Del encuentro que tuvieron en el camino antes de llegar á Granada
nuestros caminantes.
Cuando se lleva prisa se camina mucho, y devorado Yaye por la
incertidumbre, hacia galopar con ardor su caballo sin cuidarse de si
reventaria ó no. Abd-el-Gewar le seguia como si los años no hubieran
amenguado en nada su virilidad, y seguianle asi mismo Harum y los veinte
monfíes.
Tanto y tanto picaron que á las seis de la mañana llegaron á Lanjaron.
Pero los caballos iban cubiertos de espuma, ensangrentados los hijares,
rendidos; era preciso renovarlos si se habia de llegar á Granada con la
misma rapidez que se habia llegado á Lanjaron, y para renovarlos era
preciso detenerse.
Parecerá extraño que en una pequeña villa se pretendiese renovar veinte
y tres caballos; pero dejará de existir la extrañeza cuando se sepa, que
los caballos con que se contaba estaban ya preparados en unas
quebraduras cercanas á Lanjaron, por un aviso anterior. Los monfíes
ocupaban enteramente las Alpujarras y tenian recursos dentro de ellas en
todas partes.
Abd-el-Gewar fue de opinion que mientras uno de los monfíes iba á ver si
los caballos de refresco estaban preparados, entrasen en un meson á la
entrada del pueblo y descansasen y tomasen algun alimento.
Yaye bien hubiera querido seguir, pero doblegándose á la necesidad, se
encaminó á la villa y se entró por el ancho portal de un meson, dando
una alegria indecible al mesonero que se prometia una excelente ganancia
con la permanencia de tantos huéspedes, aunque no fuese mas que por
algunas horas en su casa.
Acomodáronse Yaye y Abd-el-Gewar en un aposento á teja vana, en el fondo
de un corredor descubierto, Harum el Geniz y los monfíes en la cocina, y
los cansados caballos en las cuadras, mientras uno de los monfíes, salia
en demanda de los caballos de refresco.
Entre tanto el posadero sirvió una liebre á los amos y un guiso de
abadejo á los monfíes.
Todos, á pesar de ser moros, bebian vino, porque este sacrificio entraba
en las necesidades de su disfraz.
Solo Yaye no comió ni bebió, y lleno de impaciencia habia salido á los
corredores á esperar la vuelta del monfí que habia ido á buscar los
caballos, mientras Abd-el-Gewar comia lentamente dentro del aposento su
guiso de liebre con la mejor buena fe del mundo.
El dia estaba despejado, y un sol tibio y brillante iluminaba de lleno
los corredores: Yaye se puso á pasear á lo largo de ellos.
Sus anchas espuelas producian un ruido sumamente sonoro, al que se unia
el de su espada que, pendiente de un cinturon de dobles tirantes,
arrastraba por el pavimento terrizo.
Por este ruido su presencia fue notado por el huésped, ó, mejor dicho,
por la huéspeda de un aposento situado en el comedio del corredor.
Decimos huéspeda, porque á los pocos pasos que dió Yaye, se abrieron las
maderas de una reja situada junto á la puerta de aquel aposento, y
apareció en ella una cabeza de mujer.
Pero una cabeza característica. Un tipo evidentemente extranjero, pero
enérgicamente hermoso.
Esta mujer, ó mejor dicho, esta jóven, porque á lo mas podria tener
veinte años, era densamente morena, pero con un moreno límpido,
encendido, brillante: sus ojos eran negros, de mirada fija, de gran
tamaño, y llenos de vida y de energía, pero de una energía casi salvaje:
bajo una toquilla blanca se descubrian sus cabellos, abundantísimos,
rizados, negros, hasta llegar á ese intenso tono del negro que produce
reflejos azulados: tenia la nariz un tanto aguileña, la boca de labios
gruesos pero bellos, y el semblante ovalado, el cuello esbelto y
mórvido, anchos los hombros y alto el seno.
Esta mujer miraba con suma fijeza, y con una fijeza que podriamos llamar
solemne, á Yaye que con la cabeza inclinada sobre el pecho, las manos
metidas en los bolsillos de sus gregüescos, y profundamente pensativo,
seguia paseándose sin reparar en la desconocida, y si alguna vez miraba,
no era hácia la parte de adentro, sino hácia la de afuera, al portal del
meson.
