Que puede dejar dudas sobre la compatibilidad del amor y la virtud

Pocos días antes de nacer aquellas murmuraciones, paseaba don Juan por

los pasillos del teatro con un amigo, que le decía así:

--No recuerdo dónde afirma Cervantes que los alcahuetes son gentes útiles

a la república, y que debieran ser muy considerados. Bueno: pues

escudado en tan autorizada opinión, no tengo inconveniente en

presentarte a la _incorruptible_.

--¡No sabes la impresión que me ha causado esa mujer! ¿Y tú crees que

nadie ha...?

--Eso dicen, aunque también le quitan mucho el pellejo. Yo creo que es

honrada. Veremos hasta dónde llega tu buena suerte..., y te advierto dos

cosas: primera, que no te propases a ciertos atrevimientos, como cerrar

la puerta del cuarto estando solo con ella, y segunda, que te congracies

con el tío. Háblale de Espartero, elogia a la milicia nacional, quema

incienso en honor del difunto partido progresista. Por último, aunque te

parezca ridículo, enamórala _por lo fino_.

Cuando el que hizo la cita cervantesca y dio estos consejos a don Juan

entró con él en el cuarto de Cristeta, estaba ella vestida a lo gitana,

con falda de percal de mucho vuelo, pañuelo de espuma al talle, rizos en

las sienes y moño bajo, hecho un jardín a puras flores. El tío sentado

en un sillón gótico de guardarropía, leía un periódico.

Luego de las frases usuales en toda presentación, el amigo dio tres o

cuatro noticias de teatros y, pretextando saludar a una cómica, se salió

al pasillo. Don Juan, fingiendo turbación, adoptó la postura más decente

que pudo, como si estuviera en el salón de una gran señora. Frente a él

Cristeta, recostada en un pequeño diván, se entretenía en hacer nuditos

con el fleco de la pañoleta. El tío, como de encargo, no chistaba. Ya

iba don Juan a entablar conversación, temeroso de que el traspunte

llamase a Cristeta, cuando ésta, por decir algo, dijo poniéndose en pie:

--¿Qué tal? ¿Resulta gitano el traje?

--Muy característico, muy típico...

Y calló, sin terminar la frase.

--Hable usted con franqueza.

--Que no hay analogía entre usted y ese atavío.

Y como ella hiciese un mohín de sorpresa, continuó:

--Quiero decir que esa falda tan hueca, ese moño tan bajo, esos rizos

tan... subversivos, todo tan... flamenco no está en relación con la

belleza elegante y distinguida de usted. Cuanto lleva usted encima pide

una cara más, enérgica, facciones duras...

--Gracias por la galantería--repuso ella secamente.

Pero no le fue desagradable la lisonja. Estaba acostumbrada a que la

llamasen _rica en el mundo_ o barbiana, y aquella era la primera vez que

un hombre la galanteaba con finura.

--Vamos--siguió él--; convenga usted conmigo en que su fisonomía y su porte

son demasiado aristocráticos para estas flamenquerías: mejor estaría

usted con un traje de baile, de raso muy claro, por ejemplo, y con un

gran abrigo forrado de pieles que le llegase hasta los pies...; pero que

no los ocultase... Nada de alhajas: el lugar que cubrieran valdría más

que el mejor brillante. En fin, me resulta usted una gitana demasiado

señorita.

Cristeta sonrió con mayor afabilidad y repuso:

--Pues ya lo ve usted; al público le da por esto.

--Lo triste es que artistas como usted tengan que hacer estas obras.

Cristeta estaba muy acostumbrada a oír elogiar sus encantos corporales;

pero no le sucedía lo mismo respecto de sus facultades artísticas y,

sorprendida por la última frase de don Juan, repuso con más sinceridad

que amor propio:

--Pues qué, ¿cree usted que yo sirvo para otra cosa?

Con distinta mujer, don Juan hubiera aprovechado la pregunta para hacer

un juego de palabras y un chiste picante: con Cristeta no se atrevió.

--¡No lo he de creer! En cuanto se forme una buena compañía de zarzuela,

de ópera cómica española quiero decir, verá usted cómo la buscan. El día

en que haga usted un papel de sentimiento, una obra fina... se la comen

a usted.

De repente se asomó el traspunte a la puerta del cuarto y, sin

detenerse, dijo:

--Voy a empezar.

Don Juan se despidió de Cristeta prendado hasta donde él se podía

prendar de una mujer.

