CAPITULO IV.

Lo que eran los monfíes.--Yuzuf cuenta su historia á Yaye.

Ya era la media noche.

Yuzuf Al-Hhamar, se ocupaba en recorrer el alcázar mostrándole á su

hijo. Yaye se habia admirado mas de una vez y sucesivamente se admiraba

mas y mas.

Todo lo que le habia acontecido desde el dia anterior era

extraordinario; habia momentos en que se creia entregado á un sueño; á

uno de esos sueños que nos llevan de prodigio en prodigio á un punto

tal, en que ya demasiado violentada nuestra fantasía nos obliga á

despertar.

Yaye habia alentado mas de una vez ambiciosas aspiraciones; muchas veces

al contemplar al pueblo moro tan abatido, tan abyecto, tan tiranizado

por los cristianos, habia pensado en que tarde ó temprano aquel pueblo

preferiría la muerte al sufrimiento cruel, lento, continuo, y se

sublevaría; siempre pensando en una sublevacion de los moriscos, habia

pensando en hacerse su caudillo á fuerza de valor y de sacrificios; su

valiente fantasía habia pensado en el triunfo: ¿qué oprimido no sueña

alguna vez en vencer á sus opresores? y despues del triunfo habia soñado

en una corona.

Aquella corona se le habia venido á las manos de una manera

extraordinaria, antes de la insurreccion y del triunfo. Yaye, preparado

ya por el conocimiento de su alto origen y por sus pensamientos

ambiciosos, habia sostenido sin encogimiento, y como lo hubiera hecho un

príncipe heredero, educado al lado de su padre en su misma córte, el

alto papel que habia desempeñado en la abdicacion de Yuzuf.

Es cierto que Yaye conocia á Yuzuf; le habia visto desde su infancia

todos los años en la estacion de los calores en Granada, pero á pesar de

que Yuzuf le habia tratado siempre con el cariño y la tierna solicitud

de un padre, Yaye no habia visto en él mas que un anciano amigo de su

venerable ayo Abd-el-Gewar; nunca habia llegado á concebir que aquel

viejo de larga barba blanca, de semblante pálido y melancólico, de ojos

negros y hermosos, dulces, cuando miraban á Yaye, bravíos y

terriblemente feroces, cuando se lamentaba en presencia del jóven de las

desgracias de la patria, nunca habia pensado Yaye, repetimos, que Yuzuf

fuese su padre, y mucho menos que sobre aquella cabeza encanecida por

los años y por las desgracias se asentase una corona.

Sin embargo, habia llegado el dia en que Yaye supiese que Yuzuf era su

padre, y á mas de su padre rey de los monfíes.

¿Y qué eran los monfíes? ¿Salteadores como parecia indicarlo su nombre,

ó soldados valientes é indomables de un pueblo vencido que sostenian aun

con un teson incansable la bandera del Islam?

Para contestar á esta pregunta que suponemos nos haran nuestros

lectores, necesitamos remontarnos á la conquista de Granada.

* * * * *

En el año de 1492 los reyes de Castilla y de Aragon doña Isabel y don

Fernando, terminaron con la conquista de Granada, la tenaz guerra de

restauracion contra los árabes, empezada por don Pelayo en Covadonga, y

sostenida durante siete siglos por los condes soberanos, los reyes y los

señores de España, á vueltas de sangrientas disensiones intestinas;

habian puesto al fin el sello á su poder y á su grandeza, constituyendo

un solo reino de los diferentes Estados de España, y añadiendo á su

corona por fuerza de armas el reino moro de Granada, por cuya conquista

el papa Alejandro VI los denominó por excelencia los Reyes Católicos;

eran al fin señores de aquel último refugio de los restos del gigantesco

imperio fundado por Tarik y sostenido con tanta gloria por los califas

Omniades.

Ya desde las columnas de Hércules hasta las fronteras de Portugal, por

una parte, y por otra, hasta los ásperos Pirineos, resonaba la voz de un

solo señor, y la salmodia de un solo rito; la unidad religiosa y la

refundicion de tantos reinos en una sola corona, eran un hecho consumado

con la conquista de Granada y con la existencia de un descendiente de

los Reyes Católicos.

Las pretensiones de la Beltraneja, de aquella desgraciada princesa, cuya

legitimidad y cuyos derechos á la corona de Castilla son aun un

misterio, habian muerto en la batalla de Toro, y doña Juana la

Beltraneja, la _excelente señora_, como la llaman las crónicas

portuguesas, se habia separado del mundo tomando el velo de esposa del

Señor, en el convento de Santa Clara de Coimbra. Ningun obstáculo

existia ya delante del astro esplendoroso de los Reyes Católicos, y como

si esto no bastase, un hombre oscuro, un pobre piloto genovés, Cristóval

Colon, habia arrojado á sus plantas el imperio de un nuevo mundo, que

habian ocultado hasta entonces los mares de Occidente. Las naciones mas

poderosas miraban con espanto el poder de los Católicos monarcas; la

victoria reposaba cansada sobre sus pendones, y una extensa y pacífica

monarquía era el sólido fundamento de su poder y de su grandeza.

Sin embargo, á veces en el corazon de un robusto cedro vive un insecto

roedor é incansable que no se ve, que no se adivina, pero que trabaja en

silencio, que adelanta en su afanosa tarea y que logra acaso atacar la

vitalidad del robusto tronco que le contiene.

Tambien bajo el esplendoroso manto de victoria de los Reyes Católicos se

ocultaba una carcoma activa y roedora, un elemento hostil, pertinaz,

bravío, incansable; una raza vencida, pero malcontenta con el yugo,

ansiosa de sacudirlo: esta raza era el pueblo moro, á quien se habia

concedido una capitulacion honrosa, á quien se habia conservado el

derecho de la pacífica posesion de sus propiedades, de la práctica de su

religion, de su idioma, de sus leyes, de sus costumbres, á la manera que

Tarik y Muza habian dejado siete siglos antes á los godos y solariegos

vencidos, iguales derechos y franquicias.

Pero si los árabes habian respetado religiosamente sus pactos con los

españoles subyugados, no habia sucedido lo mismo (rubor causa

confesarlo) respecto á las estipulaciones concluidas entre los

vencedores reyes de Castilla y Aragon, y el vencido rey de Granada. El

fanatismo cristiano fue para con los moros infinitamente mas intolerante

que lo habia sido el fanatismo musulman con los solariegos; los Reyes

Católicos, dominados por sus confesores, pertenecientes al clero mas

feroz de que puede encontrarse ejemplo en la historia, empezaron muy

pronto á faltar á los solemnes tratados concluidos con el rey moro de

Granada. Ya, poco despues de la conquista, (30 de marzo de 1492) habian

expedido un decreto de expulsion contra los judíos, decreto que arrojó

de Granada y del reino, cincuenta mil familias industriosas y opulentas;

los moriscos miraron esta medida tomada contra los judíos con un

profundo recelo; no podia ocultárseles que tras la expulsion de los

judíos, se pensaria en expulsarlos á ellos mismos, ó lo que era peor, de

reducirlos por fuerza á una religion extraña, á usos, á costumbres

enteramente opuestas á las suyas; el tremendo tribunal de la

Inquisicion, creado poco tiempo antes, se habia establecido en Granada;

los frailes cristianos se habian atrevido á penetrar en sus mezquitas,

para predicarles la religion del Crucificado, y como estas misiones no

habian producido conversion alguna, empezaron las mas odiosas

persecuciones; las mezquitas fueron ocupadas por el vencedor, con

abierta infraccion de las capitulaciones, y convertidas en iglesias; se

pretendió obligar á que volviesen al cristianismo los descendientes de

cristianos que habian abrazado el mahometismo, gentes que se conocian

entre los moros con el nombre de _elches_, y estos se negaron

enérgicamente, apoyándose en las capitulaciones de la conquista, á pesar

de las cuales fueron perseguidos y obligados.

Por consecuencia el Albaicin se sublevó en masa, y fue necesario que el

conde de Tendilla, capitan general á la sazon del reino y costa de

Granada, apelase á la fuerza y á la artillería; los principales de los

sublevados fueron duramente castigados á sangre, y los moriscos,

aterrados por el castigo, doblaron la cerviz y aparentaron una sumision

que no sentian; esto en cuanto á los moriscos de Granada y de las aldeas

de la vega, que en cuanto á los de las Alpujarras, gente indómita y

brabía, se alzaron de una manera imponente, degollaron á los cristianos

que hubieron á las manos, se apoderaron de las fortalezas y se

declararon en abierta rebelion.

Fue necesario que el mismo don Fernando el Católico acudiese á cortar

aquel incendio; logrólo no sin trabajo; entregáronle los moriscos gran

número de rehenes y se obligaron á pagar á la corona en el término de

dos años cincuenta mil ducados, dejándose bautizar por añadidura; pero

al mismo tiempo que se sofocaba la rebelion en las Alpujarras, brotaba

otra en la Serrania de Ronda y se extendia rápidamente á Sierra Bermeja.

Aquella sublevacion costó la vida á uno de los primeros capitanes de los

Reyes Católicos: á don Alonso de Aguilar, hermano mayor del Gran Capitan

Gonzalo Fernandez de Córdoba.

