CAPITULO XI.

Hasta donde habia llegado doña Elvira, arrastrada por su amor á

Yaye.

Harum obraba sin duda hidalgamente y como convenia á un buen vasallo, en

no escuchar lo que su señor hablase; pero el autor comprende que no

estan en el mismo caso sus lectores, y va á introducirlos en aquel

aposento vedado para Harum.

Aquel aposento era el mismo donde don Diego de Válor y su mujer doña

Elvira de Céspedes, habian ocultado á Yaye, á causa del accidente que le

habia producido la noticia del casamiento de doña Isabel.

Desde aquel momento al en que le presentamos de nuevo á nuestros

lectores, habia pasado, como hemos dicho, un mes.

Yaye estaba completamente restablecido y se paseaba lentamente por la

estancia.

Doña Elvira estaba sentada en un sillon, contemplando con ansiedad al

jóven, que estaba hermosísimo.

--¿Con que esa es vuestra postrera resolucion? dijo doña Elvira.

--Mi resolucion decidida, contestó el jóven con acento severo.

Por algunos momentos doña Elvira, á quien pareció contrariar la

respuesta de Yaye, guardó silencio, impaciente é irritada.

--¿No os he dado bastantes pruebas de mi amor, dijo al fin con altivez,

para que consintais en lo que deseo, en lo que ansío... en lo que debia

llenaros de orgullo, porque lo que yo ansío, lo que yo deseo, es ser

vuestra, enteramente vuestra?

--¿Y no lo sois, señora? dijo dominándose Yaye, y procurando dar á su

acento la dulzura del amor, ¿no soy yo vuestro?

--Si, aquí, entre el mas profundo misterio, en las entrañas de la

tierra; cuando nadie mas que yo está á vuestro lado, cuando á nadie veis

mas que á mi. Vos no me amais, Yaye... vos al decirme amores habeis

mentido... si, habeis mentido... vos no amais mas que á vuestra

ambicion... y despues de vuestra ambicion á mi cuñada doña Isabel, á

pesar de que mi cuñada se casó con otro sabiendo que vos la amábais.

Yaye hizo un movimiento como para contestar, pero guardó silencio.

--Si, ella sabia que vos la amábais, y os pospuso á un hombre feroz,

brutal, casi á un bandido... en cambio yo... yo os amo desde que os vi:

cuando por una sucesion de circunstancias extrañas os tuve en mi poder,

cuando yo sola podia veros, yo sola podia hablaros, mi alma se abrió á

la esperanza y á la felicidad... despues vos habeis sabido engañarme,

enloquecerme... me habeis hecho la mas feliz de las mujeres... ¡oh! ¡si!

porque no hay en el mundo una felicidad semejante á la que vos me habeis

hecho probar... ¡pero despues...!

El jóven se acercó á doña Elvira y la asió una mano.

--Escuchad, señora, la dijo: mi corazon os pertenece... es verdad que yo

amaba á vuestra cuñada, ó que creia amarla...

--¡Que creiais amarla! exclamó con ansiedad doña Elvira.

--Si, que crei amarla, porque mi afecto hácia ella mas que amor era

empeño, un empeño como yo los concibo: tenaces, terribles,

voluntariosos... la noticia de su casamiento causó en mí un efecto

inesplicable... porque mi empeño se desvanecia, caia vencido ante el

empeño de una mujer... no recuerdo lo que me aconteció... solo recuerdo

que desperté un dia de un profundo letargo, calenturiento, dolorido,

cansado en el cuerpo y en el alma... miré en torno mio y os vi

anhelante, con las manos cruzadas, mirándome de una manera tal, que aun

no he podido olvidar aquella mirada, hermosa y dulce como la de un

ángel... yo no os conocia... vos tampoco me dijísteis quien érais... yo

no os lo habia preguntado, porque no tenia voluntad mas que para

miraros, ni corazon mas que para sentir vuestra hermosura y vuestra

misericordia: pasábais junto á mi largas horas reclinada sobre mi lecho,

mis manos en vuestras manos, mi mirada en vuestra mirada, confundiéndose

nuestros alientos: llegó un punto en que... nos confundimos en uno; nos

unimos, fuimos un solo ser que sentia una misma felicidad, que se

embriagaba en sí mismo: yo os crei mi ángel, mi espíritu estaba aun

perturbado... nada recordaba... habia vuelto á la vida... á una vida

vigorosa, á una vida nueva... para mí este aposento, donde jamás entra

la luz del dia, era un eden y era un eden por vos. Vos lo sabeis,

señora: no podeis dudarlo: yo enloquecia bajo vuestras miradas, yo

desfallecia de amor con vuestras caricias... ¿ha podido jamás un hombre

pertenecer de una manera mas completa á una mujer?

--¡Ha sido un sueño! ¡un hermoso sueño! dijo doña Elvira, cuyos ojos se

arrasaron de lágrimas, ¡un sueño que no se ha desvanecido sino

haciéndome pedazos el corazon!

--¿Por qué me despertásteis? ¿por qué avivásteis mi memoria que la

enfermedad habia entorpecido? ¿Por qué me dijísteis: tú eres

Yaye-ebn-Al-Hhamar, emir de los monfíes de las Alpujarras?

--¡Ah! ¡la ambicion ha matado en vos al amor!

--No por cierto: el emir, el poderoso emir de los creyentes que luchan

en las montañas de las Alpujarras por el Islam, os hubiera asido de la

mano, os hubiera presentado á los suyos y les hubiese dicho: hé aquí mi

esposa; hé aquí vuestra señora; pero vos no os detuvísteis en vuestras

revelaciones: me dijísteis: yo soy casada, lo que equivalia á decirme:

somos adúlteros.

--¡Ah! exclamó doña Elvira.

--Y no bastaba esto: me dijísteis soy esposa de don Diego de Córdoba y

de Válor, lo que equivalia á decirme: somos infames, porque don Diego de

Córdoba es pariente mio por parte de mi madre, como que mi madre era

hermana del padre de don Diego.

--¿Y qué importan todos los parentescos, todos los vínculos, cuando se

ama como yo os amo?

--Doña Elvira el crímen siempre es el crímen, y no es puro el placer en

el fondo de cuya copa se encuentra el remordimiento: yo soy inocente: el

Altísimo lo sabe: acababa de salir de una enfermedad terrible cuando os

vi á mi lado; me encontraba en una situacion extraña; yo os creia una

hurí enviada por Dios para consolarme, porque yo no os conocia: lo que

ha sucedido entre nosotros ha sido fatal; pero en el momento en que he

conocido que nuestros amores ofendian á Dios y á los hombres, me he

detenido, he vuelto atrás en la senda de la perdicion en que habia

entrado sin saberlo...

--¡Porque no me amais! ¡porque os habeis burlado de mí! exclamó con

violencia doña Elvira.

--No os amo porque no debo amaros, señora; no os amo, porque perteneceis

á otro hombre; porque me habeis engañado...

--¡Porque amais á mi cuñada doña Isabel!

--Para que yo no ame á doña Isabel basta el que sea como vos una mujer

casada.

--¡Oh! si en vez de ser yo quien soy, fuera doña Isabel, no reparariais

tanto en ofender á Dios y á los hombres, exclamó con despecho doña

Elvira... y luego... ¡si doña Isabel fuese viuda... viuda y...

vírgen...!

Yaye, á pesar del dominio que tenia sobre sí mismo, palideció de una

manera marcada.

--¡Oh! ¡si! ¡la amais! ¡la amais! exclamó con rabia doña Elvira, notando

la conmocion de Yaye, la amais y me despreciais por ella... ¡pues bien!

