II

La gran tienda de Stward en Broadway.--Lord y Taylor.--Ropa

hecha.--Ropa-vejeros.--El Cementerio de Greenwood.--Un romance.

Ya que tuvo el lector la paciencia de acompañarme al Mercado; ya

que fué tan complaciente que no se asustó con su nomenclatura y sus

detalles, demos por vía de descanso una ojeada á establecimientos de

otro género. Las tiendas de ropa, por ejemplo, y los depósitos de ropa

hecha.

Entre los primeros descuella sin rival la tienda de Stward, que es

aquel grande edificio que distinguimos en Broadway, de cristales,

fierro y mármol, ocupando una manzana entera sus columnas, sus

pórticos, sus hileras de arcos con ventanas rasgadas, y su

magnificencia indescribible.

En el interior forman calles las armazones y mostradores con sus

asientos de trecho en trecho, de la forma de los asientos redondos y

giratorios que se usan frente á los pianos.

Centenares de dependientes por la parte exterior de los mostradores,

sirven á la concurrencia inmensa y de exquisita elegancia que se agolpa

á la tienda, y entra y sale por las muchas puertas que tiene á todos

los vientos.

Hay departamentos enteros servidos por jóvenes, en quienes compite la

educacion finísima, con la hermosura.

En el centro de las calles de estantes y mostradores, se abre una

rotonda espaciosa cubierta de cristales, que derrama su luz vertical

sobre los cinco anillos de los pisos, cada cual con sus columnas y

barandales elegantes.

Cuando se contempla ese centro, que es como un teatro ó como un templo;

cuando se está bajo la atrevida cúpula de fierro y vidrieras, se

confiesa sin embozo que aquel es el primer establecimiento del mundo en

su género.

Las calles paralelas de esta _alcaicería_ de cristales, porque así la

quiero llamar para inteligencia de México, cada una tiene en su calle

especialidad para las ventas.

En una calle solo se venden casimires, paños y lienzos para vestidos de

caballeros.

En otra calle ó seccion hay tan solo tápalos en que compiten la

cachemira, la seda con bordados, los chales, capotas, albornoces y

capas.

Más adelante, en una seccion servida por señoras, caen en los

mostradores á raudales, listones, cintas, encajes, sedas, botones,

broches, embutidos y los accesorios todos del trage femenil.

Como entre nubes se percibe la concurrencia, en una esquina en que

las blondas impalpables, el punto levísimo, las gasas que parecen

desvanecerse en el aire, alzan su vuelo.

Blanquea la lencería, duermen los terciopelos, se inclina uno bajo

los gorrillos buscando un rostro de ángel escondido entre las sedas,

listones, encajes y flores.

De los barandales de los balcones del inmenso salon circular penden

telas de inestimable valor, alfombras persas, remedos fantásticos de

gibelinos y cachemiras, de las que un tápalo solo tiene el valor de

cinco mil pesos.

Los dependientes se cuentan por cientos, la realizacion por miles, el

capital por millones.

La materializacion de todos los ensueños, la complacencia de todos los

caprichos, la satisfaccion de todas las necesidades, están contenidas

allí; la pompa de la jóven, la impertinencia de la vieja, el abrigo del

anciano, el chiqueo del niño.

Despues de celebrada cada venta, el dependiente que la verifica da un

signo, y el dinero se paga al cajero que concentra la contabilidad,

lo que hace que cada dependiente asuma la responsabilidad de sus

operaciones, que se establezca la emulacion y que el balance pueda

hacerse momento á momento. Este mecanismo es lo propio en cada seccion.

Es notable que muchas veces, con su cuenta de pago, atraviesen la

multitud las personas, á hacer su exhibicion, con una religiosidad que

admira é infunde respeto por la moralidad de estas gentes.

En ese particular, y aunque esta sea una divagacion, poco hay que sea

comparable con lo que aquí se ve.

En las cajas de los correos que están al pié de los faroles de las

calles, no caben los periódicos; eso no importa, la gente los

amontona, sellados y listos por la parte exterior, sin que nadie se

atreva á tocarlos.