Aquella noche no pasó más. Sin embargo, para completa exactitud, es

necesario añadir que Cristeta trabajó más a gusto que de ordinario, y

que luego, a solas en la alcoba de su casa, recordó las palabras de don

Juan, pensando con agrado y amor propio satisfecho, en la posibilidad de

ser artista de las que rara vez tienen que ensenar en escena lo que la

mujer debe cubrir casi en todas partes. Después se esforzó por

reconstruir mentalmente su diálogo con don Juan, y le pareció que había

dado prueba de buen gusto censurando el exagerado atavío gitanesco. Por

último, pensó que otros trajes y otros papeles le sentarían mejor: por

ejemplo, el de la Princesa de _Pan y Toros_, el de la Magdalena de _La

Marsellesa_, el de Aurora en _Luz y sombra_. Sí, sí; zarzuela seria. Y

se durmió.

Don Juan no incurrió en la torpeza de volver al cuarto de la señorita

Moreruela a la noche inmediata, ni a la siguiente, ni a la otra: dejó

pasar algunos días, hasta que hubo estreno en que ella trabajase; de

modo que al verle entrar en su cuarto no sospechó que fuese por

visitarla, sino con ocasión de la obra nueva.

El tío, que había tomado muy en serio el papel de Argos, estaba, como de

costumbre, leyendo un periódico, sentado en su sillón gótico, del cual

no se levantaba más que cuando Cristeta decía: «que me voy a mudar».

Entonces se trasladaba a un rincón del pasillo, y situándose bajo un

mechero de gas, seguía leyendo, charlaba con el bombero de servicio o

daba palique a alguna de las coristas que andaban de un lado para otro

pidiéndose prestados los peines, la borla de los polvos o la mano de

gato.

Cristeta interpretaba en la pieza nueva un papel de mocita traviesa que

se fingía juiciosa. Se había vestido con sencillez, y lo que más

contribuía a su aspecto de modestia y candor era el peinado, con la raya

partida por medio y alisado luego el pelo hacia las sienes. Parecía una

colegiala. Apenas la vio don Juan, dijo como si tratase de reanudar la

conversación que anteriormente tuvieron:

--Hoy sí que está usted monísima. ¡Cualquiera diría que se ha escapado

usted de uno de esos conventos donde se educan las señoritas de la

grandeza!

--Pues mire usted, estoy que rabio. Hoy me han repartido otro papel...

también de esos que... en fin, véalo usted.

Y tomando unos pliegos de sobre la mesa del tocador, se los mostró a don

Juan, quien los hojeó rápidamente. Se trataba de otra _revista_, y en la

escena en que se hacía referencia a la última Exposición de Bellas

Artes, salían personificadas en tres guapas chicas la Arquitectura, la

Pintura y la Escultura. Había de sacar la primera corona mural, túnica

blanca, y en la mano la escuadra; la segunda era un mancebo de la época

del Renacimiento, y llevaba como atributo una paleta; y la Escultura

debía aparecer sobre un pedestal a modo de estatua, en la mayor desnudez

posible, y sin más ropaje que un trozo de paño liado a las caderas. Todo

esto lo explicó rápidamente Cristeta, añadiendo malhumorada:

--¡Y la estatua... soy yo!

Frunció don Juan el entrecejo, y exclamó, tirando los papeles sobre el

diván:

--Da grima. ¡No haga usted eso!

Tan claramente manifestó su desagrado, que Cristeta no pudo menos de

sentir sorpresa.

¿Qué le importaría a aquel buen señor, que apenas la conocía, que ella

saliese a escena más o menos ligera de ropa?

--No tengo más remedio--dijo--que conformarme. No estoy, ni acaso llegue a

verme nunca, en situación de imponerme a una empresa.

--Hasta que sea yo empresario; bien es verdad que entonces trabajará

usted lo menos posible.

Don Juan no acertó a expresar bien su pensamiento, o no se atrevió a

completarlo. Ella lo adivinó, sin embargo, y no queriendo dárselo a

entender, repuso:

--¡Pues buen modo de protegerme!

En noches sucesivas don Juan asistió con frecuencia al cuarto de

Cristeta, y por el lenguaje que usó con ella comprendió la muchacha que

había producido honda impresión en aquel hombre: mas no llegó a tener

que aceptarle ni rechazarle categóricamente.

