for redress, remains inexplicable to this moment. For seven years was
I at your royal court, where every one to whom the enterprise was
mentioned, treated it as ridiculous; but now there is not a man, down to
the very tailors, who does not beg to be allowed to become a discoverer.
There is reason to believe, that they make the voyage only for plunder,
and that they are permitted to do so, to the great disparagement of my
honour, and the detriment of the undertaking itself. It is right to give
God His due,—and to receive that which belongs to one’s self. This is a
just sentiment, and proceeds from just feelings. The lands in this part
of the world, which are now under your Highnesses’ sway, are richer and
more extensive than those of any other Christian power, and yet, after
that I had, by the Divine will, placed them under your high and royal
sovereignty, and was on the point of bringing your majesties into the
receipt of a very great and unexpected revenue; and while I was waiting
for ships, to convey me in safety, and with a heart full of joy, to your
royal presence, victoriously to announce the news of the gold that I
had discovered, I was arrested and thrown, with my two brothers, loaded
with irons, into a ship, stripped, and very ill-treated, without being
allowed any appeal to justice. Who could believe, that a poor foreigner
would have risen against your Highnesses, in such a place, without any
motive or argument on his side; without even the assistance of any other
prince upon which to rely; but on the contrary, amongst your own vassals
and natural subjects, and with my sons staying at your royal court? I was
twenty-eight years old[212] when I came into your Highnesses’ service,
and now I have not a hair upon me that is not grey; my body is infirm,
and all that was left to me, as well as to my brothers, has been taken
away and sold, even to the frock that I wore, to my great dishonour. I
cannot but believe that this was done without your royal permission.
The restitution of my honour, the reparation of my losses, and the
punishment of those who have inflicted them, will redound to the honour
of your royal character; a similar punishment also is due to those who
plundered me of my pearls, and who have brought a disparagement upon
the privileges of my admiralty. Great and unexampled will be the glory
and fame of your Highnesses, if you do this, and the memory of your
Highnesses, as just and grateful sovereigns, will survive as a bright
example to Spain in future ages. The honest devotedness I have always
shown to your majesties’ service, and the so unmerited outrage with which
it has been repaid, will not allow my soul to keep silence, however much
I may wish it: I implore your Highnesses to forgive my complaints. I am
indeed in as ruined a condition as I have related; hitherto I have wept
over others;—may Heaven now have mercy upon me, and may the earth weep
for me. With regard to temporal things, I have not even a blanca for an
offering; and in spiritual things, I have ceased here in the Indies from
observing the prescribed forms of religion. Solitary in my trouble, sick,
and in daily expectation of death, surrounded by millions of hostile
savages full of cruelty, and thus separated from the blessed sacraments
of our holy Church, how will my soul be forgotten if it be separated from
the body in this foreign land? Weep for me, whoever has charity, truth,
and justice! I did not come out on this voyage to gain to myself honour
or wealth; this is a certain fact, for at that time all hope of such a
thing was dead. I do not lie when I say that I went to your Highnesses
with honest purpose of heart, and sincere zeal in your cause. I humbly
beseech your Highnesses, that if it please God to rescue me from this
place, you will graciously sanction my pilgrimage to Rome and other holy
places. May the Holy Trinity protect your Highnesses’ lives, and add to
the prosperity of your exalted position.
Done in the Indies, in the island of Jamaica, on the seventh of July, in
the year one thousand five hundred and three.
CUARTO VIAGE DE COLON.
_Carta que escribió D. Cristóbal Colon, Virey y Almirante de las Indias,
á los Cristianísimos y muy poderosos Rey y Reina de España, nuestros
Señores, en que les notifica cuanto le ha acontecido en su viage; y las
tierras, provincias, ciudades, rios y otras cosas maravillosas, y donde
hay minas de oro en mucha cantidad, y otras cosas de gran riqueza y
valor._
Serenísimos y muy altos y poderosos Príncipes Rey é Reina, nuestros
Señores: De Caliz pasé á Canaria en cuatro dias, y dende á las Indias en
diez y seis dias, donde escribia. Mi intencion era dar prisa á mi viage
en cuanto yo tenia los navíos buenos, la gente y los bastimentos, y que
mi derrota era en el Isla Jamaica; y en la Isla Dominica escribí esto:
fasta allí truje el tiempo á pedir por la boca. Esa noche que alli entré
fué con tormenta y grande, y me persiguió despues siempre. Cuando llegué
sobre la Española invié el envoltorio de cartas, y á pedir por merced un
navío por mis dineros, porque otro que yo llevaba era inavegable y no
sufria velas. Las cartas tomaron, y sabrán si se las dieron la respuesta.