Aquella sublevacion fue sofocada tambien aunque con mas trabajo y mas

tiempo, y al fin no quedó en España un morisco de las poblaciones que no

estuviese bautizado y que públicamente no profesase la religion

católica.

¿Qué mucho? Ellos se habian visto obligados á escoger entre el bautismo

y las hogueras de la Inquisicion.

Eran, pues, cristianos á la fuerza, de una manera externa, y en el fondo

de sus corazones aborrecian á muerte al odioso conquistador.

Pero si bien los habitantes de las poblaciones, los que poseian terrenos

ú oficios, los que para conservar sus bienes se veian obligados á

someterse al yugo, practicaban el cristianismo, habia un número

considerable de gente suelta, nómada, como los antiguos árabes del

Yemen, que preferian la lucha con el vencedor y sus peligros á someterse

vergonzosamente al yugo. Estos moriscos, ó mejor dicho, estos moros,

porque solo se llamaba moriscos á los convertidos, no entraban en las

poblaciones, sino para saquearlas; vivían en la montaña, se albergaban

ya en las cuevas de las rocas, ya bajo sus tiendas de cuero, activos

siempre, siempre dispuestos al combate y feroces y terribles hasta el

punto de causar terror á los mismos moriscos de quienes habian sido

hermanos.

Estos eran los monfíes.

Decíase á la ventura, porque nada podia asegurarse acerca de ellos, que

estaban organizados en _tahas_ ó distritos, que cada una de estas tahas

estaba gobernada por un _xeque_ (anciano) que todos estos xeques

obedecian á un _emir_ (príncipe) y que este emir tenia junto á sí

_walíes, wazires y alimes_ (capitanes, consejeros y sabios); abultábanse

el poder y las riquezas de este pequeño rey de diez mil soldados, que

erraban por las montañas y estaban sujetos á su ley, ó por mejor decir á

la ley alcoránica á cuyo título los regia; hablábase de sus palacios

subterráneos, aunque nadie los habia visto, y de las maravillas que

estos alcázares encerraban; pagábanle tributo las poblaciones de la

montaña porque no las invadiese, las saquease ó tal vez las llevase á

sangre y fuego, como habia acontecido con alguna que habia resistido al

pago del tributo, y el solo nombre del emir de los monfíes bastaba para

imponer terror á los mas alentados.

A pesar de esto los monfíes eran una especie de duendes, unos seres

misteriosos á los que nadie habia visto, puesto que los que los veian

durante la sorpresa de una poblacion, ó en los desfiladeros de la

montaña ó en las profundidades de una rambla, morían; pero las huellas

de aquella gente feroz quedaban señaladas de una manera horrorosa, ya en

los humeantes escombros de una aldea arrasada, ya en el cadáver de algun

imprudente viajero, arrojado en los linderos de un camino, ya en las

cabezas de los cuadrilleros de la Santa Hermandad ó de los soldados de

los tercios reales, que habian ido en su busca: despojos sangrientos que

llevados durante la noche á las poblaciones, solian aparecer al dia

siguiente en las puertas de las iglesias.

Ya este, ya el otro capitan general de la costa y reino de Granada

habian pretendido dar caza á estos terribles monfíes; pero si la fuerza

expedicionaria era respetable, nunca tropezaba con ellos, y si era

escasa, poco despues los restos ensangrentados se encontraban entre las

quebraduras, ó crucificados, asaeteados, ó empalados en los caminos.

Llegó el caso de que las tropas empleadas en su persecucion se limitasen

solo á salir ostentosamente de las poblaciones para esconderse despues

en la primera breña que encontraban al paso, para volver al dia

siguiente diciendo que no habian dado con los monfíes.

La existencia de estos, pues, no se conocia mas que por la exaccion

periódica de los tributos, que los habitantes cuidaban de ir á poner en

los lugares indicados en los edictos que en ciertas épocas del año

aparecian clavados en las puertas de las iglesias ó por este ó el otro

cadáver que encontraban acá y allá con suma frecuencia.

Por lo demás eran unos verdaderos duendes á quienes nadie habia visto,

pero cuya influencia se sentia, y sobre todo se temia. Tales eran los

monfíes de las Alpujarras.

Yuzuf-Al-Hhamar-abu-Yaye era su rey.

¿Quién era este rey?

El mismo nos lo va á decir.

* * * * *

Yuzuf, despues de haber mostrado á su hijo todas las maravillas del

alcázar subterráneo, le condujo á un departamento separado: era el

harem.

Mas de una magnífica hermosura, jóven y pudorosa, habia levantado la

cabeza adormida de sobre un divan, al sentir los pasos de su señor; Yaye

vió con una indiferencia verdaderamente ascética aquellas niñas que se

ponian de pié cubriéndose con sus velos y bajando las frentes ante la

presencia del padre y del hijo: Yuzuf vió con placer que Yaye era un

espíritu fuerte, noblemente levantado sobre las miserias humanas.

Hay que tener en cuenta para apreciar su indiferencia, y casi su hastío,

que Yaye solo contaba veinte y cuatro años, que las mujeres, junto á las

cuales de retrete en retrete y precedido por esclavos mudos, le llevaba

su padre, eran jóvenes, deslumbrantes de belleza, la mayor de las cuales

apenas llegaria á los diez y ocho años, africanas las unas, asiáticas

las otras, bellezas de ojos negros, cabelleras brillantes, talles

flexibles, y aspecto de pureza y de candor: algunas de ellas admiradas

de la hermosura de Yaye fijaban en él una mirada dulcemente curiosa, y

volvian á inclinar la vista cubiertas de rubor.

Yuzuf hizo conocer á Yaye muchas esclavas: habló con cada una de ellas,

no con el acento impuro é imperativo de un déspota musulman, sino con el

acento dulce de un padre.

A cada una de ellas decia tambien señalándolas á Yaye.

--Este es mi hijo: este es vuestro señor.

Las esclavas al escuchar esta frase callaban, cruzaban sus brazos sobre

el pecho y se inclinaban.

Cuando hubieron salido del harem, Yuzuf dijo á Yaye:

--Las mujeres que acabas de ver son tus concubinas, estan destinadas

para tí; un rey debe tener en su harem las mujeres mas hermosas del

mundo.

--Yo jamás tendré esclavas para el amor, dijo brevemente Yaye.

--Yo siempre he tenido vírjenes en mi harem, dijo Yuzuf, pero jamás

esclavas impuras: han sido mis hijas: con ellas he premiado el valor de

mis guerreros, haciéndolas sus esposas; en vez de hacer de una esclava

una mujer impura, he hecho buenas madres de familia. Solo he amado una

mujer, y aquella mujer era mi esposa.

--¡Mi madre! ¡Oh! ¡en verdad, señor, que nada me habeis dicho de mi

madre!

--¡Oh! no he querido hablarte de ella, hasta hacerlo en el sitio á donde

te voy á conducir: ven.

Al pasar por una habitacion, cuyas puertas estaban fuertemente cerradas,

Yuzuf se detuvo.

En aquella habitacion habia seis fuertes y enormes arcas de hierro.

Yuzuf abrió una de las arcas; estaba llena de doblas de oro.

--Yo creí, señor, dijo Yaye, que me habiais traído al lugar en que

debíais hablarme de mi madre.

--¡Cómo! ¿no te maravilla saber que eres dueño de tantas riquezas?

--Las riquezas solo deben servir para hacer el bien de nuestros

hermanos: de tal manera las aprecio: consideradas de otro modo me causan

hastío.

--Te he dado una corona y la has recibido sin envanecerte ni asombrarte;

te he presentado mujeres, por cualquiera de las cuales arderia en fuego

impuro, un morabitho[5] apartado del mundo, y las has visto sin

conmoverte; te he hecho ver el brillo del oro, y no te has asombrado, ni

ha nublado tu rostro la palidez de la codicia. Eres digno, hijo mio, de

ceñir mi espada y mi corona, digno de vengar á tu madre.

--¿De vengar á mi madre habeis dicho, señor?

--Silencio: aun no hemos llegado, sígueme.

Yuzuf cerró cuidadosamente otra puerta, atravesó con Yaye una larga y

estrecha mina, y llegó al fin de ella á una puerta maravillosa, tanto

por su labor como por las ricas maderas y preciosos metales con que

estaba construida, sacó una llave de oro de entre sus ropas y abrió

aquella puerta.

El retrete á que aquella puerta daba entrada era pequeño, pero

resplandeciente; una lámpara de cuatro luces, suspendida de la cúpula,

hacia brillar el oro de las labores sobre fondos esmaltados, el bruñido

mármol de las columnas, y la tersa superficie de los mosáicos, de los

que arrancaba cien cambiantes; alrededor de este retrete habia un ancho

divan de seda y oro, y al fondo un magnífico arco primorosamente labrado

y cubierto enteramente por la parte interior por una cortina de brocado,

que ocultaba completamente lo que tras aquel arco existia.

Yuzuf se sentó en el divan y atrajo á sí á Yaye.

--Siéntate, le dijo.