La desconocida no dejaba de mirarle con un interés marcado, en que sin
embargo no habia esa expresion de la mujer que mira á un hombre que la
agrada: á pesar de esto concebiase que la desconocida queria ser mirada,
y no solo mirada, sino admirada; deseaba en una palabra, á todas luces,
interesar á Yaye, puesto que se aliñó un tanto los rizados cabellos, se
colocó en el centro del pecho una preciosa cruz de oro, que pendia de un
hilo de gruesas perlas de su cuello, y apoyó lánguidamente la cabeza en
su mano derecha, cuyo desnudo y magnífico brazo se apoyaba en el
alfeizar de la reja.
Sin embargo, abismado en sus pensamientos, Yaye no la vió.
Notóse una lucha interna en el semblante de la jóven, y por tres veces
sus mejillas se pusieron excesivamente encendidas, señal clara de que
luchaba entre el deseo de hacerse ver por el jóven, y la vergüenza de
provocar su atencion.
Al fin con la voz temblorosa, con el semblante encendido y la mirada
insegura, dijo á media voz:
--¡Caballero! ¡noble caballero!
La voz de la jóven era sonora, grave, dulce; pero en medio de su
dulzura, que tenia mucho de la dulzura y de la languidez del acento
andaluz, se notaba por su pronunciacion que era extranjera.
Ese no sé qué misterioso que hay en el timbre de la voz de algunas
mujeres, que acaricia, que halaga, que suplica, que manda á un tiempo,
hizo extremecer con un movimiento nervioso á Yaye, que se volvió.
--¿Me habeis llamado, señora? dijo Yaye, mirando á la jóven con la
fijeza del asombro que causa en nosotros la vista de una mujer
poderosamente bella, por mas que estemos enamorados de otra.
La extranjera comprendió que habia logrado admirar á Yaye, y se sonrió
de una manera tentadora.
Yaye, á pesar del recuerdo de Isabel, sintió una dulce sensacion al
notar la sonrisa de la desconocida.
--Sí, os he llamado, dijo esta; y como tengo muy poco tiempo para
hablaros, quiero que no extrañeis mis palabras, que, si Dios quiere, os
explicaré en otra ocasion. ¿Vais á Granada?
--A Granada voy.
--¿Cómo os llamais?
--Juan de Andrade.
--¿Sereis tan generoso que querais amparar á dos mujeres desgraciadas?
--¡Oh! para amparar á una mujer, no es necesario ser generoso.
--Pues bien: cuando esteis en Granada, procurad conocer al capitan
Alvaro de Sedeño.
--¿Y para qué?...
--Somos víctimas de la brutalidad de ese hombre, mi madre y yo: mi honor
peligra en su poder... prometedme que nos defendereis, caballero, que
nos salvareis... hacedlo... y si lo quereis, seré vuestra esclava.
--Os prometo hacer por vos cuanto pueda, contestó conmovido Yaye.
--Y yo os creo, porque en la mirada de vuestros ojos se nota que sois un
hombre de corazon y de virtud...
--¿Alvaro de Sedeño habeis dicho?
--Sí.
--¿Capitan de los tercios del rey?
--Sí, capitan de infanteria española, de los que fueron á Méjico.
--¿Sois mejicana?
--Soy hija del rey del desierto, del valiente Calpuc.
--¡Hija de una raza subyugada, esclavizada, infeliz! murmuró Yaye.
--Para salvarme de ese hombre, necesitareis no solo valor, sino oro.
Tomad, y adios. No me olvideis.
Y la mejicana dejó caer en las manos de Yaye un magnífico ceñidor de
perlas de inmenso valor, despues de lo cual cerró la ventana.
Yaye miró por un momento aquel largo y pesado ceñidor que ademas estaba
enriquecido en su broche con gruesa pedreria, y le guardó despues en su
limosnera.
--Si Isabel no se ha casado, dijo, seré feliz, y justo es que los que
somos felices, no nos olvidemos de los desgraciados: si se ha casado, si
no puede ser mia, ¡oh! entonces... necesitaré matar á alguien, y me
vendrá bien castigar á un infame... ¡el capitan Alvaro de Sedeño...!
