proposición aprobada, la devolverá a las cortes, con clara exposición
de las razones que hubiere tenido para suspenderla.
22. Así devuelta la proposición, se examinará de nuevo en uno y otro
estamento, y si los dos tercios de los votos de cada uno no confirmaren
la anterior resolución, la proposición se tendrá por no hecha, y no se
podrá renovar hasta las futuras cortes.
23. Si los dos tercios de votos de cada estamento ratificaren la
aprobación anteriormente dada a la proposición, será esta elevada de
nuevo por los mensajeros de estado a la sanción real.
24. En este caso la regencia otorgará a mi nombre la real sanción en
el termino de tres días; pasados los cuales, otorgada o no, la ley
se entenderá legítimamente sancionada, y se procederá de hecho a su
publicación en la forma de estilo.
25. La promulgación de las leyes así formadas y sancionadas, se hará en
las mismas cortes antes de su disolución.
26. Para evitar que en las cortes se forme algún partido que aspire
a hacerlas permanentes, o prolongarlas en demasía, cosa que, sobre
trastornar del todo la constitución del reino, podría acarrear otros
muy graves inconvenientes, la regencia podrá señalar un termino a la
duración de las cortes, con tal que no baje de seis meses. Durante las
cortes, y hasta tanto que estas acuerden, nombren e instalen el nuevo
gobierno, o bien confirmen el que ahora se establece, para que rija
la nación en lo sucesivo, la regencia continuará ejerciendo el poder
ejecutivo en toda la plenitud que corresponde a mi soberanía.
En consecuencia las cortes reducirán sus funciones al ejercicio del
poder legislativo que propiamente les pertenece, y confiando a la
regencia el del poder ejecutivo, sin suscitar discusiones que sean
relativas a él y distraigan su atención de los graves cuidados que
tendrá a su cargo, se aplicarán del todo a la formación de las leyes y
reglamentos oportunos para verificar las grandes y saludables reformas
que los desórdenes del antiguo gobierno, el presente estado de la
nación y su futura felicidad hacen necesarias; llenando así los grandes
objetos para que fueron convocadas. Dado, etc., en la real Isla de
León, a 29 de enero de 1810.
NÚMERO 11-3.
Españoles: La junta central suprema gubernativa del reino, siguiendo la
voluntad expresa de nuestro deseado Monarca y el voto público, había
convocado a la nación a sus cortes generales para que, reunida en
ellas, adaptase las medidas necesarias a su felicidad y defensa. Debía
verificarse este gran congreso en 1.º de marzo próximo, en la Isla de
León, y la junta determinó y publicó su traslación a ella cuando los
franceses, como otras muchas veces, se hallaban ocupando la Mancha.
Atacaron después los puntos de la sierra, y ocuparon uno de ellos; y
al instante las pasiones de los hombres, usurpando su dominio a la
razón, despertaron la discordia que empezó a sacudir sobre nosotros
sus antorchas incendiarias. Más que ganar cien batallas valía este
triunfo a nuestros enemigos, y los buenos todos se llenaron de espanto
oyendo los sucesos de Sevilla en el día 24, sucesos que la malevolencia
componía, y el terror exageraba, para aumentar en los unos la confusión
y en los otros la amargura. Aquel pueblo generoso y leal que tantas
muestras de adhesión y respeto había dado a la suprema junta, vio
alterada su tranquilidad, aunque por pocas horas. No corrió, gracias al
cielo, ni una gota de sangre, pero la autoridad pública fue desatendida
y la majestad nacional se vio indignamente ultrajada en la legítima
representación del pueblo. Lloremos, españoles, con lágrimas de sangre
un ejemplo tan pernicioso. ¿Cuál sería nuestra suerte si todos le
siguiesen? Cuando la fama trae a vuestros oídos que hay divisiones
intestinas en la Francia, la alegría rebosa en vuestros pechos, y
os llenáis de esperanza para lo futuro, porque en estas divisiones
miráis afianzada vuestra salvación y la destrucción del tirano que os
oprime. Y nosotros, españoles, nosotros cuyo carácter es la moderación
y la cordura, cuya fuerza consiste en la concordia, ¿iríamos a dar
al déspota la horrible satisfacción de romper con nuestras manos los
lazos que tanto costó formar, y que han sido y son para él la barrera
más impenetrable? No, españoles, no: que el desinterés y la prudencia
dirija nuestros pasos, que la unión y la constancia sean nuestras
áncoras, y estad seguros de que no pereceremos.