En los ómnibus, hay cajitas en que el público mismo deposita el dinero,

y no se da caso de reclamo porque la negligencia ó la malicia se

sustraigan al pago. Yo he visto á un muchacho encontrarse un guante

en una banqueta, en la plaza de _Union Square_. Vagó el chico con el

guante en la mano, no halló á su dueño y lo clavó con un alfiler á un

árbol, donde vino á recogerlo una señora despues de media hora.... Por

supuesto que hay sus rateros.... pero.... no se quebranta con jactancia

el sétimo mandamiento.

Despues del establecimiento de Stward, debe mencionarse el de Lord y

Taylor.

Se dignó mostrarme esa tienda el Sr. Delmote, nativo de la Habana, con

singular cortesía.

Lo que llaman el _bassement_ ó subterráneo, son amplísimos salones

con robustas columnas. Están los salones, aun á la mitad del dia,

iluminados por gas.

Allí ví en mamparas encuadernadas como libros, las muestras de los

hules para el suelo; allí camas de primavera con una tela de alambre

como colchon de verano; allí camas á dos pesos, formadas de tablitas

flexibles y mullidas como plumas.

Se asciende por elevador á los varios pisos del edificio.

Uno de estos pisos está reservado á corsés de todas las formas, listos

para recibir hasta las confidencias de un esqueleto y trasformar las

momias en beldades.

Hay por centenares crinolinas, tontillos y cosas que figuran como

perfecciones y presentan allí su triste realidad.

El departamento superior lo ocupan los muebles, con sillones que ponen

en olvido las fatigas, tocadores que adulan, lechos que hacen cerrar

voluptuosamente los ojos, de dulce y apacible sueño.

En los establecimientos de ropa hecha y sastrerías para hombres,

se deja entender que hay muros de chalecos, torres de pantalones y

montañas de levitas. Vease si no, la sastrería de Deblin y C.ª, y la de

Brooks.

Son como la contrapartida de tanto lujo, como la caricatura de

tan deslumbradoras grandezas, como la carcajada homérica de esas

manifestaciones de opulencia, las roperías ó establecimientos de

_segunda mano_ (Second Hand).

Aquello sí que es gresca; es, como quien dice, las casas de inválidos

de la ropa.

Se anuncian las crinolinas suspendidas á las puertas haciendo la

rueda, abiertos de brazos sacos y levitas, moviéndose cancaneros los

pantalones, y los sombreros de los _dandys_ y los gorrillos de las

_ladys_ gesticulando, con el pelo raido, con las plumas tiñosas y como

mojadas.

Esa _segunda mano_ es la charlatanería del trapo, el cinismo del forro

humano, pero á la vez la chanza y el fraude, el panteon y la orgía....

Es un _meeting_ de viejos verdes contando sus aventuras.

Y no solo son vestidos, sino que figuran en el pandemonium, anteojos y

soguillas, guantes y anillos, cruces y relicarios con todo y retrato,

anteojos de teatro y libros hasta por un centavo....

Hé ahí la filosofía hecha trapo, el amor enseñando el cobre, la

gloria ántes de envolver botones, el desengaño en su expresion más

grotesca.... Y sin embargo, esos despojos reaparecerán sobre las

formas humanas..... como nuevos.

Los ropa-vejeros no son desconocidos en ninguna parte; cada tienda de

empeño en México, es un establecimiento semejante á los descritos. Pero

la dedicacion á la _segunda mano_, la especificacion del tráfico, es lo

que llamó mi atencion en Nueva-York. Este tráfico es especialmente de

los judíos.

* * * * *

Habia diferido mi visita al Cementerio de Greenwood: las disposiciones

de mi espíritu han sido tales, los dolores que he apurado tan acerbos,

que sentia miedo de una entrevista con la muerte.

Sin embargo, la fama que disfruta el Cementerio es tal, que fué

necesario resolverme á una excursion á Broklyn, lugar en que está

situada la maravilla del descanso eterno.

Era un domingo: apénas salió la luz, cuando atravesé solitario las

calles silenciosas, como si hubiese sido abandonada la ciudad en la

noche: dirigíme por el embarcadero de Hamilton, atravesé el rio, entré

en un wagon, y héme, al doblar una calle, á la entrada del Cementerio.

