Capítulo VI

En el cual don Juan despliega su astucia, y don Quintín se hace la

ilusión de que pueden volver «aquellos tiempos»

La noticia del viaje a provincias llenó al pronto de júbilo a don Juan,

quedando luego su alegría algo mermada con la perspectiva de que

Cristeta fuese bajo la guarda de don Quintín; así que resolvió evitar a

todo trance dicha compañía, pero sin contar con la complicidad de

aquélla.

Don Juan decidió poner en práctica uno de sus más profundos axiomas, que

dice: «Conviene a veces, para lograr una mujer buena, utilizar los

servicios de otra maleada». No se crea por esto que pensó en recurrir a

ninguna corredora de alhajas, prendera a domicilio, o cualquiera otra

congénere de la famosa vieja que perdió a Melibea: no buscó quien

hiciese de demonio tentador, sino simplemente quien le despejase el

camino.

Se propuso que don Quintín no saliese a provincias con Cristeta, y he

aquí cómo lo consiguió.

Una tarde en que su amada no tenía ensayo, fue a la puerta del teatro,

esperó a que saliesen las coristas, y siguió de lejos a una con quien en

otro tiempo tuvo una aventurilla, y de la cual, por haberse mostrado

generoso y conocerla bien, podía fiarse.

Iba la muchacha a entrar en el portal de su casa, cuando la detuvo

llamándola por su nombre: volvió el rostro la chica, acercose el

caballero y cambiaron unas cuantas frases, que denotaban gran confianza.

Hablaron en broma de lo pasado, como quien revuelve cenizas sin temor a

encontrar rescoldo, y, por fin, don Juan, con aquel tono autoritario,

propio del hombre que tiene seguridad de haberse portado bien con la

mujer a quien habla, le dijo:

--La verdad: ¿tienes algún lío? Porque no quiero comprometerte.

--¡No pasa un alma! Suba usted y hablaremos.

--¿Aún me llamas de usted?

--Ya sabe usted que nunca pude acostumbrarme a otra cosa. Vamos arriba.

Y comenzaron a subir la escalera, no con la impaciencia de antaño, sino

como dos buenos amigos que traen entre manos un negocio. Media hora duró

la conversación, y debieron de entenderse, porque al despedirse, don

Juan decía:

--Marearle un poco, mucha conversación, nada de hacerle concesiones, de

cuando en cuando una dedadita de miel... y, sobre todo, que lo sepa su

mujer.

--Vaya usted descuidado: le voy a volver tarumba.

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Aquella misma noche, en un momento en que don Quintín salió del cuarto

de Cristeta para que ésta se mudase de traje, y mientras estaba sentado

leyendo el periódico bajo el mechero de gas que había en el corredor, se

le acercó la corista a quien por la tarde habló don Juan.

Venía hecha la caricatura de una gran señora, con traje de baile muy

escotado y guantes hasta el codo, uno de ellos sin abotonar.

--Vamos, don Quintín, hágame usted el favor de echarme estos

botoncitos--dijo al estanquero, presentándole la mano y acercándosele

mucho.

No tuvo más remedio que acceder: púsose en pie, y cruzando las piernas y

sujetando entre ellas el periódico, comenzó a meter botones en los

ojales.

Sus dedos eran demasiado gruesos y torpes para aquella operación:

además, ojales y botones, aquéllos por chicos y éstos por grandes,

parecían preparados con diabólica astucia; y entretanto sus miradas

venían a caer precisamente en medio del escote de la corista, cuyos

rizos le rozaban al menor movimiento, cosquilleándole en la frente.

Nunca había visto tan de cerca mujer engalanada de aquel modo. A lo que

más se asemejaba era a las figuras de grandes damas que adornaban

algunas novelas de las que él solía leer en sus ratos de ocio. Doña

Frasquita fue en sus buenos tiempos una real moza; varias criadas que

logró conquistar le dejaron recuerdos de índole picaresca; pero jamás

soñó, en sus largos monólogos de estanquero aburrido, tener tan cerca de

sí una señora como aquélla. Si Mariquita, que así se llamaba, no era

pura ni a juzgar por su aspecto podía ceñirse justificadamente la corona

de azahar, en cambio estaba guapísima. Sus ojos eran tan expresivos, que

parecían habladores; su boca tenía sonrisas entre mimosas y burlonas; y

en conjunto, por su talle y rostro recordaba los tipos de aquellas

muchachas diabólicamente hermosas que algunos pintores han trazado en

torno de los santos combatidos de voluptuosas tentaciones.

