PEDRO SANTACILIA.

Hubo un momento de silencio: pasó sollozando en el horizonte de

nuestras almas, la memoria de la patria.

Terminada la comida, espié un momento para escaparme, porque tenia

resuelto no despedirme de aquella casa, á la que tanto debí y á la que

amo tanto......

Me escapé al fin, sin que nadie lo apercibiese, y al hallarme solo en

la sombría calle 26, oyendo á lo léjos, como las caidas de agua de

la montaña, el rumor de las avenidas de la gran ciudad, no cesaba de

repetir: "Amor y bendiciones para los que acogen al extranjero como

á hermano, y le sientan en su hogar y calientan su corazon con el

cariño. Que la prosperidad les acompañe, y que la salud y el contento

aderecen su mesa y hagan mullido su lecho de descanso; que la virtud

y la sabiduría estrechen á su seno á las hijas y á los hijos de esta

familia, y que la Providencia divina derrame como lluvia benéfica, sus

más preciosos dones sobre esas flores de mi corazon......"

Vagué unos momentos al acaso, me senté en la plaza de Madisson, y veia

con indiferencia de autómata el círculo trasparente en que, á guisa de

vistas disolventes, se suceden figuras, que es una forma singular de

avisos.

Aquella fantasmagoría me producia un efecto semejante á la locura:

ya era una fisonomía á la que yo encontraba semejanza estrambótica;

ya un barco medio hundiéndose, que yo traducia por agüero de futuro

naufragio; ya unos gorritos de niños, que yo animaba con los cabellos

rubios y los rostros angélicos de mis nietecitos: aquella vista me

hacia mal.

Tomé, pues, la calle de Broadway para dirigirme á mi hotel.

Serian las doce de la noche, y los aparadores de las mil tiendas, en la

parte alta de la ciudad, estaban abiertos, como si se quisiera dar un

chasco á la noche.

Vino á mi mente la idea de hacer compras para los chicuelos, y no pude

hacerlo: esto me condenó á un positivo martirio.... las horas negras

revolaban sobre mi cabeza con sus alas de cuervo.

Al pasar por lo que se llama _Panadería de Viena_, que estaba luciente

y concurrida como un salon de baile, quise tomar un refresco.

Es de advertir que la _Panadería de Viena_ se llama así, porque allí se

fabrica pan exquisito, especial, como no lo habia comido en mi vida;

pero en realidad es uno de los más elegantes cafés de Nueva-York.

La _Panadería de Viena_ está situada en un recodo de la calle 9 que da

á Broadway; el ángulo está guarnecido de un hermoso barandal de hierro,

que resguarda un pintoresco jardin, en que hay un techo saliente

sostenido por delgadas y esbeltas columnas, y del que cuelga una

profusa cortina de lona.

Entre las flores, arbustos y macetas del jardin, se ven repartidas

simétricamente, mesitas con su tabla de mármol y sus piés de fierro.

Los efectos que se sirven en el café de Viena, son de la mejor calidad.

Mi curiosidad se despertaba al ver servir los chocolates en grandes

tazas, sumamente aguado y con cucharita, como si fuera _thé_.

Me caia en gracia ver llegar á los criados por su helado, que no sé

por qué le llaman (ladrillo helado), y el criado, ó el caballero, ó la

_lady_, lo conducian muy orondos, hecho piedra realmente, en su cajita

de carton; y me divertia la canastita curiosa de mimbres en que se

sirve el pan, y la servilletita cuadrada de alemanisco, con sus rayas

encarnadas, que solo sirve para limpiar los dedos y la boca, y no como

fungen las servilletas en nuestras mesas.

Sombría, hondamente sombría estaba mi alma, y no me puedo dar cuenta de

por qué, ansiando tanto volver á México y sintiendo en medio de aquel

bullicio, hasta mis huesos, el frio del aislamiento, hacia mi partida

con tristeza, como si me esperasen á la entrada de la patria más hondas

penas de las que yo sufria.

En los salones en que se advierte que se reciben señoras y caballeros,

no hay cantina, reina la mayor compostura y son frecuentados por culta

sociedad.

Algunos jóvenes, de regreso de los teatros y sus correrías; algunas

parejas afortunadas cantando en voz baja el eterno y siempre nuevo

duo del "yo te amo;" los picos del gas reverberante, pero alumbrando

fisonomías soñolientas y flores como dormidas sobre sus tallos, todo

tenia singular aspecto.