Es un gran pórtico compuesto de una magnífica portada gótica, con dos

edificios laterales del mismo órden.

Las puertas y sus agudos remates, las verjas y las alturas cónicas con

primorosas molduras, constituyen por sí una augusta belleza.

Si fuera posible colocarse en una altura que dominase el conjunto, la

impresion seria extraña y grandiosa.

Veríase en terreno extraordinariamente accidentado, un inmenso parque

sembrado de arboledas gigantescas y sombrías, con sus eminencias, con

sus laderas que forman como escalones, con sus cuencas y bajíos, que se

tienden en apacibles vegas y duermen cristalinas fuentes de monótono y

triste murmurar.

El terreno, donde no lo cruzan las anchas calzadas de asfalto ó arena,

está alfombrado de verde césped, cuidado con tal esmero y pulido con

tan exquisita diligencia, que se distingue aterciopelado y luminoso

donde los llenos de la luz le bañan y donde rompen los rayos del sol

las sombras que dibujan en el suelo, la forma y los trémulos follajes

de los árboles.

El parque, austero, pero de sorprendente hermosura, está cortado por

calles y avenidas; pero no como una ciudad, sino como el panteon de una

ciudad.

Es á su vez el Cementerio una como poblacion de granito y de mármol; un

bosque de pirámides y de columnas, como si la piedra floreciese; una

petrificacion de séres humanos, inmóviles, llenos de majestad: tales

se presentan arcángeles y estatuas en aquel cortejo silencioso de la

muerte.

En cada paso se presenta un aspecto nuevo de aquella mansion silenciosa

é imponente.

En aquella sucesion de hondonadas y colinas, ya tiene uno á sus piés

templetes, obeliscos y pórticos, ya en gradacion ascienden como por

fajas entre los árboles, grandiosos monumentos coronados en sus alturas

por guerreros, por mujeres con los brazos extendidos, con arcángeles

prontos á emprender su vuelo.

A la entrada se toma un carruaje que por veinticinco centavos hace

la excursion del Cementerio. El conductor tiene la obligacion de ir

haciendo notar al viajero los sepulcros y monumentos más célebres. Hace

su oficio el _cicerone_ como de rutina, con su voz indiferente y sin

acentuacion, como automática.

El coche avanza rodando sordamente; se detiene á cada instante el

_cicerone_, pronuncia un nombre y da lugar á la meditacion.

Aquella luz que intensa reverbera para alumbrar la nada; aquel silencio

que es por sí una pompa; aquellas aguas que remedan á lo léjos la

plegaria, y aquella grandiosidad de monumentos, producen una impresion

única y sublime.

A la entrada tomó el guía el rumbo sur del Cementerio: las losas de

mármol del suelo, como que repercutian acentos de otros mundos; era la

palabra muerta tambien en un idioma extraño, el clamor perdido de la

nada.

De repente, como una ráfaga de luz, iluminaba mi memoria un nombre....

era el de Morse, el inventor del telégrafo, que vive en espíritu,

conduciendo la palabra al través del espacio y por el fondo del mar.

Su monumento es soberbio; son las fases cóncavas de una pirámide

triangular.

En la portada de un monumento que no pude distinguir con propiedad,

habia un grupo magnífico.

Era un ángel arrancando á un niño de los peligros de la vida, pronto á

levantar el vuelo con él; era la salvacion y la felicidad; pero á los

piés del ángel, arrodillada y loca de dolor, con el cabello esparcido,

la garganta henchida de sollozos, los ojos sin luz, pero con lágrimas,

como que pretende detener al ángel, como que es mortal, y como que á

una madre nada consuela de la muerte de un hijo.

Apéeme del carruaje y seguí á pié mi camino; quedaba por momentos el

sendero que recorria, solitario, poblado de mármoles, sin más ruido

que el de mis pasos, que parecian ecos que venian de la region de las

eternas sombras.

Gorchatz, el compañero de Talberg y de Litz, descansa allí; la Europa

lo admiró mucho tiempo, vibraban en los salones sus notas voluptuosas,

fomentando el arrebato del baile.... ni un suspiro de sus delicadas

concepciones, ni un rumor de sus cantos deliciosos.

