El delirio

Pocas horas después de enviar don Juan a Cristeta su romántica y

desesperada carta de despedida, recibió de ella un papelito que traía

estas palabras escritas con mano temblorosa:

_«Juan: Oy mismo a las once de la noche te espero en la plaza de

oriente frente a la puerta de Palacio, y si no estás decidido a

todo no bayas._

_Cristeta.»_

<tb>

Don Juan, de hongo y capa, impaciente y nervioso, aguarda en el sitio y

hora que le marcaron.

En un reloj cercano da el cuarto para las once. Del Guadarrama, y

haciendo escala en la _Punta del Diamante_ y la _Garita del Diablo_,

viene un norte sutil y helado que traspasa los tuétanos. Los enormes y

desnarigados reyes de piedra que rodean el jardinillo, surgen de entre

los árboles como grandes espectros blancos. Las llamas del gas se agitan

en sus fanales de vidrio, proyectando sombras temblorosas en el suelo

húmedo y barroso. No pasa casi nadie: sólo se oye de rato en rato la

sorda trepidación del tranvía y continuamente el rápido y corto pasear

de los centinelas de Palacio.

Don Juan, que comienza a malhumorarse, lanza sin cesar miradas hacia el

sitio donde arranca el Viaducto de la calle de Segovia, cuando

repentinamente, de entre la negrura del ambiente, surge un bulto de

mujer, a quien delatan su airosidad y gallardía. Viene modestísimamente

vestida con traje oscuro, mantón, y toquilla de estambre blanco a la

cabeza. Don Juan cree asistir a la resurrección de su antigua Cristeta,

la que salía del teatro en su primera época de comedianta pobre. No se

ha equivocado; ella es.

--Dame el brazo--le dice en voz baja y acercándose.

Cristeta obedece, y el galán, al rozar el cuerpo de su amada, siente

algo parecido al latigazo de una descarga eléctrica. La mujer tiembla

pudorosamente, pero sin medrosa hipocresía.

--Cristeta de mi alma, ¿qué es esto?, ¿te has decidido? ¡No me engañes,

que me moriría de pena!

--No hay momento que perder, quiero volverme pronto.

--Habla, vida mía. Todo lo que quieras, menos que yo viva sin ti.

--Juan..., estamos locos.

--Dime que me quieres y me dejo matar.

Sus voces languidecían; sus cuerpos, poseídos de atracción mutua e

imperiosa, se juntaban como dos hojas de árbol que el viento agita.

Acortaron el paso. Juan, deseoso de prolongar aquella emoción

paradisíaca, exclamó sin tener en cuenta el intenso frío:

--¡Qué hermosa noche! ¡Cristeta, ya eres mía!

--Espera--dijo ella--; antes tienes que oírme. Se trata de nuestro

porvenir... Toda la vida. ¡Piensa lo que haces!

--Te juro que te quiero como no he querido a nadie. Ahora dispón lo que

se te antoje.

Mirole ella con inefable ternura, adhiriéndose a su brazo como planta

endeble que ha menester apoyo, y murmuró:

--¿Qué será de mí? ¿Me quieres de veras?

La respuesta fue un delicioso apretujón por bajo de la capa, y al mismo

tiempo una mirada en que iba envuelta la promesa de la felicidad.

--Pues bien, Juan, no puedo luchar más; soy tuya..., haz lo que quieras;

manda, llévame donde quieras.

--No: mandar tú, obedecer yo.

--¿Me abandonarás otra vez?

Don Juan aflojó el embozo, y subiendo hasta sus labios la mano de

Cristeta, se la besó con más fervor que si la tocara por vez primera,

diciendo al mismo tiempo:

--Traigo dinero de sobra; vengo dispuesto a todo...

--Por ahora, paciencia--continuó ella--, tengo que irme en seguida; pero...

pocas horas faltan. Mañana a las dos de la tarde ven a mi casa.

