Don Juan pensaba: «Todavía no». Cristeta se decía: «¡Veremos!»

Luego hablaron de cómo hizo cada cual el viaje, del tiempo que Cristeta

había de estar allí, de cuándo partiría él, hasta que, según costumbre

en tales casos, sin saber por dónde, volvieron al eterno dúo en que las

promesas de amor se resuelven en suspiros, y se acaban en mimos las

frases comenzadas con palabras. Sin duda que andaba cerca de allí un

diablo ocioso, y quiso atormentarles, que es, según San Macario, lo más

grave que puede acaecer a cristianos, porque al poco rato sucedió que

don Juan, alzando suavemente a Cristeta de la silla baja donde estaba y

sentándosela muy junto a sí en el sofá, comenzó a decirle miles de cosas

amorosísimas, que ella escuchaba dándole gracias con los ojos. No

pretendió el diablo tentarles más, o don Juan quiso dejar la tentación

para otro día, porque levantándose de repente, como quien se aparta de

un grave peligro, se pasó las manos por el rostro, y dijo:

--No, Cristeta, esto es una locura... Adiós, hasta mañana; estás

hermosísima y te quiero demasiado.--Y echando a andar hacía su cuarto,

entró y cerró la puerta, mientras Cristeta quedaba en el sofá confusa y

asombrada, no sabiendo qué sentimiento dominaba en su espíritu, si pena

de amor contrariado o gratitud por el respeto que recibía.

Al encerrarse don Juan en su habitación se dejó caer sobre una silla,

admirado de su propia heroicidad. No hubo en aquel momento rasgo de

casta entereza que no recordara con desprecio. ¿Qué José, huyendo de la

mujer de Putifar? ¿Qué Octavio, esquivando a Cleopatra, podían

comparársele? Porque estas dos damas fueron caprichosas pervertidas, y

estaban cansadas de darse a quien quisiera disfrutarlas; mas Cristeta

era la juventud no estrenada, la belleza por nadie poseída, que

espontáneamente se le brindaban en el silencio de la noche, como en la

soledad de un campo se ofrecen al sediento peregrino los jugosos racimos

de la vid.

Don Juan se portó así, seguro de que aquello no era renunciar a la

victoria, sino asegurarla, dilatándola; prefirió sitiar la plaza por

hambre a tomarla por asalto.

Aunque a la noche siguiente estuvieron el cielo sereno y el aire

templado, no se le ocurrió a ninguno de ambos amantes ponerse al balcón

ni entornar la puerta. Cristeta fue la primera que, al volver del

teatro, como viese el hilillo de luz que penetraba por el agujerito de

la cerradura, despidió a la doncella lo más presto que pudo, y apenas la

oyó subirse al piso en que dormía, tosió para que don Juan supiese que

era esperado, y descorrió el cerrojillo. Sonar la falsa tos, rechinar el

hierro y abrirse la puerta, apareciendo en ella el galán, fue obra de un

momento.

A estar Cristeta menos enamorada, habría podido, durante las

veinticuatro horas transcurridas desde la entrevista anterior,

reflexionar sobre la conducta que le convenía seguir; pero ya no

discurría tan frescamente como al salir de Madrid. Primero el

alejamiento de su amado, luego los diálogos de balcón a balcón, y por

último el peligroso encanto de aquella misteriosa proximidad, acaloraron

su imaginación, haciéndola sentir mucho y pensar poco; así que, en vez

de apercibirse contra la cita, no supo sino esperarla con impaciencia.

Al dirigirse hacia la puerta miró al sofá con miedo, a la cama con

terror, y, sin embargo... abrió gozosa.

Don Juan adelantó dos pasos, la cogió amorosamente por el talle y la

besó en una mejilla con aparente inocencia, reanudando el dúo de la

noche pasada con aquella misma naturalidad que emplearía Fray Luis de

León al exclamar: «Decíamos ayer...» Cristeta, sin rehuir el beso, habló

de este modo:

--¡Vaya una temeridad! ¡No sabes qué cavilosa he pasado el día!

--¿Por qué, vida?

--No debemos continuar viéndonos de esta manera. Si alguien lo sabe,

estoy perdida.

--Tú podrás perderte, pero yo lo estoy ya; perdido de amor por ti, que

ni descanso, ni duermo, ni sosiego, ni hago cosa a derechas; todo el día

estoy contando minutos y esperando que llegue este momento para decirte

que te quiero... ¡Qué hermosa estás!

--¿De veras? ¡Nunca lo he oído con gusto hasta que tú me lo has dicho!