Pero, ¡singular supervivencia del talento! aquel, como otros nombres,

resonaban en todos los labios; era como la sustraccion de la muerte,

como un triunfo del olvido su mencion.

Entre otros monumentos relucientes como de nieve, estaba uno que todo

viajero menciona y en el que todos se detienen á pagar un tributo de

ternura: recuerda los bomberos. Quien dice bombero, dice el atleta que

lucha contra la llama, el que profesa la religion del bien y del amor,

arrostrando temerario el peligro. Bombero es sinónimo de salvador.

¿Quién no ha visto á estos héroes, en medio de los horrores del

incendio, cruzar entre el humo, abalanzarse al muro que se derriba,

colgarse de la soga que va á salvar un náufrago de la vida, envuelto en

el martirio?

Se prodiga la existencia, se lucha brazo á brazo con el más feroz

de los elementos; y si se restituye un padre á una familia; si se

reintegra el hogar; si la alegría se reconcilia con aquellas víctimas,

entónces, la recompensa es ese espectáculo de ventura que llena y

alumbra el alma con luz divina.

El monumento recuerda un bombero que colocó un niño sobre su pecho: el

bombero se dejó caer de espaldas, despedazándose, pero salvando al niño.

La gratitud pública repite ese tradicional episodio: cuando humeaba

la piedra, cuando las víboras de fuego ceñian el edificio haciéndolo

bambolear como ébrio; cuando se hundian con estrépito los techos, y

los gemidos cruzaban el viento, y los alaridos de angustia y dolor

hacian temblar la ciudad entera; cuando este espectáculo de destruccion

se enseñoreaba y sobrecogia de espanto, se notó en las alturas de un

edificio un niño que corria en las citarillas salientes á la calle,

próximo á perecer, tan rubio, tan hermoso, tan delicado.... Uno de los

bomberos lo percibe.... no vacila un instante, escala, se encarama,

las piedras que se desmoronan esperan que pase para caer.... parece

que le hace paso la llama.... desparece entre el humo.... la ansiedad

por su vida es mortal.... el humo se disipa; él aparece en la altura

con el niño en los brazos.... una ráfaga de felicidad iluminó las

almas.... el descenso comienza.... va descendiendo entre una granizada

de piedras, de cristales despedazados, de plomo y hierro fundido....

hubo un momento en que el tránsito fué imposible.... faltaba piso, la

ceja de pared que sustentaba al héroe, se desgranaba.... el niño veia

absorto á su salvador, le tenia abrazado su cuello.... la muerte era

indefectible: todos llevaron las manos á sus ojos para no presenciar

la horrible catástrofe.... entónces el bombero cogió al niño, lo

acomodó sobre su pecho, como en una cuna, puso en hueco sus brazos para

defenderlo, y se precipitó de espaldas desde la inmensa altura....

haciendo que de sobre su cuerpo despedazado se quitase al niño, sano

y salvo.... El hecho es de aquellos que son gloria y orgullo de la

humanidad. El monumento de los bomberos es hermoso, y es hermoso porque

motiva la eterna ovacion que justamente se rinde á esa institucion

sublime.

El monumento consiste en una columna piramidal que descansa en un

macizo pedestal de mármol, con planchas de granito. El bombero tiene

una expresion sublime. Uno de sus brazos rodea al niño, defendiéndole

de la llama; en la otra tiene la trompeta que distingue al bombero,

y cuelga á su lado una linterna. Sobre las cuatro pilastras de otro

monumento, se extiende una pequeña bóveda, y en ella hay figuras

alusivas al Cuerpo de Bomberos.

Siempre siguiendo entre lápidas, obeliscos, estatuas y pirámides, me

detuve á leer el epitafio de un bravo marino, que él propio construyó

su sepulcro y lo tuvo en espectativa de su mansion, diez y ocho años.

El monumento de la jóven Carlota Canda, es una grandeza de Greenwood;

es casi un templo ceñido con su balaustrada de fierro y custodiado por

ángeles.

La jóven á quien se dedica el monumento, tenia diez y siete años; las

gracias coronaban su frente; la felicidad tendia á sus piés alfombras

de flores.

