C.»

¡Qué semana! Ni educanda encerrada que aguarda el día de salida para ver

al primer muchacho que a hurtadillas le oprime la mano, y con quien soñó

castamente en el lecho virginal del convento; ni príncipe en vísperas de

ser coronado rey; ni miserable usurero a punto de cobrar; ni madre de

marino que en la costa espera el navío donde su hijo torna, nadie se

impacientó ni desesperó tanto como el pobre don Juan.

Llegó el sábado; fijáronse en las esquinas los carteles teatrales,

leyolos, calculó cuál sería la función más larga, y vio que en la

Zarzuela representaban un melodrama en cinco actos, seguido de sainete;

es decir, cinco entreactos, que era lo que a él le interesaba. Tomó para

sí una butaca, escogió un buen palco y se lo mandó a Cristeta. «¿Quién

la acompañará?--pensó--. Cuando lo ha pedido para por la tarde, es que

lleva al chico.» Y al recordar al niño se le puso carne de gallina.

El domingo amaneció sereno, hermosísimo. Con el temor de que se

suspendiera la función, se puso don Juan más nervioso que mujer en

tienda de sedas. Por fortuna, al medio día se nubló el cielo y comenzó a

llover. Su primera impresión fue de alegría; pero luego se dijo: «¿A que

no va porque no coja humedad el chiquillo?»

Hasta la hora del espectáculo permaneció encerrado en casa y, según su

costumbre, quiso distraerse leyendo; pero todo fue inútil. Tal estaba su

ánimo, que no le hizo gracia _Don Quijote_. Si llega a hojear _La divina

comedia_ se ríe del conde Ugolino. Al oír que daban las tres en el reloj

del despacho, púsose el gabán y salió.

Madrid estaba convertido en un lodazal; soplaba norte pulmoníaco, y la

lluvia, por lo terca y violenta, se burlaba de toda prenda impermeable;

pero a don Juan le pareció que caminaba por las secas alamedas de un

jardín donde corría suavísimo céfiro y que del cielo caía tibio rocío

perfumado, como aquel que un alarife cordobés hizo llover en el serrallo

del califa.

Cuando llegó al teatro aún estaba el pórtico cerrado, y ante él

esperaban, devorados de impaciencia y roídos de mal humor, grupos de

papás, manadas de niñeras y enjambres de chicos. Por fin, abrieron, y la

puerta comenzó a engullir gente. Todos se apresuraron: nadie dio tantos

codazos como don Juan.

Otros llevaban al niño de la mano: él llevaba dentro al niño Amor, que,

aposentado en su corazón y su pensamiento, lugares donde antes jamás

entró, corría de uno para otro.

La sala estaba a media luz: don Juan, que llevaba tres horas

diciéndose:--_«Principal, número nueve»_, miró al palco.

Los violines, mal afinados, gruñían como cochinillos hambrientos, oíase

algún quejido gangoso de clarinete y rasgaban el aire alegres carcajadas

infantiles.

Don Juan, de pie en el callejón central de las butacas, tenía fija la

mirada en el palco. De pronto, levantose la cortina, apareció Julia con

el niño en brazos, y tras ella, destacando por claro sobre el fondo

oscuro del palco, se dibujó la encantadora figura de Cristeta, en

actitud de alzar las manos para quitarse un precioso sombrerillo. ¡Qué

semblante y qué talle! A no estar trastornado por sus preocupaciones,

don Juan hubiese comprendido mirándola, que la esbeltez de aquella mujer

era incompatible con la maternidad. Lo de llevar al teatro un niño de

dos años, le pareció insensato...; pero era el pretexto: y además, los

padres llevan a sus hijos demasiado pronto al teatro, porque se hacen la

ilusión de que entienden lo que ven.

Cuando aumentó repentinamente la intensidad del alumbrado, Julia y el

chico lanzaron a dúo un ¡aah! formidable. Cristeta se sonrió, y a don

Juan le pareció que de aquella sonrisa había brotado la claridad.

¡Qué hermosa estaba la antigua comiquilla! Lo que descubría del traje

por cima del antepecho del palco, era un primor. Vestía una chaquetilla

de paño gris perla, bien ceñida y sin adornos, luciendo, al quitársela,

el cuerpo del vestido, liso y rojo muy oscuro, con muchos botoncitos de

plata; al cuello una gola de piel negrísima, sobre la cual brillaba,

como enroscada sierpe de oro, el moño de pelo sedoso y rubio. Nada de

joyas, ni siquiera un brazalete; pero, en cambio, sus movimientos,

ademanes y posturas estaban impregnados de aristocrática gentileza.

