Prosigue la Lozana, y pregunta á la Tia.
_Loz._ Señora Tia, ¿es aquel que está paseándose con aquel que suena
los órganos? Por su vida que lo llame. ¡Ay cómo es dispuesto! ¡y qué
ojos tan lindos! ¡qué ceja partida! ¡qué pierna tan seca y enxuta!
¿Chinelas trae? ¡Qué pié para galochas y zapatilla ceyena! Querria
que se quitase los guantes por verle qué mano tiene. Acá mira;
¿quiere vuestra merced que me asome?
_Tia._ No, hija; que yo quiero ir abaxo, y él me verná á hablar, y
cuando él estará abaxo vos verneis; si os habláre, abaxá la cabeza y
pasaos, y si yo os dixere que le hableis, vos llegá cortés y hacé una
reverencia, y si os tomáre la mano, retraéos hácia atras porque, como
dicen, amuestra á tu marido el copo, mas no del todo; y desta manera
él dará de sí, y verémos qué quiere hacer.
_Loz._ Veislo viene acá.
_Mercader._ Señora, ¿qué se hace?
_Tia._ Señor, serviros, y mirar en vuestra merced la lindeza de
Diomedes el Ravegnano.
_Merc._ Señora, ¿pues ansí me llamo yo, madre mia? yo querria ver
aquella vuestra sobrina. Y por mi vida que será su ventura, y vos no
perdereis nada.
_Tia._ Señor, está revuelta y mal aliñada, mas porque vea vuestra
merced como es dotada de hermosura, quiero que pase aquí abaxo su
tela, y verála como texe.
_Diomedes._ Señora mia, pues sea luego.
_Tia._ ¿Aldonza? ¿Sobrina? veníos acá, y vereis mejor.
_Loz._ Señora tia, aquí veo muy bien, aunque tengo la vista
cordobesa: salvo que tengo premideras.
_Tia._ Deci sobrina que este gentil hombre quiere que le texais
un texillo, que proveerémos de premideras. Veni aquí, hacé una
reverencia á este señor.
_Diom._ ¡Oh qué gentil dama! Mi señora madre, no la dexe ir, y
suplícole que le mande que me hable.
_Tia._ Sobrina, responde á ese señor, que luégo torno.
_Diom._ Señora, su nombre me diga.
_Loz._ Señor sea vuestra merced de quien mal lo quiere; yo me llamo
Aldonza, á servicio y mandado de vuestra merced.
_Diom._ ¡Ay! ¡ay! ¡qué herida! que de vuestra parte qualque vuestro
servidor me ha dado en el corazon con una saeta dorada de amor.
_Loz._ No se maraville vuestra merced; que cuando me llamó que
viniese abaxo, me parece que vi un mochacho, atado un paño por la
frente, y me tiró no sé con qué; en la teta izquierda me tocó.
_Diom._ Señora, es tal ballestero, que de un mismo golpe nos hirió á
los dos. _Ecco adunque due anime en uno core._ ¡Oh Diana! ¡oh Cupido!
socorred el vuestro siervo. Señora, sino remediamos con socorro de
médicos sabios, dudo la sanidad, y pues yo voy á Cáliz, suplico á
vuestra merced se venga comigo.
_Loz._ Yo, señor, verné á la fin del mundo; mas dexe subir á mi tia
arriba, y pues quiso mi ventura, seré siempre vuestra más que mia.
_Tia._ ¡Aldonza! ¡Sobrina! ¿qué haceis? ¿dónde estais? ¡Oh pecadora
de mí! el hombre dexa el padre y la madre por la mujer, y la mujer
olvida por el hombre su nido. ¡Ay sobrina! y si mirára bien en vos,
viera que me habíedes de burlar; mas no teneis vos la culpa, sino yo,
que teniendo la yesca busqué el eslabon; mira qué pago, que si miro
en ello, ella misma me hizo alcagüeta; va, va, que en tal pararás.