Para mí fué mandarme de parte de ahí, que yo no pasase ni llegase á la
tierra: cayó el corazon á la gente que iba conmigo, por temor de los
llevar yo lejos, diciendo que si algun caso de peligro les viniese que
no serian remediados allí, antes les sería fecha alguna grande afrenta.
Tambien á quien plugo dijo que el Comendador habia de proveer las tierras
que yo ganase. La tormenta era terrible, y en aquella noche me desmembró
los navíos: á cada uno llevó por su cabo sin esperanzas, salvo de
muerte: cada uno de ellos tenia por cierto que los otros eran perdidos.
¿Quién nasció, sin quitar á Job, que no muriera desesperado? que por mi
salvacion y de mi fijo, hermano y amigos me fuese en tal tiempo defendida
la tierra y los puertos que yo, por la voluntad de Dios, gané á España
sudando sangre? E torno á los navíos que así me habia llevado la tormenta
y dejado á mí solo. Deparómelos nuestro Señor cuando le plugo. El navío
Sospechoso habia echado á la mar, por escapar, fasta la isola la Gallega;
perdió la barca, y todos gran parte de los bastimentos: en el que yo
iba, abalumado á maravilla, nuestro Señor le salvó que no hubo daño de
una paja. En el Sospechoso iba mi hermano; y él, despues de Dios, fue
su remedio. E con esta tormenta, así a gatas, me llegué á Jamaica: allí
se mudó de mar alta on calmería y grande corriente, y me llevó fasta
el Jardin de la Reina sin ver tierra. De allí, cuando pude, navegué
á la tierra firme; adonde me salió el viento y corriente terrible al
opósito: combati con ellos sesenta dias, y en fin no le pude ganar mas
de setenta leguas. En todo este tiempo no entré puerto, ni pude, ni me
dejó tormenta del cielo, agua y trombones y relámpagos de continuo, que
parecia el fin del mundo. Llegué al cabo de Gracias á Dios, y de allí
me dió nuestro Señor próspero el viento y corriente. Esto fue á doce de
Setiembre. Ochenta y ocho dias habia que no me habia dejado espantable
tormenta, á tanto que no vide el sol ni estrellas por mar; que á los
navíos tenia yo abiertos, á las velas rotas, y perdidas anclas y jarcia,
cables, con las barcas y muchos bastimentos, la gento muy enferma, y
todos contritos, y muchos con promesa de religion, y no ninguno sin otros
votos y romerías. Muchas veces habian llegado á se confesar los unos
á los otros. Otras tormentas se han visto, mas no durar tanto ni con
tanto espanto. Muchos esmorecieron, harto y hartas veces, que teniamos
por esforzados. El dolor del fijo que yo tenia allí me arrancaba el
ánima, y mas por verle de tan nueva edad de trece años en tanta fatiga,
y durar en ello tanto: nuestro Señor le dió tal esfuerzo que él avivaba
á los otros, y en las obras hacia el como si hubiera navegado ochenta
años, y él me consolaba. Yo habia adolescido y llegado fartas veces á
la muerte. De una camarilla, que yo mandé facer sobre cubierta, mandaba
la via. Mi hermano estaba en el peor navío y mas peligroso. Gran dolor
era mio, y mayor porque lo truje contra su grado; porque por mi dicha,
poco me han aprovechado veinte años de servicio que yo he servido con
tantos trabajos y peligros, que hoy dia no tengo en Castilla una teja;
si quiero comer ó dormir no tengo, salvo al meson ó taberna, y las mas
de las veces falta parar pagar el escote. Otra lastima me arrancaba el
corazon por las espaldas, y era D. Diego mi hijo, que yo dejé en España
tan huérfano y desposesionado de mi honra é hacienda; bien que tenia por
cierto que allá como justos y agradecidos Principes le restituirian con
acrescentamiento en todo. Llegué á tierra de Cariay, adonde me detuve
á remediar los navíos y bastimentos, y dar aliento á la gente, que