¿Entiendes? Quiero que vengas a buscarme y quiero salir de mi casa

contigo, a la luz del sol..., iremos donde quieras... para siempre.

¿Comprendes? ¡Toda la vida! ¿Querrás? Pero te advierto que jamás volveré

a mi casa ni a soportar a ningún hombre que no seas tú. Tuya, y nada más

que tuya...

--Te juro--interrumpió él con acento solemne--, que nunca te abandonaré...,

y si algún día eres libre..., en fin, ya hablaremos.

Pretendió ir por la calle de Bailén abajo para prolongar el paseo, mas

Cristeta le hizo volver.

--Vámonos, tengo prisa--decía--; acompáñame hasta pasado el Viaducto.

--Como quieras; pero ¿te arrepentirás de lo dicho?

Anduvieron largo trecho silenciosos: al pasar sobre el puente de hierro,

mirando por bajo la pavorosa negrura del abismo, se les ocurrió a los

dos una idea espantosa. ¿Fue natural romanticismo de sus almas, o

resultado de la exaltación de sus espíritus? ¡Quién sabe! Lo cierto es

que ambos temblaron, y al temblar se pegaron uno a otro.

Cerca de la calle de Don Pedro, dijo Cristeta:

--Vete desde aquí. Hasta mañana. ¿Sabes el número?

Entonces ella, deteniéndose bajo una farola para ser bien vista, fijó en

don Juan sus hermosísimos ojos; y oprimiéndole las manos en señal de

despedida, repitió:

--Toda la noche, te queda toda la noche; ¡piénsalo bien! ¿Verdad que

serás bueno conmigo? Y ya lo sabes, es para toda la vida, porque yo no

soy capaz más que de resoluciones extremas.

Dicho lo cual, desasiéndose de él y dejándole confuso en medio de la

acera, se alejó precipitadamente hasta entrar en el anchuroso portal de

la casa donde vivía.

Don Juan pasó de largo, miró con disimulo, y después de verla torcer

hacia el arranque de la escalera, apretó el paso. Luego, dando rodeos

para no encontrarse con nadie, se fue a su casa, impaciente por saborear

a solas la realización de su esperanza.

Encerrose en el despacho, abrió el cajoncito más recóndito de su mesa, y

fue reuniendo y apuntando todo el dinero que tenía: sesenta y tantos

duros en plata, unas cuantas monedas de oro y ocho mil pesetas en

billetes. Además, de su último viaje a Francia le quedaban diecisiete

luises y dos o tres billetes de cien francos. Total, dinero sobrado para

llegar a cualquier parte. Después, a modo de novio en víspera de boda,

quemó en la chimenea varios retratos y un puñado de cartas, y, por

último, llamó a Benigno, quien oyó con verdadero asombro estas palabras:

--Mañana temprano me pones encima de esa butaca un traje gris, de

americana, la manta de viaje con las correas, una gorra y el gabán de

pieles. Prepara un maletín con los avíos de tocador y ropa interior;

nada de frac, ropa de etiqueta, ninguna. Saldré en cuanto almuerce;

puede que vuelva acompañado... y entonces ya te daré órdenes; pero lo

probable es que no vuelva. Si te envío recado, llevarás el maletín donde

te mande, y hasta que recibas noticias mías, mucho cuidado con la casa,

y cuando te escriba harás lo que te indique al pie de la letra. ¿Te has

enterado?

--De todo, señor.

--Ya lo sabes. No te muevas de aquí hasta que recibas orden por escrito;

puede que vuelva..., no lo sé, y puede que te mande cerrar la casa y

venir donde yo esté.

--Comprendido, señor.

--Pues ahora déjame.

Al quedarse solo volvió a contar el dinero, y al cabo de una hora se

acostó. Estaba tranquilo, con esa falsa serenidad propia de quien, tras

desearlo mucho, adopta una resolución muy grave.