Lo que a don Quintín le producía más turbadora impresión era el olor que

de ella se desprendía: tal vez fuese perfume barato, pero a él se le

antojaba efluvio de diosa.

Entre aspirar aquellas que le parecían suavísimas emanaciones y hacer

esfuerzos por ajustarle el guante, lo menos tardó diez minutos en meter

los catorce botones por sus correspondientes ojales; hecho lo cual se

dejó caer sudoroso sobre la silla, diciendo:

--¡Qué trabajos!

A lo que ella repuso:

--Para otras fatigas tendrá usted más habilidad.

Y sentándosele de golpe en las rodillas, como niña juguetona, permaneció

encima de él un instante: en seguida se levantó, y, alzándose la falda,

echó a correr, mientras el pobre hombre se quedaba pasmado, semejante a

devoto fanático que imaginase haberse visto favorecido por una aparición

sagrada. En las manos sentía el calor de los brazos desnudos que acababa

de tocar, ante los ojos creía tener aún el escote tentador, y el

olorcillo a hembra le andaba escarabajeando en el olfato, como el dejo

de una sensación gratísima. Hubo un momento en que enderezando el cuerpo

sobre el asiento, soltó el periódico y se irguió, a modo de caballo

viejo que ha guerreado mucho y se engalla y estira el pescuezo al

percibir ruido de trompetas lejanas. ¡Oh, memoria, qué dulces recuerdos

trajiste! ¡Oh, fantasía, cómo los poetizaste! Mozuela que allá en el

pobre lugarejo le esperabas en el pajar; sabrosa luna de miel pasada con

Frasquita; cocinerilla vencida en la trastienda, en una sofocante siesta

de verano; dichosas y felices aventuras, ¡cómo y con qué fuerza

surgisteis en la imaginación del estanquero, poblándola de halagadoras

reminiscencias que le inspiraron deseos de nuevos triunfos!

El episodio del guante fue prólogo de otros conmovedores sucesos.

Al día siguiente la corista tuvo que ponerse, por razón de una de las

obras en que cantaba, el más caprichoso traje que imaginarse puede. A

modo de antenas, llevaba entre el revuelto peinado dos cuernecillos; el

arca del cuerpo, encerrada en un corsé de terciopelo casi negro

tornasolado, a listas pardas y de oro; y en lo restante de su persona,

o, mejor dicho, personilla, porque era pequeña y traviesa, malla del

color de la carne; las eternas mallas, que eran como el alma y principal

aliciente de aquel templo de Talía. Así ataviada, y en todo semejante a

una avispa, la gentil muchacha anduvo largo rato por un pasillo, hasta

que, viendo a don Quintín sentado bajo el mechero de gas y enfrascado en

la lectura, se le acercó y le dijo, aludiendo al periódico que tenía en

las manos:

--Si ve usted en los anuncios que alguien busque casa para vivir en

compañía, dígamelo usted, que tengo un gabinete muy mono.

Don Quintín no pudo reprimir el atrevido pensamiento, y repuso:

--Monina, ¿me quieres a mí de huésped?

--No, porque vivo solita; un señor mayor, sí; pero hombres de buena edad,

así como usted... ¡nones!

¡De buena edad! ¿Qué cosa podía lisonjearle más? Una mujer joven y

bonita le consideraba peligroso. Se atusó el áspero bigote, tosió con

fuerza, se acordó de las asonadas del cuarenta y del cincuenta, de las

formaciones en que lucía el gallardo cuerpo, hasta de las barricadas, y

recobrando el pasado ardimiento, cogió a la hechicera avispa las manos,

que ella tuvo buen cuidado en no retirar.