¡algun aventurero rapaz... sin corazon...! ¡dos esclavas...! ¡madre é
hija...! ¡la esposa y la hija de un rey...! ¡infelices...! y luego...
luego es necesario devolverla esta joya... debemos procurar no
parecernos á los aventureros castellanos.
Acaso Yaye no se hubiera mostrado tan propicio para proteger á un
hombre.
Por lo que vemos, Yaye estaba muy expuesto á engañarse acerca del
verdadero móvil de su caridad para con las mujeres.
Lo cierto es que, á pesar de Isabel, los ojos de la princesa mejicana,
tan extrañamente encontradas en un meson de las Alpujarras, le habian
impresionado.
Lo cierto es que, á pesar de su indudable y ardiente amor por Isabel, no
podia desechar el recuerdo de la encendida mirada de la extranjera.
Yaye era un ser digno de lástima.
Bajó en dos saltos la escalera, atravesó el corral, y entró en el
zaguan.
--¡Harum! dijo, llamando.
--¿Qué me mandais, señor? dijo Harum, acercándose á Yaye sombrero en
mano.
--Sígueme.
Harum siguió á Yaye que le llevó al corral, y cuando no podian ser
vistos de nadie, le dijo:
--¿Ves aquel aposento que tiene junto á la puerta una reja?
--Sí señor.
--Allí moran dos mujeres: no conozco mas que á una de ellas: es morena,
jóven, con los ojos negros y los cabellos rizados: ademas con ellas anda
un capitan castellano. Quédate en el meson, y sin que nadie pueda
reparar en ello, observa á esa gente, síguela: ve dónde para, no pierdas
ni un solo momento de vista á esas damas: si es necesario protegerlas,
protégelas.
--¿Hasta matar?...
--Hasta matar ó morir.
--Muy bien, señor.
--Cuando lleguen á Granada, observa en qué casa habitan.
--Lo observaré.
--Y me avisas.
--Os avisaré.
--Toma para lo que le se pueda ocurrir.
Y le dió algunas monedas de oro que Harum se guardó de la manera mas
indiferente del mundo.
--Vete.
Harum se volvió al corro de los monfíes.
En aquel momento un hombre apareció en la puerta del meson.
Este hombre tenia un aspecto extraño: era alto, como de cuarenta años,
de color cetrino, de semblante que debió ser bello algun dia, pero de
líneas duramente rígidas: llevaba un ojo cubierto con una venda negra, y
el otro ojo miraba con una fijeza, con una audacia que ofendian: en la
mejilla izquierda tenia marcada una ancha cicatriz que replegaba su
boca, haciéndola sesgada: por cima de su valona se veia un cuello moreno
y musculoso, medio cubierto por una barba negra; por último, le faltaban
el brazo izquierdo y la pierna derecha. El primero estaba representado
por una manga de jubon de terciopelo verde, con forros blancos y
bordaduras de oro, doblada y sujeta por un extremo á un herrete de su
coleto de ámbar; en vez de la segunda llevaba una pierna de palo: sin
embargo de estar tan horriblemente mutilado y estropeado este hombre,
vestia un uniforme completo de capitan de infanteria, y aunque al
parecer no podía montar á caballo, llevaba calzada en la pierna
izquierda una bota alta de gamuza, armada con una espuela de plata:
apoyábase en un largo y fuerte baston, llevaba pendiente del costado una
descomunal espada, y se advertia que era fuerte, valiente, diestro,
temible, y sobre todo duramente provocador é insolente.
Este hombre habia salido de un carro tirado por mulas, que se habia
detenido á la puerta del meson: en la delantera del carro se veia un
mayoral alegre y zaino, y asido de la mula delantera un zagal robusto, y
á caballo junto al carro un soldado viejo y armado á la gineta.
Este hombre, pues, por la riqueza de su atavio y por su servidumbre
parecia rico, por su trage capitan, por su apostura valiente.
Yaye observó todo esto con una sola mirada, y se dijo:
--Este hombre debe ser el capitan Alvaro de Sedeño.
Sin saber por qué, la sola presencia de este hombre provocó su odio, su
cólera, y un ardiente deseo en su corazón de cerrar con él á estocadas.