Tardó largo rato en conciliar el sueño. Su imaginación vagaba

desvariando de unas ideas a otras, como si el razonamiento fuese incapaz

de sujetarlas. Quería pensar despacio, aquilatar la trascendencia de su

propósito, traer a juicio su pasado, considerar lo presente..., adivinar

lo porvenir... Inútil empeño.

La fantasía, estimulándose más cada instante, quedaba triunfante del

raciocinio. Compromisos, obligaciones, conflictos, luchas, catástrofes,

todo lo grave que le parecía cercano y probable, se desvanecía, quedando

en su lugar un fantasma encantador e imperioso que le abría los brazos y

le llamaba con promesas de perdurable felicidad. Era Cristeta; pero una

Cristeta nueva, renovada, hacia la cual se sentía impulsado, no sólo por

inclinación amatoria, sino también por algo misterioso, privativo del

espíritu y puramente anímico, en que no entraba para nada la fascinación

de la hermosura. Antes, al pensar en beldades deseadas y no poseídas,

siempre le dominó el encanto de la forma: ahora sus sentidos parecían

aletargados, y en cambio el ansia de perfecciones morales surgía potente

y avasalladora.

Los ojos de Cristeta oscuros y azulados, como cielo en noche serena; la

boca, fuente de ternura y sumidero de besos; el pelo rubio y largo, como

crecido para cubrir la almohada formando al rostro un nimbo de oro; el

pecho blanco y firme, donde parecían palpitar impacientes dos rubíes

carnosos perdidos entre nieve; todo el conjunto de atractivos que

formaban lo material de la mujer, lo veía don Juan desvanecido, borroso,

deseable, pero secundario; y en cambio, al poner su pensamiento en el

pensamiento de ella, experimentaba una sensación de ansia y desasosiego

entre penosa y grata, como si la voluntad y el alma carecieran de algo

que sólo pudiese hallar satisfacción y plenitud en la posesión pura e

inmaterial de Cristeta. Tormento y placer análogo debieron de sentir y

gozar los místicos que, abrasados en fervor religioso, tendían a

identificarse y sumarse con la divina esencia, cual si anhelaran ver

anonadarse su alma dentro de otra alma superior e increada. Tuvo luego

también momentos de intensa embriaguez amorosa; pero brevísimos,

fugaces, y apaciguada pronto aquella excitación, se rindió al cansancio

físico.

Entonces el espíritu, libre de influjo externo, prosiguió su incansable

labor, y comenzó a soñar disparatadamente, mezclándose y trabándose en

sus desvaríos lo verosímil con lo imposible, y las reminiscencias de lo

real con las locuras de lo imaginario.

De igual suerte que cuando el maestro duerme los chicos arman bulla y

algazara, así al quedar en reposo la voluntad de don Juan, se le

avivaron los deseos, excitáronsele los recuerdos, y las imágenes creadas

por la fantasía, unas brillantes, otras pálidas, pero todas de intensa

realidad para su mente, comenzaron a desfilar en ronda interminable.

No creyó ver sino que con los ojos del alma vio a Cristeta como estaba

la primera vez que hablaron: falda muy hueca, de percal, pañoleta de

espuma al talle, zapatitos con galgas y moño bajo, lleno de flores; todo

el atavío gitanesco; pero no en el cuarto del teatro, sino en aquella

plazoleta de la Moncloa situada junto a la fuentecilla. Servían de fondo

a la figura los troncos de los árboles atigrados por manchas musgosas, y

en torno de su cabeza revoloteaban hojas secas de plátano que, traídas y

llevadas por el viento, semejaban errantes estrellas de oro. De pronto,

mujer, paisaje y fuente, se deshicieron como humo ingrávido, el espacio

quedó vacío, y en la atmósfera desierta, pero alumbrada por un sol

invisible, sonaron muchos ruidos diferentes que juntos simulaban un coro

de mujeres burlonas. Hubo crujir de sedas manoseadas, rumor de

varillajes de abanicos, chasquidos de besos, sonoridades de monedas de

oro caídas sobre mármol, y luego grandes carcajadas, como si alguien

diabólicamente se mofara de la hermosura, el lujo y el amor. De

improviso, todo cambió, apareciendo por arte de magia un cuarto

vulgarmente amueblado con cama de hierro, sofá de espadaña, dos baúles y

una percha clavada en la puerta. Sobre asientos y muebles había muchas

ropas adornadas de oropel y talco.

