¡La hermosa duquesita se ha perdido!
El incendio del monumento del Buen Suceso, en 1567, causó una sensacion
profunda en lo que podemos llamar mundo elegante de la córte.
Y no era por cierto porque á sus magestades les hubiese acontecido
ninguna desgracia, ni porque se hubiera destruido el templo, que,
gracias á Dios, y al celo y actividad de los vecinos, solo habia quedado
ligeramente ahumado en la bóveda, y algo mas profundamente chamuscado en
el tabernáculo; ni porque hubiese habido muertes ni fracturas: todo se
habia reducido á un buen susto, á algunas contusiones, y á otras tantas
caidas: lo que habia hecho célebre al tal incendio, habia sido que á
causa de él, la magnífica duquesa de la Jarilla, la poseedora de diez
dehesas, veinte montes, y cien lugares, se habia perdido.
Al salir la córte de la iglesia, hallaron las dueñas que de su hermoso
rebaño se habian descarriado cinco magníficas ovejas: cuatro de ellas,
que se habian revuelto entre la multitud, se presentaron de nuevo en sus
puestos, servidas por otros tantos caballeros, apenas el tumulto se hubo
desvanecido; pero la mas hermosa, la duquesita, la mujer del marquesito
de la Guardia, no parecia.
El rey mandó que la mitad de los gentiles-hombres que le acompañaban,
algunas dueñas, y todos los alguaciles que hubiese á mano, se pusieran
en busca de la perdida duquesa, y la córte se volvió como si nada
hubiera acontecido á palacio: solamente la reina hablaba cuidadosa con
el rey; pero el rey contestaba que nada está perdido, que todo se
encuentra cuando se sabe buscar bien, y sobre todo que aquello era acaso
una permision de Dios, para que doña Esperanza de Cárdenas, que era un
tanto presumida y voluntariosa, doblegase su soberbia, y encontrase su
salvacion entrando á servir á Dios en el cláustro.
Y cuando el rey decia esto, miraba de una manera singular; pero
disimulada y profunda, á su hijo el príncipe don Carlos de Austria, mozo
de veinte y dos años, que marchaba á su lado, cabizbajo y profundamente
pensativo y al parecer contrariado.
--Porque, añadia el rey sin dejar de observar á su hijo, el que se
pierde es porque quiere, y dama que de tal modo se ha perdido, bien
pudiera perder á alguien, y no es bien tener en nuestro alcázar dama que
entre tan poca confusion se pierde, que en tan poca agua se ahoga.
Asi es que el rey, en cuanto llegó al alcázar, tuvo muy buen cuidado de
hacer decir por un gentil-hombre al duque viudo de la Jarilla, que su
hija se habia perdido, y que se dispensase, si parecia, de enviarla á
palacio.
El duque recibió por el rey aquella noticia; pero los gentiles-hombres,
la servidumbre de palacio, y los alguaciles, se encargaron de que la
supiese todo el mundo.
Las dueñas, convenientemente acompañadas, anduvieron dando vueltas, y
preguntando durante dos horas, transcurridas las cuales se retiraron á
palacio: los alguaciles rondaron hasta la media noche, y dieron parte de
no haberse descubierto el menor indicio de su excelencia la señora
duquesa de la Jarilla, y en cuanto al padre de esta, el duque viudo,
estuvo dando vueltas por Madrid con todos sus criados, que venteaban
como sabuesos, y que, sin embargo, nada lograron sacar en limpio en toda
la noche.
Cuando irritado Yaye, como un leon hambriento, se volvía á su palacio,
encontró delante de su puerta una mujer de mediana edad, de buena
apariencia, y á todas luces de la clase artesana, que llamaba á grandes
golpes, sin que nadie la contestase: esto consistia en que todos los
criados, desde el mayordomo hasta el último marmiton, habian salido en
busca de la duquesita, y la casa habia quedado abandonada solamente á
las mujeres de la servidumbre.
Yaye, que no habia desfogado bastante su cólera con los criados, á pesar
de que habia llegado al lamentable extremo de aporrear á cuatro lacayos,
embistió muy de mal talante con aquella mujer.
--¡Con mil legiones! ¿qué quereis vos á las puertas de mi casa? exclamó
mirando á la mujer con ojos centelleantes.
--¿Es vuecelencia el señor duque viudo de la Jarilla? preguntó toda
trémula aquella mujer.
--Sí, y bien... ¿qué quereis?
--La señora hija de vuecelencia...
--¡Mi hija! ¿qué sabeis vos de mi hija?
--La señora duquesa, está en mi casa.
--¡Que mi hija está en vuestra casa!
--Y me ha dado esta carta para vuecelencia.
Yaye tomó con una mano que temblaba de cólera, una carta que le dió
aquella mujer con otra mano que temblaba de miedo, rompió la nema y
devoró, que no leyó, el contenido del escrito.
--¡Harum! exclamó roncamente Yaye, acercándose á uno de sus servidores
despues de haber leido la carta, y guardádola en su escarcela: pronto
una litera, y conmigo.
La litera estuvo dispuesta al momento.
--Y vos mujer, añadió Yaye, guiad á vuestra casa.
La mujer echó á andar.
--¿Cuándo fué mi hija á vuestra casa? la preguntó el emir.
--La señora no fué, dijo la mujer.
--¿Cómo que no fué?
--La llevó mi marido que la encontró desmayada en la plazuela.
--¡Ah! ¡la encontró desmayada! ¿y cuándo?
--Despues de oscurecer.
--¿Y por qué no me avisásteis al momento?
--¡Ah, señor! nosotros no sabiamos que la señora fuese hija de
vuecelencia.
--¿Cómo que no lo sabiais? ¿pues no os lo ha dicho mi hija?
--La señora duquesa ha estado desmayada hasta el amanecer.
--¡Desmayada! ¡Desmayada! ¿habeis llamado á algun médico?
--No, no señor: temimos, como vimos que era una dama principal... que la
conocieran... y se enteráran de que habia estado perdida... y luego...
en fin, como nada sabiamos, no nos atrevimos á nada.
--¿Y se atrevió vuestro marido á llevarla á su casa?
--¿Y cómo habia de dejar en la calle, sola, abandonada, á una señora tan
jóven, tan hermosa, y con tan ricas alhajas, expuesta á los libertinos y
á los ladrones? no, no señor: mi marido hizo muy bien: sábenlo Dios y la
justicia; y si le castigasen por ello, harian muy mal.
--Pero... ¿por qué no avisásteis á palacio? ¿No sabeis que en estos días
solo visten de ceremonia las damas de la reina?
--Nosotros no entendemos de eso, señor, y como nada sabíamos dijimos:
cuando vuelva en sí, nos dirá quién es, y lo que debemos hacer. Hay que
confesar que el marquesito de la Guardia, autor de esta tragi-comedia,
habia previsto todos los golpes y preparado todas las paradas: lo que
demuestra, que cuando aquella mujer habia aprendido tan bien este juego,
era una bribona consumada.
Al fin llegaron á la casa.
Al ver su pobre aspecto, se le heló la sangre al duque; pero dominó su
cólera, á fin de que esta no le impidiese hacer con fruto la mas ligera
observacion, y dejando á sus criados, con la litera, en la calle, entro
en la casa cuya puerta habia abierto la mujer.