A consecuencia del cual perderá don Juan la simpatía de las lectoras

Durante varias noches observó Cristeta que su amante volvía a estar

caviloso, y que sus impulsos amorosos sufrían intervalos en los cuales

se quedaba ensimismado y triste. La verdad era que al pobre conquistador

le costaba esfuerzo y pena fingir preocupación y mal humor: lo de tener

que ponerse melancólico entre dos caricias, le iba pareciendo

intolerable. Había momentos en que le daban ganas de echarlo todo a

rodar, declarándose vencido y confesando que la casa Garcitola y su

quiebra eran pura embustería. Al mismo tiempo, y esto sí que era grave,

cuanto más dueño se hacía de Cristeta, más se asombraba de no sentir

amagos de hastío: indudablemente el amor de aquella mujer era un

bebedizo que en vez de calmar la sed, la producía y excitaba. Por lo

cual don Juan suponiéndose puesto en ridículo ante sí mismo, se asustó y

resolvió convencerse de que no había degenerado, y de que estaba en

pleno uso de su libre albedrío. Entonces, rechazando como vergonzosa la

posibilidad de haberse enamorado, sacrificó su gusto al pícaro amor

propio, y determinó huir cuanto antes de Cristeta, en cuyos encantos

comenzaba a vislumbrar, no una conquista semejante a sus anteriores

hazañas, sino una red capaz de aprisionarle para siempre.

<tb>

Eran las dos de la madrugada.

La bujía colocada encima de la mesa estaba a punto de consumirse. De

pronto el pábilo vaciló, cayendo sobre la esperma liquidada, brilló un

momento con mucha intensidad, y se apagó. Las tinieblas aminoraron el

pudor de Cristeta y dieron valor a don Juan.

Aguardábale ella con los brazos abiertos, cuando en vez de recibir el

beso esperado, oyó la voz de don Juan que decía:

--Lo malo es que no tengo fósforos.

--Bueno... no hacen falta.

En vano siguió esperando el beso, prólogo de mayores dulzuras.

--¿Sabes, chica, que hoy he recibido carta del agente?

--¿Y qué?--preguntó con gran vehemencia.

--Lo peor: que el día menos pensado voy a tener que marcharme.

--¿Por mucho tiempo?

--No lo sé.

Don Juan sintió posarse en sus hombros los brazos desnudos de la

enamorada y oyó estas palabras, que le hicieron experimentar una

indefinible confusión de miedo y de placer.

--¡Juan mío, por lo que mas quieras en el mundo, no me dejes!

¿Cómo hablar, en tal momento, de intereses?

--¿Qué va a ser de mí?--seguía ella--. No tengo miedo al porvenir. Ya sé

que no me ha de faltar contrata, que tengo seguro el pan en casa de mis

tíos..; pero no podré vivir sin ti. Dime que volverás, que me quieres,

que eres mío para siempre.

--Vamos, mujer, no te pongas dramática. ¿No has venido solita a

Santurroriaga y he tardado que sé yo cuántos días en llegar?

--Sí; pero aún no era como ahora... no éramos todavía uno de otro.

¡Venías... por lo que yo me sé!... ¡A estas alturas sabe Dios si tendré

encanto ni atractivo para ti!

--No seas simple, vidita, antes te quería por lo que esperaba, ahora por

lo que tengo. ¡Cualquiera diría que ir quince días a París, a Madrid, o

donde sea, es una separación eterna!

Aunque continuaban a oscuras y abrazados, ambos tenían más despabilado

el recelo que el deseo. Cristeta debió de notar algo anómalo en la voz

de don Juan; tal vez en la tiniebla favorecedora del engaño le pareciese

sospechoso su lenguaje, porque de repente exclamó:

--¡Luz, luz, quiero verte la cara!... No me beses..., déjame llorar...

¡Luz... luz!

Oyose el rápido posarse de los pies de Cristeta sobre el entarimado.

Luego añadió:

--Aquí..., encima del tocador: trae tu palmatoria.

Sonó el frotamiento de un fósforo, y quedó débilmente iluminado el

cuarto.

