Fuera de toda broma, el camino, si así puede llamarse la travesía de
grandes llanuras, es infernal.
En un espacio de sesenta leguas aproximativamente, hay cuatro
pequeñísimas poblaciones y los desmantelados lugares en que se remudan
las postas.
En esos parajes se detiene la diligencia unos cuantos minutos; los
pasajeros entran en tropel á una desajuarada pieza. En el centro de
ella hay una mesita insuficiente; á poca distancia se rebullen contra
el brasero unas arpías.
En la mesa impera un jarron de agua negra con el nombre de café. Vense
sembrados en la mesa platitos pequeños con tiras de jamon como cortezas
de árbol, maíces en crudo cuasi, yema de huevo hecha picadillo, una
especie de balas de masa que llaman pan; y si la posta tiene mucho
lujo, un pedazo de carne dura medio revolcada en grasa, ceniza y
cochambre, que llaman _biftek_. La agua es salobre, mordente, y poblada
de gusanitos inquietos.
Las poblaciones más regulares son Castroville, Orvalde, Blaskville,
Fort Clark y Paso del Aguila.
Pero solo en esta última poblacion es en la que se descansa despues de
un golpeo de dos dias.
Aunque no faltan conatos de poblaciones nuevas y cultivo, son grandes
los tramos de desierto, y el aspecto de los habitantes es triste,
bárbaro, presentando el interior de las chozas espectáculos de
verdadera miseria.
A veces, como inesperada, á la orilla de un camino se ve una tienda de
_groceries_, ó como si dijéramos, mestiza: á ella se agolpa la gente y
hay su remedo de tráfico.
En más de veinte años Castroville, por ejemplo, ha tenido corto
desarrollo; los carros de Durango y Chihuahua dan alguna vida á esos
lugares, y se la da el contrabando, no en direccion de Piedras Negras
como se cree generalmente, sino en la de Laredo por un extremo, y por
el otro sobre la Laguna, para dominar Zacatecas, San Luis y Durango,
sin necesidad de atravesar el desierto que media entre el Saltillo y
San Luis.
A _Piedras Negras_ llegamos á las once de la noche, es decir, cuarenta
y seis horas de aporreo contundente.
El Grande Hotel de _Eagle Pass_, que tiene por frontera _Piedras
Negras_ del lado de México, es un corral inmenso que tiene por límite
un tendido jacalon: en el corral hay macheros, cuadras y bodegas,
y á la habitacion la divide un abierto pasadizo en piezas para los
propietarios, y comedor y pieza de dormir de los mártires viajeros.
A nuestra llegada, anunciada con gritos y silbidos, aparecieron
algunos hombres en pechos de camisa, á la usanza de Tierracaliente,
con chanclas hechas de desechos de botas y botines, mangas de camisa
remangadas, brazos velludos, cabezas alborotadas y rostros tostados por
el sol y por el _whiskey_.
Hablaban aquellas gentes á la vez todos los idiomas; pero á derechas,
ninguno de los conocidos.
A medida que desembarcábamos del vehículo, entre muchachos, mastines y
acarreadores entrometidos, nos señalaban para embodegarnos una pieza
que por todo mueble tenia de esos catres de tijera y lona, sin más
adminículos.
Pero es el caso que muy poco se cuidaba nadie de que hubiera
correspondencia entre el número de huéspedes y el de catres; así es que
era muy comun ver que entraba uno á adjuntarse muy orondo al otro que
reposaba en profundo sueño, y solia celebrar su advenimiento con un
puñetazo.
La poblacion de _Eagle Pass_ se halla frente por frente de _Piedras
Negras_, dividiendo á ambas el rio Bravo del Norte, que corre como
en una hondonada entre ambas riberas accidentadas y llenas de
desigualdades y malezas.
A trechos se ven las casitas entre las zarzas, como un rebaño
esparcido; á veces forman calle en que abundan cantinas y lugares de
tráfico.
Pero todo signo de propiedad, elegancia y hasta el recuerdo de las
ciudades de los Estados-Unidos, parece extinguirse; es el fondo de
la coladera, el resíduo de la poblacion, la orilla del mar en que se
depositan espumas y basuras.
En el sitio de la guarnicion militar se percibe más esmerada cultura.