¡sabedlo...! ¡os lo voy á revelar todo...! apenas Miguel Lopez habia

entrado en nuestra casa de vuelta de la ceremonia... mi esposo, no sé

por qué, le llevó consigo, sin darle ni aun tiempo de despedirse de doña

Isabel: Miguel Lopez, mi esposo, mi cuñado don Fernando y cuatro

lacayos, partieron para las Alpujarras: al dia siguiente volvieron los

lacayos trayendo la noticia de que Miguel Lopez habia sido asesinado por

los monfíes y que mi esposo y mi cuñado habian desaparecido.

--¡Asesinado Miguel Lopez por los monfíes! exclamó Yaye, en cuya

imaginacion surgió una sospecha: ¿y se ha confirmado esa muerte?

--Mi cuñada, vuestra hermosa doña Isabel, lleva luto por ella... ¡y está

tan hermosa con su luto...!

--¡Asesinado Miguel Lopez por los monfíes! repitió profundamente Yaye.

--¡Oh! ¡ya se ve! existia un antiguo contrato entre vuestro padre y el

padre de mi esposo; segun él, vos y doña Isabel debiais uniros para

salvar ciertos intereses encontrados: no sé por qué, obligado acaso por

la fatalidad, mi esposo entregó su hermana á Miguel Lopez... pero

llegásteis vos... os encerrásteis con mi esposo... yo escuché vuestra

conversación... y Miguel Lopez fue sentenciado...

--Os juro que yo no he tenido parte alguna, ni aun con la voluntad, en

ese asesinato.

--Si, si: bien sé que el único autor de ese delito es don Diego de

Córdoba, mi esposo, pero sé tambien que su delito es inútil, porque no

os casareis con doña Isabel, os lo juro.

--Ya os he dicho, continuó dominándose Yaye, que en el momento en que

doña Isabel ha pertenecido á otro hombre he dejado de amarla.

--Es que doña Isabel no ha pertenecido á nadie, exclamó con una

malignidad indescribible doña Elvira, ni aun á su hermoso Yaye, á quien

ama con toda su alma... me habeis llamado adúltera porque el amor me ha

arrojado en vuestros brazos: ¿y creeis que no seria tambien adúltera

doña Isabel, vuestra virtuosa doña Isabel, si vos la hacias oir una sola

palabra de desesperacion..? ¡oh! ¡las mujeres cuando amamos no reparamos

en nada...! ¡el amor ha sido creado por Dios para que le sienta única y

exclusivamente la mujer!

Yaye se contenia visiblemente: notábase, á pesar de su profunda reserva,

no solo que no amaba á doña Elvira, sino que le inspiraba aversion.

Doña Elvira aspiraba perfectamente el sentimiento que se filtraba, por

decirlo asi, del semblante del jóven, le comprendia y se irritaba.

--Mi casamiento, dijo fue el resultado de una apuesta, y he sido muy

desgraciada: yo amaba á mi esposo y á fuerza de humillaciones he llegado

á aborrecerle: yo debia vengarme de él tarde ó temprano; pero no he sido

una mujer impura que se prostituye solamente por venganza: era necesario

que mi corazon al vengarse aspirase otro amor... os ví... os amé, os he

amado largo tiempo en silencio... y al fin... por casualidad, mi mismo

esposo os puso en mis manos: he velado junto á vos anhelante, viendoos

entre la muerte y la vida y despues de haberos salvado me he creido

amada y vengada de las injurias que como mujer debia á mi esposo... vos

me despreciais ahora Yaye... pues bien yo me vengaré... os juro que

sereis mi esclavo, que no volvereis á ver la luz del sol.

--La pasion, una pasion que no comprendo bien os extravía, señora, dijo

Yaye con una profunda calma: vos no teneis ningun derecho para privar á

un hombre de su libertad.

--Si, si, es verdad: yo debo dejaros libre para que corrais á arrojaros

á los piés de doña Isabel, para que podais decirla, ¡eres viuda...! ¡sé

mi esposa...! ¡y yo entre tanto... deshonrada...! ¡perdida...! ¿que

creeis que seria de mí si durante una larga ausencia de mi esposo diese

á luz un hijo?