--¿Ha llegado el momento de que me hableis de mi madre?

--Aun no: antes es preciso que conozcas la historia de tu padre.

--Os escucho, señor.

El anciano empezó su relato de esta manera:

--Mi edad ha pasado de los sesenta años, el dia en que Granada,

destrozada por las guerras civiles, vendida por el cobarde Muley

Abd-Allah, su último rey, se entregó á los cristianos, tenia diez y

seis. Mi padre era uno de los héroes de nuestro pueblo, mi padre era el

infante Muza-ebn-Abil-Gazan, hijo bastardo de Muley Hhacem, y hermano de

Boabdil el desdichado.

Me acuerdo perfectamente del fatal dia en que despues de haber entregado

las llaves de Granada al rey don Fernando en las orillas del Genil,

Muley-Abd-Allah se encaminó con su familia y con los que quisieron

seguirle á las Alpujarras.

Nuestras mujeres lloraban, lloraban nuestros viejos y nuestros soldados

cabizbajos y avergonzados marchaban en silencio, sin atreverse á volver

el rostro para mirar á la hermosa ciudad, entre cuyos escombros no

habian sabido perecer como valientes.

Asi en paso tardo como el de quien se aleja por la fuerza del objeto de

su cariño, llegamos al alto del Padul.

Era el último lugar desde donde podíamos ver á Granada: el rey revolvió

transido de dolor su caballo, y se arrojó de él. Luego se prosternó

mirando á Granada y lloró: todos nos habíamos prosternado; todos

llorábamos menos una mujer: aquella mujer estaba de pié, altiva, serena,

pero profundamente pálida: aquella mujer era la madre de Muley

Abd-Allah: la sultana Aixa-la-Horra.

Aun me parece que la veo de pié en medio de nosotros, como un genio

fatal; aun me parece que escucho sus altivas y terribles palabras.

--Llora, dijo al rey, llora como una débil mujer, la pérdida del reino

que no has sabido defender como hombre.

Al escuchar el severo acento de su madre, el rey se alzó, lanzó una

mirada suprema á Granada, exhaló un grito de dolor, se cubrió el rostro

con las manos, y luego, montó de un salto á caballo, le revolvió hácia

las Alpujarras, y apretándole los acicates partió á la carrera.

Todos le seguimos como una tromba: la desesperacion nos impulsaba, y

doblamos la falda de la montaña, con el estruendo y la rapidez del

viento de la tempestad.

Yo cabalgaba al frente de nuestros soldados y de nuestros ginetes,

agoviado bajo el peso de un doble é intenso dolor: salia desterrado de

la ciudad en donde habia nacido, y el noble infante mi padre, habia

desaparecido sin que nadie supiese lo que habia sido de él: acaso habia

ido á buscar la muerte en alguna aventura desesperada, yendo solo á

hacerse matar por los cristianos, encubriendo su nombre, como un moro

cualquiera: acaso habia huido para no ver la deshonra de su pueblo, la

rendicion á los castellanos, la Alhambra en poder de los infieles, la

vergüenza en la frente del cobarde rey; acaso yo no debia volver á ver á

mi padre.

Junto á mí; triste y pensativo como yo, cabalgaba el valiente Ali

Huseín, alferez de mi padre, que en otros tiempos habia llevado su

bandera de infante á la victoria.

Algo mas allá del Padul, Ali Huseín, detuvo su caballo y me dijo:

--Poderoso señor, tu padre quiere que nos separemos del rey y de sus

gentes.

--¡Mi padre! exclamé: ¡pues qué! ¿sabes tú de mi padre?

--Tu noble padre nos espera en la montaña, me contestó.

Y puso su caballo en demanda de otro camino: yo le seguí con el corazon

alentando apenas; nuestros parientes, nuestros soldados y nuestros

esclavos me siguieron: eramos mas de quinientos.

Mi padre se nos presentó de repente, se nos dió á conocer, y se puso á

nuestra cabeza en un camino que se internaba en la montaña, y que á

medida que adelantábamos se estrechaba hasta el punto de que nos fue

necesario echar pié á tierra y marchar uno en pos de otro.

Mi padre iba delante.

Caminamos todo el dia en silencio por ásperos desfiladeros, viendo á

nuestros piés valles profundísimos por cuyo fondo se precipitaban rios

convertidos en torrentes por las lluvias del invierno, y sobre nuestras

cabezas montañas cubiertas de nieve: sobre las colinas levantaban las

tristes y altísimas copas solitarios pinos, y en el fondo de las

estrechas vegas, en las vertientes de la montaña, bravíos bosques de

deshojadas encinas.

Ni una aldea, ni una habitacion humana, ni aun la choza de un pastor,

vimos durante el dia desde el camino por donde nos guiaba mi padre. Solo

se escuchaba el graznar de las águilas, el ahullar de los lobos

hambrientos, el rugir de los torrentes y el zumbido del viento entre las

quebraduras de la montaña.

Llegó la noche y con ella llegamos á una cumbre ancha, árida, cubierta

de nieve, desde la cual se veian otras muchas cumbres que se levantaban

en anfiteatro hasta el altísimo pico de Muley Hhacem[6]. Tampoco se veia

desde allí ninguna habitacion humana.

Detúvose allí mi padre y descabalgó: todos descabalgamos, y durante los

primeros momentos de descanso, nuestras mujeres y nuestros esclavos

descansaron.

Despues mi padre llamó en torno de sí á los guerreros de nuestra

familia.

--«Hemos sido arrojados de nuestros hogares, nos dijo, y ya no tenemos

patria: somos vencidos: el vencedor nos ha asegurado nuestras

propiedades, nuestra religion, nuestras leyes y nuestras costumbres, por

medio de una capitulacion: esa capitulacion que algunos creen honrosa y

estable, no vale mas ni es mas fuerte que el papel en que está escrita:

la mano del vencedor procurará pasar primero por cima de ella, y cuando

aleguemos los capítulos concertados con los reyes de Aragon y de

Castilla, la mano del sacerdote cristiano rasgará la capitulacion, y los

soldados de los reyes de España, nos impondrán la sumision por la

fuerza. Todo lo hemos perdido, todo: patria, religion, leyes,

costumbres, haciendas: nos espera una suerte semejante á la de los

judíos: la esclavitud y la vergüenza.

* * * * *

Resistamos con valor la inclemencia de los hados: si vivimos en los

pueblos, allí nos vigilará el recelo del vencedor, que tendrá siempre el

atento ojo sobre nuestros semblantes para medir su alegría ó su

tristeza: si nos reunimos en mucho número recelaran; si evitamos

reunirnos, recelaran tambien: acecharan por las rendijas de nuestras

puertas para sorprender el pudor de nuestras mujeres, y procuraran

apartar nuestros hijos de nuestro amor y de nuestras costumbres.

Debemos vivir lejos de los cristianos, y acecharlos incesantemente, en

vez de ser acechados: debemos preparar el dia glorioso de una

reconquista, si no para nosotros, para nuestros hijos: debemos continuar

siendo fieles observantes de la ley, buenos musulmanes; en los pueblos

no podríamos serlo: pero por fortuna la montaña es áspera, tiene

guaridas desconocidas donde podremos ocultarnos, y desde las cuales

seremos el terror del vencedor: es necesario que olvidemos el regalo de

nuestras casas de Granada, las suntuosas fiestas, las alegres zambras:

nuestros jardines seran las desnudas ramblas de las Alpujarras; nuestras

zambras el combate continuo con el cristiano: que el que se aventure en

la montaña muera, y que los cobardes habitantes de las poblaciones

paguen tributo al rey de la montaña.

En una palabra, desde hoy, si quereis seguir mis consejos, seremos

monfíes.»

Concluyó mi padre, y los mas ancianos, los mas prudentes de la familia

aprobaron su parecer.

Pero era necesario que aquel nuevo pueblo que habia elegido para su

residencia las grutas de las montañas, y por ejercicio la continua

guerra con el cristiano, tuviese á su frente un caudillo que les

gobernase.

Mi padre fue elegido unánimemente emir de los monfíes.

Un resto de la familia real de Granada, guarecido entre rocas y

desfiladeros, no rendia vasallaje al vencedor del reino de Granada; los

demás se arrojaban á sus piés en un cobarde vasallaje, ó se desterraban

voluntariamente del suelo que les vió nacer, pasando al Africa.

* * * * *

* * * * *

Anduvimos sin cesar por ásperos senderos durante aquella larga noche,

alumbrados por la clarísima luna del mes de las nieves, y al amanecer

llegamos al centro de un espeso pinar delante de la boca de una lúgubre

gruta.

Esa gruta es la misma en que ahora te encuentras, hijo mio.

Dentro de esta gruta, mi padre construyó el alcázar subterráneo del emir

de los monfíes.

--Pero segun las cámaras que he visto antes de llegar á esta, dijo Yaye,

si he de juzgar por el régio esplendor que nos rodea, este alcázar es

tan rico como la Alhambra; para construirlo han debido gastarse tesoros

incalculables.