Desde la loma en que está colocado el gran jacalon que era nuestro
hotel, más bien se sospecha que se percibe _Piedras Negras_.
Distínguese el lado mexicano como detrás de un muro, la plaza es
extensa y cuadrada, con sus casas bajas de cal y canto, risueñas,
abiertas de par en par y con la fisonomía característica de nuestras
poblaciones.
Yo tenia que atravesar arena y algo de mal país para percibir, como un
enamorado, mi tierra; y luego que la encontré frente á frente, le dije
una de piropos y de ternezas, que quedé como fortalecido y contento.
Desde San Antonio habia yo escrito á mi nombre y al de Francisco al
General Naranjo, mi amigo muy querido, que nos ajustara un carricoche
y unos prácticos del terreno: sus contestaciones fueron de lo más
satisfactorias, y el coche fué de más, porque gran parte del camino la
hicimos en su carruaje y rodeados de toda clase de atenciones.
Luego que amaneció el 6 de Agosto del año del Señor de 1877, escribí
un papelito al Sr. Zartuche, administrador de la aduana, para que se
sirviese ordenar lo conveniente para el traslado de nuestros equipajes,
que podia cargar con desembarazo una golondrina.
La respuesta fué que esperásemos al Sr. Zartuche, que se disponia á ir
por nosotros para acompañarnos.
--Pero, hombre, me decia Francisco, ¿te has vuelto loco? mírate
revolviendo tu maleta mártir, mírate sacando de su inercia eterna al
escarmenador y al cepillo. ¿Qué te sucede?
--Acicálate tú tambien, vamos á abrazar á la niña: estamos de galanes y
de novios.
Y de facto, nos poniamos de veinticinco alfileres, y garbeábamos como
unos pollos en aquel reducido espacio que nos dejaban los catres y los
yankees medio despatarrados y desnudos.
--El criado me ha dicho, decia yo, dirigiéndome á Francisco y á riesgo
de que se diese una cortada, que Naranjo mandó traer unas buenas
sandías para que refresquemos al llegar: ahí está con él ese heróico
General Falcon, honra de nuestra patria, tan fino y caballeroso como
siempre.
--¿Y el coronel Nuncio, está? me dijo Pancho, desviando la navaja de su
cara.
--Ahí lo tienes, tan seco, tan pelon y tan aparentemente brusco;
pero es finísimo: todo lo que tiene de temerario en la guerra, tiene
de dulce y de caballeroso en el trato familiar. Y ¿sabes? el viejo
Resendis, tan querido de Juarez, ahí está tambien. Anda, yo te anudaré
la corbata.
--Déjame en paz.
--Oigo el carruaje. Aquí! aquí! yo soy, Sr. Zartuche, ese _Fidel_ muy
campechano y muy de su tierra: venga vd. por aquí.
Es el Sr. Zartuche un anciano florido y de cara abierta y bondadosa;
sus patillas, como dos motas de algodon; sus canas, cayendo en hilos de
plata sobre su frente tostada por el sol. Zartuche es la misma probidad
y el carácter más noble que se puede imaginar.
Yo dejé mi equipo á la buena de Dios, y escalé el carruajito como mejor
pude. Francisco saludó y guardó las atenciones que es debido.
Llegamos á la orilla del rio: del otro lado habia algunos curiosos.
Descendí del carruaje y me puse de pié en el chalan: veia rielando
el sol en las aguas; la orilla de la patria como que se me acercaba
tendiéndome sus brazos: me ahogaba la emocion. Cuando salté á tierra,
volví mis ojos, y de rodillas, brillando el sol en sus canas y su
hermosa frente, ví á Francisco besando la tierra de nuestra patria.
No por imitacion, sino por un acto que no podré explicar, me descubrí
tambien y apliqué mis labios á esta patria tan bella, tan llena de
infortunios, pero que se hace amar como ninguna otra patria de la
tierra.
Miéntras Francisco saludaba y le rodeaban de atenciones nuestros
amigos, yo, al rayo del sol y recargado en un desnudo tronco medio
hundido en la arena, escribia mi saludo á la patria, cuyo nombre
sagrado quiero que cierre, como un broche de diamante, el humilde
trabajo que tuve la osadía de titular: VIAJE Á LOS ESTADOS-UNIDOS: