Capítulo XX

Los favores que don Juan hizo antaño a su cocinera Mónica, le fueron

grandemente pagados sin que él lo sospechara

Cartas impregnadas de ternura, junto a las cuales resultarían pálidas

aquellas que se escribieron en el Paracleto; recados apremiantes

enviados por conducto de Julia; súplicas, amenazas, todo fue inútil.

Cristeta, voluntariamente recluida en su casa, daba la callada por

respuesta. Entonces, al modo que el general sitiador a quien es adversa

la fortuna suspende el ataque y se encierra en su tienda, don Juan

comenzó a filosofar, recurso de desgraciados, y le pareció que su pasado

era ridículo; su presente, amarguísimo; su porvenir, incierto. El mal

humor fue poco a poco convirtiéndosele en tristeza y ésta en melancolía.

Haciendo retrospectivo examen de conciencia, consideró que su vida fue

hasta entonces una serie de aventuras vulgares. Las mujeres a quienes

venció no eran dignas de ser conquistadas: unas, porque valiendo poco le

costaron mucho; otras, porque no se rindieron al galán seductor, sino a

su propia desesperada lascivia; ya eran jovencillas viciosas,

ex--vírgenes locas; ya mal casadas, ya viudas consumidas en forzosa

continencia. Todas le dieron sobras de amor, escoria de los sentidos;

pocas recordaba que no le hiciesen reír o avergonzarse. Ahora comprendía

que cuanta fruta mordió era de la que se pudre en agraz o de la que por

su peso cae dañada del árbol: la única vez que llegó a cogerla sazonada

y fragante, dejó, como un estúpido, que otro la saborease, y al querer

recobrarla... «Imposible». El acento con que Cristeta pronunció esta

palabra le taladraba los oídos y le acibaraba el alma.

A fuerza de permanecer encerrado en casa, comenzó a digerir mal, y luego

a comer poco: uniose al desasosiego moral el malestar físico, ayudó la

inapetencia a la melancolía, y en menos de tres semanas se quedó flaco y

triste como fiera enjaulada.

Benigno, a quien el retiro de su amo tenía la libertad mermada, le

propuso llamar a Mónica, la incomparable cocinera que en situaciones

menos graves había restaurado sus fuerzas. Don Juan le preguntó:

--¿Recuerdas dónde vive?

--No, pero lo preguntaré.

--Bueno. Haz lo que quieras.

Un poco movida del agradecimiento a la pasada generosidad de don Juan, y

un mucho estimulada por el interés, Mónica dejó sus huéspedes

encomendados a la cocinera que antaño tomó por hacer papel de ama, y

volvió al servicio de su señor. Mas sus habilidades culinarias fueron

estériles. ¿Qué vale el buen caldo contra la pasión de ánimo? ¿Qué

pueden Vatel ni Motiño contra la lobreguez de ideas? ¡Mísero don Juan!

La más suculenta gelatina se le acedaba, irritábanle los mariscos, la

carne asada le daba náuseas, lo caliente le producía frío, con lo helado

sudaba, las trufas le enfurecían, el rico Borgoña se le antojaba brebaje

despreciable y la manzanilla le daba ganas de llorar; púsose al fin más

triste que San Juan cuando descubrió la estrella del ajenjo que vertía

hiel sobre la tierra. Llamó al médico, y al verle entrar en su cuarto

túvole por precursor y heraldo de la muerte. Nada sacó en limpio. ¿Era

dispepsia, gastralgia, pirosis? ¡Oh, inútil ciencia! ¡Oh, vanidad

moderna! Una buena Celestina le hubiese valido más que el mismo

Hipócrates.

Cierta mañana Mónica le preparó ostras, huevos con cabezas de

espárragos, solomillo en salsa de vino de Madera, pastel de chochas

frías: todo ello en compañía de buen _Pomar_, incomparable _Tío Pepe_ y

café como el que hacen las huríes a Mahoma. Trabajo perdido. Los

manjares volvieron, casi intactos, a la cocina. Supuso la vestal del

fogón que la inapetencia era desprecio, y por salir de dudas, movida de

santa indignación, entró al despacho.

Estaba don Juan macilento, escuálido, sentado en un sillón y más sombrío

que Bruto la víspera de Filipos. Recibiola sin sonrisas, sin gana de

bromas, preguntando con voz desfallecida:

--¿Qué te pasa, mujer?

--Eso pregunto yo. ¿Qué le pasa al señor?

--No tengo apetito.

--Pues el almuerzo de hoy era para abrírselo a cualquiera.

--Estoy malo.

--Lo que estará el señor será...

Y se detuvo respetuosa.

--Di, mujer; ya sabes que te quiero y que siempre te he permitido que me

hables con franqueza. ¡Al cabo de tantos años!

--Pues lo que estará el señor será enamorado, y le habrá _dao_ más fuerte

que otras veces.

El silencio de don Juan fue una especie de afirmación.

--El señor es joven y está un real mozo...; pero a cada puerco le llega

su San Martín...

