Lo que en éste sucede, mejor es para sentido que para escrito

Durante cuatro noches se hablaron de balcón a balcón. A la quinta

descargó sobre la ciudad una tempestad horrible, y hubieron de suspender

el diálogo. Tan fragorosos eran los truenos, tan frecuentes los

relámpagos, que ambos amantes juzgaron prudente retirarse cada cual a su

cuarto, don Juan maldiciendo de Júpiter y de Eolo, y Cristeta, que

ignoraba la Mitología, renegando de su mala estrella.

Era la una de la madrugada, y acababan de recogerse cerrando persianas y

vidrieras, cuando Cristeta oyó golpecitos dados en la puerta por donde

comunicaban las dos habitaciones.

Aproximose al tabique, dio otros golpecitos, y acercando la boca al ojo

de la cerradura preguntó:

--¿Eres tú?

Pasaron unos cuantos segundos, y de pronto vio caer al suelo la toalla,

que pocos días antes colocara con pudorosa cautela, a modo de tapón,

notando al mismo tiempo que por el agujerito destinado a la llave

asomaba un mango de pluma, con el cual don Juan había empujado el lienzo

hasta tirarlo. Venirse abajo el paño de manos, retirarse el mango de

pluma y mirar ella por el agujerito, todo fue uno. Al pronto no

distinguió nada; pero apartándose un poco hacia atrás, volvió a mirar, y

entonces vio una ceja; luego se quitó la ceja, y en su lugar aparecieron

los labios de don Juan, cuya voz entraba por aquel estrecho conducto

casi silbando, y decía:

--¿Estás ahí, vida mía?

--Sí.

--¿Quieres que hablemos por aquí?

--Bueno; ¡pero me da una risa!...

--¡Qué angostos son a veces--dijo don Juan--los senderos que Dios nos

deja para que caminemos hacia la dicha!

--Chico, parece que nos amamos por cerbatana.

--¿Oyes bien?

--Sí, pero tengo que pegar la oreja a la cerradura.

--¡Alma mía!

--¡Juan de mis ojos! ¡Monín!

A la media docena de exclamaciones melosas sonaron simultáneamente dos

carcajadas, y en seguida dijo don Juan:

--Cristeta, vida mía, esto me parece el colmo de la ridiculez.

--A mí también: tu voz suena como silbido de mirlo.

--Pues abre la puerta.

--¡Calla, loco!

--Nada más que entornada.

--¿Para qué?

--Tú lo has dicho: para no ponernos en ridículo ante nosotros mismos.

--Sí, pero, ¿y luego? Tengamos juicio.

--No seas tonta.

--¿Quieres que sea loca?

--¿No estoy yo loco por ti?

--Sí, pero tu locura buscará alivio en mi perdición, y para la mía no

habría remedio.

--¡Vaya un discreteo, y cómo se conoce que eres mujer de teatro!

--Y tú hombre de mucho mundo, que es uno de los tres enemigos del alma.

--Vamos, abre, paloma.

--¿Y qué prometes?

--Cerrar cuando tú lo mandes.

--¿Palabra de honor?

--Lo juro.

Oyose el estridente correrse del pestillo, entreabriose la puerta, y,

merced a la luz que cada interlocutor tenía en su cuarto, pudieron ambos

verse perfectamente.

La puerta quedó separada de su marco cosa de un palmo, y por aquel

espacio alargó don Juan ambas manos, estrechando entre ellas una de

Cristeta, que ésta tuvo la caridad de no retirar.

--¡Parece mentira!--decía él--. La prueba de que te quiero está en la

cobardía, en el temor de ofenderte con que te miro y te deseo.

--Sí, pero te agarras.

--¡Maldita tormenta! ¡Estábamos tan bien en el balcón!...

La alegría retratada en el rostro de don Juan le acusaba claramente de

mentiroso. Había empezado por no tomar a Cristeta más que una mano;

después fue subiendo las suyas hasta cogerle la mórbida y delicada

carnosidad del brazo, que mostraba desnudo fuera de la manga de la bata,

y acabó por dar un golpecillo a la puerta con el pecho, dejándola medio

abierta; de suerte que pudo acercarse mucho más a su novia y cogerle

amorosamente la cintura, aunque sin oprimírsela con demasiada libertad.

--¿Qué es esto?--exclamó ella fingiendo un enojo que no sentía, y

moviendo la puerta con un pie.

--¿Qué ha de ser? Que con esta maldita puerta me hago daño. ¿Pero qué

tienes? ¿Desconfías de mí? ¿No hemos estado solos mil veces en tu cuarto

del teatro en Madrid?

--Es verdad... esto es bufo, y vamos a concluir burlándonos uno de otro.

--Y en amor--añadió don Juan--no hay cosa peor que el ridículo.

Estaban en lo cierto. La situación era propia de sainete. Cristeta tenía

el cuerpo echado hacia adelante, para que don Juan pudiera estrecharla

el talle, y él, ansioso de no perder lo conquistado, había metido medio

cuerpo por entre puerta y marco; con lo cual, en vez de personas

formales, parecían chiquillos jugando al escondite.

--Basta de niñerías--dijo don Juan de repente, atrayendo hacia sí la

puerta y abriéndola de par en par--. Entra en mi cuarto, o déjame que

entre en el tuyo, y hablaremos tranquilamente.

--¿Tranquilamente?

--¿Lo dudas?

--¡Como no me has avisado que venías, y luego has tomado ese cuarto!

--¿Había de irme lejos pudiendo estar cerca? ¡Dilo, alma mía!

Don Juan se había ya entrado a la habitación de Cristeta, y con la mayor

naturalidad, sin arranque de enamorado fogoso ni señal de ataque a lo

que debía respetar, fue a sentarse en el sofá, ni más ni menos que si

llegara de visita. Ella, sonriente, monísima, se colocó frente a él, en

una silla baja, y durante unos segundos ambos permanecieron callados.

Dulce y sabrosa · 第 22 / 53 题