--Como que nadie te lo ha dicho queriéndote: con esa cara y ese cuerpo

que tienes, ¡claro! alguno habrá habido chiflado por ti, pero... no sé

de qué modo expresártelo, no por cariño, como yo... sino... en fin, por

lo guapa y por lo mareante que eres, vamos, con hambre de abrazarte...

Ya me entiendes... ¡Quita, quita; no me mires así, que me vuelves loco!

--Y tú ¿me quieres de otro modo?

--¿Yo? De los dos. Cuando no te tengo al lado soy dueño de mí, pienso

fríamente, y recordándote, siento un placer grandísimo... y tranquilo...

vamos, como sí gozara sólo con el entendimiento, como si en vez de ser

hombre fuese un ser maravilloso incapaz de... ¿Comprendes?...

--Se me figura que sí.

--Bueno; pero luego, en cuanto me acerco a ti, ¡adiós frialdad! Tú no

habrás estado nunca borracha, ya me lo figuro; pero alguna vez, el día

del santo de tu tía, o de una amiga, habrás bebido una copita de licor

que se te haya subido a la cabeza... No se pierden la voluntad ni el

sentido, pero se exalta la imaginación, todo lo demás flaquea y desmaya;

parece que los ojos no ven sino lo que quieren ver, lo que da gusto al

alma, y se queda uno soñando despierto, perdido de ideas... ¡Se me

ocurren unas cosas!...

--Juan, calla, o vete. ¡Déjame!

--La culpa es tuya. Tienes un modo de mirar que me estremece. Como

cuando pasa un pájaro aleteando sobre el agua, y parece que el agua

tiembla... ¡No te rías! Pues agallado.

--No digas tontunas: ¡ni que estuviéramos en escena en el teatro!

--¿Qué teatro? ¿Quién te ha hablado nunca con la sinceridad que yo? Si

hasta se me olvida lo que pienso lejos de ti. Mientras no te veo, se me

ocurren cien mil cosas con que volverte loca; me siento más poeta que

Dios, y en cuanto te tengo al lado, me quedo tonto, inútil, como un

muñeco descompuesto.

Cristeta respiraba penosamente, y en lo interior del pecho sentía una

sensación extraña, como de hervor latente. Las palabras de Juan se le

iban entrando al alma, haciendo escala en los sentidos. Por fin, igual

que otras veces, le dijo, mirándole con melancólica ternura:

--¡Si fuera verdad!...

--¿Y qué derecho tienes para dudarlo?

--No lo sé. Corazonadas... miedo. Vamos a ver; apártate un poquito y

hablemos fríamente. No dudo de tu sinceridad; pero no confundamos las

cosas. ¿Es que me quieres, o es que te parezco bonita? Piénsalo bien:

¿qué soy yo para ti?

--¡Mi vida! ¡Mi cielo!

--¡Quiá! Una mujer que te gusta... una más. Y por otra parte, ¿qué puedo

yo esperar de ti? ¡Nada! ¿No conoces que, aunque te quiera como te

quiero, no debo hacerme ilusiones? Vamos, calla, calla. ¡Si no puede

ser! Un hombre como tú, tan distinto de mi clase... Yo, que no he pisado

alfombras más que en escena... No tendríamos perdón de Dios: yo, por

vanidosa; tú, por creer que es amor eso... que es otra cosa.

--¿Y qué es?--preguntó Juan con extraordinaria vehemencia.

Cristeta se puso roja como la grana.

--¿Lo ves?--añadió él--. Hasta te da vergüenza lo que se te ocurre. Dilo

claro: ¿crees que yo no siento por ti más que un deseo... un

capricho?...

--Ya te he dicho otra vez que me lastima esa idea; yo no he nacido para

satisfacer caprichos. Sólo la palabra me ofende y me repugna. Lo que

quiero decirte es que tú confundes lo poco que me puedas querer con...

lo otro.

--Tú sí que me ofendes. ¿Cuándo se te ha acercado un hombre que te

respete más que yo?

--Es que yo sé hacerme respetar.

--Pues conmigo no tienes necesidad de eso.

Cristeta sostenía el diálogo con dificultad: sus frases eran diversas de

sus pensamientos y contrarias a sus deseos; semejaba un sofista ansioso

de dejarse convencer.

Juan no había llevado la vela de su cuarto; en el de ella, aunque

espacioso, puesto como de fonda, con pocos y baratos muebles, no lucía

más que la llama temblorosa de una bujía, colocada sobre un veladorcito,

en tal disposición, que dejando en sombra los rincones, daba de lleno en

el rostro de Cristeta, iluminaba la cama, la mesa de noche y el sofá en

que estaban sentados los amantes. Pendientes de perchas y sobre varias

sillas, se veían ropas de calle y de escena, resaltando entre éstas una

faldilla de seda a listas de colores vivos y tan corta, que habría de

dejar las piernas al descubierto. Encima de un baúl había un par de

botas altas de raso blanco con cordones de oro.