--Mi padre, continuó el anciano Yuzuf, previendo á tiempo la conquista,

habia vendido sus tierras, sus alquerías, sus castillos: el precio de

estos, aunque enorme, no bastaba ciertamente para la construccion de

este alcázar maravilloso, del cual solo has visto una pequeña parte.

Pero los monfíes hacian la guerra al cristiano y con mucha frecuencia

penetraban en las villas mas populosas y ricas de las Alpujarras, las

entraban á saco y se volvian cargados de botin: el quinto de las presas

era de mi padre: ademas, justo era que los que habian inclinado

cobardemente su cabeza bajo el yugo del vencedor, los que se habian

convertido de miedo (porque los cristianos tardaron muy poco en faltar á

la fe de las capitulaciones), justo era que los que habian renegado

vilmente de su Dios, contribuyesen al sostenimiento de los valientes

moros que habian rechazado toda servidumbre, todo envilecimiento, toda

apostasía, prefiriendo una sangrienta y continua lucha entre las breñas

de la montaña, á una paz vergonzosa entre el ocio y el regalo de las

poblaciones, bajo la mano de hierro y la vista recelosa de los

cristianos: al poco tiempo de haberse hecho mi padre rey de la montaña,

aparecieron gacelas escritas en las puertas de las iglesias, sin que

nadie supiese quién las habia puesto, en que se imponia á los moriscos

renegados y á los cristianos, un fuerte tributo para el emir de los

monfíes: la primera vez las gacelas fueron arrancadas sin temor, y solo

recibieron por contestacion un silencio de desprecio: el castigo no

tardó mucho despues de la ofensa: una y otra y otra villa fueron

acometidas de noche, en medio del silencio, y sus moradores entregados

al degüello y al incendio: cuando de nuevo se fijaron gacelas en los

mismos parajes que las anteriores, los vecinos, cada uno segun su

riqueza, se apresuraron á pagar el tributo impuesto por el rey de la

montaña, llevándole al lugar que se prefijaba en la gacela. Asi han

continuado año tras año. Al terminar la luna de los frutos, nuestros

monfíes entran de noche en las villas y fijan en las iglesias las

gacelas en que se les anuncia el dia y el lugar en que han de pagar el

tributo y dónde han de depositarle. Ningun año ha faltado una sola villa

á cumplir esta prescripcion. Tenia, pues, mi padre tesoros y los tengo

yo. Con esos tesoros se ha construido en las entrañas de la tierra, en

las excavaciones de unas antiquísimas canteras, este alcázar, que es una

ciudad subterránea; con esos tesoros hemos podido ir aumentando el

número de los monfíes, que al principio apenas llegaban á quinientos;

que cuando murió mi padre llegaban á cuatro mil, y que hoy forman un

ejército de diez mil soldados, fuertes, bravos, sin piedad, incansables,

que conservan la pureza de la ley alcoránica, y entero el amor de la

patria: con esos tesoros podemos tener espías en todas partes, hombres

activos que encontraran medio de saberlo todo, de oirlo todo: estos

hombres estan allí do quiera ondea la bandera española: en la córte del

emperador, en la del rey de Francia, en Italia, en Flandes, hasta el

remoto continente americano, de donde nos envian oro á raudales; nadie

conoce á esos emisarios mios, y muchos de ellos sirven á sueldo bajo las

banderas del rey de España, muchos alientan con mi oro las tentativas de

los enemigos de Carlos V, y si yo quisiera, ese soberbio rey caeria

herido por un puñal invisible: ¿pero qué me importa la vida de don

Carlos? El es un solo hombre, aunque poderoso, y nuestro enemigo es un

pueblo entero, un pueblo de soldados aventureros y rapaces, de frailes

codiciosos, de jueces y abogados que son otras tantas aves de rapiña: la

codicia hace invencibles á esos aventureros, el fanatismo crueles á esos

frailes, la soberbia implacables á esos jueces: donde quiera que pone su

planta el soldado, donde quiera levanta su cruz el fraile, donde quiera

tiende su garra el golilla español, allí van la destruccion, la hoguera

y el verdugo: América se extremece bajo su yugo, Flandes se desangra, la

hermosa Italia se ahoga; llegará un dia, y acaso no tarde, en que

alentados por la desesperacion los oprimidos, hagan crugir y

quebrantarse el yugo: en que España, rodeada por todas partes de

enemigos, no tenga bastantes soldados para vencer; en que los frailes no

puedan encender hogueras para quemar, en que los jueces se vean heridos

por sus mismas plumas. Llegará un dia en que se unan contra España todos

los que por España son desdichados, porque la tiranía acaba siempre

herida por sus mismos excesos. Una terrible guerra religiosa se agita en

Europa; Roma lucha contra la protesta; los doctores católicos contra los

doctores luteranos: cien pueblos contra uno solo, cien derechos contra

una sola tiranía: la España de Carlos V es un coloso de hierro con los

piés de barro, y su mismo peso la derrocará: ¡ay cuando llegue el dia en

que el coloso vacile! Un pueblo que hoy se esconde en las entrañas de

las rocas, atacará á ese coloso por el pié y le arrojará por tierra...

--¡Sueño! exclamó Yaye, interrumpiendo á su padre.

--¿Acaso sabe nadie lo que está escrito en el libro del destino? ¿Acaso

no fueron derrocadas Menfis y Babilonia? ¿No pasó la Grecia con sus

guerreros, con sus sabios, con sus poetas y sus artistas? ¿Dónde está

Cartago la rival de Roma? ¿Dónde está Roma la vencedora de Cartago?

¿Dónde estan los godos que hollaron el Capitolio con los sangrientos

cascos de sus caballos? ¿Dónde estan los árabes vencedores de los godos?

¿Qué ha sido de los almoravides y de los almohades vencedores de los

árabes? Todo muere: como los hombres, las razas.

--España es fuerte, poderosa y grande, exclamó el tenaz Yaye.

--Carlos V ve que el coloso empieza á desmoronarse bajo su imperio: este

imperio pasará quebrantado, herido de muerte, á los hombros del príncipe

don Felipe, y si bajo su mano no se destruye, pasará mermado á las de su

hijo, y débil á las de su nieto, y miserable y envilecido á las de su

viznieto. ¡Qué! ¿puede durar mucho un imperio que se funda en la

opresion de pueblos enteros?

[imagen: ¡Llora, llora, como una débil mujer, la pérdida del reino

que no has sabido defender como hombre!]

Acaso ni yo, ni tú, ni nuestros nietos, veamos convertido á ese coloso

sangriento en un fantasma que se verá precisado á volver la vista atrás

para contemplar algo grande; pero tenemos el deber de ayudar á la

carcoma de ese coloso; tenemos necesidad de vengarnos, ya que no como

serpientes, como sanguijuelas: debemos chupar continuamente su sangre y

su oro: por cada moro que ese coloso despedace, nosotros debemos

despedazar cien cristianos, y si está escrito que en nuestros tiempos

ese coloso se derrumbe, debemos estar preparados á la lucha, en acecho

de una ocasion propicia para reconquistar lo que hemos perdido, para

poder piafar con nuestros corceles en las ricas campiñas andaluzas, y

levantar en medio de ellas los minaretes de las mezquitas del dios

Altísimo y Único.

--¡Oh, padre, padre! ¡El Altísimo ha visto los pecados de nuestro

pueblo, y por ellos le ha destruido!

--Del mismo modo ve los pecados de los españoles, y les destruirá por

ellos.

--Padre, ¿habeis vivido alguna vez entre esos hombres?

--El dia en que mi padre fue elegido rey de los monfíes, llamó á uno de

sus parientes mas allegados, sabio anciano, y me entregó á él, como yo

te he entregado á Abd-el-Gewar. «Ve hijo mio, me dijo: vive entre los

conquistadores, conócelos, porque algun dia me sucederás en el gobierno,

y el elegido por Dios para gobernar, debe conocer á los enemigos de su

pueblo. Aprende su lengua, viste su trage, practica sus costumbres,

ponte en estado de conocer sus malas artes para que no puedas ser

engañado; conoce sus debilidades, para aprovecharlas, y si es necesario,

sé cristiano en la apariencia. Corre mundo, y sobre todo sé dócil con el

que desde ahora va á ser tu padre: cuando conozcas bien á nuestros

enemigos, cuando largos viajes te hayan dado experiencia, vuelve, mi

corona te espera.»

Y partí, y aprendí el habla castellana, y viví en la córte del

emperador, y serví bajo sus banderas, y estuve en Francia, en Flandes,

en América: por todas partes ví enemigos de España; por todas partes oí

maldecir el nombre español; en todas partes vi vireyes y oidores, y

clérigos, y capitanes y soldados de España, que se enriquecian por medio

del crímen. Comprendí que los pueblos tienen un derecho sagrado de vivir

bajo sus antiguas leyes, bajo sus usos y costumbres, y que un

conquistador es siempre odioso, porque siempre se ve obligado á ser

tirano.

--Lo mismo he comprendido yo, señor.

--Mi amor á la patria crecía á medida que pesaba los excesos que en

todas partes, en todos los mares, en todas las regiones del mundo

ejercian los españoles: mi sola pasion era el odio hácia los cristianos,

mi solo deseo beber su sangre.