Bien convencida estaba la junta de cuán necesario era reconcentrar más
el poder. Mas no siempre los gobiernos pueden tomar en el instante las
medidas mismas de cuya utilidad no se duda. En la ocasión presente
parecía del todo importuno, cuando las cortes anunciadas, estando ya
tan próximas, debían decidirla y sancionarla. Mas los sucesos se han
precipitado de modo que esta detención, aunque breve, podría disolver
el estado, si en el momento no se cortase la cabeza al monstruo de la
anarquía.
No bastaban ya a llevar adelante nuestros deseos ni el incesante afán
con que hemos procurado el bien de la patria, ni el desinterés con
que la hemos servido, ni nuestra lealtad acendrada a nuestro amado y
desdichado rey, ni nuestro odio al tirano y a toda clase de tiranía.
Estos principios de obrar en nadie han sido mayores, pero han podido
más que ellos la ambición, la intriga y la ignorancia. ¿Debíamos,
acaso, dejar saquear las rentas públicas que por mil conductos ansiaban
devorar el vil interés y el egoísmo? ¿Podíamos contentar la ambición
de los que no se creían bastante premiados con tres o cuatro grados en
otros tantos meses? ¿Podíamos, a pesar de la templanza que ha formado
el carácter de nuestro gobierno, dejar de corregir con la autoridad de
la ley las faltas sugeridas por el espíritu de facción que caminaba
impudentemente a destruir el orden, introducir la anarquía y trastornar
miserablemente el estado?
La malignidad nos imputa los reveses de la guerra; pero que la equidad
recuerde la constancia con que los hemos sufrido, y los esfuerzos
sin ejemplo con que los hemos reparado. Cuando la junta vino desde
Aranjuez a Andalucía, todos nuestros ejércitos estaban destruidos; las
circunstancias eran todavía más apuradas que las presentes, y ella
supo restablecerlos, y buscar y atacar con ellos al enemigo. Batidos
otra vez y deshechos, exhaustos al parecer todos los recursos y las
esperanzas, pocos meses pasaron, y los franceses tuvieron enfrente
un ejército de ochenta mil infantes y doce mil caballos. ¿Qué no ha
tenido en su mano el gobierno que no haya prodigado para mantener estas
fuerzas y reponer las enormes pérdidas que cada día experimentaba?
¿Qué no ha hecho para impedir el paso a la Andalucía por las sierras
que la defienden? Generales, ingenieros, juntas provinciales, hasta
una comisión de vocales de su seno han sido encargados de atender
y proporcionar todos los medios de fortificación y resistencia que
presentan aquellos puntos, sin perdonar para ello ni gasto, ni fatiga
ni diligencia. Los sucesos han sido adversos; ¿pero la junta tenía en
su mano la suerte del combate en el campo de batalla?
Y ya que la voz del dolor recuerda tan amargamente los infortunios,
¿por qué ha de olvidarse que hemos mantenido nuestras íntimas
relaciones con las potencias amigas, que hemos estrechado los lazos
de fraternidad con nuestras Américas, que estas no han cesado de dar
pruebas de amor y fidelidad al gobierno, que hemos, en fin, resistido
con dignidad y entereza las pérfidas sugestiones de los usurpadores?
Mas nada basta a contener el odio que antes de su instalación se había
jurado a la junta. Sus providencias fueron siempre mal interpretadas y
nunca bien obedecidas. Desencadenadas, con ocasión de las desgracias
públicas, todas las pasiones, han suscitado contra ella todas las
furias que pudiera enviar contra nosotros el tirano a quien combatimos.
