CAPITULO XII.

De cómo Dios premió la constancia de Yaye.

Yaye quedó mudo de asombro y de cólera en el centro de la estancia.

Las últimas palabras de doña Elvira tenian una muy fácil explicacion.

«Tú saldrás de aquí muerto de hambre ó entregado enteramente á mí.»

Esto queria decir que doña Elvira pensaba valerse de algun brebaje para

aletargar al jóven y conducirle á un lugar mas seguro; brebaje que solo

podria evitar Yaye sentenciándose á morir. Era aquel el último límite á

donde podria llegar el empeño de una mujer.

Yaye conoció que doña Elvira le tenia enteramente en su poder: la

habitacion en que se encontraba, aunque ricamente alhajada, y cubierta

de tapices, por lo reducido de su extension, por lo deprimido de su

bóveda, por lo fuerte de su puerta, en que se veia un ventanillo,

indicaba haber sido en otro tiempo destinada para encierro. Por aquel

ventanillo podia doña Elvira introducirle alimentos preparados para

producirle un estado de letargo, sin que Yaye pudiese usar de la menor

violencia con ella. Yaye, pues, sacudió con fuerza la puerta; pero esta

era muy fuerte, encajaba perfectamente y nada consiguió: metió el brazo

por el ventanillo, y probó si alcanzaba á los cerrojos: esto tambien era

inútil: los cerrojos estaban fuera del alcance de su brazo: su espada y

su daga, cuyos gavilanes acaso le hubieran servido para alcanzar á los

cerrojos, habian desaparecido: Yaye comprendió que si esperaba mucho

tiempo, doña Elvira comprendería que los cerrojos no bastaban para

asegurar á su prisionero, y buscaria otros medios de seguridad.

Era necesario encontrar una manera de descorrer aquellos cerrojos, y

franquear cuanto antes aquella puerta. Una vez fuera, Yaye pensaba

ocultarse en la oscuridad en la mina, y sorprender á doña Elvira cuando

volviese.

Pero no se le ocurrió medio en lo humano: comprendió que estaba

seriamente preso, y á merced del fatal amor de doña Elvira.

La única esperanza que le quedaba era que sobreviniese en aquellos

momentos don Diego de Córdoba y de Válor.

¿Pero quién sabia lo que habia sido de don Diego?

Empezaba Yaye á desesperarse, cuando oyó en la mina unos pasos marcados

de hombre: era la primera vez, despues que habia vuelto á la razon en

aquel calabozo, que oia tales pisadas: supuso que doña Elvira le

enviaria algun hombre pagado para intimidarle, y esto le irritó. Los

pasos se acercaban y al fin se detuvieron junto á la puerta.

Yaye escuchó en silencio: el que se habia detenido junto á la puerta

nada dijo durante algunos segundos.

Al fin se escucharon estas palabras pronunciadas por una voz contenida:

--¿Estais solo, señor?

--¿Qué es eso? ¿Quién me llama señor? dijo Yaye acercandose al

ventanillo de la puerta.

--Soy yo, señor; vuestro fiel escudero; el walí Harum-el-Geniz.

--¡Oh! ¡me he salvado! exclamó Yaye; mira si puedes descorrer los

cerrojos, mi buen Harum.

--¡Oh! ¡sí, poderoso señor! he aquí la puerta de par en par.

En efecto, la puerta se abrió.

--¿Quién te ha traido aquí Harum? ¿por dónde has entrado? le preguntó

Yaye.

--Me ha traido un mandato de vuestro noble padre; en cuanto al lugar por

donde he entrado, venid señor y lo vereis.

Harum á quien las circunstancias hacian mas entrometido con el jóven

emir que lo que lo hubiese sido en otra ocasion, tomó la bujía que ardia

sobre la mesa y salió seguido de Yaye.

Al llegar al boqueron se detuvo, y le mostró al jóven.

--Hé aquí por donde he entrado, señor. Por esa mina adelante, pronto muy

pronto, vuestra grandeza verá la luz del sol.

Y siguió por la mina precediendo al jóven emir.

Cuando este se encontró en las habitaciones superiores, cuando vió el

cielo, las nubes, el sol, los árboles, la Alhambra, á lo lejos la alta

cumbre de la Sierra-Nevada, en lontananza y á los pies de la sierra la

extendida vega con sus lejanas montañas azules, respiró como quien se

siente aliviado de un peso enorme.

--¿De qué manera quieres que te recompense el emir? exclamó con alegría

volviéndose á Harum.

--¡Ah, señor! dijo el monfí; me basta con ser vuestro secretario de

confianza en la paz; vuestro escudero en la guerra: á vuestro lado

siempre, porque teneis enemigos, señor; todos los reyes los tienen y mi

única ambicion es serviros de escudo.

--Aunque me has servido algun tiempo no recuerdo de qué tribu eres, dijo

con la gravedad de un rey Yaye.

--De la tribu Zeneta, señor, contestó con orgullo Harum.

--Vienes, pues, de una raza bastante esclarecida, walí, para que puedas

estar continuamente á mi lado, dormir á los piés de mi lecho, y llevar

tu caballo tras el mio en el combate. Te concedo lo que me has pedido.

--¡Ah! ¡señor! ¡magnífico señor! exclamó Harum arrojándose á los piés de

Yaye.

--Alza y escucha: ¿cuántos dias han pasado desde aquel en que yo llegué

á Granada?

--¿Quereis decir, señor, desde el dia en que me mandásteis que siguiese

sin perder de vista á la hermosa morena de los ojos de luz?

