Capítulo XXIII

Concluye ésta, entre verídica o imaginaria historia, con el raro ejemplo

de una mujer que todo lo pospone al deseo de ser amada

Salió don Juan vestido de viaje, tomó un coche, apeose cerca de la calle

de Don Pedro, y por fin llegó al portal de la casa en que vivía

Cristeta. No arribó Ulises a la deseada Itaca, ni vieron los Magos el

sagrado pesebre poseídos de tan honda emoción como la que él sentía.

Penetró en el zaguán, y acercándose casi respetuosamente al portero, de

suntuoso levitón y gorra blasonada, le preguntó:

--¿La señora de Martínez?

--No vive aquí.

--¿Cómo?

--Que no es aquí.

--Sí, hombre; una señora joven y guapa que se llama doña Cristeta.

--¡Acabara usted! Sí, señor. Segundo patio, escalera interior, piso

tercero.

--¿Está usted seguro?

--¿_Quedrá_ usted saber de la casa más que yo?

En otra ocasión, don Juan hubiera castigado con un sopapo la porteril

arrogancia; pero en aquellos momentos no estaba para provocar

conflictos.

Dejando a su derecha el arranque de la escalera señorial, lujosamente

alfombrada, atravesó el patio, empedrado como para espera de coches, y

comenzó a subir la otra humilde y estrecha escalera que le indicaron. La

contestación del portero le había dejado confuso. ¿Qué significaba

aquello? ¿Cristeta en piso interior y con entrada miserable? ¿Cómo tan

gran dicha por tan ruin camino? Tal vez el siervo enlevitonado hubiese

recibido discreta orden para enviarle por la escalera de servicio. ¡Oh

mujer, cuán grande es tu prudencia que a todo atiendes y remedias!

De pronto, en un descansillo, vio un niño jugando solito con unas cajas

viejas de fósforos; representaba, poco más o menos, tres años, y se

parecía, como una gota de agua a otra gota de agua, al chiquitín de

quien iba Cristeta acompañada la tarde que se la encontró en el Retiro.

Creyendo reconocerle, pero resistiéndose a dar crédito a sus ojos,

pensó: «Parece imposible que descuide al niño de este modo. No, no puede

ser. ¿Cómo es posible que esta criatura sucia, desarrapada y mocosa, sea

el angelito vestido de encajes a quien vi en el Paseo de Coches?» Subió

los seis tramos que le faltaban y tuvo que detenerse a respirar. ¿Por

cansancio? No. ¿Por miedo? Tampoco. Por incertidumbre y turbación de

espíritu. En su memoria flotaba una frase preñada de misterios. Cristeta

le había dicho al separarse la noche anterior: «... ¡resoluciones

extremas!» ¿Qué pretendería? En un segundo imaginó don Juan mil clases

diversas de resoluciones extremas. La fuga, el sud--expreso, el _sleeping

car_, la ocultación en su propia casa, la vida errante por el extranjero

con nombres supuestos... ¿Querría, tal vez, que provocara y matase a su

marido? ¡Absurdo! ¿Habría pensado en un doble y romántico suicidio? Al

ocurrírsele esto se acordó de cómo temblaba la pobrecilla cuando pasaron

por el Viaducto de la calle de Segovia. Lo que faltaba de escalera no

dio tiempo a más suposiciones.

Estaba en el descansillo del piso tercero, ante una puerta de

cuarterones, groseramente pintada de azul. El cordel de la campanilla,

de puro mugriento, parecía negro.

«¡Cosa más rara!»

Llamó con mano temblorosa, y casi al mismo tiempo abrió la puerta, no

una criada, ni la esperada niñera, sino la propia Cristeta, cuya esbelta

figura destacó sobre la pared blanca de un pasillo. Estaba vestida y

peinada con adorable sencillez; el traje, de lana oscura sin adornos; el

pelo, modestamente recogido hacia las sienes. Esforzábase por aparentar

serenidad, pero sus ojos revelaban haber llorado mucho, y su hermoso

pecho, alzándose y deprimiéndose a intervalos muy cortos, daba prueba de

agitación mal contenida. Tendió a don Juan la mano derecha, que él

estrechó entre las suyas, y calladamente, sin soltarle, le guió hacia

dentro.

