Pasaron tres meses.
Al cabo de ellos, en una hermosa mañana de julio, salieron por la puerta
de la Mar de Almería, un caballero anciano, otro jóven, pero pálido y
hermoso, y al parecer debil, que se apoyaba en el brazo de una dama
hermosísima, que le miraba á cada paso con suma solicitud.
Al lado de estos dos jóvenes iba una doncella que llevaba en brazos una
niña como de dos á tres años, tan hermosa como la dama.
Por último, detrás iba una numerosa servidumbre.
Nos parece inútil decir que aquellas personas eran Calpuc, el marqués de
la Guardia, ó mejor dicho, el duque de la Jarilla, su esposa la noble y
hermosa duquesa doña Esperanza de Cárdenas y su pequeña hija.
Llegaron á la ribera, entraron en una lancha y se dirigieron en ella á
una enorme galera de dos bandas surta en el puerto.
Cuando saltaron á bordo, se quedaron mirando con inquietud á la playa.
--¿En qué consistirá la tardanza de Harum? dijo Amina: sabe que á pesar
de que el rey disimula con nosotros, no estamos seguros, y que es
prudente apartarnos cuanto antes de España.
--Hélo ahí, hélo ahí, dijo con la alegría de un niño el marqués de la
Guardia: mírale, Esperanza mia: pero es que no comprendo esa multitud de
acémilas que le siguen cargadas de toneles.
--¡Ah! ni yo tampoco, dijo Esperanza.
--Ni yo, añadió Calpuc.
--Pronto lo hemos de ver, dijo el marqués, porque embarca en lanchas los
toneles.
--Apostaria á que sé lo que aquello es, dijo Calpuc.
--El tesoro de mi infeliz padre, dijo Esperanza conmovida: ¡oh!
¡pluguiera á Dios que nos apartáramos miserables de España pero con él!
Cuando Harum puso á bordo los toneles, dijo á Esperanza:
--Poderosa sultana, todo lo que enriquecia el alcázar de tus abuelos,
sus joyas, sus tesoros, va contigo.
--¡Y esa pobre mujer! dijo Esperanza casi al oido de Harum.
--¡Ah! ¡la horrible veneciana! su locura es admirable; á mi despecho he
dejado casi un tesoro en manos de mi hermano Gonzalo para que cuide de
ella: ¡Bah! á pesar de todo la tengo lástima: ¡le amaba tanto! ¡y le
cree muerto!
--¿Qué es eso? dijo el marqués.
--Nada: hablábamos de si Harum habia dejado algo á su familia para que
se consolase de su ausencia, dijo Esperanza enjugándose una lágrima.
Harum se volvió al patron que se paseaba sobre cubierta:
--Nostramo, le dijo: á zarpar: el viento es fresco: rumbo á las costas
de Francia y que Dios nos dé buen pasaje.
Poco despues la galera, viento en popa, adelantaba gallardamente,
reclinada sobre un costado.