Don Juan enderezó hacia ella los gemelos, y viéndola tan hermosa creyó

no haberla poseído nunca. No parecía muchacha plebeya elegantizada de

repente, sino hija de grandes, hecha desde niña a todos los

refinamientos del lujo.

Lo poco que don Juan oyó del acto primero, se le hizo interminable. ¡Y

qué malo! Arte para la galería, espectáculo propio de pueblos atrasados;

lo de siempre: la dama perseguida, el traidor eterno, el vulgar

gracioso. Por supuesto, que Lope o Alarcón no le hubieran aquel día

parecido mejores. Miró hacia el palco muchas veces, y en dos notó que

ella le correspondía con amables sonrisas. Terminado el acto, repitió

las miradas con gran insistencia, moviendo hacia arriba la cabeza,

indicando que quería subir: ella, disimuladamente, extendió el brazo y

abrió la mano, moviéndola hacia abajo, lo cual, con toda claridad,

significaba: «Espera.» Don Juan puso cara de pariente desheredado. En el

segundo, tercero y penúltimo entreacto, que por fortuna no fueron

largos, ocurrió exactamente lo mismo, con lo cual el disgusto del

enamorado arreció tanto, que comenzó a retorcerse en la butaca como

diablo que se ahogase en agua bendita. ¿Si habría pensado aquella mujer

que iba él a contentarse con una ración de vista?

Por fin, al caer el telón tras el último acto del melodrama, cuando no

quedaban más que un intermedio y el sainete, don Juan, ya tan impaciente

que aun sin permiso ni consentimiento subiera, repitió la seña de

levantar la cabeza como preguntando: «¿Voy?» Entonces Cristeta le

dirigió una mirada cariñosa, haciendo al mismo tiempo un gesto de

conformidad, que quería decir: «Ven.»

Salió de la platea, y echando escaleras arriba, medio derribó a un

chico, pisó a una señora y tropezó con un caballero, a quien tiró el

cigarro. Le pareció oír insultos a su espalda, pero no hizo caso. El

corazón le latía como a chico en examen.

Antes de que acudiese el acomodador ya tenía Cristeta entornada la

puerta del palco, cuyas cortinas caían rectas, dejando sólo entre sí una

estrecha abertura por donde penetraban el resplandor y los rumores de la

sala. Juan cerró con tiento; y no por estudiada osadía, como en otros

tiempos, sino por sincero e irresistible impulso, cogiendo con fuerza

las manos de Cristeta, la empujó hacia atrás, sentándola en la banqueta

del antepalco; y en seguida, alzando hasta su boca las manos deseadas,

despacio, tembloroso, casi con respeto, se las besó, seguro de que no

podían ser vistos, mientras ella, al través de la cabritilla, sintió

algo que la quemaba dulcemente.

Pasaron unos segundos sin que ninguno de ambos profanase aquel silencio,

que lo decía todo. Por fin habló Juan en voz baja:

--Tú mandas y yo obedezco; pero mía ¡para siempre!

La respuesta fue un suspiro salido de muy hondo, y un movimiento de

cabeza triste y negativo.

Estaban en sombra, nadie podía verles, y por entre la separación del

cortinaje penetraba una faja de luz que Cristeta procuraba esquivar

echando el cuerpo hacia atrás. Al moverse creyó dar con la espalda en el

muro; pero Juan había sabiamente deslizado una de sus manos entre la

pared y el cuerpo de ella, de modo que al querer recostarse quedó

aprisionada por el talle. Ambos se estremecieron, pareciéndoles que no

había transcurrido tiempo desde la última caricia. Aquello fue la

repetición del bien pasado; acaso la dicha más grata que da el amor.

¡Qué recuerdos! Astucia de mujer, cavilosidad de hombre, entereza de

ánimo, escozor de vanidad ajada, ¡cómo vinisteis a tierra fundidos por

aquel calor que, traspasando las telas y penetrando las carnes, llegaba

por los nervios al centro de las almas!

--¡Vida mía!

--¡Juan, por piedad!