La calle estaba desierta, al través de los visillos del balcón se

divisaba el centelleo de las estrellas y a lo lejos sonaba el bramido

ronco y tenaz que subía de la playa.

En la fonda y su proximidad el silencio era completo. Mientras Cristeta

hablaba o escuchaba, su propia voz y la de Juan parecían infundirle

tranquilidad y sosiego: pero en los breves intervalos en que permanecían

callados, entre frase y frase, aquel silencio era para ella un nuevo y

peligroso incentivo, añadido a la fascinación que en su ánimo juntamente

levantaban la sed de amor y las palabras del hombre. Medrosa por la

ocasión y medio rendida ante la idea del amor, fijaba de cuando en

cuando la mirada en Juan, cual si pretendiese adivinarle los

pensamientos; otras veces dirigía la vista hacia el faldellín y botas de

raso, que simbolizaban su peligrosa vida artística, y luego desviaba con

desdén los ojos. En los del hombre no descubría presagio de infortunio;

antes al contrario, estaban expresivos, atrayentes, llenos de promesas

dulcísimas. En cambio--¡hay momentos en que las cosas hablan!--el

faldellín y las botas de raso parecían augurar más sinsabores que el

coro de la tragedia antigua.

Un reloj de cuco que había en el pasillo inmediato, dio pausadamente las

tres de la madrugada. Cristeta, retirando una mano que don Juan le tenía

cogida entre las suyas, se puso en pie como tocada de un resorte. No

hizo ademán de resistencia premeditada, ni fue el suyo acto sugerido por

la voluntad, sino movimiento instintivo con que, sintiéndose flaquear,

se apercibió a la defensa, viendo inevitable y cercana su amorosa

derrota.

Al verla levantarse, don Juan se puso también en pie, comprendiendo que

en aquel instante podía intentar un asalto decisivo. La noche, el sitio,

la soledad, el silencio, la excitabilidad de que Cristeta parecía

poseída, hacían apetitosa y deleitable la ocasión; mas ¿a qué atacar una

fortaleza a la cual faltaba tan poco para rendirse voluntariamente? Don

Juan sabía que gozar una mujer, en el más noble y lato sentido de la

palabra, no es descerrajar una puerta. La violencia es el peor enemigo

del amor. El viento huracanado y raudo roba brutalmente su perfume a las

flores y lo esparce sin disfrutarlo; en cambio el aura suave, el céfiro

que dicen los poetas, vuela apacible y manso sobre los plantíos y aspira

voluptuosamente sus delicadísimos efluvios. Don Juan prefería lo último.

--Adiós, alma mía, hasta mañana... Anda, busca otro hombre que a esta

hora, estando así, a tu lado, sea tan...

--Sí, ya lo sé; tan caballero. Nunca esperé menos de ti.

--Hay momentos en que caballero y tonto son sinónimos--dijo él.

--No lo creas--repuso ella tendiéndole ambas manos en señal de despedida,

y añadió--Quien sabe amar sabe agradecer.

«Ya me las pagarás todas juntas», pensó don Juan. Y al mismo tiempo,

según la tenía cogida por las yemas de los dedos, la atrajo contra sí

hasta juntarse ambos cuerpos, y le dio un beso sonoro, largo y apretado,

uno de esos besos que despiertan en los ángeles deseo de pedir licencia

para venirse al mundo.

En seguida, dejándola presa de aquella impresión, como si la caricia

fuese la flecha que arrojaban los partos al huir, se entró en su

habitación. Al verse Cristeta sola en la suya y cerrada la puerta,

comprendió que había triunfado, mejor dicho, que se había vencido a sí

misma. ¡Triunfo efímero y pobre vencimiento que dejaron su imaginación

poblada de dudas!; porque aquella aparente victoria, aquel momentáneo

éxito de castidad, era pan para hoy y hambre para mañana.

No faltarán almas ruines y fantasías pervertidas que al llegar aquí

tachen a don Juan de estúpido y a la pobre Cristeta de fácil y liviana.

Los mismos que tal piensen no habrían vacilado en explotar su amorosa

turbación. Así es el hombre, pronto a censurar toda flaqueza que no

redunda en su provecho. Dios, que cuando tiene tiempo penetra en el

corazón de los mortales, sabe que Cristeta no era fácil ni liviana: lo

que pasaba era que le había llegado su hora.