--Oye--le dijo--, gachoncita, pimpollo, ¿me tendrías miedo?

--Miedo no, porque no asustan más que los feos; pero no quisiera que

nadie murmurase de mí...

Don Quintín creyó ver que el rostro de la chicuela se cubría de pudoroso

carmín.

--¿Te gustaría más un joven, un mocito?

--No quiero nada con chiquilicuatros, que no tienen pizca de formalidad.

--¿Prefieres hombres serios..., por ejemplo, yo?

--Sí; pero usted no es para mí. La mujer debe buscar uno de su igual.

En seguida bajó los ojos, fingió turbarse, y terminó diciendo:

--Por Dios, don Quintín, déjeme usted vivir tranquila.

Claramente comprendió el vejete que aquella mujer le consideraba como

caballero, y además como peligroso. No le faltó más que oírse llamar

guapo.

En seguida sacó la chica un caramelo que llevaba oculto entre los

pliegues del corpiño, le quitó el papel, se lo llevó a la boca, hizo

como si quisiese y no pudiese partirlo con los dientes, y, por último,

se lo presentó, húmedo todavía, a don Quintín, diciéndole:

--Pártalo usted y deme la mitad.

El estanquero no pudo más. Miró a uno y otro lado del pasillo, vio que

nadie venía, y cogiendo a la avispa por el talle, a riesgo de quebrarle

un ala, la atrajo hacia sí y le plantó en el cuello un beso como no se

lo había dado a mujer alguna desde la regencia de Espartero, exclamando:

--¡Tú vas a ser mi perdición!

--¡Y usted la mía!--repuso ella con la voz trémula, como desposada que

viera descorrerse las cortinas del tálamo.

El momento fue solemne. Los dedos del ex--miliciano oprimían la cintura

de la corista, cuyo cuerpo temblaba como pájaro en poder de niño.

Mariquita murmuró con extraordinaria dulzura:

--¡Por Dios, don Quintín!

--Él, estrechándola con más fuerza, dijo:

--¡Llámame Quintín nada más!

--¡No, no quiero!--repuso balbuciente y medrosa--. ¡No sea usted malo...

no quiero perderme... no me pierda usted!

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En los sucios pasillos del teatro comenzó a desarrollarse el idilio más

conmovedor del mundo. ¿Dónde hay poesía tan intensa como la del tronco

viejo que de improviso empieza a reverdecer y retoñar?

Don Quintín se relajó en el cuidado y vigilancia de Cristeta, quien, a

decir verdad, no lo sentía, porque mientras estaba con don Juan, para

nada se acordaba de su tío y éste, prescindiendo de su sobrina, como en

justa reciprocidad, siempre andaba en busca o en espera de Mariquita.

La endiablada mozuela, ciñéndose a las instrucciones de don Juan, se

hacía desear mucho, tardaba en acudir a las citas, luego venía armada de

malicia, fingiendo estremecimientos, vacilaciones y sonrojos que la

hacían más apetitosa; y si se dejaba tocar por el ex--miliciano

remozado, en seguida se le escapaba de entre las manos, como si le

tuviese condenado a eterna dedada de miel, sin esperanza de mayores

goces. Las burlas de su amor eran muchas y frecuentes: las veras,

escasas y tardías; de suerte que don Quintín pasaba, no las de Caín,

sino las de Tántalo; pero era tal su pasión, que con un apretoncillo

cada cuatro o seis días, con un abrazo de cuando en cuando, tenía

bastante para seguir entusiasmado. No había cosa que no estuviera pronto

a sacrificar por Mariquita: el estanco con anaquelería, puros, carteras

de sellos, papeles de matrículas, todo se le antojaba poco para

arrojarlo a los pies de aquella sirena. ¡Cuán horrible le parecía, al

volver a casa, la severa figura de su esposa doña Frasquita! ¡Qué fea

estaba con aquellos parches de alquitira en las sienes y aquella eterna

labor de calceta azul entre las manos! Y no era lo malo que doña

Frasquita hiciese medias, sino que luego se las ponía. ¡Qué diferencia

entre aquellas groseras fundas de algodón, con que cubría sus escuálidas

piernas, y las mallas que apretaban y contenían los bien formados

encantos de Mariquita! ¡Oh amor, cómo pusiste al pobre don Quintín!