Fueron dos exclamaciones más henchidas de poesía que el mejor poema. Sin

embargo, Cristeta, que todo lo arriesgaba en la partida, se rehizo, y

dominando su primera impresión, se aprestó a la lucha. Era llegado el

instante de lo que ella, a solas con su pensamiento, llamaba el último

acto de su comedia. Sin apartar el cuerpo del brazo de Juan ni retirar

la mano que le tenía abandonada, pero mostrándose fría y serena (la

procesión andaba por dentro), dijo:

--¿Por qué no me dejas vivir tranquila? ¿Qué quieres? ¿No comprendes que

todo debe ser inútil?

--Lo veremos. Hay mucho que hablar. Un hombre que se ve en mi situación,

tiene derecho a...

--A nada.

--Te equivocas. No queda tiempo, ni éste es sitio para explicarse; pero

como tú no has querido nunca venir a terreno mío...

--¿Era decoroso?

--En fin, aprovechemos los instantes. ¿Cuál ha sido tu conducta desde que

me fui a París?

--¿Desde que me abandonaste en la fonda de Santurroriaga?

--Bueno, como quieras, te abandoné; de eso luego se tratará. ¿Qué

hiciste?

--¿Y no se te ha ocurrido preguntártelo a ti mismo hasta que has vuelto a

verme?

--¡Responde!

--¿Y por qué has de ser tú y no yo quien interrogue? ¿Porque eres hombre?

Ten calma.

--No puedo, la tendré cuando hayas vuelto a mi poder.

--¡Ah! Me quieres ahora porque no puedo ser tuya.

--Más de lo que te figuras. Estoy dispuesto a todo.

--Y yo a nada.

--¡Parece mentira que se te hayan olvidado ciertas cosas!

--¿Cómo he de olvidar lo que hiciste conmigo?

--Bueno..., ¿qué buscas, qué pretendes? ¿La satisfacción de oírme que

hice mal? ¿que te diga que me arrepiento? ¿que ni siquiera me porté como

caballero? Corriente; no merezco ni lástima...; humíllame, véngate

cuanto quieras; pero, ¡por Dios, Cristeta, vida mía! ¿a quién has

querido, de quién eres...? ¡yo no puedo vivir así!

Tal sinceridad había en su acento, que de buena gana Cristeta se hubiese

dejado comer a besos, si no temiera que la precipitación malograse su

plan. Se limitó a mirarle con dulzura, respondiendo:

--¿Pues qué clase de mujer crees que soy? ¿de las que tú estabas

acostumbrado a tratar?

--Es que no puedo callártelo.... esa criatura--y extendió el brazo hacia

donde estaba el niño--esa criatura me tiene loco... Cuando yo me marché

de Santurroriaga..., porque..., la verdad..., ¿al cabo de cuánto tiempo

te casaste? Aun suponiendo que hallases un hombre tonto o... poco

escrupuloso, en fin, uno que pasara por todo, ¿no tenía yo algún derecho

a saber la resolución que ibas a tomar?

Cristeta, sorprendida, le dejó concluir. Ignoraba las insidiosas frases

pronunciadas por su tío el día del almuerzo para herir a don Juan, y no

esperaba semejante ataque. Cierto que había, desde un principio, ideado

acompañarse del niño para dar más viso de verdad a su condición de

casada; pero, a pesar de su travesura, jamás imaginó, ni entró en sus

cálculos, excitar a Juan martirizándole con la creencia de que el chico

pudiera ser suyo; y en aquel momento comprendió, por fortuna, que el

recurso que a las manos se le venía era efímero y de muy peligroso

aprovechamiento. Además, su orgullo legítimo de mujer amante le inspiró

el recelo de que si don Juan aceptase aquella paternidad, ya no sería

ella misma quien venciera, sino el niño, y por último pensó también que

como al fin y a la postre habría de descubrirse la mentira, sería fatal

para ella que su ingenio de enamorada pudiese ser calificado como

ambiciosa tramoya y conspiración de aventurera.

Juan estaba pendiente de sus labios.

Cristeta suspiró; luego guardó silencio en larga pausa, mirándole

fríamente, mostrándole impávida el azul profundo de sus ojos; se pasó la

lengua húmeda por los labios secos, y muy despacio, levantando una mano

y posándosela en el hombro, le dijo con melancólica solemnidad, al mismo

tiempo que dejaba caer ruborosa los párpados de larguísimas pestañas.

--Vive tranquilo; te juro que ese niño no es tuyo.