Estaba convencida de que la cortejaba, pero con tal comedimiento, que no

le era fácil decidir la disposición de ánimo que debía adoptar respecto

de él: el mucho agrado pudiera parecer liviandad, la esquivez fuera

grosería, y despedirle con cajas destempladas era exponerse a que él la

pusiese en ridículo encogiéndose de hombros, o acaso diciéndole

claramente que se había hecho ilusiones. Por todo lo cual determinó

esperar, discurriendo de este modo: «Si piensa en mí, por muy astuto que

sea, algún día se clareará, y según sus intenciones... veremos. Una

cómica como yo no puede pensar en casarse con un hombre como él: _lo

otro_ no debe ser, no me conviene, no quisiera... Malo es que esté ya

tan preocupada. En fin...¡Dios dirá!»

Cristeta no tenía estipulado beneficio en la escritura: ¿quién podía

haber adivinado que en tan poco tiempo creciera tanto, respecto de ella,

el favor del público? Pero a falta de beneficio, el día de su santo la

empresa le hizo regalo de una corona, y sus admiradores le llenaron el

cuarto de flores y multitud de esas baratijas más o menos inútiles, como

jarroncillos bomboneras, muñecos de loza y sortijeros. Cada uno de los

que la regalaron, deseoso de mostrar su largueza o buen gusto, envió el

obsequio al teatro. Una sola persona se lo mandó a casa; y consistió el

regalo en un magnífico neceser de costura, formado por una gran caja de

piel de Rusia, colocada sobre un precioso mueblecito, y provista de

tijeras, pasacintas, devanaderas, carretes y dedal, todo de plata: nada

faltaba de cuanto puede desear una mujer aficionada a hacer labores.

Cristeta recibió el presente por la tarde, antes de ir al teatro, y

abrió la caja con alegría infantil mezclada de sorpresa, como Margarita

debió de abrir el estuche de las joyas. En uno de los casilleros

destinados al hilo había una tarjeta de don Juan, y bajo su nombre estas

palabras escritas con lápiz:

«B. L. P. a su amiga la señorita de Moreruela y le envía ese humilde

recuerdo».

Cristeta lo apreció todo de una ojeada: _amiga... señorita... humilde

recuerdo..._ ¡Cuánta finura y qué poca ostentación!

La estanquera se quedó pasmada: el tío tomó las piezas del costurero una

por una, pensando con respeto en el hombre que hacía regalo de tres o

cuatro o seis libras, de plata. Cristeta se dio a reflexionar en aquello

con más calma. Primero. ¿Por qué, contra lo acostumbrado, le envió el

presente a su casa? Sí: esto indudablemente era horror a la ostentación.

Segundo. ¿Por qué, pues el obsequio era costoso, haber gastado tanto

para ella? Aquí estaban claras la esplendidez y el deseo de agradar.

Finalmente, ¿a qué regalar un costurero a una mujer que no tenía tiempo

de dar puntada? Esto no podía explicarse.

El resultado de las anteriores y análogas cavilaciones fue que, llegada

la noche, cuando don Juan entró a saludarla en su cuarto del teatro,

apenas pudieron hablar a solas, le dijo ella sin disimular su

pensamiento ni prever la respuesta:

--Muchas, muchísimas gracias; pero señor Todellas, ¿cómo diablo ha

regalado usted eso a una infeliz que no tiene tiempo para coserse una

cinta? ¡Y cuidado que es lujoso y bonito!... Sobre todo de buen gusto.

Entonces don Juan se puso muy serio, se aproximó a la cómica, como quien

sacando fuerzas de flaqueza ha hecho propósito de osadía, y dijo con voz

sabiamente turbada:

--Cristeta, perdóneme usted la torpeza; arrincónelo usted si no le sirve;

pero mí regalo obedece a una idea que no puedo desechar.

--¿Qué idea es esa?--preguntó ella, volviendo la cabeza para mirarse al

espejo y ocultar de algún modo la emoción que le causó la fingida

turbación de don Juan.

--Pues bien, Cristeta, lo diré, aunque se ría usted de mí: cuando pienso

en usted, cosa que me ocurre con muchísima frecuencia, no veo con los

ojos de la imaginación esta mujer que ahora tengo delante, no me acuerdo

de la actriz ni del teatro, ni me gusta figurármela a usted haciendo de

ninfa, ni de chula, ni de paje...; me exaspera la idea de que todo el

mundo pueda contemplar...; en fin, cuando yo la veo a usted con los ojos

del alma, se me antoja que es usted una señorita que vive recogida en su

casa, sin que nadie pueda saber todo lo hermosa que es, sin que nadie la

profane con deseos ni miradas. Lo confieso; me hace daño... hasta sufro

viniendo aquí a verla a usted, y, sin embargo, vengo... y seguiré

viniendo mientras no comprenda que mi presencia la enoja.