--Gracias.

--Perdone el señor. Vamos, señorito, he querido decir que se habrá usted

_estragao_ con tanto variar de _guisaos_, y estará usted _reventao_ de

andar a salto de mata, cazando en sotos ajenos, y tendrá gana de

fincarse.

--No te entiendo.

--Decía el cura de mi pueblo que el hombre que anda tras las mujeres es

como el que ve muchas tierras, que al fin se cansa y quiere tener un

rinconcito suyo..., pues; no quiero el monte del tío, sino el terruño

mío.

Esta tosca imagen le pareció a don Juan la síntesis de su situación;

pero no era cosa de poner a la cocinera en antecedentes de su

desventura. Sonrió con benevolencia y repuso:

--Puede que no te falte razón.

--Será alguna de esas señoritas de ahora que van tan majas y tienen unos

cuerpos que da gloria. Convídela usted a comer con los papás, y pongo

unos platos que se chupan los dedos, se entusiasman y para postre le

regalan a usted la niña. ¿O será alguna de las antiguas? ¿Doña Purita,

la que llegaba aquí en lunes y se marchaba en domingo, y venía su madre

a traerle la muda? ¿La señorita Elisa, que le dejó a usted la mesa del

despacho _perdía_ de polvos de arroz? ¿La señora condesa...?

--¡Calla, por Dios, mujer!

--Sí, que sería el cuento de nunca acabar. La verdad es que ya esas no le

convienen a usted: más vale que se busque usted otro remedio: a cabeza

cansada, almohada nueva. Lo que importa es caer bien. No ha de faltarle

a usted árbol donde ahorcarse. ¡Si viera usted qué chicas hay por esos

rincones del mundo!

Don Juan escuchaba por distraerse. Mónica seguía:

--Yo tengo la tema de que los señores se gastan _ustés_ el dinero con las

que valen menos: _toos_ los _cabayeros_ de Madrid se están _ustés_

arruinando por docenas de mujeres _perdías_ y las mejores se las dejan

_pa_ los estudiantillos y los horteras. ¡Hay por ahí _ca_ menestral, y

_ca_ señorita cursi..., y _ustés_ gastándose el dinero con unos

_plumeros_! En mis barrios, en mi casa, sin ir más lejos, conozco yo una

muchacha que _paece_ un ángel, y allí se está como flor en cerro, que ni

la huelen ni la cogen... hasta que pase el burro y se la coma...; es

decir, cualquiera.

--Guapa, ¿eh? ¿Alguna modista o peinadora?

--Por ahí, por ahí; pero monísima. Esbelta, graciosa... y cara de buena.

Vive sola, en el tercero interior, y debe de ser muy pobrecita. Yo,

cuando la vi al principio de vivir en la casa, que usted me dio el

dinero _pa_ eso de tener huéspedes, tuve _intinciones_ de hablarla _pa_

que viviese conmigo en compañía: vamos, mi idea era darle cuarto y

comida, y que ella, en cambio, me cuidase de la casa, porque yo no puedo

atender a todo.

--¿Y no lo hiciste?

--Poco faltó: lo dejé, porque como tengo seis o siete huéspedes jóvenes,

y ella es tan guapa, me dije: se va a armar aquí una que ni la Inclusa

en diciembre.

--¿Por qué dices eso?

--Porque nueve meses después del Carnaval es cuando llevan más chicos.

--¿De modo que no os arreglasteis? Además, naturalmente, siendo bonita,

tendrá sus aventuras.

--Quiá, no señor. ¡Si vive allí que parece una monja! No recibe

_vesitas_, ni van señores, ni tiene novio, ni se le conocen trapisondas,

ni apenas sale. Mire usted que es en mis barrios, donde todo se sabe, y

no murmuran de ella: está igual que las que tienen el novio en Cuba y lo

esperan, como si no hubiera más hombres en el mundo.

--Eso es un fenómeno.

--Aunque usted se burle, debe de ser una bendita, porque tan joven, tan

guapa y vivir así... Por la mañana va una chiquilla, por cierto muy

chula, y le trae de la plaza _cualisquier_ cosa para comer, y le pone el

puchero, y le barre el cuarto, y se larga. Luego ella se las arregla

solita, y se pasa el día cose que cose... y también lee mucho.

--¿Y dices que no tiene _lío_?

--No creo, porque vive como huéspeda con una que le llaman Jesualda, y

digo yo, que sí..., vamos, si fuese mala..., _pos_ no andaría tan mal de

cuartos. Lo que tendrá si acaso, es alguna cosa muy _callá_ y que no lo

sienta ni la tierra; pero no debe de ser muy a su gusto, porque la mayor

parte de los días _tié_ los ojos así como de haber _yorao_, y siempre

está _mú_ triste y con cara de pocos amigos; a mí me da mucha lástima.