Empezaron sus individuos a verificar su salida de Sevilla con el objeto
tan público y solemnemente anunciado de abrir las cortes en la Isla
de León. Los facciosos cubrieron los caminos de agentes, que animaron
los pueblos de aquel tránsito a la insurrección y al tumulto, y los
vocales de la junta suprema fueron tratados como enemigos públicos,
detenidos unos, arrestados otros, y amenazados de muerte muchos,
hasta el presidente. Parecía que, dueño ya de España, era Napoleón el
que vengaba la tenaz resistencia que le habíamos opuesto. No pararon
aquí las intrigas de los conspiradores: escritores viles, copiantes
miserables de los papeles del enemigo, les vendieron sus plumas, y no
hay género de crimen, no hay infamia que no hayan imputado a vuestros
gobernantes, añadiendo al ultraje de la violencia la ponzoña de la
calumnia.
Así, españoles, han sido perseguidos e infamados aquellos hombres
que vosotros elegisteis para que os representasen; aquellos que, sin
guardias, sin escuadrones, sin suplicios, entregados a la fe pública,
ejercían, tranquilos a su sombra, las augustas funciones que les
habíais encargado. ¿Y quiénes son, gran Dios, los que los persiguen?
los mismos que desde la instalación de la junta trataron de destruirla
por sus cimientos, los mismos que introdujeron el desorden en las
ciudades, la división en los ejércitos, la insubordinación en los
cuerpos. Los individuos del gobierno no son impecables ni perfectos;
hombres son y, como tales, sujetos a las flaquezas y errores humanos.
Pero como administradores públicos, como representantes vuestros, ellos
responderán a las imputaciones de esos agitadores y les mostrarán dónde
ha estado la buena fe y patriotismo, dónde la ambición y las pasiones
que sin cesar han destrozado las entrañas de la patria. Reducidos de
aquí en adelante a la clase de simples ciudadanos por nuestra propia
elección, sin más premio que la memoria del celo y afanes que hemos
empleado en servicio público, dispuestos estamos, o más bien ansiosos,
de responder delante de la nación en sus cortes, o del tribunal que
ella nombre, a nuestros injustos calumniadores. Teman ellos, no
nosotros; teman los que han seducido a los simples, corrompido a
los viles, agitado a los furiosos; teman los que en el momento del
mayor apuro, cuando el edificio del estado apenas puede resistir el
embate del extranjero, le han aplicado las teas de la disensión para
reducirle a cenizas. Acordaos, españoles, de la rendición de Oporto.
Una agitación intestina, excitada por los franceses mismos, abrió
sus puertas a Soult, que no movió sus tropas a ocuparla hasta que el
tumulto popular imposibilitó la defensa. Semejante suerte os vaticinó
la junta, después de la batalla de Medellín, al aparecer los síntomas
de la discordia que con tanto riesgo de la patria se han desenvuelto
ahora. Volved en vosotros y no hagáis ciertos aquellos funestos
presentimientos.
Pero, aunque fuertes con el testimonio de nuestras conciencias, y
seguros de que hemos hecho en bien del estado cuanto la situación de
las cosas y las circunstancias han puesto a nuestro alcance, la patria
y nuestro honor mismo exigen de nosotros la última prueba de nuestro
celo y nos persuaden dejar un mando cuya continuación podrá acarrear
nuevos disturbios y desavenencias. Sí, españoles: vuestro gobierno,
que nada ha perdonado, desde su instalación, de cuanto ha creído que
llenaba el voto público; que fiel distribuidor de cuantos recursos
han llegado a sus manos, no les ha dado otro destino que las sagradas
necesidades de la patria; que os ha manifestado sencillamente sus
operaciones, y que ha dado la muestra más grande de desear vuestro
bien en la convocación de cortes, las más numerosas y libres que ha
conocido la monarquía, resigna gustoso el poder y la autoridad que le
confiasteis y la traslada a las manos del consejo de regencia que ha
establecido por el decreto de este día. ¡Puedan vuestros gobernantes
tener mejor fortuna en sus operaciones! Y los individuos de la junta
suprema no les envidiarán otra cosa que la gloria de haber salvado la
patria y libertado a su rey.
