Siguen, Cristeta enamorada, don Quintín echándose a perder, y don Juan
sin sospechar la que le espera
Cuando, pasados algunos días, se convenció Cristeta de que don Juan no
se acordaba de ella para escribirle cuatro líneas, su tristeza rayó en
melancolía. Lo primero que se le ocurrió fue romper la contrata, volver
a Madrid, renunciar al teatro y resignarse a vivir en el estanco con sus
tíos. Lo que no se le pasó por el magín fue buscar ni desear heredero al
amante fugitivo y perdido; porque, no cabía duda, don Juan se había
escapado como chico que pone pies en polvorosa después de robar la
golosina largo tiempo deseada. Unos ratos esta idea hacía presa en su
pensamiento, otros momentos se esperanzaba con la posibilidad de
reconquistarle. Por fin, comprendió que no era cuerdo aquello de romper
la escritura. ¿Con qué pretexto? ¿Qué haría si la empresa, auxiliada por
el gobernador, se obstinase en obligarla a trabajar? Era forzoso seguir
en el teatro.
Estaba una noche sentada en su cuarto, después de concluida la última
obra en que cantaba, cuando entró a saludarla uno de sus más entusiastas
galanteadores, hijo de una rica familia comercial de Santurroriaga.
--Me alegro de que venga usted--dijo ella--porque tengo que pedirle un
favor.
--Usted no pide... manda. Y luego, aunque no me pague usted, yo me daré
por recompensado con el gusto de haberla servido.
--Hará usted bien, porque no tengo nada que dar.
--Como usted quisiera...
--Bueno, ya sabe usted que es servicio gratuito, desinteresado, sin otra
esperanza que la de que seamos buenos amigos.
--¿Nada más?
--¿Hará usted lo que yo le pida?
--De cabeza.
--Dios se lo premie. Deseo que averigüe usted, y me diga, dónde está en
París una casa de banca española que se llama de Garcitola y Compañía.
Vamos, las señas para poder enviar una carta.
--Pues... se me figura que en ninguna parte.
--¿Por qué?
--Porque mi padre está en relación con casi todas las casas españolas de
París, y esa no la he oído nombrar nunca. Conque, si tiene usted
negocios, déjese usted de semejante casa y entiéndase usted conmigo.
--¿Pero usted no lo sabe con certeza?
--Certeza, no: me enteraré, y mañana sabrá usted lo que haya, con toda
seguridad.
--Se lo agradeceré a usted con toda mi alma.
--¿Nada más con el alma?
--Déjese usted de bromas: no hemos de ser nunca más que amigos.
--¿Ni siquiera me dejará usted que la bese, como la besa un compañero en
escena?
--Bueno; me besará usted la mano, y entendiendo que el beso no tiene
importancia ni trastienda de ninguna clase.
--Quiere decir que la besaré a usted como los chicos besaban antes la
mano a los curas.
--Igualito.
A la noche siguiente supo Cristeta que ni en París ni en Madrid había
tal casa de Garcitola ni solo ni con compañía: y lo peor del caso era
que su adorador no mentía.
--¡Lo que yo me figuré!--exclamó ella.
--Ahora venga la mano--dijo él.
--Le advierto a usted que mi interés en saber si existía esa casa era por
averiguar el paradero de un hombre...; de modo que recibiré el beso que
usted me dé como quien no recibe nada. Ya ve usted si soy leal. Ahora,
si usted quiere...
Aquel hombre era discreto, y no insistió. Luego, a solas, Cristeta, se
quedó muy pensativa.
«Ésta ya me la tenía yo tragada. Ni quiebra... ni disgustos... ¡Todo
mentira! Y, sin embargo, Juan algo siente por mí... algún cariño o
principio de cariño me tiene... y miedo de que vaya en aumento, porque
si no... ¡quiá! no se escapa él con semejante cobardía. No hubiera
preparado las cosas con tanta astucia y con tales visos de verdad. ¡Ha
sido todo tan verosímil! ¡Y a mí que me dio lástima! Lo que es bien
urdido sí que ha estado. Pero ha tenido miedo, mucho miedo... Le ha
faltado valor para decirme cara a cara: 'esto se acabó'. Por supuesto
que ha pensado despacio en mí: el dinero lo demuestra. No me ha regalado
una alhaja como quien deja un recuerdo a una mujer coqueta y
vanidosa...; no, ha sido dinero, como quien dice: 'por si necesitas
algo': luego su deseo no ha sido regalarme, sino que no llegue a
faltarme nada. ¡Me dan unas ganas de devolvérselo! Pero... ¿cómo? Y
además... no, mientras yo conserve ese dinero siempre habrá algo entre
nosotros. Poco he de poder... En fin, veremos.»
A partir de entonces, Cristeta recobró aparentemente la tranquilidad de
espíritu, sobre todo en el teatro y en presencia de gentes extrañas;
hasta se dejó cortejar; pero con frecuencia se quedaba ensimismada,
sujeta al imperio de una idea, como persona que medita y fragua un plan
calculando todos los casos, incidentes y peripecias que en su desarrollo
pueden sobrevenir.
Por fin un día, tras cavilar y sufrir mucho, determinó escribirle,
procurando que sus palabras no acusaran despecho sino amargura. La
carta, después de muy pensada, quedó con estas mismas frases y
ortografía; bien es verdad que no podían exigirse superiores a quien se
crió en un estanco y comenzó a vivir en un teatro de tercer orden.
_«Querido Juan mío: No tengas miedo de que te aburra echándote en
cara lo mal y remal que te as portado conmigo. No quiero más que
decirte una cosa, y esa cosa es que no puedes tener queja de mí que
e sido tonta de remate por demasiado buena, porque lo que as hecho
tú no lo hace un cabayero, y, sin embargo, eres bueno y te quiero:
lo que no sé es por qué te as ido así, cuando yo no te he faltado
ni por soñación. También te quiero decir que no me hago ilusiones
contigo, pues estoy combencida de que ni me escribirás ni arás por
verme: yo, aunque te quiero con toda mi alma, ojalá no fuese la
pura verdad, tampoco procuraré de que lleguemos a encontrarnos en
ningún lado, porque te había de ver azorao, y no quiero que le dé
bergüenza de aber se portao mal al hombre a quien yo he, querido.
Ésta es también para decirte que ya sé que no tengo derecho ninguno
para obligarte a nada. Figúrate cuando yo no he sabido guardarme,
cómo voy a decirte por qué no has mirado por mí; los hombres sois
así, y la que se fía de vosotros merece que la maten por tonta. No
creas que me consuelo tan fácilmente, porque perdiéndote seme a ido
toda la alegría, y no por lo que tú te figurarás, sino cuando estoy
sola, muy sola, es cuando te echo de menos, porque las cosas que me
decías parecía que me querías. En fin, esto se acabó, y no soy nada
para ti, y te deseo que seas muy feliz con la que busques, pero
para mí se acabaron los hombres. Lo mucho que te he querido Juan
mío, no me ha dejado nada para otros. En fin, adiós Juan, y
disimula que haya sido tan larga; pero no lo puedo remediar, porque
estoy yorando. Ya sé que tú no me querías, y me engañabas y mentías
al revés de esta que te a querido y no te a engañao nunca tu_