Don Juan clasificó mentalmente a la desconocida diciendo para sus

adentros: «Modista romántica: conozco la clase.» Mónica continuó

hablando:

--En fin, tan sería y tan _ensimismá_ me pareció a mí la tal muchacha,

que desistí de proponerle que se viniese conmigo; porque lo que yo me

dije: si anda siempre con sus cavilaciones a vueltas, no puede tener

cuenta de la casa.

--¿Y vive completamente sola?

--Como canario en jaula: ahora _paece_ un pardillo o un gorrión, porque

está mal _vestía_; pero si la tuviera un señor, con _güena_ casa y mejor

ropa..., ¡vaya una pájara bonita! Por supuesto que _tié_ en la cara una

bondad y así unas trazas de muchacha de las que no se echan a perder...

--¿Cómo se llama?

--No me acuerdo bien; pero el nombre no es bonito: creo que es Crisanta,

o Cristina, o Críspula.

Don Juan, acordándose instantáneamente de su amada, preguntó:

--¿Cristeta?

--Ya le digo a usted que no me acuerdo bien; pero algo así como eso que

usted dice: Cristeta... Crisanta... ¿qué sé yo?

Entonces él volvió a preguntar, animándose:

--¿Qué señas tiene?

--Ojos azules, grandes y oscuros; las pestañas larguísimas; el pelo rubio

como un trigal, y ¡vaya un cuerpo! Pero ya las gastará usted mejores.

Aquel retrato podía ser el de muchas mujeres, pero a don Juan se le

antojó la pintura de Cristeta: el presentimiento, sospecha o lo que

fuese le pareció, sin embargo, ridículo; no obstante lo cual, hizo dos

últimas preguntas:

--¿Está casada? ¿Tiene un niño?

--¿No le he dicho al señor que vive sola como un hongo? Y lo que es

chico..., no hay más que verla; es necesario ser _negao ú_ estar memo

_pa_ suponer que pueda tener aquel cuerpo y aquel talle una mujer que...

--¿Qué?

--Vamos, que _haiga_ parido, señor.

La sospecha de don Juan se desvaneció por completo. ¿Qué tenía que ver

Cristeta, casada, madre y en buena posición, con una pobre muchacha sola

y que seguramente viviría de sus manos? ¿Lo parecido del nombre? Una

coincidencia. ¿Rubia, con ojos azules? ¡Hay tantas!

Mónica presenciaba, respetuosamente callada, la actitud pensativa de su

amo; y al cabo de unos minutos, creyendo que estorbaba, se despidió:

--¿Tiene el señor algo que mandarme?

--Nada, Mónica, gracias.

--Que se mejore el señor. Nunca me han gustado ciertos papeles; porque lo

que yo me digo: si no hubiera alcahuetas, no habría... de las otras.

¡Pero si yo pudiera traerle a usted mi vecinita!

--Abur, mujer.

--Quede con Dios el señor.

Marchose la cocinera y, al quedarse solo el caballero, tornaron a

entristecerle sus ideas. Todavía flotó un momento en su imaginación el

fantasma indeterminado y vago de aquella pobre muchacha que, como él,

acaso vivía consumida por las penas. Una chica guapa que trabajaba para

comer. Ese debió de ser también el destino de Cristeta. La suerte lo

quiso de otro modo. ¡La suerte, próspera para ella, contraria para él!

¿Quién le había de decir, años atrás, que por una mujer se vería en tal

estado? Porque, no había que forjarse ilusiones, estaba enfermizo,

inapetente, aburrido y enamorado de un imposible. La situación era

desesperante. La verdad es que hoy el galán desdeñado no tiene más

remedio que aguantarse. ¡Dichosos tiempos aquellos en que a un caballero

era posible rodearse de allegados, deudos, parientes y escuderos, y

sorprender palacio, asaltar castillo o violar convento para llevarse

como en volandas a la mujer querida, así fuese dama, emperatriz o

abadesa de las Huelgas! ¡Oh, miserables y menguados días modernos, en

que cualquier juez protege a un egoísta y miserable marido!

A tales y tan disparatados pensamientos se entregaba, que si no

enloquecía le faltaba poco. Aquella noche fue de las más crueles de su

vida.

De repente, levantándose del sillón, donde había permanecido caviloso

largo rato, dio unos paseos por el cuarto, miró con tristeza las

pinturas, grabados y retratos de mujeres hermosas que ahora le parecían

feas; contemplolo todo con amargura, como si estuviese resuelto a

perderlo pronto de vista, y en seguida, sentándose ante la mesa de

despacho, escribió la siguiente carta:

_«Cristeta mía (y te llamo así por última vez). Me marcho de

Madrid. Quisiera despedirme de ti, pero tú no lo consentirás y no

me atrevo a suplicarte que nos veamos. Me has hecho muy

desgraciado. No sabía yo que te quería tanto. Adiós, y si algún día

crees que puede tener remedio el mal que has causado, llámame.

Entonces sabrás lo que yo soy capaz de hacer por ti._

_Tuyo,_

Dulce y sabrosa · 第 47 / 53 题