Al retirarme de aquel sitio, me pareció oir voces en español en una

mesita colocada á la sombra; acerquéme con cierta confianza, porque

yo no sé por qué dí y tomé en Nueva-York, que todos los que hablasen

español tenian de ser mis amigos íntimos por fuerza.

En esta vez no salió fallida mi extravagante regla: en aquella mesita,

y departiendo muy amigablemente, se encontraban mis amigos Manuel

Romero Rubio é Ignacio Mariscal, á quienes, en union de Juan José Baz,

habia visto en la mañana en el consulado.

Dos de estos amigos, Romero y Baz, desentendiéndose de los antecedentes

que nos reunian en el extranjero, atentos solo á los recuerdos de

afecto, y acaso en vista de mi mala posicion, fueron para conmigo finos

y hermanables.

Baz, ántes, con esa franqueza que forma el fondo de su carácter, habia

encontrado á mi hijo Francisco en la calle, y sin esperar saludo ni

cumplimiento, le llamó.

--Ven acá; tú no has de tener dinero; que nada te falte; aquí me

tienes, pídeme; poco te importa que esté ó no contento con tu padre; tú

eres su hijo y él es mi amigo.

Romero fué lo mismo conmigo, y cuando supo que hacia apuntaciones, que

buscaba noticias, se hizo mi colaborador. De Mariscal ni se diga, lo

quiero con el alma, tengo idea que es de los hombres que nos han hecho

honor en el extranjero; él ha sido mi consultor y le debo muchas de las

observaciones que pueden tener mérito en esta obrilla.

--¿No tomas nada?

--Ya tomé una grosella.

--Siéntese vd.

--¿Pronto la marcha?

--Muy pronto.

--En fin, y se puede decir, replicaba Romero, que has visto todo por

encima, sin detenerte en nada.

--Para detenerme necesitaba yo, como vd., decia yo á Mariscal, vivir

ocho ó diez años en Nueva-York.

--¿Viste por fin la casa de Appleton?

--La ví y tengo ya mis apuntaciones.

--¿Y el Correo?

--Consta en mi cartera.

--¿Y la Escuela de ciegos?

--Idem.

--¿Y la de sordo-mudos?

--La ví y no la estudié, porque de esos establecimientos conocemos por

lo que hemos leido de Europa, porque la escuela de México da idea de

estos adelantamientos, y sobre todo, porque cuando supe que tú habias

ido, tuve esperanza de que me darias detalles.

--Los detalles, continuó Manuel, serian frios y no tendrian interes;

los procedimientos de la enseñanza ya los conoces; pero puesto que lo

quieres, te contaré mis _Impresiones de viaje_:

"Se me habian hecho grandes elogios de la institucion de sordo-mudos,

proyectada en 1817, planteada en el de 1818, y que tuvo por uno de los

primeros presidentes de su Junta Directiva, á Cliton.

"Desarrolló un plan completo de mejoras en 1831, Mr. Henry P. Peet, y

hoy cuenta 400 pupilos en un hermosísimo edificio, en el centro de un

parque, en Washington Heigts, número 162.

"De los treinta profesores del establecimiento, quince son sordo-mudos.

"Aunque la institucion se instaló y subsiste de la beneficencia

privada, hoy la Legislatura la subvenciona y el Estado de Jersey

mantiene allí cincuenta niños."

--Despues de esa introduccion, ya te supongo de viaje.

[Ilustración: ASILO DE SORDO-MUDOS.]

--Te equivocas, he hecho ya el viaje, y mi charla de guía fué para

entretenerte en el camino.

Estamos á la puerta del grandioso edificio, y digo estamos, porque lo

visitaba en compañía de otros mexicanos.

Saliónos á recibir el médico del establecimiento y otros caballeros

(los supongo directores), que nos trataron con aquella finura y

atenciones con que tratan á todos los viajeros.

Comenzaron aquellos señores por enseñarnos las oficinas todas del

servicio del establecimiento, haciendo curiosas reseñas de la

organizacion administrativa; ya conoces esto: la cocina con todas sus

secciones, comunicacion de vapor, tubos, asadores, etc., la lavandería,

el comedor, todo perfectamente aseado.