El pasillo era muy corto, y a su término había un cuarto de humilde

aspecto. Constaba el mueblaje de cuatro sillas de Vitoria, un sofá viejo

de espadaña y una cómoda de nogal. Por la ventana, que descubría mucho

cielo, entraba la claridad a torrentes. Tras una puerta vidriera

entreabierta veíase la alcoba y en ella un catre de hierro cubierto por

una colcha de cotonía. Sobre las sillas no había nada, pero el sofá

quedaba casi oculto por un montón de ropas relativamente lujosas, que

formaban contraste con lo modesto y pobre de la estancia. Allí estaban

la falda negra plegada en menudas tablas con primoroso arte, y el abrigo

corto de rico paño gris que tiempo atrás lució Cristeta en el paseo del

Retiro, el otro abrigo forrado de seda roja que llevó a la cita en la

Moncloa, el cuerpo encarnado con botoncitos de plata que se puso la

tarde del teatro, y encima de todo un boa gris y un sombrero negro de

ala grande y pluma rizada.

Don Juan, mudo y absorto, permanecía en pie; Cristeta separó a un lado

las ropas e hizo a su amante seña de que se sentara junto a ella en el

sofá. Obedeció él, y en seguida, mirándolo todo con extrema curiosidad,

sin poder ni querer contenerse, dijo:

--Esto es imposible, no puede ser. ¿Vives aquí?

Cristeta, con grandísima calma, pero algo alterada la voz por la

emoción, repuso:

--Esta es mi casa.

--¿Pero no tienes criados?

Suspiró lentamente, y replicó:

--No tengo criados.

--¿Tu hijo?

--No tengo hijo.

--¿Tu marido?...

--No tengo marido.

Entonces... explícame... ¿Verdad que eres mi Cristeta de mi vida?

--Eso no lo sé todavía. Veremos.

--¡Habla!

Por el ancho hueco de la ventana se veían torres, veletas, campanarios,

las masas rojizas y las líneas quebradas de los tejados vecinos, y

dominándolo todo, el cielo azul radiante de esplendorosa claridad. Un

rayo de sol venía a juguetear sobre los ladrillos del piso haciendo

dibujos luminosos. Don Juan pensó llegar a una casa de burgueses ricos y

estaba rodeado de pobreza. Las riquezas del mundo parecían refugiadas en

las pupilas de Cristeta, donde brillaba un tesoro de amor.

--Habla, por piedad--repitió él.

Cristeta, violentándose mucho, como jugador nervioso que arriesga su

porvenir entero al azar de un naipe, dijo así:

--¿Te acuerdas de cómo me dejaste abandonada en Santurroriaga?

--Sí; pero, ¿verdad que me has perdonado? Ahora soy otro, y te adoro.

--Yo hasta entonces no había querido a nadie ni me había dejado

querer..., ni poseer. Fuiste el primero y el único, porque después...

tampoco.

--¿Qué?

--La pura verdad. En cambio, a ti te quise como te quiero en este

momento. Cuando te fuiste hice propósito de ser para toda la vida tuya o

de nadie. Soy libre, enteramente libre, y lo único que sé de amor es lo

que aprendí en tus brazos. Luego volviste a verme, creíste otra cosa, me

deseaste de nuevo, y aquí estás.

--¡Por Dios te pido que no me vuelvas loco! ¡Habla claro!

--Que tu Cristeta es la misma de siempre, la de antes, tuya, nada más que

tuya, y que te ha engañado para no perderte.

--Pero ¿y tu marido, tu hijo, tu modo de vivir, el coche, el lujo?

--Todo mentira.

--¿Has hecho una comedia?

--No me culpes. Si yo hubiera sido mujer rica, señora que frecuentase la

misma sociedad que tú, te habría buscado de otro modo: en bailes,

teatros y tertulias; pero estábamos tan lejos uno de otro, que por

fuerza tenía que valerme de medios extraordinarios. Y, sobre todo,

piensa una cosa: yo no te he dicho nunca, ni una sola vez, ¡buen cuidado

he tenido!, que estuviese casada; te lo he dejado creer y nada más.