Real Isla de León, 29 de enero de 1810. — Siguen las firmas.
NÚMERO 11-4.
_Véase el manifiesto de la junta suprema de Cádiz._
NÚMERO 11-5.
_En el palacio de las Tullerías, a 8 de febrero de 1810._
Napoleón, etc. Considerando, por una parte, que las sumas enormes que
nos cuesta nuestro ejército de España empobrecen nuestro tesoro y
obligan a nuestros pueblos a sacrificios que ya no pueden soportar; y
considerando, por otra parte, que la administración española carece de
energía y es nula en muchas provincias, lo que impide sacar partido de
los recursos del país, y los deja, por el contrario, a beneficio de los
insurgentes; hemos decretado y decretamos lo que sigue:
TÍTULO PRIMERO.
_Del gobierno de Cataluña._
ART. 1.º El séptimo cuerpo del ejército de España tomará el título de
ejército de Cataluña. 2.º La provincia de Cataluña formará un gobierno
particular con el título de gobierno de Cataluña. 3.º El comandante en
jefe del ejército de Cataluña será gobernador de la provincia y reunirá
los poderes civiles y militares. 4.º La Cataluña queda declarada en
estado de sitio. 5.º El gobernador queda encargado de la administración
de la justicia y de la real hacienda, proveerá todos los empleos y hará
todos los reglamentos necesarios. 6.º Todas las rentas de la provincia,
en imposiciones ordinarias y extraordinarias, entrarán en la caja
militar, a fin de subvenir a los sueldos y gastos de las tropas, y a la
manutención del ejército.
TÍTULO SEGUNDO.
_Del gobierno de Aragón. Segundo gobierno._
El general Suchet será gobernador de Aragón con toda la autoridad
militar y civil; nombrará toda clase de empleados, hará reglamentos,
etc., etc., y desde 1.º de mayo no enviará nuestro tesoro público
fondos algunos para la manutención del ejército, sino que el país
suministrará lo que necesite para él.
TÍTULO TERCERO.
_Del gobierno de Navarra. Tercer gobierno._
La provincia de Navarra se llamará gobierno de Navarra.
El general Dufour será gobernador de Navarra, y conducirá allá
los cuatro regimientos de su división: en cuanto a su autoridad y
manutención del ejército, lo mismo que lo dicho con respecto a Aragón.
TÍTULO CUARTO.
_Del gobierno de Vizcaya. Cuarto gobierno._
La Vizcaya se llamará gobierno de Vizcaya.
El general Thouvenot será gobernador, y lo mismo que lo dicho respecto a
Navarra.
TÍTULO QUINTO.
Los gobernadores de estos cuatro gobiernos se entenderán con el
estado mayor del ejército de España en lo que tenga relación con las
operaciones militares; pero en cuanto a la administración interior y
policía, rentas, justicia, nombramiento de empleados y todo género de
reglamentos, se entenderán con el emperador por medio del príncipe de
Neufchatel, mayor general.
TÍTULO SEXTO.
ART. 1.º Todos los productos y rentas ordinarias y extraordinarias
de las provincias de Salamanca, Toro, Zamora y León proveerán a la
manutención del 6.º cuerpo del ejército, y el duque de Elchingen
cuidará de que estos recursos sean bastantes para este fin, haciendo
que todo se invierta en utilidad del ejército. 2.º Lo que produzcan
las provincias de Santander y Asturias, para la manutención y sueldos
de la división de Bonnet. 3.º Las provincias situadas desde el Ebro a
los límites de la de Valladolid lo entregarán todo al pagador de Burgos
para el sueldo y manutención de las tropas que allí haya, y gasto de las
fortificaciones. 4.º Las provincias de Valladolid y Palencia proveerán
a la manutención y sueldo de la división de Kellermann. 5.º El duque de
Elchingen y los generales Bonnet, Thiebaut y Kellermann se entenderán,
en todo lo que tenga relación con las rentas de las provincias de su
mando, con el emperador por medio del príncipe de Neufchatel. 6.º La
ejecución de este decreto se encarga al príncipe de Neufchatel y a los
ministros de la guerra, en la administración de la guerra, de rentas y
del tesoro público.