Y no era ciertamente porque le hubiese predispuesto á ello la breve
conversacion que habia tenido con la extranjera; aunque nadie le hubiese
hablado anteriormente de aquel hombre, le hubiera sido igualmente
antipático.
Por su parte el capitan nada habia hecho para desvanecer, siquiera fuese
con una conducta atenta, la mala impresion que debían necesariamente
causar su semblante avieso, su media mirada insolente y su extraño
estropeamiento: habia lanzado una ojeada altiva y casi impertinente á
los monfíes, habia pasado con altanería, casi con desprecio y sin
saludar, por delante de Yaye, y habia atravesado el corral con mas
ligereza que la que parecia permitirle su pata de palo, entrándose por
las escaleras; poco despues le vió aparecer Yaye en los corredores, á
tiempo que Abd-el-Gewar salia de su aposento.
Entonces notó Yaye una cosa extraña. Abd-el-Gewar se detuvo y se puso
pálido; el desconocido se detuvo tambien, irguió la cabeza, miró de una
manera altiva al anciano, y despues se quitó la toquilla, le saludó, y
pasó: Abd-el-Gewar se inclinó ligeramente, y se encamino á las
escaleras, y el desconocido llegó á la puerta del aposento donde estaba
la extranjera, se puso el baston bajo el brazo derecho, sacó una llave,
abrió la puerta, entró, y cerró.
Poco despues Abd-el-Gewar, preocupado y pálido aun, estaba en la puerta
del corral junto á Yaye.
--¿Conoceis á ese caballero? le dijo el jóven: os habeis conmovido al
verle, y él os ha reconocido, y os ha saludado.
--Si, si por cierto: es él.
--¿Y quién es él?
--Es el señor Alvaro de Sedeño, antiguo y valiente soldado de los
tercios del rey... y uno de los mejores servidores de tu padre.
--¡Ah! ¡es monfí!
--Lo ignoro; es un secreto que tu padre jamás me ha revelado.
--¿Pero donde habeis vos conocido á ese hombre?
--Muchas veces le he visto al lado de tu padre y hablando con él
familiarmente en la montaña.
--Y sabiendo que ese hombre sirve á mi padre, ¿por qué palidecísteis á
su vista?
--Es que ese hombre, no sé por qué, desde que le vi, me causó
repugnancia, aversion, temor...
--Lo mismo me ha sucedido á mí, cuando hace un momento le he visto por
primera vez.
--Me parece ese hombre fatal, dijo distraidamente Abd-el-Gewar, pero
aqui viene Hamet; sin duda nos esperan ya nuestras cabalgaduras.... es
necesario partir.
En efecto, un monfí jóven y gallardo entraba en aquel momento en el
meson y se dirigió al lugar donde estaban el jóven y el anciano.
--Los caballos esperan, dijo descubriéndose, en la rambla del río cerca
de Tablate.
--¿Enjaezados como conviene? dijo Yaye.
--No ha sido posible, pero se les pondrán los arneses de los que
dejemos.
--¡Otra detencion mas! dijo suspirando Yaye, en quien habia vuelto á
recobrar todo su influjo el recuerdo de Isabel.
--Por lo mismo, dijo Abd-el-Gewar, es necesario detenernos aqui lo menos
posible: paga al mesonero, Hamet, y que saquen los caballos.
Mientras esto se hacia, Yaye, que á pesar del recuerdo de Isabel no
dejaba de tiempo en tiempo de lanzar una mirada al aposento donde se
encontraba la princesa mejicana, vió que aquel aposento se abria y que
salian de él primero dos mujeres, cuidadosamente envueltas en largos
mantos negros, tras ellas dos criadas y despues el estropeado:
atravesaron el corredor, bajaron las escaleras y pasaron junto á Yaye y
Abd-el-Gewar: delante iba el capitan: saludó fria y ceremoniosamente á
los dos, y cuando pasaron las mujeres, Yaye creyó notar que la mas
esbelta de las encubiertas le dirigia un leve movimiento de cabeza, y
que la otra encubierta, cuyo paso era menos ligero, le miraba á través
de su manto con ansiedad.