venia muy enferma. Yo que, como dije, habia llegado muchas veces á la
muerte, allí supe de las minas del oro de la provincia de Ciamba, que
yo buscaba. Dos indios me llevaron á Carambaru, adonde la gente anda
desnuda y al cuello un espejo de oro, mas no le querian vender ni dar á
trueque. Nombraronme muchos lugares en la costa de la mar, adonde decian
que habia oro y minas; el postrero era Veragua, y lejos de allí obra
de veinte y cinco leguas: partí con intencion de los tentar á todos, y
llegado ya el medio supe que habia minas á dos jornadas de andadura:
acorde de inviarlas á ver vispera de San Simon y Judas, que habia de ser
la partida: en esa noche se levantó tanta mar y viento, que fue necesario
de correr hácia adonde él quiso; é el indio adalid de las minas siempre
conmigo. En todos estos lugares, adonde yo habia estado, fallé verdad
todo lo que yo habia oido: esto me certifico que es así de la provincia
de Ciguare, que segun ellos, es descrita nueve jornadas de andadura por
tierra al Poniente: allí dicen que hay infinito oro, y que traen corales
en las cabezas, manillas á los pies y á los brazos dello, y bien gordas;
y dél, sillas, arcas, y mesas las guarnecen y enforran. Tambien dijeron
que las mugeres de allí traian collares colgados de la cabeza á las
espaldas. En esto que yo dijo, la gente toda de estos lugares conciertan
en ello, y dicen tanto que yo seria contento con el diezmo. Tambien todos
conocieron la pimienta. En Ciguare usan tratar en ferias y mercaderías:
esta gente así lo cuentan, y me amostraban el modo y forma que tienen en
la barata. Otrosi dicen que las naos traen bombardas, arcos y fiechas,
espadas y corazas, y andan vestidos, y en la tierra hay caballos, y usan
la guerra, y traen ricas vestiduras, y tienen buenas cosas. Tambien
dicen que la mar boxa á Ciguare, y de allí á diez jornadas es el rio de
Gangnes. Parece que estas tierras estan con Veragua, como Tortosa con
Fuenterabía, ó Pisa con Venecia. Cuando yo partí de Carambaru y llegué
á esos lugares que dije, fallé la gente en aquel mismo uso, salvo que
los espejos del oro: quien los tenia los daba por tres cascabeles de
gabilan por el uno, bien que pesasan diez ó quince ducados de peso.
En todos sus usos son como los de la Española. El oro cogen con otras
artes, bien que todos son nada con los de los Cristianos. Esto que yo
he dicho es lo que oyo. Lo que yo sé es que el año de noventa y cuatro
navegué en veinte y cuatro grados al Poniente en término de nueve horas,
y no pudo haber yerro porque hubo eclipses: el sol estaba en Libra y la
luna en Ariete. Tambien esto que yo supe por palabra habialo yo sabido
largo por escrito. Tolomeo creyó de haber bien remedado á Marino, y
ahora se falla su escritura bien propincua al cierto. Tolomeo asienta
Catigara á doce lineas lejos de su Occidente, que él asentó sobre el
cabo de San Vicente en Portugal dos grados y un tercio. Marino en quince
líneas constituyó la tierra é términos. Marino en Etiopia escribe al
Indo la línea equinocial mas de veinte y cuatro grados, y ahora que los
Portugueses le navegan le fallan cierto. Tolomeo diz que la tierra mas
austral es el plazo primero, y que no abaja mas de quince grados y un
tercio. E el mundo es poco: el enjuto de ello es seis partes, la séptima
solamente cubierta de agua: la experiencia ya está vista, y la escribí
por otras letras y con adornamiento de la Sacra Escriptura con el sitio
del Paraiso terrenal, que la santa Iglesia aprueba: digo que el mundo no
es tan grande como dice el vulgo, y que un grado de la equinoccial está
cincuenta y seis millas y dos tercios: pero esto se tocará con el dedo.