--¿Pero es posible?

--¿No fue posible que tú me dejases sin motivo, queriéndome como decías?

¿De qué te sorprendes? ¿Quién ha buscado a quién? Mientras fui tuya,

¡vergüenza me da recordarlo!, ni siquiera sospechaste el cariño que mi

corazón encerraba para ti. Después, suponiendo que era de otro hombre,

me has deseado con rabia, con locura, como se desea lo ajeno. Ahora ves

que no tengo dueño y comienzas a dudar.

--¿Y esas ropas, ese lujo, el coche, todo lo que yo he sabido de otro

hombre... un señor Martínez... un niño?

--¡Pobre de mí! ¿Cuánto dinero me dejaste al marcharte de Santurroriaga?

--Veinte mil reales.

--Pues aún me quedan algunos duros. Lo demás lo he gastado en ese lujo de

que hablas, en alquilar este cuartito y ese coche que has visto, en

tener niñera, una chica que, a pesar de tu experiencia, te ha engañado

como a un chino, y en que unas pobres gentes me dejasen por unas cuantas

veces ese niño a quien yo he vestido y de quien tú te has figurado...

--¡No me mientes eso!

--Total: la mujer a quien abandonaste siendo tuya y nada más que tuya, te

ha enloquecido por sólo parecerte ajena.

En seguida, punto por punto, minuciosamente, sin omitir detalle, le

refirió cuanto había tramado y hecho con propósito de atraerle, desde

que en la fonda de Santurroriaga se quedó pensativa como reina

destronada que medita reconquistar lo perdido, hasta el instante en que,

sintiéndole subir la escalera, colocó sobre el sofá aquellos trajes con

que se había engalanado. Nada calló; ni el auxilio recibido de Inés, ni

la complicidad de don Quintín, ni el alquiler de la berlina, ni el

precio de aquel pobre cuartito, ni sus muchas y amargas lágrimas. Fue

una confesión larga y completa, un examen de conciencia en que dejó que

se transparentase su alma, mostrando a don Juan lo íntimo de su corazón

tan franca y lealmente como en otro tiempo le dio a besar la blanca y

tibia redondez de su pecho. Por último, añadió:

--Ya lo sabes todo, y ahora sólo te pido que respondas a esta pregunta:

¿Cuándo has sentido verdadero amor por mí? ¿Mientras fui tuya honrada y

pobremente, a pesar de lo cual me despreciaste, o ahora, cuando nada más

que con darte oídos debí parecerte infame y despreciable?

Don Juan, avergonzado, callaba. Cristeta prosiguió:

--Tal vez no me perdones estos engaños, hijos de mi amor, y, sin embargo,

me agradecerías los besos que ahora te diera, aunque fuesen robados a

otro hombre. Te juro que no he mentido en nada. Mis tíos, la falsa

niñera que tantos plantones te ha dado, mi antigua criada Inés, su

marido, a quien alquilé la berlina, la madre del chico, cuantas personas

me conocen, hasta la Mónica, una mujer que tiene aquí abajo casa de

huéspedes y que ha servido en la tuya; todos pueden decirte cuál ha sido

mi vida. Te dirán también que alguna vez salía muy bien vestida: ya

sabes para qué. Mucho he sufrido, pero todo lo doy por bien empleado,

porque al verte seguirme, y perseguirme, y rogarme, y temblar en mis

brazos, y besarme, como temblaste y me besaste la tarde del teatro...

vamos, he llegado a creer que me amas de veras. ¿Me perdonas?

Estaba hermosísima. Un ligero estremecimiento hacía palpitar sus labios;

los ojos, prometiendo amor, imploraban piedad, y el rostro iba tomando

la palidez marmórea de la estatua que vio don Juan en sueños; pero ésta

no era piedra esculpida, sino hermosa carne modelada por Dios y

vivificada con el soplo de su espíritu para delicia del hombre.

Don Juan no pudo aguantar más. Levantose del sofá, la miró frente a

frente, como para buscar en el abismo azul de sus ojos confirmación a

sus palabras, y luego, alzándola y atrayéndola lentamente hacia sí, pegó

los labios a la oreja encendida de su amada, y murmuró estas palabras:

--¿Tanto me quieres?