Contemplando aquello el hombre dormido se obstina en avivar recuerdos y

coordinar ideas, pero es en vano; porque las memorias no obedecen a la

evocación y los pensamientos se alteran. Luego su atención y sus ojos

son imperiosamente atraídos por algo que le suspende y encanta.

Al pie de la cama deshecha, hay una mujer sentada en una silla baja:

tiene el pelo revuelto, el rostro abrillantado por las lágrimas

restregadas, y la boca contraída por el amargo dejo de una felicidad

apenas gozada y ya perdida. Junto a ella, caídos en el entarimado del

piso, se ven dos papeles arrugados: una carta y un impreso pequeño con

cifras manuscritas. Después todo aquello se transforma en una capilla

oscura y sucia, donde huele a sudor y a cera. Un hombre y una mujer se

arrodillan ante otro hombre que lee un librote, trazando con las manos

en el aire figuras misteriosas: la mujer es Cristeta; pero la fisonomía

y el aspecto de su acompañante carecen de rasgos definidos. No es alto

ni bajo, flaco ni grueso; a ratos lampiño, a ratos barbudo... Al sonar

un campanillazo la visión se disipa y el lúgubre recinto se trueca en un

paseo enarenado, por donde corretea un niño tras un ato de madera. El

chiquitín tropieza, cae, se lastima... y suena un grito. Una mujer queda

tendida en tierra y dos hombres se abalanzan a socorrerla; en el primero

se reconoce don Juan; el segundo es el otro, el desconocido de la

capilla, el monstruo sin fisonomía. Su audacia no tiene límites. Se

inclina sobre el cuerpo de la desmayada, y con la insolente autoridad de

un poseedor legítimo, hace ademán de ir a desabrocharle el cuerpo del

vestido para que, respirando mejor, cese la congoja. Entonces a don Juan

se le sube la sangre a la cabeza. ¡Tocar aquel hombre el pecho de

Cristeta! ¡Profanación! Tanto valdría que un bárbaro escupiese al Apolo

Délfico o que un judío cometiese irreverencia ante Jesús Sacramentado.

Don Juan se arroja, o cree arrojarse, sobre el marido, y ofendiéndole de

palabra, le sujeta, le zarandea y le sacude... Suena una bofetada. La

mano invisible del hombre sin fisonomía ha caído ruidosamente sobre el

rostro de don Juan como cae el mazo del batán sobre la superficie del

agua. El ofendido saca un revólver, dispara y se oye un ruido semejante

al desplome de un cuerpo exánime. Al desvanecerse el humo del fogonazo,

todo desaparece y se disipa; por el aire vuelan pedazos de papeles que

llevan impresas palabras terroríficas: asesinato..., mujer casada...,

amante..., niño huérfano. Después, en la lejanía de un campo, junto a

unos murallones de ladrillo, se alza un tablado, encima del cual,

destacando sobre el cielo, se ven cuatro hombres que sientan a otro por

fuerza en un banquillo, tras el cual, a manera de respaldo, hay un

madero tieso...

¡Qué horrible pesadilla! Por fortuna, un cambio de postura desvía la

sangre de ciertos sitios del cerebro, quedan libres los nervios

oprimidos, sufren otros la presión y...

Un bosque fantástico, cuyos árboles tienen, en vez de hojas, monedas de

oro. Don Juan camina silenciosamente por una vereda, cuando de pronto,

hendiéndose las cortezas de los troncos, dejan paso a mujeres

magníficamente ataviadas y ninfas en todo el esplendor de su sagrada

desnudez.