--¿Y no sentísteis jamás otra pasion ni otro deseo, padre mio? exclamó

con embarazo Yaye.

[imagen: ¿Quién es esa dama?]

--Sí, contestó Yuzuf, mirando fijamente á su hijo: tú eres una prueba

viviente de que si mi corazon abrigaba un odio á muerte, una

inextinguible sed de venganza contra los cristianos, dió tambien cabida

al amor.

--Pero vos amariais á una mujer de vuestra raza; á una parienta acaso.

--Tu madre no era mora, hijo mio.

--¡Que no era mora!

--Era árabe... al menos descendiente, en línea recta de los califas

árabes de Córdoba.

--¡Descendiente en línea recta de los califas de Córdoba!... ¿Cómo se

llamaba?

--Ana de Córdoba y de Válor.

--¡Ana de Córdoba y de Válor!... ¡Hija de los renegados!...

¡Cristiana!...

--Es verdad que los Válor cometieron un gran pecado renegando de su fe y

sirviendo á los reyes de Castilla: es verdad que un moro no debia tener

con ellos otra alianza que la del acero, otro trato que el del

combate... ¿pero acaso hemos de castigar en los hijos los pecados de los

padres? ¿Acaso no hay una ley superior á todas las leyes; una ley

irresistible, porque está escrita por la mano de Dios en el corazon

humano, y á la que es forzoso obedecer? Dichoso tú, hijo mio, si aun no

has oido el terrible precepto de esa ley, de esa ley que se llama...

--¡Amor! exclamó profundamente Yaye.

--¡Amor! exclamó con profunda intencion Yuzuf... pero no: á tu edad se

juega con el amor; mas á la edad en que yo conocí á tu madre, en el

estío de la vida, cuando ya se empieza á descender por la escala de los

años, cuando tenemos el corazon vacío por la experiencia, árido por la

desgracia, ansioso de amor... ¡oh! entonces no se ama al ángel, se ama á

la mujer, se ama á la compañera; se busca un corazon noble y grande que

sienta nuestro infortunio, que le acepte, que le alivie, compartiéndolo:

un seno de paz en que reposar la cabeza calenturienta por los cuidados

del gobierno: una mano amante que limpie de nuestra frente el sudor del

combate; una boca que nos sonria como solo sabe sonreir la esposa que

ama, y que ahuyente con su sonrisa, siquiera, sea por un momento los

crueles cuidados, la lucha azarosa del presente; los temores del

porvenir. Y luego... tú no has podido encontrar en las tierras donde has

vivido, ni en Madrid, ni en Salamanca, ni en Granada, ni en las

Alpujarras, una mujer como tu madre... ¡Ven!

Yuzuf se levantó, y fue al arco del fondo: su semblante estaba mas

pálido que de costumbre, su blanca barba temblaba, sus ojos expresaban

una tristeza profunda.

--¡Mira! dijo á Yaye.

Y descorrió la cortina.

--¡Isabel! exclamó el jóven con un grito exhalado del fondo de su alma.

Al descorrerse la cortina, una mujer jóven y hermosa habia aparecido

ante los ojos de Yaye: aquella mujer demostraba la misma edad que Isabel

de Córdoba y de Válor, y era tan semejante á ella, como si hubiera sido

ella misma.

Pero aquella mujer estaba pintada en una tabla.

Aquella tabla era á todas luces obra del pintor de los Reyes Católicos,

Antonio del Rincon.

(Entre paréntesis: el nombre de Antonio del Rincon estaria arrinconado

en el olvido, sino hubiera retratado tres docenas de veces á los

serenísimos Reyes Católicos).

Yaye en su permanencia entre los cristianos se habia hecho artista, y

reconoció á primera vista por la manera, cuando la reflexion hubo

dominado en él á la sorpresa, al autor de aquel retrato: recordó que

Antonio del Rincon habia muerto muchos años antes de que Isabel de

Córdoba y de Válor llegase á la edad que la dama retratada representaba:

no podia ser aquella dama Isabel, pero podia ser su madre.

¡Su madre!

Este fue el primer pensamiento que brotó de la razon de Yaye, y le

extremeció.

Acaso habia un misterio en el nacimiento de Isabel: acaso amaba con un

amor incestuoso á su hermana.

Cuando llenan la cabeza y conmueven el corazon pensamientos y

sensaciones tan profundas, la lengua enmudece, los ojos se asombran, ese

organismo que se llama cuerpo humano tiembla.

Yaye fijaba una mirada fascinada en el retrato y estaba pálido como un

cadáver.

--Esa era tu madre dijo tristemente Juzuf.

--¡Mi madre! contestó maquinalmente el jóven; mi madre!

Pero dominando la reflexion á la razon se encerró en una prudente

reserva.

--Te asombra sin duda, dijo Yuzuf, interpretando mal la confusion de

Yaye, ver á tu madre con esas ropas castellanas; con ese tocado

castellano, con esa cruz de oro pendiente del cuello. ¡Ah hijo mio! ya

te he dicho que tu madre era cristiana: yo, moro de raza, enemigo á

muerte del nombre cristiano, no debí haber sucumbido á los amores de una

infiel. ¿Pero hay algun hombre que pueda hacerse superior á ese precepto

de Dios que dice: hallarás á tu compañera y la amarás?

Hubo un momento de silencio. Juzuf se volvió al divan y se sentó en él.

Yaye se sentó á su lado. Entrambos tenian fija su mirada en el retrato.

--Y yo no la busqué, continuó Yuzuf; la encontré un dia en esa tabla....

al verla me estremecí, temblé: nunca habia temblado: nunca habia

conocido el amor y al sentirle no le comprendí. Sin saber por qué no

podia separar los ojos de esa tabla, que tenia para mí voz, aliento,

vida. Sin embargo entonces era ya hombre maduro, me acercaba á los

cuarenta años. Hacía ya diez que por muerte de mi padre habia heredado

su espada y su corona. Obedeciendo uno de los consejos que me dió mi

padre al morir, vivia por mitad en las Alpujarras, como emir de los

monfíes, ó en Granada ó en la córte, como morisco convertido: cuando

vivia entre los cristianos llamábanme el hidalgo Diego Vargas y nadie

sospechó jamás que yo fuese el rey de aquellos terribles monfíes, cuyo

nombre solo aterraba á los castellanos.

Sabíanlo sin embargo algunos moriscos principales: uno de ellos era don

Juan de Córdoba y de Válor, que aunque cristiano en la apariencia era

moro de corazon y esperaba, si un dia triunfaba un levantamiento de los

moriscos, ser elegido rey de Granada.

Entre don Juan de Válor y yo existia una estrecha amistad: don Juan sin

embargo conocia mis incontestables derechos al trono de Granada:

derechos no solo heredados, sino adquiridos en el combate continuo con

el cristiano, mientras ellos, los moriscos, vivian en un ocio y una

sumision vergonzosas; don Juan me habló muchas veces de confundir en uno

nuestros muchos derechos por medio de un casamiento.

--Yo no tengo hijos le contestaba yo, siempre que don Juan me hablaba á

aquel propósito.

--Pero yo tengo una hermana, me dijo al fin un dia don Juan: una hermosa

doncella de diez y ocho años.

--Reparad en que yo cuento ya cerca de cuarenta.

--Para esta clase de alianzas no se repara en edades, replicó; basta con

que el hombre ofrezca seguridades de sucesion.

--Por último, don Juan, le dije: vuestra hermana es cristiana, no

cristiana como vos lo sois, sino de corazon, por creencia y por

costumbre: yo no puedo unirme á una infiel.

Don Juan no me contestó á esta última decision mia; es de advertir que

cuando yo le dí esta contestacion no conocia á su hermana doña Ana: solo

tenia noticia de ella y de sus exageradas creencias cristianas por

algunos moriscos principales que la conocian: sabia sí que era hermosa;

pero habia llegado á los cuarenta años sin rendir tributo á la

hermosura, por que mi corazon estaba lleno de ambicion y de sed de

venganza por las desventuras de mi patria. El saber que doña Ana de

Córdoba era una doncella hermosísima no me habia conmovido.

Un dia que, de vuelta de un paseo por el campo, pasábamos por una

estrecha calleja del Albaicin, don Juan me convidó á subir á casa de un

pintor su conocido.

Aquel pintor era Antonio del Rincon.

Subimos á una torrecilla donde Rincon pintaba sus cuadros, y lo primero

en que reparé, entre una multitud de santos, cristos y vírgenes, fue en

esa tabla que estaba puesta junto á una ventana y herida de lleno por la

luz.

En el tiempo que estuvimos allí, no separé la vista de aquella tabla: un

poder misterioso é irresistible me arrastraba á la mujer que en ella

estaba representada.

Salimos de allí don Juan y yo, y al dia siguiente volví solo á la casa

del pintor. Aquella noche, á mi despecho no habia dormido; ni un solo

momento se habia separado de mí el recuerdo de la hermosa castellana.

Cuando entré en la habitacion del pintor el retrato estaba en el mismo

sitio.

--¿Quien es esa dama, si es que podeis decirme su nombre? pregunté á

Rincon despues de algunos minutos que estuve hablando con él de cosas

indiferentes.