Despues de recorrer estanques, leñeros, ventiladores y lo más íntimo,

ascendimos á la primera seccion de enseñanza para los niños que

comienzan, y tienen doce años lo ménos.

El sistema es una combinacion de señas, y como ilustracion el objeto.

Hay un salon con grandes pizarrones, cada niño tiene su jis. En el

centro de la pieza se ve una mesa con varios artículos; por ejemplo,

sombreros, bastones, guantes, velas, vasos, etc.

Se designa y tiene en la mano el objeto, se dice por señas su nombre,

se escribe en seguida.

--Sin duda un estudio profundo ha demostrado á los autores del

sistema, añadí yo, que nosotros percibimos grupos ó conjuntos y que

la particularizacion de esos objetos es el nombre sustantivo: así se

podrán comparar dos bastones y los distinguirá el adjetivo, etc.

Para cerciorarse el profesor de si ha comprendido el discípulo, escribe

el nombre del objeto y el niño lo designa ó lo conduce.

Despues, por medio de cambio de lugares de los objetos, da idea del

verbo, que es el enlace de los nombres, su accion y la vida del idioma.

Esto puede decirse que es lo rudimental; pero el apoteósis del esfuerzo

humano, la lucha con el infortunio, estriba en hacer hablar á los

sordo-mudos, y esto, aunque lo habia oido decir, me maravilló.

Careciendo el discípulo de idea del sonido, no se pudo aprovechar ese

elemento; pero se aprovecharon las ideas de los signos y se inventaron

figuras que correspondiesen á los movimientos de los labios, á la

posicion de la lengua y á la emision del aliento sonoro, de suerte que

hubo una especie de escala para las vocales, etc.

Hecha la articulacion, aparece la letra y hace visible la palabra que

comprueba la presencia del objeto, así con el signo convencional, así

al frente, y el preceptor delante armado de infinita paciencia, balbute

"papá," "mamá," "amo," y palabras fáciles como "baba," "papa," "ama,"

etc.

En este ejercicio se adiestran tanto los niños, que por el movimiento

de los labios comprenden á sus preceptores, platican y entran en

perfecta comunicacion.

--Yo no sé, continuó Romero, por qué me conmovió tanto aquella gloriosa

restitucion del hombre á la sociedad.

El sabio y venerable preceptor nos pidió, sin duda para presentarnos

una prueba especial de los adelantamientos de sus discípulos, que

escribiésemos alguna cosa para que lo repitiese una preciosa niña,

brillante de inteligencia y hermosura.

Un amigo escribió no sé qué sentencia en español.

Aquello lo tradujo la niña en sus signos, y articuló la sentencia en

español, con la misma propiedad que uno de nosotros.

Entramos por último al salon de adultos, que alumbraban rasgadas

ventanas, y que columnas, muebles, plataformas y techumbre, eran

grandiosos.

El director nos presentó á sus discípulos como mexicanos notables, con

expresiones de cortesía.

En seguida ordenó que escribiesen alguna cosa alusiva á nuestro país.

Cientos de manecitas como palomas con sus picos blancos, volaron sobre

los pizarrones, y dejaron líneas como huellas de su tránsito.

¡Qué elevacion de ideas! ¡qué conocimiento de nuestra historia! Muchas

inscripciones decian, que algunos creian que habia diferencias entre su

nacion y la nuestra, que dios era la paz, y el triunfo de la razon y la

justicia, la grande aspiracion de los pueblos....!

Repito, dijo para terminar Romero, que yo estaba abismado y que nunca

olvidaré mi visita á la institucion de _sordo-mudos_. Esta es la causa

porque lamentaba que la hubieses mentado de paso, y que no te hubieses

detenido á examinarla.

Dí las gracias á mis amigos por sus atenciones, y me retiré al hotel,

que estaba sepultado en profundo sueño.... Ardia, sin embargo, la luz

de la desconocida de la leyenda de _la Monja_.... ¿Me detengo?....

¿Disparo contra esa puerta un adios postrero.... que tiemble el

mundo....? Juicio, _Fidelillo_, y á dormir.

* * * * *

Dormí muy poco y con extremada agitacion. Antes del alba, Maguet estaba

de pié junto á la mesita en que yo escribia, poniéndome la mano en la

frente, con aquella su tiesura de palo, para cerciorarse si estaba yo

enfermo: por sí ó por no, me llevaba un tazon de té en que cómodamente

me hubiera podido dar un baño.