Las hay blancas con el transparente blancor del alabastro; rubias como

hebras de mazorca; morenas en que parecen haberse deleitado las miradas

del sol, y también las hay enteramente negras, al igual de aquella

princesa de las leyendas árabes que fue engendrada por el misterio en el

vientre de la noche.

Agitadas de neurosis, exasperadas de lujuria, como diablos súcubos se

dejan poseer por don Juan, y apenas poseídas, se truecan en pelados y

mal olientes esqueletos. Gasas, tisúes y rasos quedan desfilachados y en

jirones, flotando sobre las osamentas. En derredor de las vértebras

cervicales caen desgranados y sueltos los collares. De los cúbitos

penden los brazaletes rotos. En torno de las sienes calvas, con la

amarillez del marfil viejo, se marchitan las coronas de rosas, y en la

medrosa concavidad de las órbitas vacías, en vez de las pupilas bañadas

de efluvios amorosos, brilla la pálida fosforescencia de las larvas

inquietas. El suelo todo es podredumbre; el espacio todo luz: y he aquí

que, de repente, la figura de Cristeta vestida de hilos de agua y rayos

de luna entretejidos, cruza el éter impasible y angélica, dejando tras

sí una estela de polvo luminoso. El alma de don Juan da un vuelco hacia

ella, la alcanza, la detiene, y al tocarla queda convertida en estatua.

En vano pretende vivificarla acariciando sus hermosas caderas, y

gimiendo de dolor entre sus marmóreos pechos. Ya no es mujer, es una

divinidad.

Es la diosa del amor en nueva forma, con caracteres desconocidos. No es

Afrodita a quien se rinde culto de pasiones sensuales; no es la Venus

Cálvica, que recibe en ofrenda cabelleras de vírgenes; parece la Venus

Apostropha, que desdeña y castiga los pensamientos impuros. A fuerza de

besarla éntrasele a don Juan por los labios hasta el alma el frío de la

piedra, y paralizada su sangre, se desploma rendido.

Cuando torna en sí, la amargura se ha enseñoreado de su alma: la

privación del placer le ha hecho filósofo; pero la filosofía seca su

corazón, y sediento de esperanza, se hace religioso y degenera en

místico...

Sueña que es el apóstol único de una religión nueva, agradable y

tolerante, que abarca y atesora la poesía pagana, la severidad

protestante, el fausto católico, el sentido práctico hebreo y el poder

político del islam, simbolizándolo todo en ritos fantásticos y

heterogéneos de que él es gran sacerdote, y en que se hallan

representadas todas las aspiraciones del espíritu y todos los apetitos

de la carne, desde el ascetismo de los anacoretas hasta los bailes

misteriosos y lúbricos del Oriente primitivo.

La efigie de Cristeta-Venus se transforma de repente en la Eva mosaica

que perdió el Paraíso, y en torno de ella comienza el desfile de una

procesión interminable. Allí van las virginales deidades indias,

moradoras de los lagos, que con el calor de sus pechos entibian el agua

que ha de regar la flor del loto; las impúdicas danzadoras egipcias y

malacitanas, que acuden a Roma para divertimiento de Césares; las

doncellas corintias consagradas a Palas, que asisten a las Panateneas;