Dejo esto, por cuanto no es mi propósito de fablar en aquella materia,
salvo de dar cuenta de mi duro y trabajoso viage, bien que él sea el mas
noble y provechoso. Digo que víspera de San Simon y Judas corrí donde el
viento me llevaba, sin poder resistirle. En un puerto excusé diez dias de
gran fortuna de la mar y del cielo: allí acordé de no volver atras á las
minas, y dejelas ya por ganadas. Partí, por seguir mi viage, lloviendo:
llegué á puerto de Bastimentos, adonde entré y no de grado: la tormenta y
gran corriente me entró allí catorce dias; y despues partí, y no con buen
tiempo. Cuando yo hube andado quince leguas forzosamente, me reposó atras
el viento y corriente con furia: volviendo yo al puerto de donde habia
salido fallé en el camino al Retrete, adonde me retruje con harto peligro
y enojo y bien fatigado yo y los navíos y la gente: detúveme allí quince
dias, que así lo quiso el cruel tiempo; y cuando creí de haber acabado
me fallé de comienzo: allí mudé de sentencia de volver á las minas, y
hacer algo fasta que me viniese tiempo para mi viage y marear; y llegado
con cuatro leguas revino la tormenta, y me fatigó tanto á tanto que ya
no sabia de mi parte. Allí se me refrescó del mal la llaga: nueve dias
anduve perdido sin esperanza de vida: ojos nunca vieron la mar tan alta,
fea y hecha espuma. El viento no era para ir adelante, ni daba lugar para
correr hácia algun cabo. Allí me detenia en aquella mar fecha sangre,
herbiendo como caldera por gran fuego. El cielo jamas fue visto tan
espantoso: un dia con la noche ardió como forno: y así echaba la llama
con los rayos, que cada vez miraba yo si me habia llevado los masteles
y velas; venian con tanta furia espantables que todos creiamos que me
habian de fundir los navíos. En todo este tiempo jamas cesó agua del
cielo, y no para decir que llovia, salvo que resegundaba otro diluvio. La
gente estaba ya tan molida que deseaban la muerte para salir de tantos
martirios. Los navíos ya habian perdido dos veces las barcas, anclas,
cuerdas, y estaban abiertos, sin velas.
Cuando plugo á nuestro Señor volví á Puerto Gordo, adonde reparé lo
mejor que pude. Volví otra vez hácia Veragua para mi viage, aunque yo
no estuviera para ello. Todavía era el viento y corrientes contrarios.
Llegué casi adonde antes, y allí me salió otra vez el viento y corrientes
al encuentro, y volví otra vez al puerto, que no osé esparar la oposicion
de Saturno con mares tan desbaratados en costa brava, porque las mas de
las veces trae tempestad ó fuerte tiempo. Esto fue dia de Navidad en
horas de misa. Volví otra vez adonde yo habia salido con harta fatiga;
y pasado año nuevo torné á la porfia, que aunque me hiciera buen tiempo
para mi viage, ya tenia los navíos innavegables, y la gente muerta y
enferma. Dia de la Epifania llegué á Veragua, ya sin aliento: allí me
deparó nuestro Señor un rio y seguro puerto, bien que á la entrada
no tenia salvo diez palmos de fondo: metíme en él con pena, y el dia
siguiente recordó la fortuna: si me falla fuera, no pudiera entrar á
causa del banco. Llovió sin cesar fasta catorce de Febrero, que nunca
hubo lugar de entrar en la tierra, ni de me remediar en nada: y estando
ya seguro á veinte y cuatro de Enero, de improviso vino el rio muy alto
y fuerte; quebróme las amarras y proeses, y hubo de llevar los navíos,
y cierto los ví en mayor peligro que nunca. Remedió nuestro Señor, como
siempre hizo. No sé si hubo otro con mas martirios.