Nada pudo notar el capitan. Cuando llegaron al carro, el zagal apoyó una
pequeña escala contra la delantera y las dos mujeres y las criadas
entraron y se ocultaron bajo la cubierta; despues subió el capitan, y
antes de desaparecer saludó de nuevo, pero de una manera que tenia mucho
de insolente, á Yaye y Abd-el-Gewar.
Despues de esto el carro echó á andar á buen paso.
Apenas se habia separado el carro de la puerta del meson, cuando
Harum-el-Geniz se dirigió gentilmente á la salida del meson.
--¡Eh! ¿á donde vais, Pedroz? le preguntó con imperio Abd-el-Gewar.
--El señor me ha ordenado... dijo Harum deteniéndose y señalando á Yaye.
--Va á un asunto mio, dijo el jóven, dejadle ir.
Y el monfí, en vista de un ademan del jóven, siguió su camino.
Sigámosle.
El carro descendia con lentitud, por el pendiente camino que conduce al
puente de Tablate desde Lanjaron. El monfí, en vez de seguir
ostensiblemente tras el carro, rodeó por las tapias del pueblo, se
perdió entre los olivares y echándose la espada al hombro, y despues de
haberse quitado las espuelas, que le embarazaban, empezó á andar con una
rapidez maravillosa. Muy pronto estuvo entre quebraduras y despues de
haber flanqueado la montaña por espacio de una hora, se encontró
marchando sobre las crestas de los montes á cuya falda se extiende el
camino de las Alpujarras á Granada.
El carro del estropeado y el soldado que le escoltaban se veian á lo
lejos: muy pronto una nube de polvo apareció por un recodo del camino, y
un grupo de ginetes adelantó á la carrera, alcanzó el carro, pasó
adelante y se perdió en otro recodo: eran Yaye, Abd-el-Gewar y los
veinte monfíes.
Harum, que se habia quedado á pié para cumplir el encargo de Yaye, y que
ciertamente atendidas su robustez, su agilidad y lo pujante de su marcha
no necesitaba caballo para llegar desde aquel punto y en poco tiempo á
Granada, se detuvo, y sacando un silbato de hierro de su bolsillo, le
hizo lanzar por tres veces un largo y poderoso silbido.
Al poco espacio salieron de las breñas cercanas y con poco intervalo de
una á otra aparicion, tres monfíes con su trage característico de
montaña y con fuertes ballestas.
--Que el señor Altísimo y único sea con vosotros, dijo Harum.
--Allah te guarde walí[7], dijo uno de ellos, ¿qué nos quieres?
--Lo que voy á deciros os lo dice por mi boca el magnífico emir de las
Alpujarras.
Los tres monfíes hicieron una zalá ó saludo á la usanza mora.
--Estamos dispuestos á obedecer, dijo el que hasta entonces habia
hablado.
--¿Veis allá á lo lejos en el camino un carro?
--Le vemos.
--Pues bien, es necesario no perder de vista ese carro.
--¡Lleva oro! exclamó con la alegría de un bandido que presiente una
presa otro de los monfíes.
--No, repuso Harum, en aquel carro van dos damas cubiertas con mantos,
un soldado castellano, tuerto, manco y cojo, y dos criadas.
--¡Ah!
--Tú eres un gamo y un lobo, hijo, dijo Harum dirigiéndose al que habia
hablado primero. Parte á cuanto andar puedas, y haz que de uno en otro
puesto de la montaña no falten diez de los nuestros, que no pierdan un
solo momento de vista ese carro. Si se detiene, si las damas que van en
él corren algun peligro, defendedlas.
--Muy bien.
--Que cuando yo llegue á la puerta del Rastro de Granada, que será esta
tarde, sepa si ha llegado ó no el carro, y si ha llegado, en qué casa
han parado el soldado y las dos damas.
--Muy bien.
--Ea, pues, tú, Zeiri, piés á la montaña. Vosotros seguidme.
Unos y otros se perdieron muy pronto entre las ásperas cortaduras.
* * * * *
A las siete de la mañana habian salido Yaye, Abd-el-Gewar y los veinte
monfíes del meson de Lanjaron; á las once del dia Yaye y Abd-el-Gewar á
caballo y solos, atravesaban la plaza larga del Albaicin de Granada.