Juan reprimió un suspiro de desahogo, y acentuando el fervor amoroso,

por disimular la emoción, repuso a modo de acusador:

--Entonces, infame... sí, perdóname, infame, ¿qué cariño era el tuyo, qué

pasión era aquélla, si cuando apenas me fui te entregaste a otro y con

tal entusiasmo que... ¡ahí están las pruebas! (Y volvió a señalar al

chico.) Yo pude ser falso, engañador, traidor, sobre todo, tonto,

porque, al dejarte, en la culpa llevaba la pena; pero ¿qué nombre merece

tu conducta?

--¿Es decir, que mi obligación era quedarme toda la vida esperando a que

se te antojase volver a acordarte de mí, como se queda un libro en un

estante, hasta que su dueño tenga capricho de volverlo a leer? Sé

franco, mírame cara a cara y dime: si yo fuera libre, ¿hubieras vuelto a

pensar en mí? Dispensa la dureza, pero lo que ahora sientes no es amor,

es envidia de otro.

--De ese otro a quien odio y aborrezco, también tenemos que hablar; pero

quien me importa verdaderamente, eres tú. Ya lo estás viendo: me has

dicho que el niño nada tiene que ver conmigo, y sigo diciéndote que no

puedo vivir sin ti.

--¿Pues qué recurso sino conformarse?

--¡Si fuera en Francia!

--Sí, allí creo que se casan y se descasan como perros.

--¡Bendito país, donde la traición, el engaño y hasta el error tienen

remedio!

--¿Y quién te dice que yo sea capaz de aceptar eso? ¿Acaso no puedo

quererle?

--¿Al niño? Naturalmente; al fin, es hijo tuyo.

--No me has comprendido...--repuso sin atreverse a concluir.

--¡Calla, traidora! porque no respondo de mí.

Y alzó tanto la voz, que ella hizo ademán de taparle la boca con la

mano.

--No pensemos en lo imposible--añadió Cristeta tristemente--¿Has querido

verme para que sufriéramos los dos? Ya estarás satisfecho; pero basta...

¡por la Virgen Santa!

Intentó incorporarse, Juan la contuvo oprimiéndola el talle, y aún más

con el suplicar de su mirada, al mismo tiempo que decía:

--No perdamos tiempo en recriminaciones inútiles. ¿Me he portado mal?,

pues te pido perdón. ¿Has obrado por despecho?, te perdono. ¿Nos hemos

equivocado los dos, yo al dejarte y tú al olvidarme?, pues venzamos a la

desgracia. Manda, ordena, dispón, decide lo que quieras; paso por todo,

¡pero mía, mía para siempre!

--¿Y qué sabes tú lo que es _siempre_? ¿Cuánto tardarías en cansarte otra

vez de mí? Y, sobre todo, no reparas en lo que hablas... y me estás

ofendiendo. Óyelo bien; jamás engañaré a Martínez, lo juro. Lo hecho,

hecho está.--Y al decir esto, sonrió ligeramente, como burlándose de sus

propias palabras.

--¡Pues yo lo deshago!--replicó Juan en fogoso arranque.

--Eso se dice ahí, en el escenario, pero aquí en la vida... ¡ya no

podemos ser dichosos!

--¿Luego me quieres? ¡alma mía! ¿No eres feliz? ¿Qué hombre es ése? ¿Por

qué te has enamorado? Cuéntamelo todo.

--No me atormentes más, que estoy sufriendo mucho...; mira, mira--añadió

levantando un poco la cortina--márchate, que ha comenzado el sainete.

No había comenzado, sino que faltaba poco para que concluyera.

--¡Quiá! ¡Qué he de irme! ¿Crees que he venido sólo para esto? Vuelves a

ser mía... y hoy te acompaño hasta tu casa.

--Ni una palabra más. Accedí a oírte, porque supuse que tendrías juicio.

Esto se acabó; yo no transigiré nunca con ciertas cosas.

--Ni yo con perderte.

--Entonces, ¿qué pretendes? ¿que sea de dos a un tiempo? ¿Quién

resultaría despreciable, nosotros o _él_? Figúrate lo absurdo, que _él_

lo tolerase: ¿crees que yo podría tenerle al lado?

--Cuanto dices prueba que no has dejado de quererme: ¡eso es lo que yo

deseaba saber! Ahora, la última pregunta, y ¡mira que hablas con un

hombre resuelto a todo!: ¿estás realmente casada? porque hay quien... no

lo cree.