Estaba ella casi en paños menores, mas no considerando el momento

propicio al amor, en seguida se vistió y calzó; arrebujose en una bata,

y al ver a don Juan que volvía de su cuarto palmatoria en mano, le dijo:

--Ven, siéntate aquí; la verdad... nada te pido...

Y rompió de nuevo en llanto.

Nunca había visto él llorar así: en vano quiso que aquellas lágrimas le

pareciesen falsas o ridículas. Por fortuna, sólo duraron unos cuantos

segundos, porque ella las contuvo como tragándoselas; procuró serenarse,

y habló sin gimoteos ni sollozos.

--Sé que no tengo sobre ti ningún derecho. No te pido nada, ni por

soñación. ¿Será cierto eso de la casa de banca y el dinero? Aunque me

engañes, me alegraré de que sea mentira, porque prefiero mi desdicha a

tu ruina.

Estaba tan nerviosa, que era inútil su empeño por aparecer serena:

denotaba tan verdadero pesar, que don Juan comenzó a darse a todos

diablos.

--Mira--prosiguió ella--: si aquí hay mal, toda la culpa es mía. Nos

conocimos, te gusté, tú a mí más...; luego ha pasado lo que Dios ha

querido... Vamos, para que veas si te quiero, no me arrepiento. Conque

está tranquilo: no soy mujer que arme trapatiesta ni escándalo; pero no

me engañes. Ya no me quieres, ¿verdad? Consiento en ser desgraciada, y

lo seré si me dejas; pero no mientas por lástima. Francamente,

¿volverás?

Aunque redunde en descrédito de la pericia de don Juan, forzoso es decir

que el giro que tomó la escena le hizo perder su habitual serenidad. El

compromiso era de marca mayor. Le mortificaba mentir, y al mismo tiempo

le faltaba valor para decirlo en crudo: ¡como que es necesario más

coraje para decir a una mujer «ahí queda eso» que para tomar una

barricada a pecho descubierto!

En vano intentó hacer un llamamiento al amor físico. Cristeta se mostró

refractaria a las caricias. Hay instantes en que resulta grosera la más

delicada voluptuosidad: amar sin deseo es peor que comer sin hambre.

--Anda--dijo ella, tragándose el salado amargor de las lágrimas--; confiesa

que no vuelves..., que te has cansado de mí.

Entonces él no pudo más, y mintió por salir del atolladero, exclamando:

--¡No he de volver!

A esta frase se agarró ella como a clavo ardiendo.

--No te pido juramento ni promesa, ni mucho menos palabra de honor; pero

si esto se acabó, desengáñame de una vez. Comprendo que he hecho mal en

ser tuya, y sin embargo, ni me arrepiento ni quiero que me lo

agradezcas...; pero tampoco me confundas con otras que hayan sido tuyas

sin quererte.

Don Juan había luchado mucho contra la coquetería y la astucia

femeninas; había burlado a veteranas de la galantería, a beatas

lagartonas, a señoras raposas, quedando siempre victorioso de sus malas

artes y enredos; pero no acertó a luchar abiertamente con aquella

sinceridad.

¿Fue ternura repentina, de la que se creía incapaz, o vergonzosa

abdicación de sus principios y presagio de mayores debilidades? Nadie le

culpe. ¿Cómo ser cruel con una mujer que, lejos de echar en cara los

favores otorgados, ni arrepentirse de ellos, ni solicitar cosa alguna

para lo porvenir, se limitaba a pedir lealtad? De la desvergonzada

Zaluka, de la sagaz Cleopatra, cualquiera triunfa, porque el hombre se

deleita tanto en humillar la soberbia como en poseer la belleza, pero

¿quién es capaz de permanecer insensible ante la enamorada humilde y

suplicante?

--Ignoro cuánto tiempo tendré que estar en Madrid o en París--dijo don

Juan--. No sé dónde iré...; en fin, no me voy del mundo. Claro que

volveré; y si no te encuentro aquí..., en Madrid nos reuniremos.

--¿Me escribirás a menudo? ¿Podré yo escribirte?