Yaye se estremeció.

--Y estoy segura... ¡oh! ¡si! ¡os amo tanto! ¡he sido tan feliz! ¡oh

Dios mio! ¡Dios mio! al menos aunque él me desprecie... si me queda una

prenda de su amor, seré feliz... muy feliz... y esa felicidad... de

seguro me la ha concedido Dios.

--Dios no querrá que vuestra insensata pasion os haya llevado á tal

punto señora. Dios no querrá que tengais un doble remordimiento... por

el esposo y por el hijo: en cuanto á mí soy inocente, bien lo sabeis; si

fuerais libre os haria mi esposa, os lo repito os lo juro.

--¿Me haríais vuestra esposa si yo fuese libre? observó acentuando cada

una de estas palabras doña Elvira.

--Cuidad lo que haceis, señora, dijo Yaye.

--¡Qué! dijo doña Elvira con sarcasmo; ¿creeis que yo seria capaz de

matar á mi marido por ser vuestra?

--Os lo confieso, aunque me cuesta violencia el confesároslo: os creo

capaz de todo.

--Pues bien, dijo con una calma glacial doña Elvira: esperadlo todo de

mí. Todo, hasta la venganza.

--Habeis elegido muy mal camino, señora, dijo Yaye con acento frio: ya

os lo he dicho antes de ahora: sois impotente contra mí: os he suplicado

que me pongais en libertad, que me dejeis volver entre los mios, y os

habeis negado á ello á pretexto de que no volveria á veros. En efecto,

una vez fuera de esta prision en que la casualidad me ha arrojado, no

volveriais á verme sino por otra casualidad..... porque el deber me

manda apartarme de vos. Jamás hubiera yo incurrido en el crímen que

hemos consumado, sino en un estado casi de insensatez, en un estado en

el cual no pertenecen al hombre sus acciones.

--¡Es decir, que teneis remordimiento de haberme poseido! exclamó con

una soberana altivez doña Elvira.

--Sí, respondió con firmeza Yaye, hasta el punto que puedo tenerlos,

porque os lo repito, mis actos, acabado de salir de una enfermedad

terrible que habia afectado mi razon, no son mios: son los actos de un

insensato..... pero no insistiendo mas en esto os intimo por última vez

para que me dejeis en libertad de ir á donde me convenga, puesto que

ningun derecho teneis para retenerme á vuestro lado.

--¡Jamás! exclamó doña Elvira.

--Pues bien, señora, dijo Yaye adelantando hácia doña Elvira, que

retrocedió hácia la puerta; por mas que me cause repugnancia el ejercer

con vos una violencia, hareme yo mismo libre, sobrevenga el escándalo

que quiera.

Y adelantó aun mas hácia doña Elvira.

--¡Ah! ¡no!... exclamó esta: vos sereis caballero... vos no querreis

emplear la fuerza contra una dama.

Yaye se detuvo á esta invocacion á su honor.

--Solo os suplico, dijo doña Elvira que mediteis en mi amor, en mi

desesperacion: ¡sino os volviera á ver..! ¡qué! ¿tanto os costaria, sino

podeis ser mi amante, ser mi amigo?

--¿Me jurais, señora, sacarme de aquí?

--Os lo juro.

--Pues bien: cumplid vuestro juramento.

En aquel punto doña Elvira que gradualmente se habia acercado á la

puerta, la ganó de un salto, y antes de que Yaye pudiera evitarlo la

cerró, corriendo los cerrojos.

--Sí, sí, dijo doña Elvira desde detrás de la puerta: tú saldrás de aquí

Yaye, pero muerto de hambre, ó entregado enteramente á mi: yo te lo

juro.

Y se alejó lanzando una insensata carcajada que retumbó en la mina.

Luego se escucharon por algun tiempo sus pasos precipitados; despues

todo quedó envuelto en el mas profundo silencio.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 25 / 168 题