¡Desde la guerra de Troya no había hecho la pasión tan cruel estrago en

un hogar como lo hizo en aquel estanco!

Porque sucedió que mientras don Quintín y Mariquita pudieron verse en el

teatro, de nada se enteró la esposa engañada; pero luego, al terminar el

año cómico, ni él tuvo pretexto para salir a callejear todas las noches,

ni su enamoramiento quiso transigir con la ausencia del bien amado. La

corista entonces, cumpliendo órdenes de don Juan, tan bien dispuestas

como generosamente pagadas, empezó a enviar misivas a don Quintín.

En vano rogó éste a la que consideraba su amante que no le mandase

chicos con recaditos, ni mozos de cordel con cartas.

Mariquita llegó a decirle:

--¡Eres un mandria; anda, bayeta, si me quisieras de veras, no tendrías

miedo a la estantigua de tu mujer!

Por fin, la catástrofe se vino encima.

Uno de aquellos billetes amorosos cayó en manos de doña Frasquita. ¡Y en

qué momentos! Precisamente cuando era cosa resuelta que don Quintín

acompañase a Cristeta en su campaña de verano. La carta interceptada

estaba escrita con la peor intención del mundo; la fraguó don Juan, dijo

luego a Mariquilla cuál había de ser su contenido, y después ella misma

la redactó con espantables faltas de ortografía. Sus párrafos no dejaban

lugar a duda. Doña Frasquita supo de un golpe que la querida de su

marido era corista, que habían tenido sus diálogos pecadores en el

teatro, y que, según ella le ofrecía, en el punto donde durante el

verano había de trabajar Cristeta continuarían aquellos vergonzosos

desórdenes. Para que nada faltase, la individua debía de ser una

desuellabolsas y sacadineros, porque la epístola concluía de este modo:

_Quintín mío, esta es para decirte que no se te olbide benir a

buscarme pronto una noche, para yevarme a desempeñar el mantón, que

me lo as ofrecido, y a ber si me traes o me compras, para trabajar

afuera este berano, media dozena de pares de medias muy vistosos,

mono mío. Adiós, pichón, y es tullo el corazón de esta que te

quiere y verte desea y no te olbida._

_Mariquita._

La cólera de Jehová cuando supo los retozos de Adán y Eva, fue cosa de

risa comparada con el furor de la estanquera. No bastaron a torcer la

resolución que adoptó ni el temor a que se malease la sobrina ni

siquiera los cuatro duros diarios que llevaba de sueldo. Doña Frasquita

era algo avara; pero antes de tolerar que su marido acabase de

corromperse y perderse comprando medias a una sinvergüenza, consintió en

que Cristeta saliese de Madrid acompañada de una doncella, costara lo

que costara. Menos ruinosa resultaría la doncella que la pérdida de su

marido. La escena que pasó entre los cónyuges fue trágica. Primero

Frasquita rogó, suplicó y lloró, mientras don Quintín aguantó, cruzado

de brazos, jurando y perjurando que el origen de aquello debía de ser

una broma pesada de algún mal intencionado; por último, exasperada la

esposa, empuñó un formón viejo que servía para desclavar cajones, y

amenazó enérgicamente a su marido, diciéndole:

--¡Te mato cuando estés durmiendo, y luego me mato yo! ¡Vamos a salir en

los papeles!

El pobre don Quintín cedió amedrentado.

La maquinación del conquistador estaba bien urdida. El mismo día y en el

mismo tren en que partió Cristeta para Santurroriaga salió el utilísimo

Benigno, el ayuda de cámara de don Juan, destinado por éste a servicios

análogos a los que el padre de los dioses exigía de Mercurio. Benigno

iba vestido a lo burgués, llevaba instrucciones reservadas, y Cristeta

no le conocía.

Dulce y sabrosa · 第 18 / 53 题