--Siempre que quieras.

--¿Verdad que no estás hastiado de mí? ¿Me quieres?

--¡Con toda mi alma!

(Evocando sus propios recuerdos, ponga el lector aquí cuanto haya

experimentado en casos parecidos.)

¡Oh inacabable encadenamiento de frases, tan tontas para escritas como

deliciosas para pronunciadas y oídas!

Cuanto hizo don Juan encaminado a enardecer los sentidos de Cristeta,

fue trabajo perdido. La ninfa de abrasadora voluptuosidad se había

trocado en fría escultura. Estaba triste, lleno su pensamiento de cosas

amargas. Recibía los besos como Dios las oraciones, sin darse cuenta de

ello.

--No..., hoy no..., déjame...; dime que eres mío..., y nada más. No sabes

quererme así..., vamos..., sin eso.

El último diálogo fue casto. A las siete de la mañana, después de haber

pasado la noche en triste honestidad, don Juan se retiró a su cuarto. En

el instante de separarse la abrazó y besó mucho, sin que Cristeta

experimentara emoción. Fue despedida de manos quietas.

Ella, al quedarse sola, se tiró llorando sobre la cama.

«Nada, nada--se decía don Juan poco después, haciendo preparativos de

viaje--, la carta, el dinero y tierra por medio. Con esto y con que no lo

quiera tomar...; sería la primera. ¿Cómo se lo doy, y cuánto le dejo?

Dejarlo..., en un talón contra el Banco, para que lo cobre aquí o en

Madrid...; lo difícil de precisar es el cuánto. Por supuesto que a

ninguna se lo he dado con tanto gusto. Ni codicia ni exigencias...

¡Lástima de chica! La verdad es que da compasión. Pero yo no he de

cargar con ella para toda la vida. Lo que no puedo hacer es andar con

tacañerías. Conque... estudiemos fríamente el caso. A una pérdida le

daría tanto o cuanto, según su categoría y su modo de vivir, como quien

paga cuenta de fonda con arreglo al lujo y fama de la casa. Con una

mujer de género intermedio, por ejemplo, una de esas viudas que jamás

tuvieron marido, tampoco habría duda: todo era cuestión de darle lo

bastante con que vivir hasta que hallara quien me reemplazase. A una

señora... ¡éstas sí que salen caras!, una alhaja. Pero con esta

desdichada, que no es aventurera, ni perdida, ni soltera de nadie, ni

viuda de todos, ni siquiera señora..., ¿qué hago? ¡Maldita sea la hora

en que la busqué! No, eso no...; no vengamos ahora con exageraciones: lo

malo es tener que dejarla, porque... bonita... ¡como ninguna! Y ¿qué

haré? ¡Cuando digo que este problema de quedar bien es en ciertos casos

imposible de resolver! Lo esencial es componérmelas de modo que no haya

reanudación posible. En amor las soldaduras son fatales..., ya lo sé. Lo

malo es que para esto sería necesario que yo me portase como un sucio, y

la chica no lo merece..., tan guapa, de tan buen fondo..., ¡pues y la

forma! Una cosa es escurrir el bulto, y otra dejar de ser caballero. Hay

que hacer el desembolso de una vez. Sí: dar hoy de sobra es adquirir la

seguridad de que no pida en lo sucesivo... Aunque bien mirado..., no es

de las que piden. Hago cuenta que me asaltó la tentación de ir al

Casino.... subí a la _sala del crimen_..., _bacarrat_, _treinta y

cuarenta_, cualquier cosa, unos cuantos pases con mala sombra..., y

veinte o treinta mil reales fuera del bolsillo. ¿Mil quinientos duros?

¡Mucho es! Me parece que me he escurrido. ¿Y si se engolosina, y yo

mismo la echo a perder, despertándole la codicia? En realidad..., ¿qué

clase de mujer es? No es cosa de hacer el primo. Una chicuela criada a

puerta de calle, en un estanco, una corista distinguida... ¡Me da una

rabia pensar que si hubiera tenido paciencia la pesco con cuatro cenas y

un traje! Pero ¡quiá! esta mujer ha cedido porque se ha enamorado de mí.