Cristeta vaciló un punto, sin atreverse a responder categóricamente.

Hasta entonces había puesto especial empeño en no afirmarlo. Tampoco en

aquel instante quiso decirlo, y en vez de contestar de palabra, como si

cediese a una languidez incontrastable, dejó caer el dulce peso de su

cuerpo sobre el hombro de Juan, al mismo tiempo que decía:

--¡Qué desgraciada soy! ¡Déjame, déjame!

Al sentir Juan acariciado el rostro por el cosquilleo del pelo de

Cristeta, dio al olvido la pregunta que hizo, la respuesta que esperaba,

hubiera olvidado hasta la gloria si entonces se la hubiesen ofrecido, y

estrechando contra el pecho la cabeza de su amada y pegando los labios a

su oído, le dijo:

--Iremos donde quieras, solos... o con tu chico..., yo seré su..., lo que

tú mandes, ¡alma mía!

Y la besó callada y blandamente entre el rizo y la oreja.

Cristeta levantó la cabeza, mostrando involuntariamente los ojos llenos

de felicidad. Juan había pronunciado aquellas palabras con una expresión

nueva, desconocida para ella, y aquel beso fue más casto, más sincero,

menos egoísta que los dados en otro tiempo por los mismos labios. No se

sintió deseada, sino querida, y en lo más íntimo de su espíritu se alzó

una voz que le decía: «Es tan mío como yo suya.»

La función estaba concluyendo. Púsose Cristeta en pie sin que ya él lo

estorbase, esquivó sus miradas como aterrada, y le dijo:

--Vete. Quiero salir sola.

--¿No viene nadie, ni tu tío, para acompañarte?

--¡Ah!... A propósito de mi tío. Tengo que pedirte un favor.

A no estar tan ciego el pobre don Juan hubiera notado que no era propio

de situación tan grave hablar del ridículo don Quintín; mas sin pensar

en ello, repuso:

--¿Tú pedirme favores? Pon un bando, y hago que te obedezca... hasta el

mismo Nuncio.

--No exageres. Lo que quiero es que no contribuyas a volver loco a ese

pobre hombre. En cuanto tiene dinero hace cada barbaridad... Con que no

le des ni un duro. ¿Me lo prometes?

--Pero, mujer...

--No hay pero que valga; cuanto le das es para su mal.

--¿Por qué?

--Porque tiene... Vamos, que se lo gasta todo con una bribona, no para en

casa, descuida el estanco, trata mal a la pobre tía... y se pone malo.

¿Lo harás?

--Te prometo no volver a darle ni una peseta. Adiós, y piensa que ya eres

mía. Ahora cuando quieras nos veremos para convenir lo que más te

agrade.

Cristeta, comprendiendo que había llegado uno de los momentos más

amargos y difíciles de su empresa, hizo un esfuerzo, y arqueando con

gesto de desesperación los labios, alterada y sombría la voz, dijo,

llenando de pesar a Juan:

--No nos hagamos ilusiones... Me despreciarías, y harías bien... Esto es

un sueño... Me estás volviendo loca, ¡pobre de mí!... Perdóname...

Imposible. ¡Adiós!

Las palabras salieron de sus labios saturadas de amargura; pero al mismo

tiempo, sin que pudiera evitarlo, brilló en sus ojos tal llamarada de

pasión, que aquella mezcla de negativa y de amor fue lo sumo de la

coquetería. Don Juan no sabía a qué santo encomendarse. La boca de

Cristeta decía: «Nunca»; los ojos gritaban: «Llévame.»

Reclinada en la pared del antepalco, desordenadillo el rizoso pelo,

acarminadas las mejillas y voluptuosa la mirada, estaba realmente

encantadora.

Don Juan, medio enloquecido, dijo:

--¿Eres Cristeta, o eres un tigre que está jugando con mi felicidad?

--¡Felicidad!--exclamó ella con acento melodramático, oportuna

reminiscencia de su carrera artística--¡Felicidad!... Juan, no me hagas

ser mala... ¡No quiero!... Adiós. ¡Jamás volveremos a vernos!

En seguida hizo a la niñera una seña, salió ésta con el chico, le

arroparon, pusiéronse la moza su mantón, la señora su linda chaquetilla,

y salieron del palco. En el pasillo, Cristeta habló a su adorador en voz

baja:

--¡Por caridad... vete!