Regresaba de un baile con su padre y una amiga. En el baile habia sido

el rayo de sol, el canto de jilguero, el celaje de oro de la reunion.

Detúvose el carruaje que la conducia cerca de Broadway: el padre

descendió á dejar á la amiga; el cochero dejó el pescante; cayeron

las riendas; los caballos, desbocados, azotaron el coche contra una

esquina; la niña cayó al suelo despedazándose el cráneo.

En medio de la magnificencia de este monumento, se oye gemir á la

piedra, se ve llorar el mármol; el dolor paternal se ve extendido en

aquel refinamiento artístico.... es una novedad del dolor; martiriza

aquella riqueza.

En el gran Cementerio, muy particularmente en los escalones superiores

de las altas columnas, se ven puertas de granito, tan misteriosas

y severas, que son propiamente pórticos de las sombras, puertas de

recepcion de la eterna noche.

Esas puertas conducen á subterráneos en que se conservan en lechos

de mármol los cadáveres perfectamente embalsamados y en sus cajones,

que tienen una ventanilla de cristales por donde asoma el muerto. A

aquellos subterráneos alumbrados con gas, que se modifica segun la

voluntad, suelen concurrir familias á platicar con sus muertos....

Los lotes del Cementerio cuestan, en general, cuatrocientos pesos; pero

la Compañía que dirige el establecimiento, ha hecho donacion de un

trecho espacioso de terreno para que se sepulten los niños pobres, y

así se verifica en efecto.

Nada de monumentos ni inscripciones, ningun indicio de la vanidad

humana en esa seccion del Cementerio. Lecho comun de musgo, mortaja de

césped humilde, algunas flores. Y sin embargo, la ternura maternal,

esa glorificacion del amor, ese heroismo oscuro de la abnegacion, se

encarga de comunicar encanto indecible á este lugar.

La vida que se extingue al nacer; la llama que espira al encenderse,

iluminando el borde de cristal de la infancia, que unió su cuna á su

tumba; la sonrisa y el gemido en un mismo estremecimiento del labio; la

mirada y la lágrima.

En el agrupamiento de las escasas flores; en el conato de coronita

medio deshojada y puesta con esmero, como si al través de la tierra

sintiese la madre el cútis de la frente del niño.

Con cristales y cuentas de vidrio, con fragmentos anónimos de objetos

relucientes, ha hecho, sobre aquellos montoncitos de tierra, nichos el

amor, y bajo de ellos están los juguetes de los niños, sus arlequines,

sus esferitas de goma, sus caballitos, sus trompos.... esos eran sus

juegos: con pretexto de ellos se hacia ostentacion de las gracias; y

se ve, se tienta, que aquellas chucherías, que aquellos primores, han

sido regados con lágrimas.... ¿por qué morir? y ¿por qué ese supérfluo

relámpago de vida si se ha de perder en la eterna sombra? ¿Por qué esa

inconsecuencia del ser?

¡Madre de mi alma si tú me vieras perdido en esta extranjería de

muerte; si vieras que interrogo las tumbas para que me traigan, aunque

hecho cadáver, un recuerdo de la patria; si me vieras ébrio de hiel,

sintiendo como losa de sepulcro el cielo, y la multitud en que me

pierdo como sombra!......

Me duele la luz, me duele el aire, tiene quejidos esa fuente, estas

tumbas son más hondas y más oscuras.... tragarian mi recuerdo.... aquí

se cae.... en las tumbas de mi tierra se duerme.... en los sepulcros de

mi patria hay polvo que nos ama......

Yo no sé cuánto tiempo duró mi letargo de dolor. Cuando volví en

mí, estaba haciendo compañía á un desterrado de Cuba.... D. Miguel

Aldama....

A la salida del Cementerio, desde un claro que deja la altura, se

percibe Broklyn, que es tendidísima ciudad entre los árboles, con sus

divisiones regulares, sus mil torres, astas y veletas: parece que

allí ha dicho su última palabra la grandeza; pero se anda un poco más

y teniendo como un pedestal aquella altura de la muerte en que se

siente el soplo de lo eterno.... á nuestros piés percibimos magnífico

el mar.... el mar sepultándose en un horizonte en que parece tender sus

alas el infinito......