Además, ha llegado a mis manos... como nieve recién caída..., intacta.

Lo dicho: acabar de una vez, pero portándome como quien soy. La cosa

sale cara: ¡bah! cada uno lo gasta como le da la gana. No tengo potros

de carrera, ni bebo, ni compro antiguallas, ni juego. Mujeres, eso sí.

Bueno, ¿y qué? ¿en qué mejor? Si sabiendo lo que es esta chica le

pidiera a uno _antes_ el oro y el moro, daría hasta la última peseta;

conque, ¡fuera tacañería!» Y siguió el monólogo.

«Veinte mil... treinta mil reales... mil... mil quinientos... Bueno, mil

duretes, cifra redonda. En su vida ha visto tanto dinero junto. Casi

puede decirse que no hay en Madrid mujer que no se logre con eso; aunque

no, todas no. Lo cierto es que cuanto más espléndido me muestre, más

claro verá ella el propósito de romper, y aquí de lo que se trata es de

cortar por lo sano... Bien pesado y medido todo, puede que los mil duros

sean su perdición... si se los gasta en trapos y se echa a rodar por

esos mundos de Dios. Lo sentiría porque la pobre no lo merece. ¿Y a mí

qué me importa? Si se ha de perder, lo mismo sucederá dándole poco que

mucho. Con tres o cuatro mil pesetillas se vuelve loca. No serían muchos

los hombres que hicieran esto en igual caso, sobre todo pudiendo

largarse impunemente sin chistar. Por otra parte, según yo escriba la

carta de despedida, así será la impresión que ella reciba. Vamos con

calma: la carta no debe ser un rompimiento a raja tabla, porque con lo

entusiasmada que la tengo y con dinero a mano, se viene detrás de mí.

¡Horror! Hay que decirle que vendré... cuando pueda... plazo

indeterminado... los negocios... y al volver a Madrid no parezco por el

teatro en que ella esté. Son diez o doce mil reales tirados a la calle,

pero lo bailado nadie me lo quita. Diez, no, tienen que ser más... No

vayamos mermándola tanto que resulte una mezquindad. Ya sé yo que otro

no se los daría. ¡Doce mil reales a una mujer! En el teatro resultaría

absurdo, inverosímil; ¡pero yo soy quien soy! La chica me gusta como no

me ha gustado ninguna mujer. ¡Si no fuera por miedo a la duplicación de

mi individuo, un demonio la dejaba yo! La verdad es que Dios debió

decir: _Crescite et multiplicamini..._ si os conviene, y si no, no. En

fin, ¿para qué tengo el dinero? ¿me da la gana de quedar bien? ¡pues lo

hago y _San Seacabó_! ¡Quién me dice a mí que luego, cuando ande yo

rodando de juerga en juerga y de amorío en amorío, no me la encuentro y

reanudamos por unos días! ¡También somos burros los hombres! Tendría

gracia que fuese yo capaz de recogerla de los brazos de otro, cuando

ahora es mía, y nada más que mía. Eso sería lo mismo que no saborear un

buen plato, dejar que se lo llevaran a la cocina, y cuando lo hubieran

catado y pringado en él los criados, volver a pedirlo para chuparme los

dedos de gusto. ¡Qué mal organizado está el mundo! Vamos a ver, ¿por qué

no había yo de seguir con esta mujer hasta que nos cansáramos, y

después, sin reñir, separarnos pacíficamente como dos buenos amigos que

han hecho juntos un negocio? ¿Dónde mejor negocio que pasar una

temporadita en plena felicidad? Y en seguida, lo mismo con otra. Pero...

que no me salieran tan caras; porque... ¿En qué quedamos? ¿Cuánto le

doy? ¿Diez, doce, veinte, treinta mil reales...?»