A seis de Febrero, lloviendo, invié setenta hombres la tierra adentro; y
á las cinco leguas fallaron muchas minas: los Indios que iban con ellos
los llevaron á un cerro muy alto, y de allí les mostraron hácia toda
parte cuanto los ojos alcanzaban, diciendo que en toda parte habia oro,
y que hácia el Poniente llegaban las minas veinte jornadas, y nombraban
las villas y lugares, y adonde habia de ello mas ó menos. Despues supe
yo que el Quibian que habia dado estos Indios, les habia mandado que
fuesen á mostrar las minas lejos y de otro su contrario; y que adentro
de su pueblo cogian, cuando el queria, un hombre en diez dias una mozada
de oro: los indios sus criados y testigos de esto traigo conmigo. Adonde
él tiene el pueblo llegan las barcas. Volvió mi hermano con esa gente, y
todos con oro que habian cogido en cuatro horas qué fué allá á la estada.
La calidad es grande, porque ninguno de estos jamas habia visto minas,
y los mas oro. Los mas eran gente de la mar, y casí todos grumetes. Yo
tenia mucho aparejo para edificar y muchos bastimentos. Asenté pueblo,
y dí muchas dádivas al Quibian, que así llaman al Señor de la tierra;
y bien sabia que no habia de durar la concordia: ellos muy rústicos y
nuestra gente muy importunos, y me aposesionaba en su término: despues
que él vido las cosas fechas y el tráfago tan vivo acordó de las quemar
y matarnos á todos: muy al reves salió su propósito: quedó preso él,
mugeres y fijos y criados; bien que su prision duró poco: el Quibian
se fuyo á un hombre honrado, á quien se habia entregado con guarda de
hombres; é los hijos se fueron á un Maestre de navío, a quien se dieron
en él á buen recaudo.
En Enero se habia cerrado la boca del rio. En Abril los navíos estaban
todos comidos de broma, y no los podia sostener sobre agua. En este
tiempo hizo el rio una canal, por donde saqué tres dellos vacios con gran
pena. Las barcas volvieron adentro por la sal y agua. La mar se puso
alta y fea, y no les dejó salir fuera: los Indios fueron muchos y juntos
y las combatieron, y en fin los mataron. Mi hermano y la otra gente
toda estaban en un navío que quedo adentro: yo muy solo de fuera en tan
brava costa, con fuerte fiebre, en tanta fatiga: la esperanza de escapar
era muerta: subi así trabajando lo mas alto, llamando á voz temerosa,
llorando y muy aprisa, los maestros de la guerra de vuestras Altezas,
á todos cuatro los vientos, por socorro; mas nunca me respondieron.
Cansado, me dormecí gimiendo: una voz muy piadosa oí, diciendo: “_¡O
estulto y tardo á creer y servir á tu Dios, Dios de todos! ¿Que hizo él
mas por Moysés ó por David su siervo? Desque nasciste, siempre él tuvo
de tí muy grande cargo. Cuando te vido en edad de que él fue contento,
maravillosamente hizo sonar tu nombre en la tierra. Las Indias, que
son parte del mundo tam ricas, te las dió por tuyas: tu las repartiste
adonde te plugo, y te dió poder para ello. De los atamientos de la mar
océana, que estaban cerrados con cadenas tan fuertes, te dió las llaves;
y fuiste obedescido en tantas tierras, y de los cristianos cobraste tan
honrada fama. ¿Qué hizo el mas Alto [por el] pueblo de Israel cuando le
sacó de Egipto? ¿Ni por David, que de pastor hizo Rey en Judea? Tórnate
á el, y conoce ya tu yerro: su misericordia es infinita: tu vejez no
impedirá á toda cosa grande: muchas heredades tiene él grandísimas.
Abrahan pasaba de cien años cuando engendró á Isaac, ¿ni Sara era moza?