A mis piés, y tocando las aguas la tierra de los sepulcros, habia

algunas barcas vacías, juguete de las olas.... parecia que ellas habian

sido las conductoras de los muertos y que se entregaban abandonadas al

acaso....

Yo no puedo hacer comparaciones; pero sí puedo decir que el Cementerio

de Greenwood, cuando le comunique su majestad el tiempo, para que no se

crea en este pueblo movedizo que tambien tienen hotel los muertos, será

uno de los lugares que honren al mundo.

Ahora tiene el Cementerio 21,000 y tantos sepulcros.

* * * * *

Al leer á Francisco mis apuntaciones sobre el Cementerio, me decia:

--Es una lástima que para ver esa maravilla no te hubiera acompañado un

guía experto: te hubiera hecho notar, entre mil espléndidos monumentos,

el erigido á los heróicos pilotos que en una noche tempestuosa se

lanzaron fuera de la bahía á salvar un buque náufrago, pereciendo en la

demanda.

Hubieras detenido tus pasos para anotar el sepulcro del marino que

construyó su monumento creyendo próxima su muerte, y esperó la tumba

diez y ocho años á su ilustre huésped, que está representado en una

soberbia estatua que tiene el sextante en la mano.

Hay otros cementerios, continuó Francisco, como Evergreen, situado en

el mismo Broklyn, que tiene un aspecto rústico que encanta, Cipres

Hill, Wood Lawn, á siete millas del puente de Harlem, New-York, Bay

y sobre todo el Calvary, en que se entierran exclusivamente los

católicos. Los sepulcros rodean una pequeña montaña y el conjunto del

lugar tiene grandiosa majestad.

Habrias llamado la atencion sobre que el sistema de nichos, hijo en

mucha parte de la codicia clerical, es de todo punto desconocido.

Ese empacamiento de los difuntos, esas casas de vecindad de los restos

humanos, desnuda de su grandiosidad el culto de las tumbas.

Se recorre un panteon como una librería, viendo los rubros de las obras

que guarda la armazon.

En el sepulcro de la tierra se improvisa el altar; parece que la

restitucion del polvo al polvo se hace más patente; la flor es el

recuerdo y la lágrima.

Yo no sé en qué disposicion de espíritu visité á Greenwood, que me

sentí muerto; parece que celebraba el duelo de mis propios funerales.

Extinguirse entre la soledad de la multitud; extinguirse sin que nos

acaricie la idea de la vista de los que nos sobreviven en espíritu

y quedan calentando en sus corazones nuestra memoria; morir sin esa

revelacion de la inmortalidad que se llama el recuerdo, es naufragar

con el alma, perderse en un infinito de olvido.

Entónces nos lloramos; pero esas lágrimas las orea el viento; cuando

las enjuga una mano querida, sentimos como una iluminacion en nuestro

espíritu.

En vano la filosofía describe la muerte como término forzoso, como

condicion de la renovacion del sér; en vano nos redime el sepulcro

de una existencia eterna con sus eternos dolores, cuando la mano

temblorosa de la caducidad no puede llevar á nuestros labios la copa de

goce alguno; siempre que el sentimiento nos domina; siempre que rotas

las ligaduras de la escuadra y el guarismo, la alma se habla con su

lógica peculiar, Dios resplandece en nosotros y el espíritu ansía por

relaciones y consuelos que no podrá suministrarle nunca el universo

material.

Yo he sentido mi polvo mezclado á esta tierra, he visto mi tumba como

una usurpacion; el hielo de la extranjería de la muerte ha llevado

el frio á mis huesos; y advenedizo de la misma nada, á mí tornaba mi

duelo como el polvo que se lanza contra el viento y ciega nuestros

ojos. Mejor dicho; mi duelo era á los que no lloraban por mí sobre mi

desconocida losa.

Sentia mi corazon enfermo, mi salida del Cementerio era como una

exhumacion. Creia en mi alucinacion de muerte, y habia visto hecho

cadáver el Parque Central.

En la noche á él me dirigí, y consigné mis impresiones allí, de esta

manera:

Viaje a los Estados Unidos, Tomo III · 第 7 / 153 题