Se puso a escribir sin tenerlo fijamente resuelto. Comenzó una carta, la

rompió, y después otras. Por fin le pareció que la tercera o cuarta

quedaba bien. Luego sacó de la cartera un sobre, y de éste tres talones,

con los huecos en blanco, contra el Banco de España. Tomó uno de ellos,

y al ir a llenar los claros del impreso, se quedó pensativo, mordiendo

el mango de la pluma, como poeta que no halla consonante.

¡Qué animalucho tan despreciable es el hombre! Cuando Cristeta le abrió

los brazos no vaciló en poseerla, y ahora llevaba una eternidad pensando

si habían de ser diez o veinte. ¡Ah, mujeres! Sabed que al hombre, como

al hierro, hay que pedirle las cosas en caliente, porque pasados en uno

el entusiasmo amoroso, y la incandescencia en otro, quedan fríos y

duros, y a nada se prestan.

Sin embargo, hay hombres de hombres. Don Juan se quitó de la boca el

mango de pluma y escribió con letra clarísima _cinco mil pesetas_. Hecho

lo cual, arrojó sobre la mesa el palitroque, murmurando: «¡Quien tal

hizo, que tal pague!»

¿Lo tenéis por inverosímil? Pues sois tacaños. ¿Os parece demasiado? Es

que no habéis sentido los embriagadores halagos de Cristeta. ¿Fue

arranque de hermosísima liberalidad? Tampoco. Si la Venus antigua,

manca, mutilada, de la cual sólo gozan los ojos, y que no se digna bajar

de su pedestal, no tiene precio, ¿cuánto vale una mujer de veinte años,

estatua viva y cariñosa?

Repuesto del esfuerzo que le costó aquel rasgo, don Juan guardó en el

baúl las pocas ropas que tenía sobre las sillas y colgadas de las

perchas. La cuenta de la fonda no había que pensar en pagarla hasta más

tarde: no hiciese el diablo que Cristeta por casualidad se enterara y se

escamase.

Al día siguiente, comió mientras Cristeta estaba en el teatro; pagó al

amo, en persona, y le entregó la carta para la pobre muchacha,

diciéndole:

--No sabía que la Moreruela y yo éramos vecinos de cuarto. Dele usted

esto. Son proposiciones que le hace un empresario amigo mío.

--Vaya usted tranquilo.

A las diez salía el tren, y aunque la estación distaba poco de la fonda,

a las nueve andaba ya don Juan paseando su impaciencia por el andén, tan

contrariado y en tal estado de ánimo, que si en aquellos momentos

hubiese aparecido ella, se la lleva consigo.

Luego, al reclinar la cabeza en los ásperos almohadones del vagón, se

acordó del suave pecho de Cristeta. La forma del recuerdo no era en

verdad, muy desinteresada; pero lo cierto es que echó de menos a su

víctima, cosa en él enteramente nueva.

Al otro día pernoctó en Burdeos. Comió poco, callejeó sin saber por

dónde, y se acostó. ¡Santo Dios qué noche! Ni momento de sueño ni

instante de reposo. ¡Qué desasosiego, qué cama... y _qué espantosa

soledad_!

¿Era que se arrepentía, o simplemente que la echaba de menos? En vano

intentó explicárselo.

Cuanto sentía estaba en abierta contradicción con sus antecedentes, sus

ideas y sus prácticas amorosas; al par le daban orgullo los recuerdos y

vergüenza lo presente.

Probándose don Juan ropa en casa de su sastre, vio cierto día a una

linda muchacha, de oficio chalequera, que iba a _entregar_. El lenguaje

al par candoroso y achulado de la menestrala, su inexperiencia amatoria

y su tipo mitad picaresco y distinguido, le sorbieron el seso; casi

llegó a temer haberse enamorado de veras, cuando a las pocas semanas la

dejó por otra, no sin endulzarle el disgusto a fuerza de generosidad.