Tú llamas por socorro incierto: responde, ¿quién te ha afligido tanto y
tantas veces, Dios ó el mundo? Los privilegios y promesas que dá Dios,
no las quebranta, ni dice despues de haber recibido el servicio, que su
intencion no era este, y que se entiende de otra manera, ni dá martirios
por dar color á la fuerza: él vá al pie de la letra: todo lo que él
promete cumple con acrescentamiento: ¿esto es uso? Dicho tengo lo que tu
Criador ha fecho por tí y hace con todos. Ahora medio muestra el galardon
áe estos afanes y peligros que has pasado sirviendo á otros._”
Yo así amortecido oí todo; mas no tuve yo respuesta á palabras tan
ciertas, salvo llorar por mis yerros. Acabó él de fablar, quien quiera
que fuese, diciendo: “_No temas, confia: todas estas tribulaciones estan
escritas en piedra mármol, y no sin causa._”
Levantéme cuando pude: y al cabo de nueve dias hizo bonanza, mas no
para sacar navíos del rio. Recogí la gente que estaba en tierra, y todo
el resto que puede, porque no bastaban para quedar y para navegar los
navíos. Quedara yo á sostener el pueblo contodos, si vuestras Altezas
supieran de ello. El temor que nunca aportarian allí navíos me determinó
á esto, y la cuenta que cuando se haya de proveer de socorro se proveera
de todo. Partí en nombre de la Santísima Trinidad, la noche de Pascua,
con los navíos podridos, abrumados, todos fechos agujeros. Allí en Belen
dejé uno, y hartas cosas. En Belpuerto hice otro tanto. No me quedaron
salvo dos en el estado de los otros, y sin barcas y bastimentos, por
haber de pasar siete mil millas de mar y de agua, ó morir en la via con
fijo y hermano y tanta gente. Respondan ahora los que suelen tachar y
reprender, diciendo allá de en salvo: ¿por qué no haciades esto allí?
Los quisiera yo en esta jornada. Yo bien creo que otra de otro saber los
aguarda: á nuestra fe es ninguna. Llegué á trece de Mayo en la provincia
de Mago, que parte con aquella del Catayo, y de allí partí para la
Española: navegué dos dias con buen tiempo, y despues fue contrario.
El camino que yo llevaba era para desechar tanto número de islas, por
no me embarazar en los bajos de ellas. La mar brava me hizo fuerza, y
hube volver atras sin velas: surgí á una isla adonde de golpe perdí tres
anclas, y á la media noche, que parecia que el mundo se ensolvia, se
rompieron las amarras al otro navío, y vino sobre mí, que fue maravilla
como no nos acabamos de se hacer rajas: el ancla, de forma que me quedó,
fue ella despues de nuestro Señor, quien me sostuvo. Al cabo de seis
dias que ya era bonanza, volví á mi camino: asi ya perdido del todo
de aparejos y con los navíos horadados de gusanos mas que un panal de
abejas, y la gente tan acobardada y perdida, pasé algo adelante de donde
yo habia llegado denantes: allí me torné á reposar atras la fortuna: paré
en la misma isla en mas seguro puerto: al cabo de ocho dias torné á la
via y llegué á Jamaica en fin de Junio siempre con vientos punteros, y
los navíos en peor estado: con tres bombas, tinas y calderas no podian
con toda la gente vencer el agua que entraba en el navío, ni para este
mal de broma hay otra cura. Cometí el camino para me acercar á lo mas
cercar de la Española, que son veinte y ocho leguas, y no quisiera
haber comenzado. El otro navío corrió á buscar puerto casi anegado.
Yo porfié la vuelta de la mar con tormenta. El navio se me anegó, que
milagrosamente me trujo nuestro Señor á tierra. ¿Quién creyera lo que
yo aquí escribo? Digo que de cien partes no he dicho la una en esta
letra. Los que fueron con el Almirante lo atestigüen. Si place á vuestras
Altezas de me hacer merced de socorro un navío que pase de sesenta y
cuatro, con ducientos quintales de bizcocho y algun otro bastimento,
abastará para me llevar á mí y á esta gente á España de la Española. En
Jamaica ya dije que no hay veinte y ocho leguas á la Española. No fuera
yo, bien que los navíos estuvieran para ello. Ya dije que me fue mandado
de parte de vuestras Altezas que no llegase á alla. Si este mandar ha
aprovechado, Dios lo sabe. Esta carta invio por via y mano de Indios:
grande maravilla será si allá llega. De mi viage digo: que fueron ciento
y cincuenta personas conmigo, en que hay hartos suficientes para pilotos
y grandes marineros: ninguno puede dar razon cierta por donde fuí yo ni
vine: la razon es muy presta. Yo partí de sobre el puerto del Brasil:
en la Española no me dejó la tormenta ir al camino que yo queria: fue
por fuerza correr adonde el viento quiso. En ese dia caí yo muy enfermo:
ninguno habia navegado hácia aquella parte: cesó el viento y mar dende
á ciertos dias, y se mudó la tormenta en calmería y grandes corrientes.