NÚMERO 11-6.
_Memoria de los Sres. Azanza y Ofarrill, pág. 177._
NÚMERO 11-7.
Algunas de estas cartas fueron interceptadas por las guerrillas cerca
de Madrid y se insertaron en la _Gaceta de la Regencia_ de Cádiz. Las
hemos confrontado con la correspondencia manuscrita del Sr. Azanza, y
las hemos encontrado del todo exactas. He aquí las que nos han parecido
más importantes:
«Excmo Sr. — Ha llegado el caso de que yo pueda escribir a V. E. sobre
asuntos que directamente nos conciernen. Antes de ayer por la tarde
tuve una larga conversación con el Sr. duque de Cadore, ministro
de relaciones exteriores, que anteriormente me había dicho quería
comunicarme algo de orden del emperador. Referiré todo lo sustancial
de esta conferencia, en la cual se tocaron varios puntos, y todos de
importancia.
»Me dijo el ministro que S. M. I. no puede enviar más dinero a España,
y es preciso que ese reino provea a la subsistencia y gastos de su
ejército; que bastante hace en haber empleado 400.000 franceses en la
reducción de España; que la Francia ha agotado su erario, habiendo
enviado ahí desde el principio de la guerra más de 200 millones de
libras; que nuestro gobierno no ha hecho uso de los recursos que ofrece
el país para juntar fondos; que debieron exigirse contribuciones en
Andalucía, especialmente en Sevilla y Málaga, y también en Murcia; que
S. M. ha impuesto a Lérida una contribución de 6 millones de libras (no
estoy cierto si fue esta cantidad u otra mayor la que me dijo); que
debieron confiscarse los efectos ingleses encontrados en Andalucía,
y S. M. I. está en el concepto de que solo los de Sevilla habrían
importado 40 millones; que debió echarse mano de la plata de las
iglesias y conventos; que en España ha de circular necesariamente mucho
dinero del que han introducido los franceses y los ingleses, y del
que ha venido de América; que el emperador siempre ha hecho la guerra
sacando de los países que ha subyugado toda la manutención y gastos
de sus ejércitos; que si no tuviera que emplear tantas tropas en la
reducción de la España, habría licenciado muchas de ellas, y se habría
ahorrado el dispendio que están ocasionando; que los fondos de nuestra
tesorería no han tenido la inversión preferente que correspondía, es a
saber, pagar las tropas que han de hacer la conquista y pacificación
del reino; que ha habido muchas prodigalidades y gastos de lujo; que
las gratificaciones justas pudieron suspenderse hasta los tiempos
tranquilos y felices; que se mantienen estados mayores demasiado
numerosos y costosos; que se han formado y forman cuerpos españoles,
los cuales no solo son inútiles sino perjudiciales, porque además de
absorber sumas que podrían tener provechosa aplicación, desertan sus
individuos y pasan a aumentar la fuerza de los enemigos; y últimamente,
que es excesiva la bondad con que el rey trata a los del partido
contrario, concediéndoles gracias y ventajas, lo que solo sirve a
disgustar y desalentar a los que desde el principio abrazaron el suyo.