Su amor era semejante al agua que se desliza secreta y soterrada, hasta

que llega un punto donde surge y brota, trocándose la inútil e ignorada

corriente en manantial fresco y fecundo. ¿Sería don Juan quien en él

apagara su sed? ¿Lo enturbiaría luego? Ello fue que tampoco aquella

noche perdió el pudor sus fueros ni tuvieron por qué regocijarse los

diablos. Lejos de darse a ellos, como hubiese hecho cualquier adorador

impaciente--y conste que la impaciencia es el error que malogra más

victorias amorosas--, don Juan se recogió a reflexionar con frialdad

sobre la situación, ni más ni menos que podría un filósofo meditar sobre

la ruina de un imperio.

Y consideró lo siguiente:

Que era hombre aguerrido en aquellas luchas, pero que estaba colocado en

circunstancias enteramente nuevas. Había rendido mujeres sosas de las

que caen sin lucha ni gracia, como fardos abandonados a su propio peso;

señoritas imbéciles, tocadas de fría sensualidad; mozuelas que ceden por

cálculo y se equivocan en la cuenta; casadas de las que se visten con

gajes del adulterio; viudas aventureras, semejantes a los aros de circo

con el papel ya roto, en que no deja señal un salto más o menos;

pecadoras por hambre, que soportan los besos haciendo números de

desempeños y deudas; lascivas por codicia que ponen el cuerpo a interés

compuesto; y también disfrutó alguna de esas mujeres inocentemente

viciosas, alocadas, que se entregan sin pensarlo, y a quienes se goza de

improviso cortando la monotonía de la vida, como esas ráfagas de aire

fresco que interrumpen de pronto el bochorno asfixiante de un día

abrasador.

Cristeta era un caso enteramente distinto. Sus encantos físicos podían

calificarse de excepcionales. En estado normal era una de esas beldades

serenas, de aspecto castísimo, en cuya contemplación se deleita el alma;

y luego, cuando menos podía esperarse, aquella placidez y decoro dejaban

el puesto a una sonrisa picaresca, hija de una sensualidad mimosa y

dulce, natural y espontánea, que le resplandecía en los ojos

abrillantándole las miradas, o parecía florecer en la humedad rojiza de

los labios. Era imposible que su lenguaje fuese muy escogido, porque no

es dado usar términos elegantes y frases primorosas a la que nace pobre,

crece en una trastienda y entra en la vida social por el proscenio de un

teatrucho; mas, en desquite de esta falta de atildamiento, en sus ideas

se transparentaba siempre un fondo de delicadeza y honradez de

sentimientos, que la hacían en extremo simpática. Aun con palabras mal

empleadas revelaba pensamientos sanos. Un clásico hubiese dicho de ella

que era hermosa como Diana, amante como Alcestes, compasiva como

Antígona, y, sobre todo, enamorada como Cloe. Además, sin ser ignorante

ni cándida, tampoco resultaba sosa ni simplona: no creía que los niños

se encargan a París, pero el altar de su pureza no había recibido

ofrendas, y, su misma reflexiva castidad le daba conciencia del valor de

lo que podía perder. De todo lo cual colegía don Juan que no se trataba

de una mujer vulgar, buena para poseída una temporadita, a quien se

pudiese luego echar o devolver a la circulación como se compra y revende

un caballo de lujo.

Resumen: primero: Cristeta era una verdadera conquista, inapreciable,

sabrosísima, pero también un origen de pavorosa responsabilidad.

Segundo: en esto mismo radicaba la fascinadora atracción que sobre él

ejercía. Y tercero: tratándose de una mujer excepcional, era necesario

emplear medios extraordinarios para lograrla.

Don Juan se durmió pensando en estas cosas y en sus derivados.

Ella monologueó bastante menos. Luego de cerrar la puerta y tapar con el

paño de manos el ojo de la cerradura, se quitó las horquillas, lavose a

chapuz la cara porque estaba muy acalorada, y se acostó.

Ambos soñaron disparatadamente, porque como durante el sueño trabaja el

espíritu abandonado a sí propio, no crea sino desatinos y

extravagancias. Sin duda por esto quiso Dios que el espíritu tuviese

como base de operaciones, el cuerpo, la vil materia, tan calumniada por

los espiritualistas. Además, ¿quien sería capaz de comprender o

interpretar los ensueños de una doncella?

Dijo Zenón que nunca desentrañará el hombre la esencia de las cosas; mas

se le olvidó añadir que el sumo grado de lo imposible es descifrar lo

que sueña la mujer.

Dulce y sabrosa · 第 23 / 53 题