--Esa dama caballero, me dijo, es doña Ana de Córdoba y de Válor, y me

extraña que no la conozcais por que al veros aquí con su hermano don

Juan no pareciais sino grandes amigos.

--En efecto lo somos, pero nunca he visto á doña Ana.

--Es doña Ana muy recatada.

--Y decidme, añadí rompiendo por todo: ¿tendriais dificultad en venderme

ese retrato?

--No os le venderé, dijo, pero os le cambiaré.

--Cambiarle, ¿y por qué?

--Por vuestro retrato.

Maravillóme el precio que ponia á su venta Antonio del Rincon.

--No os extrañe esto, me dijo: sois un hombre poderosamente hermoso (no

hago mas que repetir las palabras del pintor, observó Yuzuf, cuya

modestia no era fingida) teneis un semblante sumamente noble, los

cabellos y la barba negra, brillantes los ojos, tersa la piel, y apenas

demostrais treinta años.

--Pues os engañais, amigo mio, le dije; me acerco ya á los cuarenta.

--Bien podrá ser, pero desde el momento en que os vi me dije: he aquí

que me contentaria mucho que ese caballero me mandase hacer su retrato:

os pareceis mucho en lo grave y en lo pensador á mi señor el serenísimo

rey don Fernando. Habiendo concebido ese deseo, ya comprendereis que

aprovecho la ocasion de que vos deseis poseer el retrato de doña Ana de

Córdoba para proponeros un trueque.

--Acepto con sola una condicion, le contesté, ó por mejor decir con dos

condiciones.

--Sepamos.

--En primer lugar, habeis de procurar que don Juan no sepa que yo poseo

este retrato, para conseguir lo cual hareis otro exactamente igual y se

lo entregareis como si fuese el mismo.

--Eso por supuesto, contestó Rincon.

--Ademas, insistí, habeis de aceptar el precio de los dos retratos, del

suyo y del mio, puesto que son dos trabajos en que os debeis ocupar.

--¿Y estais decidido, me dijo mirándome fijamente, á no dejaros retratar

sino bajo esas condiciones?

--Decidido de todo punto.

--Sea lo que vos querais: con esto creo que nuestro trato esté

concluido.

--Sí por cierto. ¿Y cuándo me entregareis el retrato de doña Ana?

--Dentro de ocho dias: pero para ello será preciso que dentro de ocho

dias esté concluido el vuestro. Hoy prepararé la tabla. Venid á buscarme

mañana al amanecer.

Volví al dia siguiente despues de una noche de insomnio.

Encontré á Antonio del Rincon trabajando ya en la copia del retrato de

doña Ana.

--¿No temeis, le dije, que venga don Juan y os coja en el fraude?

--No por cierto, me contestó: don Juan viene muy de tarde en tarde:

ademas, cuando llame, antes de que le abran trasladaré estas dos tablas

á lugar seguro. Ahora permitidme que me apodere de vos para trasladaros

á la tabla: desde este momento me perteneceis. Os tengo como quiero;

pálido, lo que aumenta vuestra... hermosura, y sencillo aunque rica é

hidalgamente vestido.

En efecto, Rincon se apoderó de mí, me colocó frente al retrato de doña

Ana de pié, puesta una mano en la cadera, y sosteniendo con la otra mi

gorra.

Rincon empezó á trabajar: al poco espacio yo no veia nada; no pensaba en

nada; solo veia á doña Ana que estaba frente á mí, solo pensaba en ella:

no sé cuanto tiempo estuve inmóvil en aquella posicion, mirando

enamorado, loco, á doña Ana.

Al fin Rincon lanzó un grito de triunfo.

--¡Es mi mejor obra, mi grande obra! exclamó: ¡jamás he pintado una

cabeza como ésta! ¡Mirad!

En efecto, al ver la cabeza que enteramente habia pintado Ricon, me

estremecí: en aquella cabeza enteramente semejante á la mia, estaban

pintados al mismo tiempo el deseo, la ansiedad, la duda: mis ojos

exhalaban una ardiente mirada de amor: Rincon habia sorprendido la

expresion con que yo habia estado contemplando el retrato de doña Ana, y

la habia trasladado á la tabla. Solo al ver la obra del pintor,

examinándome á mi mismo, comprendí que estaba enamorado.

--Es necesario que borreis esa cabeza, le dije.

--¡Borrarla! ¡quereis borrarla! exclamó con ímpetu poniéndose en actitud

amenazadora delante de la tabla; ¿quereis arrebatarme mi fama? Esto

seria cosa de andar á estocadas.

Fue necesario ceder ante el entusiasmo de Rincon. Durante ocho dias

estuve yendo todas las mañanas al amanecer y permanecí en casa del

pintor durante cuatro horas. Al cabo de los ocho dias mi retrato

enteramente concluido, habia desaparecido: en cambio, Rincon, despues de

haber envuelto cuidadosamente en paños el retrato de doña Ana y metídole

en un cajon, me lo habia entregado.

El retrato habia sido trasladado á este mismo lugar. Hace mas de veinte

y cuatro años que está ahí; hace mas de veinte y cuatro años que ese

tapiz le cubre, que esa lámpara le alumbra.

El anciano se detuvo como para tomar fuerzas: despues de algunos

momentos de silencio continuó:

--Durante muchos dias pasé largas horas delante de ese retrato:

lentamente mi amor, que estaba en lucha con mi razon, fue venciéndola:

nació en mí primero débil y dominada por un invencible horror al nombre

cristiano, la idea de mi casamiento con doña Ana: cuando pensaba en

esto, mas que la idea de unirme á una cristiana me atormentaba el temor

de no ser amado por ella. Mi edad doblaba la suya. ¿Pero no me habia

dicho Antonio del Rincon que aun parecia jóven, que aun parecia hermoso?

Entonces por la primera vez, mi limpia adarga me sirvió de espejo: ví

que mis cabellos eran negros, mi barba poblada y brillante, mi piel

tersa, mis ojos jóvenes: comprendi que un contínuo y rudo ejercicio al

aire puro de la montaña, mi ignorancia hasta entonces del amor, y la

exuberancia de vida que ardia en mi sangre, me habian conservado jóven,

en la edad en que otros se encontraban en el otoño de su vida. Tenia

alguna esperanza. Habia ademas en la expresion reflexiva y pura de doña

Ana algo que me decia: esa mujer no puede amar á un hombre cualquiera:

esa mujer no ha amado aun: algunas veces cuando hacia mucho tiempo que

mis miradas estaban fijas en el retrato, me parecia que la pintura

tomaba vida, que sus ojos brillaban, que con una mirada intensa, emanada

del alma, me decian: ¡yo te amo!

Necesité conocer á doña Ana, pero no quise conocerla bajo la impresion

de los consejos de su hermano, que indudablemente estaba interesado en

que yo fuese su esposo.

Me trasladé á Granada, y uno de mis monfíes, mozo despierto y que

conocia perfectamente las costumbres de los cristianos, supo enamorar á

una de las doncellas de doña Ana: por ella supo él, y por él yo, que

doña Ana jamás habia amado, ni recibido billetes, ni escuchado

galanteos; que solo salia de su casa para ir á misa á la colegiata del

Salvador y aun asi muy temprano; que era buena hija y buena hermana,

piadosa y ardientemente caritativa.

Yo, que jamás habia entrado en la iglesia de Cristo, sino para no

hacerme sospechoso, entré en ella para conocer á doña Ana.

Coloquéme junto al presbiterio el primer dia de misa á primera hora:

cada mujer que adelantaba cubierta con un manto hacia latir mi corazon:

al fin apareció una, esbelta, de continente magestuoso, y mi corazon sin

dudar me dijo: ella es: precedíala un paje que llevaba un cojín y

seguíanla una dueña y un rodrigon.

Afortunadamente el paje colocó el cojin á poca distancia de las gradas

del presbiterio, casi junto á mí. Doña Ana se arrodilló: en el primer

momento no me vió, luego, como por acaso me viese, palideció, hizo un

movimiento de sorpresa, partió de sus ojos una mirada involuntaria,

aquella misma mirada que yo habia creido ver algunas veces en su retrato

y que parecia decirme: yo te amo, y súbitamente se ruborizó, bajó los

ojos, y no los volvió á alzar hasta que, concluida la misa, se volvió

rápidamente como temiendo encontrarme y se encaminó á la puerta del

templo. Yo me habia adelantado y la esperaba; la ofrecí agua bendita, la

tomó maquinalmente y volvió á mirarme de una manera involuntaria y

rápida. Despues desapareció.

No podia dudar de que habia causado una profunda impresion en doña Ana:

esto me llenaba de esperanza y por consiguiente de felicidad: al dia

siguiente estuve á la misma hora en la iglesia.

Doña Ana llegó y se situó en el mismo sitio. Aquel dia me miró frente á

frente, pero serena y tranquila. Al darla agua bendita la recibió, y me

dió modestamente las gracias.

Asi pasaron quince dias.

