrancos remedando figuras fantásticas, el arriero, que
probablemente será oriundo de los moriscos, os preguntará señalándoos
las crestas envueltas por las brumas:
--¿Sabe V. lo que es aquello?
--Aquello es niebla, le respondereis.
--¡Niebla, eh! para mi abuela: aquella figura alta que anda tan
reposadamente es la Dama blanca de la montaña: y las otras figuras que
la siguen, los Monfíes de las Alpujarras.