En los últimos días de una primavera cortejó a una viuda aristocrática

tan honesta y virtuosa, que no murmuraban de ella ni aun sus íntimas

amigas. Al empezar el verano logró rendirla, y comenzado en Madrid el

idilio, se dieron cita para continuarlo en un pueblecillo de baños. La

ilustre cuna de la dama, su fama de virtuosa y su intenso amor de viuda

con deseos atrasados, le cautivaron en tal grado, que también esta vez

imaginó hallarse en vías de sincero apasionamiento. Pronto se convenció

de que su entusiasmo era mero resultado del contraste que formaban los

picantes atractivos de la chalequera con el exquisito libertinaje de la

gran señora. Por temor al qué dirán no quisieron viajar juntos,

conviniendo en que él se adelantaría tres días. Despidiéronse con

derroche de caricias; hubo dúo de amor con música de juramentos; partió

el dichoso amante maldiciendo la separación, luego ella, a pesar de lo

convenido, adelantó su marcha veinticuatro horas, y en premio de tanta

priesa lo primero que vio al llegar al balneario fue al traidor don

Juan, no entretenido, sino embobado en decir melosidades a una señorita

pazguata y cursi, cuyo modesto atavío y encogidos modales formaban nuevo

y apetitoso contraste con la elegancia de la viuda.

Entre estos dos extremos, uno plebeyo y otro linajudo, yacían olvidadas

en el corazón de don Juan docenas de conquistas intermedias, de las

cuales ninguna hubo que le dejase en la memoria recuerdos mortificantes.

Así que el hombre estaba triste y desazonado, porque ahora Cristeta le

ocasionaba, juntamente, pesar de haberla perdido y casi disgusto por su

proceder respecto de ella. Jamás hasta entonces se preocupó del porvenir

que cupiese en suerte a la mujer por él abandonada. Y ahora... ¡qué

diferencia entre el estúpido diálogo en que estaba engolfado con su

propio pensamiento y el que a tales horas pudiera tener con Cristeta!

Además, su olfato estaba hecho a deleitarse con el perfume juvenil del

hermoso cuerpo de la muchacha, y las sábanas de la fonda le olían a

jabón ordinario. Y casi sentía remordimiento. ¿Qué sería de ella? Si se

perdiese, ¿quién tendría la culpa? Aunque bien miradas las cosas, ¿qué

le importaba? ¿Quién era aquella mujer? Una chica guapa que se había

dejado atrapar. ¡Bonito estaría que don Juan de Todellas se desvelase

por tan poco! Caída... seducción... engaño... palabrería ridícula.

Pasados los dieciocho años _ella_ no es nunca seducida, sino seductora.

A pesar de todas estas reflexiones, el pobre hombre pasó la noche

pensando en Cristeta como colegial enamorado de la hermanita de un

compañero.

<tb>

Mientras don Juan escapaba cobardemente, falseando su carácter y

sintiendo un desasosiego moral que le avergonzaba, Cristeta volvía del

teatro a la fonda.

Entró en el vestíbulo, se acercó al casillero donde estaban las

palmatorias y las llaves, y vio junto a la de su cuarto una carta. Sin

saber por que, le dio un vuelco el corazón. La víspera había recibido

noticias de sus tíos. ¿Quién la escribiría?

En seguida, observando que el sobre carecía de sello, se tragó la

partida.

Subió precipitadamente la escalera, tiró sobre la cama el abrigo, y dejó

la carta sobre la mesilla de noche... ¡la misma mesita donde él ponía la

vela para ver mejor los encantos de su cuerpo! Despidió a la doncella,

rasgó el sobre y buscó con la mirada la firma... _tuyo, Juan_. ¡Qué

mentira!

Los ojos se le arrasaron en llanto. Lo menos tardó un cuarto de hora en

poder leer con tranquilidad de espíritu aquellas malhadadas líneas.

Decían así:

_«Cristeta mía: Lo que temíamos. Esta mañana he recibido carta del

agente. Estoy casi arruinado. Tengo forzosamente que ir a París,

desde donde te escribiré. Lo que no puedo decirte aún es cuánto

tiempo estaremos separados. Me ha faltado valor para despedirme de

ti. Si te veo no me voy. Escríbeme a mi nombre, Poste Restante (que

es como a la lista del Correo) París. El cariño que te profeso me

autoriza, sin que puedas ofenderte, para pensar en ti, por si tardo

en volver, y te dejo ese papelillo, que es un talón contra el

Banco: puedes cobrarlo aquí o en Madrid. Cuando lo presentes te

darán, sin excusa ni demora, cinco mil pesetas. No son regalo; es

por si necesitas algo. Creo que tendrás bastante hasta que nos

veamos. Escríbeme en seguida para que yo sepa que no ha habido

extravío. Las circunstancias disculpan esta precipitada marcha.