Ella dobló la cabeza sobre el hombro del amante, pegose a él, cuerpo con

cuerpo, y en voz muy queda, como se dicen las grandes cosas de la vida,

repuso:

--¿No me dejarás nunca?

Entonces--nadie sabrá jamás si fue sincero arranque o astucia

premeditada--volvió a mirarla fijamente, y presentándole la mano derecha,

preguntó con increíble valor:

--¿Quieres ser mi mujer?

Ella, desasiéndose de sus brazos, apartó el cuerpo, se restañó con el

pañuelo las lágrimas, y revelando la energía de quien en todo ha pensado

y tiene, hace tiempo, adoptada una resolución, contestó:

--¡Eso... jamás!

--¿Por qué?

Cristeta quiso expresar todo lo que sentía, y acordándose tal vez de que

fue comedianta, lo formuló en lenguaje, aunque sincero, un poquito

dramático, diciendo:

--Lo que yo quiero no es tu libertad, sino tu cariño. ¿Casarnos? ¿Para

qué? ¿Para darte por seca y rigurosa obligación lo que por libre y

complacido albedrío quiero que sea tuyo? ¿Para mermar a la pasión el

encanto de la espontaneidad? ¿Por ventura serán entonces más cariñosos

tus besos, más prietos tus abrazos? ¿Tendremos mayor firmeza en la

confianza ni más brava abnegación en la desgracia? ¿Qué ceremonia, qué

rito, que fórmula ha puesto el Señor por cima de este anhelo con que mi

pensamiento quiere volar para hacer nido en tu alma?

--¡Cristeta!

--Yo te serviré en el bien, de estímulo, en el mal, de rémora. Duplicaré

tus venturas y compartiré tus penas. ¿Te veré dichoso?, pues mi amor

será la gota que llene el vaso de tu felicidad. ¿Desgraciado?, yo

lloraré por ambos... Pero ¿casarme? ¿Y si te arrepintieras? ¡Qué horror

si algún día confundieses mi gratitud con mi cariño! ¿Llevar tu nombre?

Bajando está siempre de mi pensamiento a mis labios; mío es aunque no

quieras, y al dormirme siento que se me asoma a la boca para guardarte

todo el aliento de mi vida. ¡No! tú, libre como el aire; yo esclava,

quieta, callada y mansa como el agua eternamente enamorada del cielo

que, aun sin darse cuenta de ello, igual refleja los alegres arreboles

del alba que las tristes nubes de la tempestad.

Don Juan hizo ademán de arrodillarse--la cosa no era para menos--; mas

ella no lo consintió, y poniéndole una mano en cada hombro le miró

embebecida, al mismo tiempo que decía:

--En el momento en que nos sujetase algo superior a nuestra voluntad, el

amor no sería dulce impulso del alma, sino tributo doloroso.

--¿Y el mundo, la sociedad y las gentes?

--¿Ahora te preocupas por eso? ¿Te cuidabas de ello al perseguir casadas?

Los que acaso me disculparan adúltera, me rechazarán amante... ¡Ya lo

sé! Pero ¿a quién consagro yo mi existencia, a ti o al prójimo?

--¿Me prometes que serás siempre mía?

--Vive tranquilo. Si he hecho tanto para que vuelvas a mí, ¿qué no seré

capaz de hacer por merecerte y conservarte?

Callaron, cambiando dos miradas que hacían inútil toda protesta de

sinceridad. En la imaginación de ambos surgió la misma idea, formulada

en sentido contrario. Él pensó: «Será mi mujer»; y ella se dijo: «Si me

caso le pierdo».

Juan abrió los brazos, y Cristeta, limpia de pensamiento impuro, pero

llorosa de felicidad, se arrojó en ellos. Oprimiola él cariñosamente

contra sí, y mientras sentía sobre el pecho su dulce sollozar, hundió

los labios entre sus rizos de oro y los cubrió de besos.

Madrid, 1891.

Dulce y sabrosa · 第 52 / 53 题