Más claro, agua: pero estaba dicha la cosa de tal modo, que, aun

suponiendo que Cristeta recibiera disgusto, no podía manifestarlo. La

verdad es que en el fondo del alma sintió aquella satisfacción dulce y

apacible que en las novelas románticas experimentan las zagalas

galanteadas por grandes y poderosos señores. El diálogo terminó así:

--¡Válgame Dios, y qué formal se pone usted para decirme esas cosas! ¿No

conoce usted que todo eso tan fino se despega de estos sitios?

--Pues para probar que hablo seriamente, me voy a permitir darle a usted

un consejo.

--Diga usted.

--Haga usted una prueba... doble. La empresa está ya convencida de que

usted sirve, y de que el público ha de quererla más cada día. En cuanto

usted lo intente, verá cómo le guardan ciertas consideraciones. Niéguese

usted a hacer el papel de la pieza nueva... ese de la estatua. ¿A que no

le tuercen a usted la voluntad? Si es usted franca al decir que le

disgustan las mallas, saldrá usted ganando no tener que ponérselas. Y de

paso se convencerá usted de la alegría que yo experimentaré al saber que

no han de verla otra vez medio desnuda... y reflexione usted un poco

sobre qué clase de sentimiento será el que me inspira para que yo piense

todo esto.

--Pero... ¿qué diablos le importará a usted que salga así o de otro

modo?--le interrumpió Cristeta con dureza; y en seguida, deseando apurar

la situación, añadió--: ¿Imagina usted que voy a creer en esas

delicadezas? ¿Se le dicen de veras semejantes cosas a una actriz de este

teatro?

No deseaba ella sino que don Juan cayese en el lazo y hablara más claro.

Y como está escrito que todo Hércules tropiece con su Onfalia, don Juan

cogió una mano a Cristeta y siguió hablando de este modo:

--La temporada va a concluir; evite usted hacer ahora ese papel; nos

trataremos durante el verano, procuraré que me conozca usted a fondo,

que seamos verdaderos amigos... y ¡quién sabe! tal vez para el otoño

empiece usted a pensar en si le conviene renunciar al teatro.

Entonces no experimentó Cristeta lo que las pastorcillas solicitadas por

príncipes, sino que sintió agitársele su viva sangre madrileña, y

encarándose con don Juan, repuso ásperamente:

--Sí, que renuncie al teatro, donde al fin y al cabo puedo ser buena,

aunque no lo parezca, para dejar de serlo a beneficio de usted. Luego se

cansa usted de mí, y me deja. Lo de siempre, usted a otra... y yo...

--Es usted injusta, cruel y mal pensada--dijo don Juan, poniéndose en pie

y haciendo ademán de coger el sombrero para irse.

Cristeta le detuvo con una sonrisa, y mirándole con la más hechicera

mezcla que imaginarse puede de tristeza y ternura, repuso:

--¡Si hablara usted de veras! ¡Bah!... ¡Imposible!... Además, tengo una

contrata para salir fuera este verano.

--Pero no irá usted sola.

--Probablemente con mi tío.

--Y yo detrás.

--Veremos...; pero crea usted que desde ahora hasta el verano ya se le

habrá quitado a usted eso de la cabeza.

--No vaya usted a creer que es un capricho.

Cristeta le miró algo severa, frunció el ceño y respondió:

--Nunca he creído yo que pudiera servir para satisfacer caprichos.

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Aquella misma semana tuvieron varias conversaciones parecidas. Por fin,

una noche, dando pasto a la murmuración, Cristeta y su tío salieron del

teatro acompañados de don Juan: delante iba la pareja enamorada y detrás

el estanquero.

Nadie hubo en el teatro que no diera por cierta la caída y perdición de

la Morteruelo; y, sin embargo, el diablo no tenía todavía motivo para

regocijarse. Lo único grave que pasó entre ella y su adorador fue que

una noche, mientras el tío había salido a comprar un periódico, llegó

don Juan, entró en el cuarto, se acercó de puntillas y la besó en el

cuello. Cristeta le vio por el espejo aproximarse, pero ni esquivó el

cuerpo ni mostró enfado, y mirándole con mayor dulzura que severidad, le

dijo:

--Pase... como extraordinario.

Quien presenciase el atrevimiento de él y la indulgencia de ella, acaso

imaginara que ya habían trocado el amor platónico por el experimental: y

sin embargo, Cristeta estaba tan limpia de pecado, como la madre Eva

antes de verse obligada a estrenar el primer vestido de hojas de parra

entretejidas.

Dulce y sabrosa · 第 17 / 53 题