--¿Hablaremos?--repuso él suplicante.

--No me hagas ser mala. No quiero. Vete...

El pasillo estaba ya lleno de gente. Don Juan comprendió que no era

posible seguir hablando sin ponerse en ridículo.

Mustio, alicaído y rabioso, bajó tras ella la escalera. Su propósito era

seguirlas; pero apenas pisaron la calle se metieron en el coche que

estaba aguardando. No debió de quedarse tan triste ni asombrado aquel

hidalgo de la leyenda que vio ante sus ojos pasar su propio entierro,

como quedó don Juan mirando alejarse rápida mente la berlina

Cristeta iba encogida y como acurrucada en el fondo del coche, medrosa

por lo que acababa de hacer. El riesgo de su ventura la tenía muerta de

miedo. Pensó que acaso fue más allá de lo prudente. ¿Llegaría él a

razonar, sentir y disculpar los móviles que la impulsaron, y, sobre

todo, a empaparse bien de que eran desinteresados? Si creía que su

objeto era atraparle, como en su soez lenguaje dicen los hombres entre

sí, estaba perdida. Ocurríasele que con otro hombre habría empleado

recursos diferentes; pero en seguida reflexionaba que a otro no le

hubiera querido. En cuanto a Juan... él mismo, con su carácter,

suministró idea del estímulo que había menester. ¿Estaba enviciado en la

facilidad, madre del hastío?, pues hacerse desear. ¿Eran sus amores

pasajeros y compradizos?, pues demostrarle que ella no se vendía, ni era

su corazón tesoro para derrochado en unos días. ¿Lograría que Juan viese

claro el sentimiento que la impulsó a tales aventuras? En caso

afirmativo, el éxito sería doble: primero, porque adquiriría la

persuasión de que Juan la conocía a fondo, como debe ser conocida la

mujer amada; y segundo, porque así la conquista sería definitiva.

Hallando mujer tan encariñada y animosa, sólo un necio podía renunciar a

ella. En cambio, el fracaso no era únicamente la pérdida de la dicha,

sino el descrédito a los ojos de Juan. ¡Adiós esperanza, amor..., todo!

No se arredraba pensando en la vuelta al estanco y la pobreza; pero

Juan, Juan... ¿Por qué se le habría metido aquel hombre tan adentro del

alma? De todos modos, era imposible prolongar mucho la situación.

Y, sin embargo, faltaba el último cartucho por quemar.

Según costumbre, se apeó del coche en sitio apartado y volvió a casa a

pie, sola y dando rodeos.

Desnudose despacio, engolfada en sus ideas, entreteniéndose en guardar

con cuidado sus ropas, relativamente lujosas, como el guerrero cuida y

guarda las armas. Luego dirigió una mirada a los pobres muebles y

blancas paredes de su cuarto, y suspiró pensando:

«¡Quién sabe! ¡El beso de hoy me ha parecido beso de cariño!»

<tb>

Don Juan se retiró como chico a quien dan cañazo en la escuela.

«¿Qué mujer es ésta?--se decía al entrar en su casa--. ¿La coqueta más

temible del mundo, o una desdichada que fluctúa entre el deber y el

amor? Porque, ¡vaya si me quiere! ¡Cómo temblaba cuando la besé... y qué

modo de mirar!»

Ya no se le ocurría todo aquello de capricho, vanidad, lo que me dé la

gana, un día, una hora... La quería por suya como se desea la felicidad,

sin fijar término ni plazo, lo antes posible y para siempre: ya no era

el temible Burlador de Sevilla, que seduce, logra y desprecia, sino el

Tenorio apasionado que se rinde a doña Inés.

Entre su deseo y su esperanza surgía el recuerdo de las últimas frases

que Cristeta le dijo en el antepalco. Las recordaba claras, indudables,

palabra por palabra, sílaba por sílaba. «... No me hagas ser mala... ¡No

quiero!... Vete... ¡Nunca!»

Entonces el hombre insustancial y frívolo, que no había vertido una

lágrima desde la muerte de su madre, se dejó caer en una butaca,

cubriose el rostro temiendo que le hicieran burla las Venus de bronce,

las fotografías de mujeres hermosas o los retratos de queridas olvidadas

y se echó a llorar como un niño.

Dulce y sabrosa · 第 46 / 53 题