--¡Ah! ¡la princesa mejicana! exclamó perturbado bajo aquel recuerdo

Yaye.

--Pues ha pasado un mes, cabalmente desde aquel dia, señor.

--¡Cuántas variaciones en un mes en la vida de un hombre! exclamó el

jóven emir. Y se quedó profundamente pensativo.

--Perdonadme, señor, dijo Harum, si os advierto, que estando en estos

corredores nos pueden ver desde las ventanas y desde el jardin de la

próxima casa de don Diego de Córdoba y de Válor.

--¡Ah! ¡es esa la casa de don Diego de Córdoba! dijo Yaye mirando al

frente: pero de improviso se puso pálido y lanzó una exclamacion desde

el fondo de su alma.

--¡Ah! ¡doña Isabel!

En efecto, la jóven habia atravesado lentamente y con su severo traje de

luto, un corredor de la casa vecina y habia desaparecido.

--¿Vive doña Isabel en la casa de su hermano don Diego? dijo con voz

apagada por la conmocion Yaye.

--Si señor, todos los dias por la mañana la veo sentada en aquel banco

de piedra que hay al pié de aquella enramada de jazmines. Pero

retirémonos de aquí si os place, señor, y si quereis observar la casa de

don Diego, yo os llevaré á un lugar desde donde podais ver sin ser

visto.

Yaye conoció que la observacion de Harum era prudente, y le siguió á un

aposento cercano en el que habia una ventana con celosía y desde donde

se descubria lo mismo que desde el corredor, las dos casas y los dos

huertos del capitan estropeado y de don Diego de Válor.

--¿Acostumbra doña Isabel á dejarse ver? preguntó Yaye.

--Solo por la mañana, señor, y en el lugar que os he marcado.

--¿Has hablado alguna vez con ella?

--Nada me habiais encargado acerca de doña Isabel, señor.

--Es verdad. Y dime: ¿que ha sido de Miguel Lopez?

--Se le cree muerto.

--¿Se sabe quién ha mandado su muerte?

--Creese que sea cosa de don Diego de Válor.

--¡Infame! murmuró Yaye: pero... me han dicho que ha muerto á manos de

unos monfíes.

--Es verdad: segun me ha dicho Dalhy que ha ido dos ó tres veces á la

montaña durante este mes, don Diego sobornó á Reduan, que vivia como

ventero junto á Orgiba y á otros seis: vuestro poderoso y justiciero

padre, señor, mandó ahorcar al dia siguiente á Reduan, y á los otros

seis, en la encina muerta de la Rambla de los Gamos.

--¿De modo que en esta muerte nada ha tenido que ver la justicia de mi

padre?

--Ha sido un asesinato y nada mas.

--¿Y qué se han hecho don Diego y don Fernando de Válor?

--Los tiene presos vuestro padre hasta que vos parezcais.

--¿Y mi buen ayo Ab-del-Gewar?

--Está inconsolable por vuestra pérdida y nos hace revolver la tierra á

mí y á los veinte monfíes que tengo á mis órdenes.

--Pues hasta que yo te lo mande, es necesario que á nadie digais que he

parecido.

--Muy bien, señor.

--A nadie, ¿lo entiendes?

--Si señor.

--Además, es necesario que procures introducirte con la servidumbre de

don Diego de Válor, á fin de que yo pueda hablar con doña Isabel.

--Las tapias son fáciles de escalar, señor... y yo mismo...

--Componte como puedas, pero no cometas ninguna imprudencia.

--¡Oh! en cuanto á imprudencias seria la primera que cometiese: por no

ser imprudente no puedo daros ya noticias positivas acerca de la dama

morena que me mandásteis seguir.

--¡Cómo! ¿sabes donde para?

--Muy cerca de nosotros, ahí, en esa otra casa cuyo huerto linda con el

de don Diego y cuyas celosías estan tan cerradas.

--¿Y no has tenido medio de amparar á esa desdichada?

--Tengo medio de penetrar hasta su habitacion; pero necesitaba proveerme

de cierta herramienta.

--¡Ah! ¡forzar puertas! dijo con repugnancia Yaye: ¡exponerse á pasar

por un ladron!

--La puerta que yo forzaré es tan reservada, como que da á un extremo de

la mina donde está la habitacion en que os han tenido cautivo.

--Pues bien, cuanto antes liberta á esas desdichadas mujeres, pónlas

bajo el amparo de la justicia, devuelve á la jóven la joya y...

--¿Y por qué no habeis de hacer vos todo eso señor? sino me engaño

paréceme haberos oido decir que esa dama es una princesa.

Meditó un tanto Yaye.

--Bien, dijo: tiempo sobrado tendremos de pensar en ello. Por ahora

búscame una casa segura donde pueda vivir sin ser notado: despues trae

una litera cerrada dentro de la cual me trasladaré á mi nueva vivienda,

y sobre todo, Harum, un profundo secreto.

El monfí despues de haber recibido algunas otras instrucciones de Yaye,

salió de la casa murmurando, mientras se alejaba á buen paso:

--El emir es mi señor único y absoluto desde que el noble Yuzuf renunció

en él su poder y su corona. El, solo él, Muley-Yaye-ebn-Al-Hhamar, es

nuestro señor, á quien debemos obedecer ciegamente, so pena de traicion.

¿Pero qué pensará hacer el emir?

Dos horas despues salia una litera cerrada del casuco que habitaba

Harum: aquella litera entró poco despues en una linda casita de la calle

de las Tres Estrellas en el Albaicin.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 26 / 168 题