CAPITULO III.

De cómo un niño puede ser el dedo de Dios.

Cuando entró en una húmeda y oscura sala baja el emir, una forma blanca

y gentil adelantó, y se arrojó sollozando en sus brazos.

Era la duquesita.

Yaye la estrechó dulcemente contra su pecho, afectando solamente el

cuidado natural de un padre en aquellas circunstancias, y la dijo

besándola en la frente.

--¡Oh, qué noche! ¡qué noche tan horrible, hija mia!

Despues la separó un tanto de sí, y la miró fijamente: la duquesita

estaba muy pálida; pero en sus ojos brillaba aun la expresion de su

tranquila pureza.

--Yo no sé dónde he estado, padre mio; dijo la jóven... apenas

recuerdo... estas buenas gentes me han dicho que anoche...

--Te encontraron desmayada.

--Asi es, señor, dijo el marido.

--Despues he recordado no sé que cosa horrorosa, dijo doña Esperanza: un

incendio... gentes que gritaban y se atropellaban... ¡Oh, Dios mio!

luego... yo corria... de repente sentí un vértigo... unas angustias

horribles... despues nada... no recuerdo mas, sino que al abrir los

ojos, me he encontrado aquí, tendida en un lecho, con las mismas ropas

que me habia puesto para acompañar á sus magestades.

Mientras doña Esperanza hablaba, Yaye ponia el mayor cuidado en observar

cuanto tenia alrededor: los dos esposos, como dominados por la presencia

de tan nobles personas en su casa, estaban en la mas humilde actitud y

guardando el mas respetuoso silencio á la puerta del aposento, de la que

no habian pasado: un chiquillo como de cinco años, estaba junto á una

mesa mirando alternatívamente á un cajon entreabierto y á sus padres: en

un momento en que estos estaban abstraidos, mirando á Yaye y á su hija,

el muchacho abrió silenciosamente el cajon, y sacó de él una moneda:

Yaye se levantó rápidamente, asió la mano del niño, y sacando de ella un

dorado doblon de á ocho, le mostró al marido.

--Vuestro hijo os roba, amigo mio, le dijo, y debeis castigarle: hoy os

roba á vos; mañana robará á otro. Y abrió mas el cajon para echar en él

la moneda. Dentro habia como hasta una docena de doblones.

--Buenos ahorros teneis, dijo el duque señalando con un dedo inflexible

aquel oro.

El marido se puso sumamente pálido y balbuceó algunas palabras; la

mujer, aunque un tanto alterada, contestó sobre la palabra de Yaye:

--¡Ah, señor! los pobres no podemos ahorrar tanto dinero; lo debemos á

la caridad de la señora.

--Has hecho bien, hija mía, dijo Yaye: debemos premiar cumplidamente á

los que de tal modo nos sirven, y yo me encargo de acabar de recompensar

á estas buenas gentes: tomad, añadió dándoles una bolsa de seda llena de

oro; que os quede un buen recuerdo de que ha pasado una noche en vuestra

casa la duquesa de la Jarilla.

Y asiendo de la mano á su hija salió con ella.

La pobre jóven leyó en los ojos de su padre cuanto aquel guardaba en su

alma; pero ni se inmutó ni tembló, aunque habia visto algo horrible.

Esto consistía en que por uno de esos impulsos incomprensibles de la

mujer, habia aceptado su destino al entrar con don Juan en aquella casa.

Entre tanto la mujer que habia permanecido en la puerta de la calle

hasta que doña Esperanza entró en la litera y Yaye se alejó con ella y

su servidumbre, dijo volviéndose á su marido.

--¡Pedro, tenemos oro; pero es necesario que nos vayamos á gozarle muy

lejos! Ese duque me parece un hombre terrible y... todo lo ha

adivinado... estoy segura de ello.

--Tú tienes la culpa, Francisca, contestó el marido con acento

profundo... yo no quería... pero tú te empeñaste... tú tienes la

culpa... ese oro maldito caerá sobre nuestra cabeza y sobre la de

nuestro hijo.

* * * * *

Apenas habia entrado Yaye en su casa y dejado á Doña Esperanza en su

aposento, cuando su ayuda de cámara le entregó una carta cuidadosamente

cerrada.

Aquella carta contenia estas solas palabras:

«Señor: el príncipe ha pasado la noche fuera del alcázar; como siempre

le ha acompañado el comediante Cisneros. Merced á los buenos servicios

del mayordomo del príncipe Garci-Alvarez Osorio, el rey no sabe nada.

Pero yo vigilo y lo sé todo. Señor: vuestro humilde esclavo, Aliathar.

--¡El príncipe de Asturias ha pasado la noche fuera del alcázar! exclamó

con un acento incomprensible Yaye, y se quedó profundamente pensativo,

con los ojos fijos en aquella carta, apoyados los codos en la mesa y el

rostro en sus puños crispados.

Gran rato despues de haber permanecido en esta posicion agitó una

campanilla de plata, y dijo á un camarero que se presentó á la puerta.

--Que vayan al momento casa del comediante Cisneros, y que le digan que

sin pérdida de tiempo deseo verle.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 46 / 168 题