Además, tú eres muy buena y me perdonarás. Muchos, muchos besos._

_Tuyo,_

_Juan.»_

Mientras Cristeta leía la carta, se le cayó al suelo el talón contra el

Banco.

Llenósele el alma de tristeza, y lloró silenciosamente. No existen

palabras con que expresar su pena. La prosa vulgar y llana sería pálida;

la retórica, falsa e insufrible. No hay vocablo que dé idea de lo amarga

que es una lágrima, ni giro que refleje el desconsuelo que se enseñorea

del corazón desposeído de esperanza. Por supuesto que ni por asomo pensó

en que se acostaría sola. Y es que la mujer, por sensual y materialista

que sea, tiene en los instantes de dolor una pureza de sentimientos que

rara vez brilla en el hombre.

<tb>

A la hora del alba, cansada de martirizarse el pensamiento, se asomó al

balcón.

Las auras, cargadas de sales marinas, vinieron frescas y vivas a besarla

el rostro, pálidamente iluminado por la claridad difusa y temblorosa.

¡Qué hermosa descripción podría hacerse de mujer romántica, joven,

bonita y abandonada! El hueco del balcón donde destaca la gallarda

figura esfumada en el incierto resplandor del amanecer; las gentiles

formas ceñidas por un abrigo de viaje; el rostro pálido y ojeroso;

aquellos labios huérfanos del beso; aquel pecho sin corsé, cuya blandura

descansaba, no en las avariciosas manos del amante, sino en la fría

barandilla de hierro..., el ánimo combatido por la desesperación, el

cuerpo invadido de laxitud... y el sol oculto entre un cendal de nubes,

como pesaroso de alumbrar tanta tristeza.

¡Pobre Cristeta! ¡Qué infame abandono!

En grandes errores incurre a veces la Providencia: mientras las personas

padecen hambre y sed, las bestias de sabrosa carne pastan libres en las

montañas, y los arroyos culebrean inútiles por el llano; mientras tantos

hombres permanecían castos por fuerza, aquella mujer estaba sola. Pero

Cristeta no era groseramente materialista: ¡no! lo que traía lágrimas a

sus ojos era la pérdida de las ilusiones, aves misteriosas que anidan en

el corazón, donde jamás tornan, si el desengaño las ahuyenta... Tin,

tin... Las seis. Ya pasaba gente por la calle.

Poco a poco sus pensamientos se apaciguaron, las ideas impuestas por la

realidad se abrieron paso a través del dolor exacerbado por la fantasía,

y finalmente surgió la voluntad, imponiendo cordura y calma. ¡La calma,

el recurso de los desdichados!

Borráronse de la linda frente las arrugas del ceño fruncido por la

tristeza... ¿En qué pensaba? ¡Misterio! También los hay en la realidad,

que es una gran novela.

Permaneció largo rato apoyada en la barandilla: sus labios se movían

como si hablase. Por fin, transida de frío, se entró al cuarto y cerró

el balcón. Entonces vio caído en el suelo un papel y recogiéndolo

murmuró con desprecio:

--¡Ah, sí, el dinero!

Y quedó como ensimismada.

La mujer es poco dada a pensar; mas cuando piensa despacio, ¡pobre del

hombre!

Las ropas que tenía puestas no eran lujosas; el ajuar del cuarto era

mezquino, pero ella por la actitud y la expresión de su semblante,

parecía una reina destronada, en el instante de concebir el irrevocable

propósito de reconquistar lo perdido.

Felipe II solía decir: _«El tiempo y yo para otros dos»_; Cristeta, se

contentó con murmurar:

«Haré lo que pueda.»

Dulce y sabrosa · 第 29 / 53 题