»Estas son las principales especies que me dijo el ministro; y ahora
expondré a V. E. las respuestas que yo le di. El punto más grave de
todos, y el que a mi parecer ocupa más la atención del emperador, es
el de querer excusar que de Francia vaya a España más dinero que los
dos millones de libras mensuales, prefijados en las disposiciones
anteriores. Acordándome de las notas que sobre este punto se pasaron
estando yo encargado del ministerio de negocios extranjeros, y
teniendo muy presente la situación de nuestras provincias y de nuestra
tesorería, dije al ministro que el rey, mi amo, reconocía las grandes
erogaciones que la guerra de España ocasionaba al erario de Francia,
pero que veía con mucho dolor y sentimiento suyo ser imposible
alcanzasen nuestros medios y nuestros recursos a libertarlo de esta
carga; que las rentas ordinarias habían sido hasta ahora casi nulas,
así porque no habían podido recaudarse sino en muy reducidos distritos
sojuzgados, como porque aun en estos las continuas incursiones de
los insurgentes y de las partidas de bandidos habían inutilizado los
esfuerzos y diligencias de los administradores y cobradores; que en
muchas partes los mismos generales y jefes de las tropas francesas
habían servido de obstáculo al recobro de los derechos reales en
lugar de auxiliarlo; que las provincias estaban arruinadas con las
suministraciones de toda especie que habían tenido que hacer para la
subsistencia, trasportes y hospitalidades de las tropas francesas, y
con la cesación de todo tráfico de unos pueblos con otros; que cuantos
fondos han podido juntarse, así por los impuestos antiguos como por
los arbitrios y medios que se han excogitado, han sido destinados
con preferencia a las necesidades del ejército francés, distrayendo
únicamente algunas cortas sumas para la guardia real, la cual casi
siempre ha estado en crecidos descubiertos, para la lista civil de S.
M., que no ha sido pagada sino en una muy corta parte, y para otras
atenciones urgentísimas, de modo que ni se han pagado viudedades,
ni pensiones, ni sueldos de retirados, y muchas veces ni los de los
empleados más necesarios, pues ha habido ocasión en que los ministros
mismos han estado durante cinco meses sin recibir los suyos por ocurrir
a los gastos de las tropas.
»En cuanto a los recursos de que se supone haberse podido echar mano,
achacando a impericia, falta de energía o excesiva contemplación del
gobierno para con los pueblos el no haberse así ejecutado, he dicho
al ministro que se han puesto en práctica cuantos han permitido las
circunstancias; que es preciso no perder de vista, para juzgarnos,
las circunstancias en que nos hemos hallado, esto es, que eran pocas
las provincias sometidas, y muy rara o ninguna la administrada
con libertad; que se han exigido contribuciones extraordinarias y
empréstitos forzados donde se ha creído posible, venciendo no pequeños
obstáculos; que había sido necesario no vejar ni apurar hasta el
extremo las provincias sometidas, para conservarlas en su fidelidad
y no dar, a las que estaban en insurrección, una mala idea de la
suerte que las esperaba en el caso de su rendición; que habrían
podido efectivamente sacarse más contribuciones, como lo hacen los
generales franceses en las provincias que están administrando; pero
que nunca hubieran producido lo suficiente a cubrir todos los gastos
del ejército; especialmente demorándose este dos años y medio o más
en los mismos parajes; que estas contribuciones no podrían repetirse,
como lo enseñará la experiencia en Castilla y en León, porque en las
primeras se agota todo el numerario existente y no se ve el modo de que
prontamente vuelva a la circulación, sobre todo cuando las tropas están
en movimiento, y la caja militar desembolsa sus fondos en distritos
distantes de donde los ha recogido; que S. M. I. se convencerá de la
imposibilidad de juntar caudales que sufraguen a todos los dispendios
de la guerra, por lo que sucede en las provincias que están confiadas
a la administración de generales franceses, quienes no podrán ser
culpados ni de indolencia, ni de demasiado miramiento para con los
pueblos, antes bien es de temer se valgan de durezas y violencias que
ningún gobierno del mundo puede ejercer para con sus propios súbditos,
aquellos con quienes ha de vivir, y cuya protección y amparo es su
primer deber; y que lo que haya sucedido en Lérida tal vez no podrá
servir de ejemplo en otras partes, porque, según he sabido aquí, en
aquella plaza, creyéndose muy difícil su conquista, se había depositado
el dinero y alhajas de muchos pueblos e iglesias; además de que todavía
no se sabe que haya podido satisfacer toda la cantidad que se le ha
impuesto.