Con mucha formalidad, y siguiendo una espontánea inspiracion de mi

gratitud y mi ternura, me puse á escribir los nombres de aquellas

personas con quienes tenia obligaciones contraidas y á las que deseaba

decir adios, fuera de aquellos de quienes he hecho especial mencion.

El Sr. Dana, director del _Sun_, y persona en quien no se sabe qué

admirar más, si la probidad ó el talento, fué la primera persona que

ocupó mi lista.

Le merecí franca y leal amistad; pero además, todo mexicano le debe

especial consideracion.

Por un sentimiento espontáneo de simpatía, porque estén de acuerdo con

sus ideas las que nosotros defendemos, ó por lo que se quiera, jamás se

tratan las cuestiones de México, sin que M. Dana esté de nuestra parte,

con un conocimiento exacto de las cosas y con admirable desinteres.

Los Sres. García, de _Las Novedades_; los redactores de _La Voz de

Cuba_; el Sr. Macías y otros literatos distinguidos, merecen mi

profundo reconocimiento.

Los Sres. Cisneros, Aguilar, Agramonte, Jardines, Roselló, á todos

queria hacer patente mi reconocimiento, y me disponia á salir, cuando

Francisco, que habia arreglado lo conducente á la marcha, me dijo que

queria que le acompañase á tomar los boletos.

Emprendimos el viaje hasta la parte baja de la ciudad, en donde están

los despachos de líneas de vapores, ferrocarriles, _express_, y como

quien dice, las llaves para abrir todas las puertas del mundo.

Cuartos y salones extensos tapizados de mapas, guías, derroteros,

instrucciones para viajeros, todo se encuentra allí explicado por

corteses dependientes, que se esmeran en particularizar detalles, y que

le llevan á uno como por la mano á los puntos á que quiere dirigirse.

En estantes, á la entrada de esos salones, hay grátis y al alcance de

todo el que quiera, mapas y directorios utilísimos.

Quedó arreglado el envío del equipaje, el cochero que habia de pasar

por nosotros á las siete de la noche, y cuanto podiamos apetecer.

La ciudad me parecia más bella y animada; sus altas paredes, sus

magníficos edificios, sus cúpulas, sus torres, sus banderas, como que

salian á verme partir, y me señalaban entre aquel tumulto de coches, de

carros, de vendedores, de hombres de negocios y de paseantes.

El almuerzo fué tristísimo; se trataba de cosas indiferentes; pero el

eco de la voz tenia amargura, y no se atrevian á encontrarse nuestras

miradas.

La lluvia se desató á torrentes; yo me encerré en mi cuarto, y para

distraerme del fastidio que me agobiaba, me puse á copiar y extractar

del _New-York Times_ lo siguiente, que me pareció curioso.

Pero es el caso que dentro del periódico, y como por vía de

introduccion, habia puesto no sé cuántas sandeces que en aquellas

circunstancias se avenian con la disposicion de mi espíritu, como un

par de pistolas con un Santocristo.

No quiero, rematadamente no quiero poner ni quitar letras: allá va el

extracto con todo y copete inadecuado y estrambótico.

Ahora que reviso mis apuntaciones, como quien repasa un exámen de

conciencia, veo lo muy superficial de mis estudios, el mucho tiempo

perdido en fandangos y bureos y lo mal que corresponde el anuncio de

_Viaje á los Estados-Unidos_, con el diminuto y mal perjeñado texto de

_Fidel_.

Me consoló un tanto de tan amargas reflexiones, convencerme que este

defecto mio es de familia.

Tenia un tio (que por algo se ha de empezar), que se la daba de muy

entendido en esto de mapas y estudios geográficos.

Anunció un dia que se iba á encerrar con sus libros, y cátenlo vdes.

invisible para el comun de los mortales: los que lo espiábamos por el

agujerito de la chapa de la puerta, le veiamos amontonando pergaminos,

extendiendo papeles, tirando líneas, y estudiando, lleno de afan, hasta

las altas horas de la noche.

Un dia salió del estudio con un gran libro en las manos, reclamando

los honores del triunfo; abrió el libro con cierta prosopopeya, entre

asombrados circunstantes que leyeron en la portada:

Viaje a los Estados Unidos, Tomo III · 第 67 / 153 题