Al fin me decidí á darla un billete que llevaba ya hacia algunos dias

preparado y que no me habia atrevido á darla; al salir, al mismo tiempo

que la daba agua bendita, la dí recatadamente el billete.

Doña Ana le recibió.

En aquel billete la suplicaba que al mediar aquella noche, se asomase á

sus miradores.

Al llegar la hora de la cita estaba yo en la calle: al dar las doce los

miradores se abrieron, pero solo por un momento: salió por ellos una

mano, y dejó caer un billete á la calle.

Aquel billete decia únicamente:

«Mi recato no me permite hablaros sino en presencia de mi hermano.»

Preciso fue volver al frecuente trato de don Juan; preciso fue que,

aprovechando la primera ocasion, le dijese que habia pensado al fin que

mi casamiento con su hermana me parecia conveniente y hasta necesario.

Al fin pude hablar á doña Ana: mi amor, tratándola, se desbordó y ya no

reparé en nada.

Un mes despues de mi entrevista con doña Ana, era su esposo.

Cuando ya despues de ser su esposo me ví solo con ella, doña Ana me asió

de la mano y me llevó á un pequeño retrete.

--Mirad, me dijo, y comprended la razon de que yo me ruborizase y me

conmoviese al veros por primera vez.

Y me señaló mi retrato pintado por Antonio del Rincon.

--Ese retrato ha estado hasta ahora en los aposentos de mi hermano, pero

al ser vos mi esposo, ese retrato ha entrado con vos en mi aposento.

--¿Y cuánto tiempo hace que estaba ese retrato en vuestra casa antes de

que me conocieses? la pregunté.

--Seis meses, me contestó; y fuerza es confesároslo... puesto que soy

vuestra esposa y que os he jurado amor ante Dios... antes de conoceros,

os amaba.

Entonces lo comprendí todo: comprendí que mi matrimonio con su hermana

era la ambicion de don Juan de Válor, que habia comprendido que yo no

podria verla sin amarla, y que se habia valido para casarme con ella de

Antonio del Rincon.

Pero ella mientras vivió no supo ni que su retrato estaba en mi poder,

ni que yo era el poderoso emir de los monfíes.

Tu madre me creia cristiano de buena fe, hijo de moriscos convertidos, y

para ella no tenia otro nombre que Diego Vargas.

Al año de nuestro matrimonio naciste tú.

A los dos años murió tu madre.

--¡Oh! exclamó Yaye profundamente: bien desgraciado fuisteis en vuestros

amores, señor.

--Si, y doblemente desgraciado, porque tu madre murió asesinada por la

Inquisicion.

Yaye se alzó como impulsado por un poder sobrenatural; cubrió su rostro

una palidez de muerte, brilló en sus ojos una mirada letal, y tomó una

actitud de amenaza que hubiera impuesto terror al mas valiente.

--¡Qué mi madre ha muerto... asesinada por la Inquisicion!

--Era demasiado hermosa: los cristianos son buitres voraces, dijo

tristemente Yuzuf.

Hubo un momento de terrible silencio.

--Los cristianos, continuó despues de algun tiempo Yuzuf, no tienen por

buenos sino á los que profesan su misma religion, y aun asi á los

cristianos viejos. ¡Ay de sus vencidos! Un cristiano nuevo, un morisco,

es para ellos punto menos que un judío: un animal despreciable, un ser

odioso, contra el cual se creen autorizados para todo: un morisco no les

sirve mas que para esclavo: una morisca... ¡oh! ¡cuando las moriscas son

hermosas...! ¡tener por manceba una hermosa morisca es cosa muy deseada!

La infeliz que resiste á los deseos de uno de esos infames aventureros,

á quienes España entrega su bandera, infeliz de ella, porque el crímen

acompaña á esos miserables á todas partes. Y luego, ahí están esos

frailes sanguinarios que predican la religion cristiana con el dogal en

una mano y la tea en la otra.

--¿Pero cómo mató la Inquisicion á mi madre? exclamó Yaye alentado

apenas.

--¡Oh! ¡es un recuerdo horrible! Su confesor, un grave religioso

dominico, un vil hipócrita, que sabia aparentar la virtud mas rígida,

era inquisidor. La hermosura de tu madre excitó los impuros deseos del

fraile, y abusando de su ministerio intentó corromperla. Tu madre le

rechazó con indignacion. La venganza del fraile no se hizo esperar. Un

dia la Inquisicion llamó á las puertas de nuestra casa. Yo estaba

ausente en las Alpujarras. Registraron escrupulosamente y encontraron

uno de los libros de Lutero que un criado infame, vendido al miserable

fraile, habia puesto entre los libros de devocion de tu madre, que fue

arrastrada á los calabozos de la Inquisicion: cuando yo lo supe volé á

Granada. Mis monfíes forzaron una noche, decididos á todo, las puertas

de la cárcel; llegaron hasta el encierro de tu madre, la sacaron de él y

la trajeron á las Alpujarras... ¿pero en qué estado? La habian hecho

sufrir el tormento, la habian destrozado, y el terror... ese terror frio

que causa la Inquisicion, los dolores agudos del tormento, su recuerdo,

la habian vuelto loca... vivió dos meses asombrándose de todo...

extremeciéndose por todo... revelando en su delirio el nombre del fraile

impuro... al fin murió: murió asesinada por la Inquisicion.

Detúvose Yuzuf quebrantado por su dolor. Yaye le escuchaba con la faz

sombría.

--¿Y que hicísteis del fraile?

--Murió despedazado por cuatro potros delante de mí en una rambla de las

Alpujarras, despues de haber revelado en el tormento el nombre del

infame criado que fue su cómplice y que murió del mismo modo. Desde

entonces me ensangrenté en los cristianos, singularmente en los clérigos

y en los frailes. Pero no basta la sangre vertida, es necesario

verterla á torrentes; sangre impura de cristianos: yo soy viejo... ya no

puedo, como antes, estar hoy aquí, mañana allá, unas veces coronado

entre mis vasallos, otras encubierto entre mis enemigos. ¡Oh Dios mio,

Dios mio! añadió Yuzuf levantando los ojos y las manos al cielo, ¡tú no

quieres que Ana quede sin venganza, tú no lo quieres porque me has

rejuvenecido en mi hijo, y mi hijo vengará á su madre! ¡la vengará!

--¡Y si no puedo vengarla, señor, trasmitiré á mis hijos mi venganza!

--Sí, nuestra venganza pasará de generacion en generacion. Dios querrá

que se cumpla. Dios querrá que la sangre de tu madre no quede sin

venganza. ¡Qué! ¿permitirá Dios que queden impunes los infames que me

robaron á un arcángel del sétimo cielo! Abd-el-Gewar cree que no debí

unirme á tu madre porque era cristiana. ¡Oh! era imposible verla y no

amarla. Acaso yo, moro de raza, enemigo á muerte del nombre cristiano,

no debí sucumbir á los amores de una infiel. Pero basta ver esa tabla

para disculparme: su pureza era tan grande como su hermosura, y tan

grandes como su pureza y su hermosura sus virtudes. Cómo verla y no

amarla? ¿Cómo amarla y no codiciarla? ¿Cómo codiciarla y no ceder á su

voluntad? ¿Has visto alguna vez, hijo mío, una mujer semejante á tu

madre?

--Sí, dijo roncamente Yaye, la he visto, existe.

--¿Que existe? ¿que la has visto?

--Ayer la ví por la última vez... la estoy viendo ahora: la veis vos...

porque su imágen, está ahí, en esa tabla, con su misma frente pura,

pálida y tranquila: con sus mismos ojos de mirada ardiente y lánguida,

con su boca de sonrisa melancólica... Es ella... ella misma... Y luego

su nombre... mi madre se llamaba doña Ana de Córdoba y de Válor, y esa

mujer de quien os hablo, esa mujer que parece reproducida en esa tabla,

que vive, que tiene la misma edad que representa el retrato de mi madre

se llama...

--Doña Isabel de Córdoba y de Válor, dijo interrumpiendo á Yaye Yuzuf,

que habia escuchado con un asombro y un placer marcados, la ardiente

descripcion que su hijo habia hecho de doña Isabel, comparándola con su

madre.

--¡Cómo! la conoceis, señor.

--Doña Isabel de Válor es hija del hermano de tu madre, es tu prima

hermana.

--¡Misericordia de Dios! exclamó Yaye.

--Tú la amas, hijo mio, añadió Yuzuf: la amas, porque al pronunciar su

nombre, al hablar de ella, tu voz era trémula, estabas conmovido:

amándola has colmado mis mas ardientes deseos; yo... yo he sido quien te

he puesto al paso de esa mujer.

--¡Vos, señor!

--Si, yo compré para tí la casa inmediata á la de don Fernando de Válor,

con quien vive doña Isabel.

--¡Ah padre mio! ¡la fatalidad nos persigue!

--¡Cómo, amas á Isabel y ella no te ama!

--Ella, señor, muere por mí.

--Pues si tú la amas... si ella te ama... ¿acaso sus hermanos?...

--Sus hermanos no conocen nuestros amores: yo procuraba alejarme de su

trato todo lo posible porque los despreciaba y los desprecio... son

renegados.

--¿Y por qué Isabel es hermana de los renegados te has sobrepuesto á tu

amor... al suyo... y acaso la has despreciado?

--Anoche, señor, dijo Yaye confundido por el ronco acento de su padre,

he resistido á su amor, la he dejado anegada en llanto, sentenciada á un

destino horrible... porque... Isabel ha preferido perderme y ser

infeliz, á dejar la religion cristiana; porque yo musulman no podia ser

esposo de la cristiana hija de los renegados.

--¿Y por qué, dijo con doble severidad el anciano, has desgarrado entre

tus manos su corazon? ¿Por qué la has enamorado si no creias posible tu

casamiento con ella?

--Isabel me amaba... necesitaba mi amor para vivir.

--¿Y creiste escuchando á tu soberbia, exclamó Yuzuf con profundo

acento, que hacias una obra meritoria diciendo amores á una pobre niña,

abriendo su corazon á la felicidad para decirla despues: no puedo ser tu

esposo porque eres cristiana?

--¡Señor!

--Tienes un deber sagrado que cumplir; es necesario que devuelvas su

dicha á Isabel; ella se parece á tu madre, tanto en el cuerpo como en el

alma: la conozco bien, ¿y sabes tú lo que es una mujer de corazon que

ama, cuando el hombre de su amor la abandona? Es un alma condenada; una

mártir: tú no tienes derecho para martirizar á nadie, y mucho menos á un

ángel. Es necesario, puesto que la amas, que seas feliz con ella, y que

ella lo sea contigo.

--Acaso sea imposible, señor.

--¿Te ha exigido ella que para ser su esposo reniegues de tu ley?

--Ella me ha dicho: seguid vos en vuestra ley, yo seguiré en la mia: vos

pasais entre los moriscos por cristiano, seguid pareciéndolo para ser mi

esposo.

--¿Y te negaste?

--Aborrezco el nombre cristiano.

--Yo no aborrezco á los cristianos por su religion, sino por sus

crueldades con nosotros; por su feroz fanatismo, por su intolerancia

como vencedores. El pueblo de Ismael nunca ha sido tan ignorante, tan

fanático, tan cruel. Cuando los árabes conquistaron á España, cuando la

ocuparon enteramente desde Calpe á los Pirineos, respetaron la religion,

las leyes y las costumbres de los vencidos; les dejaron sus templos, sus

sacerdotes, sus jueces y los trataron como hermanos. ¿Y qué sucedió? las

dos razas antes enemigas, acabaron por confundirse. ¿Y quién obró este

milagro? ¡El amor! Nuestros antepasados tuvieron cristianas por esposas,

y los vínculos de la familia hicieron un solo pueblo de vencedores y

vencidos. Cuando los Reyes Católicos entraron en Granada, encontraron

una iglesia cristiana; oyeron la voz de una campana que llamaba á sus

correligionarios á la oracion: aquella campana habia estado resonando

durante un espacio de mas de siete siglos en los oidos de los musulmanes

sin que estos se irritasen: durante mas de siete siglos los obispos de

Hiberis pudieron entrar y salir libremente en aquella iglesia, sin que

nadie los insultase, sin que un solo musulman profanase el templo, ni

interrumpiese el rito. Si nuestros abuelos fueron tolerantes; si

trataron á los vencidos como hermanos; si se enlazaron con las

cristianas, hijas de los solariegos, ¿por qué no hemos de imitarlos

nosotros? ¿por qué ha de ser imposible tu union con Isabel de Córdoba y

de Válor?

--Porque yo no he oido antes vuestra voz, padre mio, exclamó con

desesperacion Yaye: porque yo no os he conocido algun tiempo antes.

--¿Has hecho acaso á Isabel una de esas graves injurias que no puede

perdonar una mujer? ¿Te has envilecido á sus ojos?

--He rechazado su mano en el momento mismo en que se veia obligada por

sus hermanos á entrar en un convento ó á enlazarse á otro hombre.

--¿Y cuando te hizo esa revelacion Isabel?

--Anoche.

--¡Oh! ¡acaso sea tiempo aun! exclamó el anciano corriendo las cortinas

sobre el retrato. Ven hijo mio; ven.

Y salió precipitadamente arrastrando consigo á Yaye, cerró, y le llevó á

otra cámara apartada.

--¡Mi secretario Ayub! gritó á uno de los esclavos que dormitaban en la

antecámara.

Poco despues entró un anciano con el cual salió Yuzuf por una puerta

lateral.

En seguida entró por aquella misma puerta un morisco jóven, de aspecto

brabío, pero hermoso y simpático, que se prosternó ante Yaye.

--¿Quien eres? le dijo, este.

--Poderoso Emir, contestó el jóven: vuestro magnánimo padre me envia á

vos. Creo que es necesario que os disfraceis de hidalgo cristiano.

--Tienes razon. ¿Y hay aquí ropas?

--Sí señor. Con mucha frecuencia nos vemos precisados á parecer lo que

no somos. Venid si os place conmigo, señor.

La cámara quedó desierta durante media hora: al cabo de ella entró de

nuevo Yaye. Venia vestido con un sencillo pero rico trage de camino á la

castellana. Al mismo tiempo entró por otra puerta en la cámara Yuzuf,

que traia en la mano un pliego cerrado: en la nema de aquel pliego se

leia:

«A nuestro muy querido sobrino don Diego de Córdoba y de Válor.»

--Toma, hijo mio, dijo Yuzuf á Yaye dándole el pliego: corre, vuela,

llega á Granada, busca á don Diego de Córdoba, dale estas letras y

cásate con Isabel, si aun es tiempo.

Y la voz del anciano temblaba, porque comprendia que aquel «_si aun es

tiempo_» era una condicion de vida ó de muerte para el corazon de su

hijo.

--¡Ah padre mio! y si por desgracia...

--Ni una palabra mas: ya he dado mis órdenes á Abd-el-Gewar que te

acompañará con veinte hombres de confianza: á caballo, emir de los

monfíes; á caballo.

* * * * *

A poco, Yaye y Abd-el-Gewar, tambien con trage castellano, acompañados

de Harum que parecia un mayordomo de casa rica, y de veinte monfíes que

no parecia sino que toda su vida habian sido lacayos, ginetes en buenos

caballos y armados á la ligera, salian de un espeso pinar.

La noche estaba ya muy avanzada: el dia se aproximaba, la luna cercana

al occidente iluminaba la montaña.

Al empezar á trepar por un desfiladero les detuvo un ¿quién va?

enérgico. A poca distancia soplando la mecha de un arcabuz, se veia un

soldado castellano y en el fondo de la rambla, donde como hemos dicho

antes, habia sido despeñado el alguacil de Mecina de Bombaron, habia

muchos hombres.

--¿Quiénes sois,? dijo un alférez que habia acudido al ¿quién va? del

centinela.

--Somos hidalgos castellanos, dijo Abd-el-Gewar que vamos nuestro

camino.

--Pues mal camino llevais hidalgos, replicó el alférez: con el edicto

del emperador que, como sabeis acaba de pregonarse en las Alpujarras,

andan revueltos esos malditos monfíes, y esta misma noche han medio

muerto al alguacil del corregidor de Mecina de Bombaron que se habia

atrevido á seguirles los pasos disfrazado.

--¿Y no ha muerto el buen alguacil? dijo terciando en la conversacion

uno de los monfíes disfrazados de castellanos que escoltaban á Yaye.

Es de advertir que este monfí hablaba perfectamente el castellano.

--Ha sido un milagro de Dios dijo el alférez, le han dado tres saetadas,

y le han despeñado de allá arriba. Pero aun tiene vida, segun las

muestras, para contarlo.

--¡Malditos monfíes! dijo el monfí disfrazado ¡y no saber dónde diablos

se meten!

--Malditos amen, dijo el alférez. Por lo mismo, añadió dirigiéndose á

Abd-el-Gewar, yo os aconsejaria, buen caballero, que dejaseis la jornada

para el dia, si es que no os importa mucho, y que, aunque vais bien

resguardado, os alojáseis en Cádiar, donde hay un buen presidio de

soldados.

--Os agradezco el aviso, señor alférez, dijo Abd-el-Gewar, pero ya no

puede tardar en amanecer. Adios y que él dé salud al herido.

--El os guarde hidalgos.

El alférez bajó hácia la rambla, y Yaye, Abd-el-Gewar y los suyos

siguieron trepando por el desfiladero.

--Cerca andan de nosotros, dijo el monfí que habia hablado antes; por lo

mismo mucho será que no tengan alguna mala aventura.

Apenas habia dicho el monfí estas palabras cuando se escucharon á lo

lejos, en lo profundo de las breñas, arcabuzazos repetidos, y algunas

balas y saetas perdidas, pasaron sobre sus cabezas.

--¡A la rambla del rio! exclamó Abd-el-Gewar revolviendo su caballo;

vamos á ganar el camino por mas abajo de Cádiar. Al galope y silencio.

Muy pronto se perdieron entre las ramblas de los barrancos, y luego no

se oyeron mas que los disparos de los arcabuces y las campanas de Cádiar

que tocaban á rebato.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 18 / 168 题