Fuí á aportar á una isla que se dijo de las Bocas, y de allí a Tierra
firme. Ninguno puede dar cuenta verdadera de esto, porque no hay razon
que abaste; porque fue ir con corriente sin ver tierra tanto número de
dias. Seguí la costa de la Tierra firme: esta se asentó con compás y
arte. Ninguno hay que diga debajo cuál parte del cielo ó cuándo yo partí
de ella para venir á la Española. Los pilotos creian venir á parar á la
isla de Sanct-Joan; y fue en tierra de Mango, cuatrocientas leguas mas
al Poniente de adonde decian. Respondan, si saben, adónde es el sitio de
Veragua. Digo que no pueden dar otra razon ni cuenta, salvo que fueron
á unas tierras adonde hay mucho oro, y certificarle; mas para volver á
ella el camino tienen ignoto: seria necesario para ir á ella descubrirla
como de primero. Una cuenta hay y razon de astrología y cierta: quien la
entiende esto le abasta. A vision profética se asemeja esto. Las naos
de las Indias, si no navegan salvo á popa, no es por la mala fechura,
ni por ser fuertes; las grandes corrientes que allí vienen; juntamente
con el viento hacen que nadie porfie con bolina, porque en un dia
perderian lo que hubiesen ganado en siete; ni saco carabela aunque sea
latina portuguesa. Esta razon hace que no naveguen, salvo con colla,
y por esperarle se detienen á las veces seis y ocho meses en puerto;
ni es maravilla, pues que en España muchas veces acaece otro tanto. La
gente de que escribe Papa Pio, segun el sitio y señas, se ha hallado,
mas no los caballos, pretales y frenos de oro, ni es maravilla, porque
allí las tierras de la costa de la mar no reuieren, salvo pescadores, ni
yo me detuve porque andaba á prisa. En Cariay y en essas tierras de su
comarca, son grandes fechiceros y muy medrosos. Dieran el mundo porque
no me detuviera allí una hora. Cuando llegué allí luego me inviaron dos
muchachas muy ataviadas: la mas vieja no seria de once años y la otra de
siete; ambas con tanta desenvoltura que no serian mas unas putas: traian
polvos de hechizos escondidos: en llegando las mandé adornar de nuestras
cosas y las invié luego á tierra: allí vide una sepultura en el monte,
grande como una casa y labrada, y el cuerpo descubierto y mirando en
ella. De otras artes me dijeron y mas excelentes. Animalias menudas y
grandes hay hartas y muy diversas de las nuestras. Dos puercos hube yo en
presente, y un perro de Irlanda no osaba esperarlos. Un ballestero habia
herido una animalia, que se parece á gato paul, salvo que es mucho mas
grande, y el rostro de hombre: teniale atravesado con una saeta desde
los pechos á la cola, y porque era feroz le hubo de cortar un brazo y
una pierna: el puerco en viéndole se le encrespó y se fue huyendo: yo
cuando esto ví mandé echarle _begare_, que así se llama adonde estaba: en
llegando á él, así estando á la muerte y la saeta siempre en el cuerpo,
le echó la cola por el hocico y se la amarró muy fuerte, y con la mano
que le quedaba le arrebató por el copete como á enemigo. El auto tan
nuevo y hermosa montería me hizo escribir esto. De muchas maneras de
animalias se hubo, mas todas mueren de barra. Gallinas muy grandes y la
pluma como lana vide hartas. Leones, ciervos, corzos otro tanto, y así
aves.