las sacerdotisas galas que lanzan a los bárbaros contra el antiguo

mundo; las damas de las cortes de amor que tiñen en la púrpura de su

sangre la flor que ha de premiar a su poeta; las cortesanas del

Renacimiento, que el arte convierte en imágenes de dolorosas; las monjas

españolas, devoradas de histerismo religioso; las damas galantes de la

Francia borbónica, que sin traicionar al amor supieron hacer de cada

hombre un amante; y, por último, la mujer moderna, cuyo tipo varía,

desde la Hermana de la Caridad que riega con sus piadosas lágrimas las

llagas del herido, hasta la pecadora de oficio que, vendiéndose al rico

y regalándose al pobre, ofrece a todos la ilusión del amor. Y aparecen

figuras extraordinarias, enigmáticas, en quienes palpitan encarnaciones

distintas y olvidadas de la eterna Eva. Allí se acercan la Venus

Fecunda, ensangrentada por un cilicio, envuelta en un sudario, y María

de Nazareth, coronada de pámpanos y esgrimiendo el tirso de las

bacantes. La diosa gentílica canta el _Dies irae_. La virgen cristiana

recita los versos impíos de Lucrecio...

Entre tantas, ¿cuál es la dispensadora de la dicha, cuál la verdadera

mujer? ¡Nadie lo sabrá nunca!

Poco a poco todo aquello se borra, reaparece la noche oscura, y del

cielo comienzan a caer las estrellas, metamorfoseadas en almeas desnudas

mal envueltas en gasas transparentes. Don Juan se aleja de ellas, y

llega a la orilla de un lago, por cuyas tranquilas aguas se desliza una

barca tripulada de doncellas, que se alejan cantando tristemente. Las

mira y ve que son sus propias ilusiones, que bogan río abajo de la vida

despidiéndose de él para siempre.

Por último, todo cambia: lo fantástico se trueca en realidad pavorosa.

Es de noche: un hombre viejo y enfermo está solo en un gabinete. La tos

le desgarra el pecho, tiene las piernas hinchadas por la gota, el

estómago roído de dolores, y para que el sufrimiento sea completo,

conserva el cerebro despierto y sano. Una criada torpe y gruñona le

asiste con malos modos, sin solicitud ni cariño. ¡Qué soledad tan

triste! ¡Ni una hija, ni una caricia, ni un beso! ¡Oh mocedad

malbaratada! ¡Oh presente amarguísimo! Perdidos en la lejanía de la

juventud y vigorosamente evocados por el pensamiento, vienen a la mente

los recuerdos: pasan muchas mujeres: don Juan las ve, violenta su

imaginación para acordarse de sus nombres y no puede; porque si todas le

dieron su cuerpo, ninguna le dejó la dulzura del cariño en la memoria.

La postrera de todas trae las miradas impregnadas de amor, la boca

prometedora de besos, pero al mismo tiempo sus labios murmuran una

palabra: «Imposible». Es Cristeta. Don Juan, reconociéndola, suplica,

implora, ruega, grita, procura detenerla, y nuevamente el fantasma se

disipa, dejándole en las manos la sensación de un sudor frío y pegajoso.

<tb>

Suena el lento y ruidoso rodar de un carro; luego el campanilleo de las

burras de leche; óyese a lo lejos el vocear de un pobre vendedor

ambulante; y por los resquicios y rendijas del balcón penetra, en hilos

plateados, la clara luz del día.

Don Juan despierta y se arroja del lecho abajo, restregándose los ojos.

Todo ha sido un sueño mentiroso. Es joven, está en su casa, no ha matado

a nadie, y... a las dos le espera Cristeta; no en forma de impalpable

fantasma ni de fría escultura, sino en carne y hueso, amante y cariñosa.

Entonces, sacudiendo el sopor morboso de la pesadilla, mira en torno. Lo

primero que ve es la ropa de viaje colocada sobre una butaca, y en un

rincón el mueblecillo donde la víspera guardó el dinero para huir con

ella, robándosela al hombre misterioso sin rostro ni facciones. Un

nombre se le viene a los labios: «¡Martínez!» Esta es la única tristeza

indudable que pasa del sueño a la vigilia.

Al dar la una en el reloj del despacho, don Juan sale de su casa

llevando el corazón henchido de amor, el ánimo resuelto a todo y los

bolsillos repletos de dinero.

¿Qué más necesita el hombre a quien aguarda una mujer?

Dulce y sabrosa · 第 51 / 53 题